Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 17
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Capítulo 17

Dicen que cada persona tiene su destino escrito y que todos tenemos un alma gemela, pero no siempre se tiene la suerte de dar con ella.

Yo siempre pensé que había encontrado la mía en Carlos, pero con el tiempo me di cuenta de que no era esa alma gemela de la que hablaban las leyendas, ni por asomo.

Ernesto sí lo era porque, con cada día que pasaba, tenía más claro que estábamos hechos el uno para el otro. Había entre nosotros una conexión difícil de explicar que parecía traspasar no solo las barreras del corazón, sino también las del alma.

Muchas personas hemos vivido engañadas dentro de una relación, ya sea por amor, por fascinación o por cualquier otro motivo, sin darnos cuenta de que somos nosotras las que tiramos de la pareja y que, en realidad, no avanzamos en la misma dirección.

La venda no termina de caer hasta que sucede algo que te obliga a abrir los ojos y descubres lo equivocada que estabas.

En esos momentos no habría sabido decir cuáles habían sido realmente mis sentimientos por Carlos porque amor, lo que era amor, era aquello que sentía por Ernesto.

Complicidad, predisposición, afecto, detalles y miradas, todo avanzando en una misma dirección y, lo más importante, por ambas partes.

Por fin estaba viviendo una relación de verdad y no una de esas realidades que una misma puede llegar a inventarse cuando todavía tiene la venda puesta sobre los ojos.

Era nuestro último día en Cantabria y, desde la cama, escuchaba a Ernesto preparar el desayuno.

Sonreí mientras intentaba aprovechar los últimos segundos entre las sábanas, pero realmente me apetecía estar junto a él, así que hice un esfuerzo y terminé levantándome para ir a desayunar.

—Buenos días, mi futura esposa.

—Buenos días, mi bombón preferido.

—¿Cómo que preferido? —Me abrazó mientras me besaba en la frente.

—Está el bombón helado y luego tú, pero me quedo contigo.

—Ah, bueno. Dicho así, me quedo más tranquilo.

—Voy al baño. Ahora te ayudo a poner la mesa.

—Tranquila, solo me queda llevar el pan. —Esta vez me dio un beso en la mejilla.

Me lavé la cara y los dientes mientras sonreía frente al espejo al ver reflejada a una mujer que, con el paso de los días, se sentía cada vez más en armonía consigo misma. Poco a poco estaba alcanzando una plenitud que durante mucho tiempo había creído perdida.

Cuando llegué al patio, donde Ernesto ya me esperaba para desayunar, vi una caja de la tienda de maquillaje que tanto me gustaba y en la que habíamos estado unos días antes.

Su sonrisa era de esas que anunciaban algo.

Me acerqué para mirar la etiqueta y vi mi nombre junto a la dirección de la casa en la que nos alojábamos.

—¿Qué significa esto? —pregunté sin entender nada.

—Un repartidor la ha traído hace media hora.

—¿Tienes tú algo que ver?

—Ni idea, no sé nada. —Se encogió de hombros, pero aquella cara decía justo lo contrario.

No podía haber sido nadie más. Mi familia ni siquiera tenía la dirección de la casa y yo no había pedido absolutamente nada.

—Ernesto…

—Lo mismo está vacía.

—Sí, claro. —Carraspeé.

Le di un sorbo al café antes de disponerme a abrirla. Estaba claro que tenía que haber sido él y nadie más, pero ¿en qué se había basado para elegir los productos? Estaba de lo más intrigada.

—Muchas cosas veo yo ahí —dijo cuando abrí la caja.

—Madre mía, Ernesto, ¿qué has hecho?

—Ya me han culpado, desde luego… —Aguantaba la sonrisa.

—¿Y desde cuándo entiendes tú de maquillaje y skincare ?

—No hablo si no es en presencia de mi abogado.

—Dios mío, aquí hay de todo con lo que cualquier mujer podría fantasear.

—Mire usted qué suerte la suya…

—Ya puedes confesar los hechos. —Me reí.

—Yo no tengo tanto dinero como para comprar todas esas cosas. Si cuatro cositas salieron por trescientos y pico de euros, no me quiero imaginar cuánto habrán costado tantos productos. Por lo menos tiene que haber ahí treinta. —Calculó a ojo, aunque aquella expresión no conseguía engañarme.

Estaba claro que solo podía haber sido él, pero, joder…

—Es mucha pasta, Ernesto. No debiste hacerlo.

—¿Quieres el teléfono de mi abogado?

—Quiero que me expliques en qué te has basado para hacer esto. —Lo miré sonriendo mientras cogía la tostada para darle un bocado.

—Sigo sin hablar sin la presencia de mi abogado. —Carraspeó.

Estaba flipando en colores. Había todo tipo de combos de labios, bronceadores, productos de contorno, sombras, cremas para la cara, tónico… Un sinfín de cosas de mis firmas favoritas.

—Quiero que confieses.

—Confieso que he pecado mucho estos días contigo sin haber pasado por el altar.

—Sobre los productos.

—Confieso que me he quedado patidifuso.

—¡Qué colleja tienes, Ernesto! —Me reí.

Sabía que había sido él, pero no entendía por qué se había gastado semejante fortuna en productos cuando unos días antes ya me había comprado todo aquello que me hacía ilusión. Me levanté para acercarme y agacharme junto a él para abrazarlo.

—Gracias, pero no era necesario, cariño.

—Mi abogado dice que hables con él cuando lo necesites.

—Eres un personaje. —Me reí y le di un fuerte beso en la mejilla—. Gracias, pero no vuelvas a hacer una locura así.

—Se llama Pedro, mi abogado.

Volví a sentarme riendo porque era imposible hablar en serio con él cuando se ponía de aquella manera.

Seguía flipando y ya me imaginaba todos aquellos productos colocados sobre mi tocador y disfrutando de ellos cada día.

Recogimos todo antes de salir rumbo al País Vasco, el que se suponía que iba a ser nuestro último destino, aunque, según habían ido avanzando los días, los dos teníamos claro que apuraríamos las vacaciones hasta el final y regresaríamos prácticamente para incorporarnos al trabajo.

Nos íbamos a alojar en San Sebastián. Eso era lo único que sabía porque Ernesto no soltaba prenda sobre lo que tenía preparado.

Durante el camino seguía en shock , perdida entre los paisajes y pensando en aquella caja misteriosa que estaba segura al noventa y nueve por ciento de que había sido idea suya.

Al final iba a tener que hablar con su supuesto abogado, aunque me daba a mí que aquel tal Pedro era completamente ficticio.

Cantamos, reímos y bromeamos hasta la saciedad porque con Ernesto era imposible aburrirse. De todas maneras, el trayecto fue bastante corto y apenas nos llevó unas dos horas y media.

La frondosidad del paisaje vasco era alucinante y atravesamos lugares que parecían llevarnos directamente al corazón de una selva.

Conforme entramos en San Sebastián, me pareció una ciudad maravillosa, enclavada entre montañas y abierta al mar. Su afamada playa de La Concha frente a la bahía componía una estampa de lo más pintoresca y la ciudad estaba llena de restaurantes y lugares que llamaban la atención a cada paso.

Nos dirigimos hacia la Parte Vieja, llena de bares, tiendas y vida. Allí teníamos nuestro alojamiento, un apartamento dentro de un hotel que contaba con aparcamiento propio, donde dejamos el coche antes de hacer el registro y recoger las llaves.

El apartamento era diáfano y tenía su propio baño privado. Todo se veía nuevo y se notaba que lo habían reformado recientemente.

Colocamos nuestras cosas y salimos a pasear porque ya teníamos hambre. La cantidad de bares con decenas de pintxos era una auténtica locura y todo se nos metía por los ojos.

Nos sentamos en una terraza y nos decantamos por una tabla con variedad de pintxos y un buen txakoli, un vino blanco típico de la tierra capaz de conquistar cualquier paladar.

Madre mía, cómo estaban de buenos aquellos pintxos. Era una auténtica locura. De aquel viaje iba a regresar redondísima, pero bueno, nada que después no se pudiera solucionar porque, si algo tenía claro, era que no pensaba privarme de nada.

Estaba siendo tan bonito aquel viaje que incluso había cambiado mi concepto de las vacaciones.

Antes lo idealizaba todo pensando en lugares paradisíacos, destinos lejanos y todas esas cosas que nos vendían continuamente en las redes o en la televisión, cuando la realidad era que teníamos un país increíblemente diverso donde disfrutar de naturaleza, playas, gastronomía y personas maravillosas.

Había hecho algunos viajes por Europa e incluso un año fui con mis padres al Caribe y otro hicimos un crucero, pero aquel me estaba resultando tan fascinante que no tenía nada que envidiarles y ya se colocaba entre mis favoritos.

El txakoli subía un montón y eso que estábamos comiendo una barbaridad, pero se me pusieron los mofletes completamente rojos y la risa floja empezó a hacerse más que evidente.

—Menos mal que no tengo que conducir.

—Da igual. En ese caso le hubiéramos quitado el freno de mano al coche y lo habríamos empujado para no conducirlo. Eso no sería multa —dije, provocándole una carcajada.

—Ahí sí que habría tenido que hacer acto de presencia mi abogado.

—Si tú no tienes ni abogado ni nada. —Me reí todavía más.

—Pobre ilusa.

—Tonto chulo. —Le hice una burla.