Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 16
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Capítulo 16

El día anterior, tras nuestra llegada a Cantabria, habíamos dedicado la tarde a pasear por el pueblo en el que nos alojábamos.

Incluso tuvimos un acierto increíble con el restaurante que elegimos para cenar, porque comimos tan bien que tuvimos claro que no sería la última vez que iríamos.

Nos habían quedado varias cosas por probar y pensábamos regresar antes de marcharnos.

Amanecimos envueltos de nuevo en esa sensualidad que arrastrábamos desde el día anterior, porque no solo habíamos disfrutado de aquella primera vez entre nosotros, sino que también habíamos repetido antes de dormir.

Después de dejar toda la fogosidad sobre las sábanas, nos dimos una ducha juntos que no fue mucho menos sensual y nos arreglamos para salir a desayunar a un bar al que le habíamos echado el ojo el día anterior.

Nos pedimos unas tostadas grandes de pan de leña con crema casera de jamón ibérico y nuestros cafés. El norte era increíble y nunca sabías por dónde te iba a salir. Sostenía la taza caliente entre las manos cuando, de repente, comenzó a llover y las gotas empezaron a golpear los cristales.

Los dos miramos hacia fuera disfrutando de un instante que también conseguía hacerse especial. La lluvia no podía estropearnos aquellos días porque formaba parte del lugar y nosotros queríamos vivirlo todo, incluso aprender a bailar bajo ese agua que nos mostraba otra cara del clima de la zona.

Lo único que podía destrozar aquel momento éramos nosotros mismos y, por lo que sentía, ninguno de los dos estaba dispuesto a permitir que eso sucediese.

El verde de la naturaleza sobresaliendo alrededor del pueblo, la lluvia cayendo tras los cristales y nosotros refugiados en un bar donde la amabilidad se respiraba por todas partes componían una estampa que me encantaba.

Tenía la suerte de estar allí, viviendo todo aquello junto a Ernesto y disfrutando de Cantabria en todo su esplendor.

Había empezado a fijarme en esos pequeños detalles que quizá en otros momentos se me habían escapado mientras permanecía envuelta en la oscuridad del dolor, uno que, sin darme cuenta, yo misma había seguido alimentando.

En esos momentos todo había cambiado y lo veía mucho más iluminado porque, por muy gris que se pintase el cielo, mi vida parecía estar a todo color.

No nos habíamos prometido nada ni habíamos planeado nuestro futuro, pero ya podía sentir que éramos algo que iba mucho más allá de lo ocasional.

Estaba segura de que, cuando regresásemos al trabajo, ya no seríamos unos simples amigos o compañeros porque entre nosotros había mucho más: complicidad, respeto, risas, cariño y muchísimo deseo.

Todo avanzaba en una dirección que cada vez parecía más difícil de desviar.

Con él me sentía en calma después de una gran tormenta que no había sabido cómo afrontar, pero allí estaba Ernesto, dispuesto a arroparme y a conseguir que sacara lo mejor de mí, incluso lo mejor de nosotros, algo que ni en mis mayores sueños hubiese imaginado.

Era consciente de que había mucha más vida después de aquello que yo había creído que era el final, porque existían personas que, sin necesidad de llevar capa, terminaban convirtiéndose en héroes, y él era uno de ellos.

Había pasado de tenerle muchísimo cariño a amarlo con locura en muy poco tiempo, pero quizá el amor era precisamente así.

No venía acompañado de un prospecto que marcase tiempos ni pautas, sino en forma de sorpresa, de esas que te cogen desprevenida y consiguen removerte hasta el alma.

La lluvia seguía cayendo mientras mordisqueaba una tostada que me sabía a gloria y también un poco a ilusión. Y no era solo por lo rica que estaba aquella crema ni por lo perfecto que había quedado el pan, sino por la compañía y por todos esos sentimientos que Ernesto no dejaba de despertar en mí.

Había comenzado a creer de nuevo en mí gracias a él y ¿acaso eso no era digno de admirar? Imaginaba que Ernesto no era del todo consciente del bien que me había hecho. Me sentía más segura que nunca, como si estar a su lado creara una especie de burbuja en la que nada malo podía pasarme.

Y sí, no quería que aquellas maravillosas vacaciones llegaran a su fin, pero, por otro lado, sabía que, cuando eso sucediese, lo nuestro continuaría por otro camino, aunque seguiríamos recorriéndolo juntos.

Como bien me advertía en tono amenazante, no pensaba separarse jamás de mí, y me encantaban esas advertencias porque, aunque las hiciera entre bromas, cada vez sonaban más serias y creíbles.

—Estás muy callada. —Me sacó de mis pensamientos.

Aparté la mirada del exterior para dirigirla hacia él.

—Estoy disfrutando de este momento.

—¿Te gusta la lluvia?

—Me gusta estar aquí relajada, contigo y viendo vibrar el clima.

—Estás poética.

—Estoy bien y todo es gracias a ti. —Estiré la mano para acariciar la suya y él me la atrapó con fuerza, entrelazando nuestros dedos en un gesto de complicidad.

—A gritos. Me vas a pedir a gritos que me case contigo —murmuró con los ojos brillantes y esa sonrisa que parecía reservar únicamente para mí.

—Eso no lo creo, pero bueno, siempre podemos encontrar un punto intermedio.

—Ni loco. Cuando se me mete algo en la cabeza… —Aguantó la risilla.

Tras desayunar pusimos rumbo a Santander, donde teníamos previsto pasar el día paseando y conociendo la capital de Cantabria.

Aparcamos en el centro y, conforme comenzamos a andar, lo primero con lo que me topé fue con una tienda de maquillaje que era mi perdición. Comencé a dar saltitos delante de ella y a aplaudir como una niña pequeña.

—No me digas que esa tienda te hace tan feliz.

—Ernesto, más de lo que imaginas. —Tiré de su mano para entrar.

—Entonces, cuando quiera alegrarte la vida, solo tengo que acudir a una de estas.

—Sí, y coger cualquier cosa. Todo me gusta.

—¿Una barra de labios cuarenta euros?

—Es de Dior. —Me reí.

—Como si es de la Virgen María. Esto en el supermercado tiene que valer diez euros.

—Pero no es de firma.

—Ay, Dior, que me has salido cara.

—No te estoy pidiendo nada. Lo que me apetezca me lo voy a comprar yo. —Le hice una burla.

—Mira, yo te puedo regalar esto, que vale diecinueve euros. —Cogió una talla mini de una crema de manos.

—No me seas más cutre. —Me reí.

—Bueno, vale, te propongo algo.

—Dime —contesté mientras cogía una paleta de sombras que últimamente había visto muchísimo en vídeos y se había vuelto muy viral.

—Te compro todo lo que quieras y esta noche me dejas hacerte un masaje erótico.

—A ver, alma de cántaro. ¿Me pagas lo que quiera por hacerme tú a mí un masaje? ¿No habrás querido decir que te lo haga yo a ti?

—No, no. He dicho yo a ti.

—Te vas a cagar, Ernesto. —Cogí una cestita y metí la paleta.

—¿Aceptas?

—Ni que fuera tonta. ¡Pues claro!

—Pero no me arruines, a ver si mañana no voy a tener ni para ir a por pan.

—Ya pago yo el pan el resto de los días, por eso no te preocupes.

—¿Y eso que has cogido no tiene oferta? —preguntó al ver que la paleta de sombras costaba setenta y cuatro euros.

—No, ni esta máscara de pestañas.

—¿Treinta y nueve euros?

—Ajá… —La metí también en la cestita.

—¿Vamos ya a pagar?

—Por supuesto que no. A ver si te crees que disfrutar de este cuerpo te va a salir barato.

—Amor, que tenemos que reunir para la boda.

—Eso aún no entra en mis planes.

—Te recuerdo que me lo vas a pedir a gritos.

—Y yo te recuerdo que me has dicho que puedo coger lo que quiera.

—No seas abusona.

—Ni tú iluso. —Le hice una burla.

Terminé cogiendo, además de esas dos cosas, un perfume y una crema hidratante para la cara. Cuando fuimos a pagar, llegó el momento de descubrir el resultado.

—Son trescientos cuarenta y cinco euros —dijo la chica.

—Venga, saca la tarjeta.

—Me siento un cajero automático —contestó mientras la sacaba, provocándole una carcajada a la dependienta.

Pagó la compra y cogí la bolsita antes de salir de allí de lo más contenta.

—Gracias, cariño. —Le di un besito en la mejilla—. Y no te preocupes, que yo pago la comida.

—Si te soy sincero, pensé que ibas a coger más cosas.

—Encima chulo. —Nos reímos—. Que soy capaz de darme la vuelta y arruinarte.

—Mejor paseemos, preciosa mía. —Me pasó un brazo por encima de los hombros y comenzamos a caminar—. Qué barata ha salido la compra para lo caro que te va a salir el masaje.

—A mí no me amenaces. —Me reí.

—Solo te lo advierto. —Carraspeó.

Paseamos por la ciudad, que no solo era preciosa, sino que estaba llena de vida y, al ser costera, tenía un paseo junto a la playa que era una auténtica delicia.

Precisamente frente al mar nos sentamos en una terraza para comer, ya que vimos que estaban sirviendo unas bandejas de marisco y nos comentaron que se trataba de una mariscada cántabra. No tardamos demasiado en decidirnos y pedimos una.

—Yo creo que hay trampa en tu compra.

—¿Ah, sí? Pues explica.

—Llevas todo el viaje peleando conmigo por el tema de pagar y anotando todo lo que gasto para darme la mitad al final. Y, de repente, me dejas gastarme esa pasta en maquillaje.

»Creo que hay truco, así que suelta por esa boquita. Tú no eres tan descarada como para coger todas esas cosas y dejarme pagarlas tranquilamente.

—Joder, que me gano un masaje erótico.

—Sabes que llevo días intentando darte uno. No cuela. Me resulta muy extraño que lo hayas permitido así de fácil.

—Te ha dado un dolor de riñón por lo que has desembolsado, ¿a que sí? —pregunté riendo.

—Si fuera solo de riñón… Hasta los huevos se me han encogido.

Solté una carcajada de esas que no podía parar y él terminó contagiándose de su propia ocurrencia.

—Tranquilo, lo meteré a mi favor para descontarlo de la cuenta final.

—No, no. De aquí a entonces ya se me habrá pasado el dolor.