Capítulo 15
Nos despedíamos de Asturias poniendo rumbo a Cantabria y dejando atrás una intensa semana en la que las emociones y la complicidad habían ido en aumento.
En esta ocasión nos dirigíamos a un bonito pueblo donde Ernesto había alquilado una casa en pleno centro. Allí pasaríamos cuatro días antes de poner rumbo a nuestro último destino, el País Vasco.
Salimos después de desayunar y, en una hora y media, ya estábamos entrando en el pueblo cántabro. Seguía pensando que el norte tenía una vibra y una sensibilidad que traspasaban el alma, como un soplo de aire fresco capaz de hacer resurgir sensaciones placenteras fuera de lo común.
Y no, no es que me pareciese mejor que el sur.
Ambos tenían su encanto y yo amaba mi tierra y toda la belleza que poseía, que no era poca.
Simplemente eran lugares diferentes y el norte me llamaba mucho la atención porque no se parecía a lo que estaba acostumbrada a ver en mi día a día, aunque, si tenía que elegir, obviamente me quedaba con mi rincón, ese que me había visto nacer.
Aparcamos en la misma puerta de la casa, que tenía su propio estacionamiento. Allí nos esperaba Fernando, un señor que nos recibió con una amable sonrisa y nos abrió la puerta para enseñarnos la vivienda y explicarnos un poco por encima todo lo necesario.
La casa era preciosa, con las paredes blancas combinadas con detalles de piedra natural y un mobiliario moderno de madera que resaltaba sobre el blanco.
Era pequeña, cuidada y hasta diría que muy coqueta.
Fernando no se entretuvo demasiado y, antes de marcharse, nos ofreció su disponibilidad para cualquier duda o cosa que pudiéramos necesitar durante nuestra estancia.
Regresamos al coche para ir metiendo nuestras cosas y colocamos en la nevera todo lo que nos había sobrado de Asturias y que, por supuesto, habíamos traído con nosotros.
—Si de esta casa me voy sin haber pinchado, voy planteándome meterme a cura —dijo mientras me apretaba una nalga desde atrás y me lo murmuraba al oído.
—Lo mismo eres tú el que oficia mi boda. —Carraspeé.
—Ni de broma. Hoy pincho —contestó mientras me daba una colleja.
—Pues no lo veo yo muy claro.
—Así tenga que hacer el mono, el delfín o todo lo que se me ocurra.
—Tampoco has puesto tanto empeño. —Me reí después de soltarlo.
—¡Eres mala! No será porque no me he ofrecido a darte masajes o, peor aún, porque no haya intentado rozar con mis dedos uno de tus senos y ni siquiera me has dejado.
—Estabas haciéndome cosquillas.
—Uy, pues esto voy a empezar a arreglarlo de inmediato.
Me cogió en brazos casi sin darme tiempo a reaccionar y me llevó hasta la cama.
—Ni se te ocurra —le decía entre risas mientras me acomodaba sobre ella y él intentaba quitarme el pantalón corto.
—No escucho —siguió insistiendo ante mi risa nerviosa.
—¡Para!
—Si me lo dices riendo, lo único que saco en claro es que… —Consiguió quitarme el pantalón—. Estas braguitas te quedan impresionantes. Madre mía, qué cuerpo.
—Ya me has visto en bikini muchas veces.
—No, no. En ropa interior te veo todavía más sensual.
Siguió provocándome entre risas, besos y caricias hasta que aquella especie de juego que habíamos mantenido durante días empezó a cambiar. Poco a poco desaparecieron las bromas y nuestras miradas adquirieron una intensidad diferente.
—¡Para! —volví a decir entre risas.
—Si paro, no vuelvo a darte un besito hasta que me pidas a gritos que me case contigo, así que piénsatelo bien.
—Sigue, sigue —contesté muerta de la risa.
—Así me gusta, que te dejes llevar.
Fue subiendo para besarme mientras terminaba de despojarme de la ropa. ¿Había llegado el momento? Sin duda. Y no solo eso, sino que lo había hecho de la manera más improvisada que pudiera haber imaginado.
Mi piel reaccionaba a cada una de sus caricias mientras él se tomaba su tiempo, alternando los besos con esas miradas cargadas de complicidad que habían ido creciendo entre nosotros durante todo el viaje.
Ya no había bromas ni prisas, solo aquella intimidad que llevábamos días retrasando y que por fin parecía haber encontrado su momento.
Por un instante, los recuerdos con Carlos aparecieron a modo de comparación.
Nunca me había sentido tratada de aquella manera ni había tenido la sensación de que alguien disfrutara tanto simplemente haciéndome sentir bien.
Me estaba dando cuenta de demasiadas cosas a las que antes no había concedido importancia, pero lo saqué rápidamente de mi cabeza porque no merecía estar presente en mis pensamientos precisamente en ese momento.
Me dejé llevar por Ernesto y por todo lo que conseguía despertar en mí.
Me sentía completamente deseada y cómoda en mi propio cuerpo, dejando atrás esos complejos que todas tenemos alguna vez con alguna parte de nosotras mismas.
Con él desaparecían porque su manera de mirarme conseguía hacerme sentir perfecta tal y como era.
La intensidad fue aumentando hasta hacerme perder la noción de todo lo demás. Cuando por fin conseguí recuperar un poco el aliento, Ernesto seguía mirándome con aquella sonrisa que tantas veces había conseguido sacarme de quicio y que ahora me provocaba algo completamente diferente.
Terminó de desvestirse y volvió junto a mí. Él sabía que tomaba la píldora y que no teníamos que preocuparnos por un embarazo, así que nos dejamos llevar por aquel momento que ambos llevábamos demasiado tiempo deseando.
Todo se sintió diferente a lo que había conocido hasta entonces.
La delicadeza con la que me trataba contrastaba con esa masculinidad que derrochaba y, de alguna manera, la mezcla resultaba perfecta.
Sus movimientos, sus miradas y la complicidad que existía entre nosotros consiguieron que dejara de pensar y me limitara a sentir.
De vez en cuando murmuraba algún «guapa» que conseguía sacarme los colores incluso en aquel momento. Nunca había experimentado determinadas sensaciones de aquella manera y Ernesto parecía dispuesto a romper alguna de las barreras que yo creía conocer de sobra sobre mi propio cuerpo.
Cuando todo terminó, caímos abrazados y exhaustos. Me rodeó con fuerza y dejó varios besos en mi mejilla mientras yo intentaba recuperar la respiración y asimilar que, después de tantos días jugando con aquella tensión, por fin habíamos dado el paso.
—Y ahora puede usted hacerme la comida —dijo, consiguiendo arrancarme una carcajada.
—Yo te la hago gustosamente —respondí antes de dejar un beso en sus labios.
—Mejor la hacemos juntos. Creo que somos un buen equipo en todos los sentidos. —Carraspeó—. Aunque yo iré un momentito a por pan recién hecho a la panadería que he visto aquí al lado.
—Perfecto.
Nos vestimos y salió a comprarlo mientras yo saqué la bandeja de croquetas caseras que habíamos comprado el día anterior en una carnicería de Asturias. Tenían una pinta increíble.
También cocí pasta para preparar una ensalada con unos huevos duros que habíamos traído ya cocidos del día anterior. Lo teníamos todo bastante planificado para aquella comida.
—Traigo un trozo de empanada que tenía una pinta tan buena que no me he podido resistir. Es de atún, huevo y tomate, pero la masa está que toca las palmas —dijo mientras me la enseñaba.
—Pues sí que tiene buena pinta. —Acerqué la nariz para olerla.
Fue preparando la mesa en un patio interior al que se accedía desde la cocina y donde había una mesa de madera con unas banquetas a ambos lados.
El pan también tenía muy buena pinta. Estaba hecho en horno de leña, todavía calentito, y era de esos que quedaban crujientes por fuera y muy esponjosos por dentro. La realidad era que tenía muchísimo apetito y estaba deseando hincarle el diente a todo lo que habíamos puesto sobre la mesa.
Ernesto descorchó una botella de vino tinto que también habíamos traído de Asturias y sirvió las dos copas.
—Por fin culminamos los deseos —dijo mientras hacía chocar su copa contra la mía.
—Te has salido con la tuya. —Apreté los dientes aguantándome la risa.
—Ya me veía regresando del viaje a dos velas —respondió conteniendo también la suya.
—Pues hubiera sido lo normal. —Carraspeé.
Negó con la cabeza mientras esbozaba aquella risita suya que ya conocía demasiado bien.
La comida estaba riquísima. Entre las croquetas que habíamos traído y la empanada que acababa de comprar, nos estábamos poniendo las botas, pero tampoco le hicimos ningún feo a la ensalada de pasta, que fresquita entraba que daba gusto.