Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 14
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Capítulo 14

Me desperté tan temprano que Ernesto seguía durmiendo plácidamente. Preparé un café y me lo fui tomando mientras hacía el desayuno porque hoy era mi turno de cuidarlo a él.

Hice un par de huevos a la plancha, doré unas lonchas de beicon mientras tostaba un poco de pan y cortaba el aguacate. Sobre las tostadas puse unas lonchas de queso para que se fueran derritiendo con el calor.

Estaba terminando cuando vi que Ernesto se despertaba y se sentaba sobre la cama mirándome sonriente.

—Qué bonito es despertarse oliendo a desayuno.

—¿Has visto? Hoy el consentido eres tú.

—Me siento el puto amo. —Saltó de la cama riendo.

Se dirigió hacia mí y me dio un abrazo antes de entrar en el baño para asearse.

Era nuestro quinto día en Asturias y, aunque aún nos quedaban dos, ya habíamos visitado Oviedo, Gijón y un montón de lugares durante los últimos tres días, en los que habíamos salido desde bien temprano y regresado por la noche. Excepto el día de Cudillero, los demás habíamos cenado fuera.

El día anterior habíamos subido hasta los Lagos de Covadonga en uno de esos taxis compartidos en los que entraban ocho personas. Fue una excursión preciosa de la que nos trajimos innumerables fotos y recuerdos.

Aquel día no teníamos ningún plan y habíamos decidido que iríamos improvisando en función de nuestras ganas, esas que se repartían entre el placer de disfrutar de nuestra compañía y las innumerables posibilidades que nos ofrecía aquella comunidad.

Ernesto salió del baño y vino al exterior, donde ya tenía la mesa preparada.

—Te vas a quedar tan muerta como yo.

—¿Qué ha pasado? —pregunté alzando una ceja.

—Me acaba de llegar un mensaje de Patricio y me ha enseñado algo que me ha dejado loco —se refería a un compañero de trabajo.

—¿El qué?

—Mira, es de anoche. Él mismo hizo las fotos.

Se me erizó la piel cuando cogí el móvil y vi a mi ex con Lola.

Y no, no eran fotos de aquel día en el que los pillé juntos.

Llevaban ropa diferente, estaban en otro lugar y los dos se mostraban demasiado cómodos y cómplices.

No había una sola foto, sino tres, y en una de ellas aparecían comiéndose todos los morros.

—Qué hijos de puta. Ahora sí que no me creo nada de ella —dije alucinando.

—Eso mismo he pensado yo. Y Patricio dice que, cuando ella se dio cuenta de que estaba allí, se acercó a saludarlo de lo más feliz y cariñosa. Es más, le dijo que estaba disfrutando de la noche con su chico.

—Pues para ella. Son tal para cual, ambos de la misma calaña. Pero ¿sabes qué? A mí él ya me importa bien poco y desde hace días se ha convertido en un fantasma de mi pasado.

»En el caso de ella, tengo claro que no forma parte de mi vida ni la formará nunca. Ya no me duele ni pensar que me la encontraré por los pasillos. Es más, para ella enterito. No se imagina el favor que me ha hecho.

—Me alegra que ya no te duela.

—En absoluto. Eso sí, no voy a ser cínica: me da rabia, pero por descubrir la mala sangre de los dos.

—Te comprendo, pero lo bueno de todo es que, a estas alturas, solo tienes ojos para mí. —Me hizo un guiño.

—Ni lo dudes. A pesar de todas las bromas y de todo lo demás, ahora mismo no elegiría a nadie más que a ti —sonreí mientras le acariciaba la mejilla.

—Qué cerca está ese momento en el que me pidas matrimonio a gritos.

Nos reímos porque eso era él, risas que conseguía sacarme de verdad, y no mentía cuando decía que Carlos y sus acciones ya no me dolían.

Ni siquiera la asquerosidad de lo que acababa de ver me había provocado otra cosa que no fuera repulsión por la falsedad de Lola, pero ¿qué era esa mujer para mí?

Nada. No tenía ningún motivo para permitir que volviera a ocupar un espacio en mi cabeza.

A saber si aquella noche había hecho todo ese papel para quedar como una mujer digna cuando, por lo visto, esa palabra ni siquiera formaba parte de su vocabulario.

Sinceramente, solo sentía rabia por descubrir que se había reído de mí en mis narices, pero no pensaba envenenarme por ellos cuando estaba viviendo algo tan bonito.

No merecía la pena permitir que esos dos enturbiaran ni un minuto de todo aquello.

Pasado pisado. Solo me quedaba seguir disfrutando de las mieles de un hombre que me había hecho reír en unos días más que el otro en años.

¿Acaso no era ese un gran motivo para seguir empapándome de aquella felicidad?

Gracias a Dios, ninguno de los dos formaba ya parte de mi vida y me los quité rápidamente de la cabeza.

Hasta para eso había cogido habilidad, y es que lo que tenía delante valía tanto la pena que mirar hacia atrás empezaba a parecerme una pérdida de tiempo.

El desayuno estaba riquísimo y el lugar nos envolvía en una paz demasiado placentera, por no hablar de la compañía.

—¿Qué te apetece ahora mismo?

—Otro café —contesté, provocándole una risilla.

—Ahora mismo, preciosa mía. Pero ve pensando qué te apetece hacer después. Siempre puedo darte hasta un masaje completo. —Me hizo un guiño.

—Quita, quita, que ya me imagino cómo son tus masajes completos.

—¿Y no te apetece? —Carraspeó desde la puerta, porque esta vez el café era de cápsulas y tenía que entrar para prepararlo.

—Aligera —le dije, cambiando de tema.

Y claro que me apetecía, porque la tensión era cada vez más fuerte entre los dos, pero también me parecía bonito disfrutar de cada momento sin prisas hasta llegar a esa parte más íntima.

Yo era de esas a las que les gustaba conocer y disfrutar lentamente de la otra persona, sin necesidad de comernos el mundo de golpe, aunque tampoco iba a mentir y negar que, en más de una ocasión, habíamos estado a punto de comernos vivos.

Apareció con esa sonrisilla y los dos cafés.

—Aquí tiene usted, preciosa dama.

—Gracias, caballero.

—No follamos hoy tampoco —soltó de golpe, provocándome una carcajada tan grande que por poco me ahogo con el café y me puse hasta morada.

—Eres muy bruto.

—Es que me veo llegando intacto al altar.

—Eso de intacto no te lo crees ni tú. Anda que no han pasado mujeres por tu cama.

—Por lo que es mi cama, ninguna. Otra cosa son otras camas o rincones del mundo.

—Bueno, tú me has entendido.

—¿Y quién te entendería si no yo?

—¿Mi familia?

—Con ellos no puedes tener esas cosas que conmigo sí.

—¡Te lo has buscado! —Le tiré un trozo de pan a la frente.

—Cuando me levante, no vas a tener escapatoria.

—A puñetazos me lío.

—Ya lo veremos. —Me hizo un guiño.

—Ernesto, que te veo venir. —Me reía nerviosa al ver sus gestos.

—¿Y lo bien que se siente después de un masaje?

—¡Me niego!

Su risa era lo peor porque parecía estar dándome toda la información que necesitaba sin hacer falta que pronunciase una sola palabra.

—¿Nos damos un bañito en la piscina?

—No me apetece, tengo frío.

—Te puedo hacer entrar en calor.

—¿Me vas a dejar disfrutar del desayuno?

—Hace media hora que terminaste de comerte las tostadas.

—Te lo advierto, no me busques. —Lo señalé con el dedo mientras soltaba otra carcajada.

—No estoy haciendo nada.

—Te veo venir, Ernesto, te veo venir.

—Déjate llevar. —Carraspeó.

—Ni déjate llevar ni leches.

No tenía freno. Cuando comenzaba con las miraditas y sus bromas, no había quien lo parase y lo peor de todo era que aquel día lo veía más juguetón que nunca.

Sin embargo, yo estaba en uno de esos momentos en los que deseaba frenar el tiempo y conseguir que durase toda una eternidad, porque cuando la vida se sentía tan bonita daba miedo pensar que cualquier cosa pudiera aparecer para estropearla.

En aquel momento me paraba a sentirlo todo de otra manera: el sonido de una taza al dejarla sobre el plato, la propia voz de la naturaleza o la brisa que se deslizaba por mi cara.

Todo tenía su encanto y captaba mi atención como nunca antes, quizá porque, a pesar de haber creído en otros momentos que estaba bien, empezaba a comprender que no lo había estado tanto como pensaba.

Había luchado por mis sueños, sí, pero no sentía que caminara de la mano de la persona que tenía a mi lado.

En esta ocasión me sentía en calma, acompañada de verdad y viviendo algo que sí se percibía compartido.

Algo de dos, donde la complicidad, las risas y la comodidad formaban parte de cada momento sin necesidad de forzar nada.

Precisamente por todas aquellas sensaciones me daba miedo correr demasiado, comernos vivos y terminar perdiendo esa ingenuidad tan bonita de dos personas que se atraían y entre las que crecía una tensión que, tarde o temprano, solo podía acabar culminando.

Quería ir despacio y disfrutar de cada mirada, de cada roce, de esos besos que todavía conseguían ponerme nerviosa y de todo lo que iba naciendo entre nosotros sin necesidad de ponerle nombre demasiado pronto.

Todo lento, así lo quería, creando un espacio en el que aún hubiera lugar para la imaginación y los deseos.