Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 13
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Capítulo 13

Pedimos un refresco cada uno y una botella de agua bien fría para compartir. Eso en cuanto a la bebida, porque para comer nos habíamos decantado claramente por el cachopo con patatas fritas.

Aquel lugar me encantaba, al igual que sus terrazas, perfectas para comer mientras admirábamos los edificios de colores de aquel pueblo que me parecía de lo más pintoresco.

Cuando nos trajeron el cachopo nos quedamos con cara de incredulidad, ya que podía servir perfectamente como comida para tres o cuatro personas, no solo para dos.

—Nosotros somos unos campeones y no dejaremos ni las migas.

—Ernesto, pero si con esto tenemos hasta para la cena. —Me reía mientras intentaba hacerle una foto a la bandeja para enviársela a mi familia.

—Sí, claro, y para el desayuno. —Puso los ojos en blanco con esa sonrisilla de medio lado—. Si entre los dos nos hemos comido el equivalente a cien cachopos en estos días.

—Pues no, lo que pasa es que tú eres un exagerado.

—Pero si eres tú la que está diciendo que con esto tenemos hasta para la cena.

—Pero no para el desayuno.

—Te me estás volviendo rebelde. —Carraspeó.

—La sidra obra milagros, Pepe.

—Me llamo Ernesto.

—Te llamas como yo diga —contesté mientras él troceaba el cachopo para los dos.

—Pues vale, Paqui.

—¿No tenías un nombre más bonito para decirme?

—Del mismo nivel que el que tú me has puesto. —Me hizo un guiño.

—Te la estás buscando. —Lo señalé con el cuchillo.

—Tú también. —Me señaló con el suyo.

—Ay, don Pepe, que como me revuelva de verdad te vas a enterar.

—Ay, doña Paqui, qué miedo me das.

—Ríete, ríete, que, como tú decías, quien ríe último ríe mejor.

—A gritos me vas a pedir que me case contigo, a gritos.

Solté una carcajada tan grande que hasta los de las mesas de al lado nos miraron. Si es que la gente era cotilla a más no poder.

—Por favor, qué rico está esto y cómo se deshace el queso en la boca —dije gimiendo e ignorando lo de pedirle matrimonio porque era incansable con el tema.

—Imagina el día que se te deshaga otra cosa. —Aguantó su sonrisa de medio lado.

—¡Qué asquito, Ernesto! —Hice una arcada.

—Al menos me has llamado por mi nombre. —Se reía.

—Hay temas que es mejor obviar mientras se come.

—Eres muy tiquismiquis. —No podía frenar la risa—. Además, ambas cosas son compatibles con el placer.

—Cállate y come o te meto el cachopo por los ojos —dije entre dientes, aguantando la risa.

—Vale, vale. —Hizo un gesto con las manos para que parase mientras evitaba explotar a reír.

—Y menos mal que te he dicho por los ojos…

—Qué mal te ha sentado la sidra.

—No, que con todo lo que te he cantado te has reído de lo lindo. Y ya puedes borrar los vídeos.

—Vale, pero se lo dices también a tu madre, que ya se los he enviado y se ha reído muchísimo. Está feliz la mujer de verte así.

—¿Qué? ¿Se los has mandado a mi madre?

— In love con mi suegra —sonrió.

—¿Y de dónde has sacado el teléfono?

—Lo tengo de una vez que me lo diste para que le mandase unas cosas porque no encontrabas el tuyo. Te ibas a una comida familiar y necesitabas revisar unos asuntos.

—¿Y te apropiaste de su número y no lo borraste?

—¿Cómo lo iba a borrar si la añadí hasta como «Futura suegra»?

—Come y calla, que aún me levanto y te doy una manta de collejas que salimos hasta en las noticias.

—Vale, vale —aguantó de nuevo la risita.

No solo nos comimos todo el cachopo, las patatas y hasta los pimientos fritos que traía, sino que también pedimos un postre de la casa a base de bizcocho de chocolate con nueces, de lo más esponjoso, con sirope caliente por encima y acompañado de un helado de macadamia.

Nos dispusimos a dar un paseo para bajar la comida y seguir conociendo aquel lugar que tantos rincones bonitos tenía.

Me paré ante un escaparate en el que vi una pulsera preciosa: un aro de plata labrado con unas flores finísimas que la hacían de lo más elegante y, además, versátil para llevarla con diferentes tipos de ropa.

—Te la regalo —dijo al verme observarla.

—Esta me la paga mi madre, que también me dio dinerito.

—No, he dicho que te la regalo yo y no hay nada más que hablar.

—Ni caso, la pago yo, así que todo lo que digas me entra por este y me sale por este —dije señalándome ambos oídos.

—Veremos quién gana.

—Tú te quedas aquí esperando y yo entro.

—Claro que sí, ahora me vas a decir tú a mí dónde me tengo que quedar.

—He dicho que la compro con el dinero de mi madre.

—Y yo estoy diciendo que te la regalo yo. —Me siguió hasta dentro.

—Ni se te ocurra —le murmuré cerca de la cara.

El hombre que atendía la tienda se estaba percatando de la movida y sonreía. Le pedí que me sacara la pulsera para probármela.

—Me encanta —dije cuando me la vi puesta.

—Tiene a juego estos pendientes de aro. —Los puso sobre el mostrador.

—Nos llevamos las dos cosas —contestó Ernesto.

—Tú te callas —le dije riendo.

—No me da la gana. —Sacó la tarjeta—. Además, este señor, tan caballero como yo, me cobrará a mí.

—De eso nada —protesté.

—Cóbrese, por favor. —Le dio la tarjeta.

—No, no —dije implorando.

—Señorita, deje que la mimen.

Se cobró todo antes de prepararlo en sus cajitas.

Resoplé negando con la cabeza porque me parecía increíble que ni siquiera pudiera pagar yo algo que había elegido.

—Cuando lleguemos a la villa vamos a ajustar tú y yo todo lo que llevamos de viaje —le advertí.

—Amor, no hay nada que ajustar, es nuestra luna de miel.

—Felicidades por el enlace —dijo el pobre hombre.

—¿Felicidades? Una desgracia es lo que he echado a mi vida —bromeé, aunque él no podía entender por qué lo decía, ya que no estábamos casados.

Nos reímos los tres.

Salimos de la tienda y comencé a decirle de todo menos bonito, pero a Ernesto le daba igual. Solo defendía su acto diciendo que era una inversión para el amor de su vida.

Continuamos nuestro paseo y Ernesto se paró ante otro escaparate.

—Amor, porfi, regálame ese polito —me dijo con tono de niño pequeño.

—Venga. —Me reí.

—¡Te amo! —exclamó efusivamente mientras me daba varios besos en la cara.

Tenía cada cosa que no era ni medio normal, pero a mí me encantaba. Entramos y le regalé no solo un polo, sino dos, porque estaba indeciso entre dos colores y no dudé en cogerlos e ir a la caja a pagar.

—¿Lo ves? Lo fácil que es dejarse llevar.

—Cállate, que hoy te estás buscando que no te hable en dos días.

—Pues iban a ser los más aburridos de tu vida.

Y en eso tenía razón, porque de verdad no podía estar más feliz con aquellas vacaciones que no me esperaba para nada y que se estaban convirtiendo en una oportunidad para descubrir tantas cosas bonitas a nivel personal y emocional que todavía estaba flipando.

Cogimos el coche y nos dirigimos hacia la villa, pero paramos en varios miradores que nos encontramos por el camino para admirar los espectaculares paisajes y hacernos alguna que otra foto.

Entre parada y parada se nos hicieron las nueve de la noche, así que pusimos rumbo directo a la villa para darnos una ducha y preparar la cena.

Teníamos pensado hacernos una ensalada templada con unos langostinos que habíamos comprado y comer un poco del queso que también habíamos pillado en un establecimiento artesano, donde nos lo dieron a probar y no dudamos en llevárnoslo.

De nuevo quiso meterse conmigo en la ducha y no lo permití. Entre risas conseguí cerrar la puerta y echar el pestillo.

Cuando salí ya tenía la cena lista y él se metió a ducharse rápidamente mientras yo preparaba la mesa.

Sobre la piscina aún seguían flotando los pétalos de rosa, así que fui sacándolos y echándolos en una bolsa para que no se pudrieran en el agua, ya que comenzaban a marchitarse.

Cenamos con un vino blanco que habíamos comprado en Cudillero y, a pesar de que yo había dicho que no volvería a beber, caí en la tentación. La noche lo requería y, aunque estábamos en el norte, la temperatura era de lo más agradable. Eso sí, llevaba una fina rebeca sobre el pijama.

Ernesto estaba de lo más gracioso y no paraba de decirme que ya tenía la pulsera y los aros para nuestra boda.

Entró una videollamada de mi abuela y, tal y como había hecho con mi madre, la cogió Ernesto.

—Abuela, buenas noches. Aquí estoy con mi prometida, a la que hoy le he regalado una pulsera y unos pendientes para nuestra boda.

Escupí el vino hacia el césped al escuchar aquel comentario. No sé quién se rio más, si yo o mi abuela.

—Muy bien, cariño, así me gusta, que tengáis planes formales.

—Abuela, no le hagas caso, que está delirando.

—Desde luego, encima que le hago un bonito regalo para ese día y mira lo que me dice.

Mi abuela se reía de lo lindo. Al final le quité el teléfono y tomé yo el mando porque aquello no era serio.

Ernesto era así, tal cual. No tenía pelos en la lengua y, encima, era gracioso. Eso era lo que más me gustaba de él: su espontaneidad y esa soltura que tenía para salir con cualquier cosa.

Cuando nos fuimos a la cama me abrazó en plan oso, echando incluso una pierna por encima de mi cintura para rodearme por completo.

—No se te olvide jamás que me vas a pedir a gritos que me case contigo y yo me haré el interesante, pero, para que te quedes tranquila, que sepas que aceptaré.

—Sí, ya, para que me quede tranquila. —Me reí.

—¿Sabes que eres todo lo que quiero en este mundo?

—Bueno, seguro que hay algo por lo que me venderías.

—Nada. No se te olvide: nada.

No contesté. Me limité a sonreír entre sus brazos mientras cerraba los ojos, porque empezaba a sospechar que algunas de las cosas que Ernesto decía entre bromas iban mucho más en serio de lo que aparentaban.