Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 12
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Capítulo 12

Desperté entre besos y con una sensación extraña, pero a la vez bonita.

Ernesto corría mucho con sus bromas sobre que acabaría pidiéndole a gritos que se casase conmigo, pero, en cambio, no me metía ninguna prisa por llegar a un encuentro más íntimo entre los dos. Parecía conformarse y disfrutar de esos besos y abrazos que conectaban directamente con el corazón.

—Quédate un poco más, que yo voy preparando el desayuno.

—No, no, ya te ayudo yo. Y a ver cuándo consigo levantarme antes y preparártelo yo.

—Me hace más feliz ser yo el que te cuide.

—A todos nos gusta que nos cuiden —sonreí y le di un beso a la vez que me levantaba—. Por cierto, hoy he amanecido con ganas de una tortilla francesa con pavo.

—Buena idea. Yo también me apunto. Por cierto, hoy toca hacer turismo.

—Sí, que Asturias tiene unos lugares que son una locura.

—Una locura es poder visitar cualquier lugar contigo. —Apretó mi nalga.

Las tortillas nos salieron con una pinta increíble. Además, Ernesto preparó un plato con trozos de melón y jamón serrano por encima. Un contraste riquísimo.

Nos sentamos fuera y me eché a reír al ver que todos los pétalos de rosa estaban flotando sobre el agua de la piscina.

—¿A qué hora has hecho eso?

—Me levanté a las siete para ir al servicio y me dije: «¿Cómo no voy a preparar algo más bonito con todos estos pétalos?»

Días atrás sentía mi vida completamente vacía y, de repente, estaba tan llena que empezaba a darme miedo que todo aquello tan bonito terminara convirtiéndose en un recuerdo.

Había pasado demasiado tiempo creyendo que tenía un futuro asegurado como para no saber ahora que todo podía cambiar de un momento a otro.

—Gracias, Ernesto. No me merezco tanto.

—Te lo mereces todo, hasta que me quede sin fuerzas. No sabes lo increíble que ha sido tu presencia en mi vida.

—Lo dices como si yo te hubiera salvado de algo.

—De momentos en los que pensaba que ya no podía más, pero, de repente, aparecías tú con tu preciosa sonrisa y me curabas todos los males sin ser consciente de ello.

—¿Tanto he supuesto para ti?

—Digamos que esto que nos está pasando era el único premio que necesitaba ganar en mi vida.

Me dejaba sin palabras y hasta me daba miedo preguntar más. ¿De verdad habían habitado en él tantos sentimientos sin que yo me diera cuenta?

—Mi premio también eres tú, Ernesto.

—No me voy a levantar para darte un beso ahora, que esta tortilla está demasiado buena.

—Te lo perdono. —Me reí.

—¡Qué te lo has creído! —Se levantó y vino a envolverme en un abrazo lleno de besos.

Un rato después estábamos montándonos en el coche con destino a Cudillero, una preciosa localidad costera, de las más visitadas de Asturias y que ambos teníamos muchas ganas de conocer.

—Allí son típicos el marisco y el pescado —dijo arrancando el coche, refiriéndose a Cudillero.

—Con todo lo que hemos comido en Galicia, yo me decanto por un buen cachopo de la tierra —dije riendo.

—Me apunto. La verdad es que tenía muchas ganas de comerlo.

El camino era una delicia para la vista, algo que aproveché para inmortalizar muchos paisajes con el móvil, tal y como había hecho los días anteriores.

El norte era tan frondoso y tenía una vegetación tan bonita que era una auténtica locura para las fotos, que quedaban impresionantes y llenas de color.

Estacionamos en el aparcamiento del puerto de Cudillero y nos fuimos paseando de la mano hacia el centro, no sin antes hacer algunas paradas para sacarnos unas fotos. Todo era tan bonito que merecía la pena fotografiarlo.

—¿Una sidra?

—Venga. —Observé las mesas de la terraza que estaba señalando.

Aún era temprano para comer, pero no para hacer una parada y disfrutar de una sidra mientras admirábamos toda la belleza que teníamos ante nosotros.

Mi madre me llamó justo cuando nos las sirvieron. Descolgó Ernesto y se puso directamente delante de la cámara.

—Hola, suegra, aquí estoy cuidando de su hija.

Mi madre soltó una risita de lo más graciosa.

—Hola, precioso, no me cabe la menor duda de que es así. ¿Qué tal lo estáis pasando?

—Mamá. —Me asomé a la cámara riendo—. No te creas lo de suegra, que aún no me ha pedido compromiso.

—Ni te lo voy a pedir. Eso lo tienes que hacer tú, que los tiempos ya han cambiado. ¿Verdad, suegra?

—Claro, hijo.

—¡Mamá! ¿Qué haces dándole la razón y llamándolo hijo?

—Hija, si es mi yerno, será como mi hijo.

—Te llama suegra, pero no me ha pedido nada formal. —Rebufé, provocándole unas risas.

—Será mi suegra, ya verás cómo me pides a chillidos que me case contigo.

—No te lo crees ni tú. —Le di una colleja.

—Hombre, tampoco hace falta que sea a gritos —intervino mi madre a mi favor.

—Suegra, ya lo verá. —Le hizo un guiño el muy descarado.

Estuvimos hablando con ella un rato y enseñándole dónde nos encontrábamos. Mi padre se asomó para saludarnos con esa sonrisa tan tierna que tenía.

Ernesto se los había ganado con creces, y no solo ahora, sino desde mucho antes, cuando fue esa persona que me apoyó con incontables gestos mientras mi mundo parecía desmoronarse.

El camarero nos ofreció una tapa de zamburiñas que ya habíamos probado en Galicia, pero aceptamos. Era algo ligero que no nos quitaría el apetito para la hora de comer.

Además, nosotros dos éramos de buen comer y teníamos buena genética, por lo que, a pesar de todo, manteníamos el peso. De todas maneras, Ernesto hacía muchísimo deporte y yo solía salir a correr o caminar bastante, así que ambos llevábamos una vida bastante saludable.

Era cierto que desde que pasó lo de Carlos no había salido ni a andar ni a correr, pero apenas comía. El apetito había regresado poco a poco, aunque al principio llegué a perder algún kilillo que preocupó a mi madre porque decía que se me veía muy desmejorada.

—Eres la mujer más bonita del mundo —me dijo levantando su copa por décima vez, por lo menos.

Me reí.

—Bueno, seguro que eso se lo has dicho a muchas.

—Error garrafal. Mis labios han dicho cosas muy bonitas porque soy un señor, pero jamás, ni por asomo, hasta el punto de las que te digo a ti. ¿Cuándo vas a asumir que eres el amor de mi vida?

—Y tú, ¿cuándo vas a asumir que lo estoy digiriendo?

—Muy buena respuesta, enana.

Las dos copas de sidra me habían subido una barbaridad y, cuando comenzamos a andar, noté realmente los efectos. Además, tenía la risa suelta y, con solo mirarlo, se me escapaba una carcajada.

—Pues sí que te han sentado bien las copas —decía sonriente mientras me hacía fotos al tuntún y sin previo aviso.

—Luego las quiero revisar todas para decirte cuáles tienes que borrar o tendré que tirar de mi abogado.

—No tienes abogado. —Se reía.

—Pues me busco uno. —Me encogí de hombros.

—Yo te puedo prestar el mío.

—No, porque ya es tu abogado y no podría ir contra ti.

—Chica lista.

—Y borracha. —Me reí metiéndome conmigo misma mientras soltaba otra carcajada que acabó contagiándole.

Me paré ante un escaparate y me enamoré a primera vista de una camiseta monísima de color blanco, con las iniciales de la firma bordadas a un lado del pecho.

—Esa me la va a pagar mi abuela —dije señalándola.

—¿La vas a llamar?

—No, no, ya me dio dinerito. —Hice el gesto con los dedos.

—¿Y para mí no te dio nada?

—Sí, esto. —Le di un beso en la mejilla.

—Eres una desvergonzada.

—Y tú un aprovechado. —Le saqué la lengua.

—¿Has visto el precio que pone?

—No. —Me acerqué hasta poder leer la etiqueta—. ¿Ciento sesenta euros por una mierda de camiseta? ¡Ahí se queda!

—Es de firma.

—Ya le hago yo un garabato a una de las de mi amigo Amancio —me refería a la gran empresa textil a cuyas tiendas recurríamos la mayoría de las personas—. ¿Quién no conocía al señor Amancio?

—Que si te falta dinero de lo que te dio tu abuela, te puedo ayudar yo.

—Me podría comprar tres y me sobraría hasta para invitarte a un menú de hamburguesa. Pero no, no me gasto yo eso ni loca. Pensé que no costaría más de veinte euros. —Nos reímos.

—A partir de ahora, primero deberías leer el cartel de la tienda antes de fijarte en algo.

—Sí, hombre. Después de las dos sidras, estás tú para decirme lo que tengo que hacer.

Comencé a caminar contoneando las caderas y, al girarme, me di cuenta de que me estaba grabando con el móvil. Le lancé un besito al aire.

—¿Dónde vas con esos movimientos tan sexis, amor de mi vida? —Seguía inmortalizando el momento.

—Una que va a hacerse influencer . —Guiñé un ojo mirando a cámara.

—Eso es imposible, tienes tus redes privatizadas y no sueles subir tu vida.

—Siempre puedo vender la tuya.

—O mejor nuestra historia de amor.

—¿Te canto una canción?

—Venga. —Seguía grabando.

—Lo nuestro está condenado al fracaso de un amor que no tiene ni pies ni cabeza. —Cantaba inventándome la letra y en tono tonadillero.

—Esa canción no me vale, no describe la realidad de los hechos.

—Y tú te crees que a gritos te voy a pedir que te cases conmigo cuando la realidad es que lo harás tú hincando la rodilla en el suelo. —Seguí cantando.

—Esa letra no pega ni con cola. —Se reía.

—Ríe, cariño, que yo observaré cómo te vuelves un clandestino de mi amor. —Cantaba cada vez más alto mientras una pareja que pasaba junto a nosotros se reía al mirarnos.

—¿Qué pasa, que no lo vas a proclamar a los cuatro vientos?

Me tiré un buen rato cantándole letras inventadas mientras él seguía sin soltar el móvil.

—Ya no canto más —dije riendo.

—Ya lo tengo todo grabado para poder chantajearte.

—Por mí, como si lo mandas a un programa de esos de cante. No te va a hacer caso ni Dios.

—En las redes todo se viraliza.

—Bueno, también se puede denunciar al que lo cuelga.

—No me das miedo.

—Ni tú a mí tampoco. —Le hice una burla.

Con el paseo se me fueron pasando los efectos de la sidra, pero tenía clara una cosa: hoy no bebía más. Y menos aún sidra, porque ya había descubierto que me subía como los intereses.