Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 11
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Capítulo 11

Salimos de la piscina como media hora después, tras haber estado pegados como lapas durante todo ese tiempo.

Con él me sentía como una cría de veinte años, con esa timidez e ingenuidad que ya no correspondían a mi edad.

Si bien era cierto que, a pesar de mis treinta y dos años, yo seguía siendo una romántica sin maldad en el amor.

No tenía una mentalidad demasiado abierta ni desinhibida; era más tímida que lanzada.

Ernesto tenía seis años más que yo y mucha más experiencia. No se cortaba ni un pelo, pero, a su vez, conseguía hacerme sentir cómoda y bien, sin dejar de sacarme una sonrisa ni siquiera entre esos besos con los que nos habíamos dejado llevar sin excusas.

Nos preparamos un café y sacamos una caja de dónuts que había traído y que tenía una pinta brutal.

Ese día no teníamos intención de movernos a ningún lado. Queríamos disfrutar del relax de la villa y del entorno tan privilegiado que nos envolvía. Se estaba demasiado bien como para no aprovechar el día.

De repente, como por arte de magia, sonó su teléfono y en la pantalla apareció claramente «Mamá».

Ernesto carraspeó antes de cogerlo.

—Hola, mamá. ¿Qué tal por el sur? —le preguntó con cierto tono irónico mientras ponía los ojos en blanco. Obviamente, ella no podía verlo—. Sí, estoy bien. Tú tranquila, que si no te llama la policía es que no me he metido en ningún lío.

Bromeaba, pero había una tirantez en su tono más que evidente. Ella le comentaba algo y él escuchaba asintiendo, con cara de estar resultándole pesada la conversación.

Se despidió con un «chao, besitos» y colgó, dejando el teléfono a un lado antes de mirarme con una sonrisa de alivio por haber terminado la conversación.

—¿Todo bien?

—Claro, es la llamada rutinaria para quedar bien.

—¿Tan mal está la cosa?

—Ni bien ni mal, solo está. La relación con mis padres ni se asemeja a la que tienes tú con los tuyos.

—Pero ¿hay posibilidades de que cambie? —pregunté preocupada.

—Siempre puede ir a peor, sí —contestó algo completamente diferente de lo que yo esperaba escuchar.

—Me da rabia porque creo que no te mereces tener esa frialdad familiar.

—A mí también, créeme. —Por su tono parecía sincero—. Pero cuando hay cosas que se te escapan de las manos y te vienen de golpe, no puedes hacer mucho más que seguir hacia delante y volverte frío con tu propia familia.

—Imagino —murmuré con tristeza.

—Ya te contaré. Ahora no me apetece que esto me cambie el estado de ánimo. —Me hizo un guiño y acarició mi mano por encima de la mesa.

—Tranquilo, cuando quieras. Ahora cómete el dónut, que solo le has dado un bocado.

—Por supuesto. —Lo mordisqueó con ganas y me miró sonriente—. Tú pensabas que yo estaba cambiando tus días, pero lo que no sabes es que tú —me señaló con una preciosa sonrisa— estás cambiando los míos.

«No me esperaba vivir unas vacaciones tan placenteras. Me esperaba un mes de esos llenos de oscuridad —añadió haciéndome otro guiño.

—Me acabas de hacer un nudo en la garganta.

—Te lo quito rápido. —Se levantó y vino a abrazarme en plan oso mientras me comía toda la cara a besos y conseguía arrancarme una de esas carcajadas imparables.

Me daba la sensación de que Ernesto era de esas personas capaces de sacarte una sonrisa a pesar de llevar su propia tormenta por dentro. Cada día me impresionaba más y, si antes ya lo valoraba muchísimo, ahora lo hacía a un nivel que ni él mismo podría llegar a imaginar.

Nos comimos la caja de dónuts y tuvimos que ir a tirarnos de nuevo en la hamaca de lo redonditos que nos habíamos quedado. Así llamaba él a esa sensación de estar llenos a más no poder.

Se puso de medio lado junto a mí y comenzó a acariciarme la cara mientras su sonrisa y el brillo de sus ojos lo decían todo.

—Estoy muy feliz de estar viviendo esto junto a ti, Julia.

—Y yo de que me hayas elegido para estas vacaciones —confesé sonrojándome.

—Ni en mis mejores sueños habría imaginado que aceptarías.

—¿De verdad?

—De corazón. Es más, ni siquiera pude creerme que aceptaras acompañarme al cumpleaños de mi primo.

—Me lo imploraste y entendí que debía echarte un cable.

—Fue una excusa. Jamás me dijeron todas esas cosas por no llevar acompañante.

—¡No me jodas!

—Solo si tú te dejas. —Se echó sobre mí riendo.

—¿En serio me estás diciendo que te inventaste esa excusa para llevarme contigo?

—No sabía otra forma mejor de hacerlo.

—Yo a ti te mato. —Me reí a carcajadas.

—Pero que sea a besos, por favor.

—No, no me lo puedo creer —negué intentando asimilar lo que acababa de desvelar.

—Pues gracias a eso tuvimos aquel día en el beach club y ahora este viaje. —Carraspeó.

—¡Eres un descarado!

—Un descarado que se moría por ti.

—¿Cómo que se moría por mí? —pregunté cada vez más alucinada.

—Nunca hiciste caso a mis señales.

—Yo las interpreté como que te caía bien.

—Y me caes bien, pero también me has atraído muchísimo desde siempre. Respeté que estuvieras locamente enamorada de ese hombre. —Puso cara de puchero.

—Ay, mi madre. —Me llevé una mano a la frente—. No sé si reírme, llorar o darte unas cuantas collejas.

—Mejor incluye la posibilidad de muchos besos —dijo mientras me abrazaba tumbado sobre mí.

—¿Todo esto que me estás diciendo es en serio o me estás vacilando?

—Te lo juro por mi vida. Siempre me he sentido de lo más atraído por ti, casi desde la primera vez que te incorporaste al departamento.

—Esto me va a costar mucho digerirlo —negué riéndome.

—Junto a mí, todo será más digestivo. —Se reía.

—Madre mía, Ernesto, la que has liado.

—La que espero liar, porque no pienso parar hasta el día en que me pidas a gritos que me case contigo.

—Eso no debería ser así.

—¿Ah, no? ¿Y cómo debería ser? —Carraspeó.

—Da igual. Viniendo de ti ya me espero cualquier cosa; contigo lo normal no va.

—No me seas anticuada, Julia de mi vida.

—Deja de reírte, que te estás ganando una serie de collejas interminables.

Era muy fuerte. Lo que acababa de descubrir me había dejado completamente perpleja.

No solo sabía ahora que detrás de la relación con sus padres había algún problema, sino que, además, aquella invitación para hacerme pasar por su novia en el cumpleaños de su primo y todo lo que había venido después estaban motivados por unos sentimientos hacia mí que, según decía, llevaba teniendo desde hacía mucho tiempo.

¿Cómo podía haber sido tan ingenua como para no darme cuenta hasta ahora?

Estaba flipando en colores. De repente, muchas de sus bromas, sus miradas e incluso algunos de aquellos pequeños detalles que siempre había interpretado como gestos de un buen compañero adquirían un significado diferente.

Y no sabía si aquello debía asustarme o hacerme sentir todavía más especial.

Nos pasamos la tarde de lo más tontorrones entre risas, complicidad y besos que parecían surgir solos cada vez que nuestras bocas se acercaban.

A la hora de la ducha tuvimos toda una guerra porque el señorito quería meterse conmigo en el baño. Me costó la misma vida encerrarme sola y dejarlo fuera preparando unas pizzas , ya que había comprado la masa y todos los ingredientes.

Mientras caía el agua sobre mí, no podía parar de reírme al recordar las cosas de Ernesto. Me hacía sentir en una nube y me estaba dando cuenta de que entre nosotros se estaba formando una atracción muy fuerte.

Lo más gracioso fue cuando me dijo que aquella era nuestra luna de miel y que nosotros habíamos empezado la casa por el tejado.

Luna de miel… ¿Sería aquello lo más parecido a una? Porque, si ya de por sí sentía que estaba viviendo algo idílico, imaginaba que no debía distar demasiado de uno de esos viajes que hacen los recién casados.

Y no, no hacía falta irse a Bali o a las Maldivas para vivir algo bonito, porque aquel viaje me estaba fascinando y estaba consiguiendo abrir mi corazón por completo. Todo me parecía de lo más paradisíaco sin necesidad de estar en una cabañita sobre el mar o contemplando unos arrozales.

Me impresionaba lo rápido que estaba sucediendo todo por mi parte.

Hacía nada estaba como una muerta en vida, llorando y echando de menos a una persona, y de repente me sentía más viva y atraída que nunca.

Porque era innegable la enorme atracción que sentía por Ernesto y, no solo eso, por momentos iba en aumento.

Salí del baño y me encontré con un camino de pétalos de rosa que llegaba hasta el jardín. Miré hacia el jarrón donde estaba el ramo que me había regalado y había desaparecido. Me reí negando con la cabeza.

Me dirigí al exterior siguiendo el caminito que había preparado y me encontré con dos velas encendidas sobre la mesa, una botella de vino y dos copas. Él sostenía una en la mano mientras me miraba con esa sonrisita pícara.

—¿Te has cargado mi ramo? —pregunté entre risas.

—¿Acaso no ves la belleza de lo que he hecho con él?

—No se te puede dejar solo. —Cogí la copa que me ofrecía.

—Solo se me ocurren cosas bonitas para impresionarte todavía más. —Me dio un beso en la mejilla—. Va a ser tu gran noche.

—Dicho así suena muy turbio.

—¿Cómo puedes llamar turbio a todo lo que tiene que ver con el amor?

—Eres un maleante.

—Pero reconoce que soy tu maleante favorito. Voy a mirar el horno, no vaya a ser que se quemen las pizzas . —Señaló hacia dentro.

Que sí, que había destruido mi ramo de flores, pero ¿acaso no era bonito lo que había hecho? Nunca habían tenido conmigo detalles como aquellos y tampoco me habían tratado con tanta delicadeza y atención.

Durante mucho tiempo había estado engañada por mis propios sentimientos, esos que hacían que cualquier cosa que viniera de Carlos me pareciera lo más. Ahora comenzaba a darme cuenta de que, en realidad, había sido más bien lo contrario.

Ernesto me estaba mostrando una parte del amor que yo no conocía: lo que se sentía cuando alguien conseguía hacerte especial en todo momento.

Carlos, en cambio, siempre se había sentido el ombligo del mundo.

No me gustaba etiquetar a nadie, pero mi yo interior empezaba a asumir que había sido una persona demasiado centrada en sí misma.

También me estaba dando cuenta de que ahora vivía algo de dos.

Antes no. Antes había sido yo sola sin percatarme siquiera de ello.

Me había acostumbrado a llenar los vacíos que el otro iba creando y, sin embargo, lo veía normal.

Era feliz, o al menos eso pensaba, porque quizá aquello no había sido felicidad, sino conformismo.

Ernesto apareció en el jardín con las dos pizzas y no habría sabido decir cuál tenía mejor pinta porque ambas pedían a gritos que les hincáramos el diente.

—Y encima cocinas muy rico —dije después de probar la primera, que estaba crujiente y buenísima.

—Ya te lo he dicho, soy el hombre que necesitabas en tu vida.

—Y te lo estás ganando a pulso. —Estiré la mano y le acaricié la cara.

—Por fin te estás dejando llevar por tus propios impulsos.

—Tú eres el que ha conseguido que me suelte y le esté dando sentido a todo.

—Te lo has ganado. —Se levantó y se agachó para darme varios besos de pico.

—Pero no te voy a perdonar que hayas deshojado mi ramo.

—No te hagas la fría, que cuando viste el camino de pétalos se te cayó la baba y todo.

—Es muy bonito, sí.

—Prometo regalarte otro ramo.

—No hace falta, ya me regalas momentos y esos no se marchitan.

—Me encantas, lo sabes. —Me señaló con el dedo de la mano en la que sostenía la porción de pizza que se estaba comiendo.

—Tú también me encantas. Lo admito —sonreí.

—A gritos, me vas a pedir la boda a gritos. No se te olvide.

—De eso sí que no estoy segura. —Apreté los dientes.

—Ya te digo yo que sí.

Lo dijera en broma o no, lo hacía con toda la seguridad y cabezonería del mundo. Me gustaba esa parte de él en la que se volvía testarudo con sus propias ocurrencias, aunque sonaran imposibles, y las repetía una y otra vez como si estuviera convencido de que algún día acabarían sucediendo.

Entre risas, copas de vino y unas pizzas de las que no dejamos ni rastro, la noche se estaba convirtiendo en una velada perfecta, de esas que, sin haberlas planeado demasiado, terminan dejándote el mejor sabor de boca, nunca mejor dicho.

—Brindo por vivir más días así —dijo después de volver a llenar las copas.

—Llevamos toda la noche brindando —negué riéndome.

—Y lo seguiremos haciendo toda la vida. —Chocó su copa con la mía.