Capítulo 10
Colocamos los dos chuletones que había comprado, que eran unas buenas piezas, sobre una bandeja y Ernesto se los llevó para hacerlos en la barbacoa mientras yo freía unos pimientos y unas patatas. A ambos nos encantaba la carne y esa barbacoa nos venía como anillo al dedo.
Me habían encantado las flores, pero, aunque no lo admitiera, también aquellos dos besos fortuitos.
Sí, Ernesto me estaba gustando más de lo que imaginaba y la atracción crecía por momentos. ¡Quién me lo iba a decir!
Y lo peor de todo era que iba a tener que darle la razón, al menos en parte.
Obviamente, no en lo de pedirle que se casase conmigo y menos aún a gritos, porque de que me estuviera gustando más de lo normal a llegar a eso había un mundo.
Además, en ese sentido, yo era chapada a la antigua y siempre había soñado con que fuese a mí a quien se lo pidiesen.
En el caso de mi ex, con el que tenía planes de boda, todo había sido hablado. Nunca hubo ese momento en el que me sorprendiera pidiéndome que me convirtiese en su mujer, pero, visto lo visto, fue un papel que se ahorró porque terminó demostrando que de sentimientos tenía bien pocos.
Ya no quería ni pensar en él. No porque lo hubiera olvidado, ya que no iba a ser tan cínica como para decir que era así cuando no era cierto, pero sí notaba que dolía menos.
Mis días habían dejado de ser una lucha constante contra esos estados de ánimo que me fueron apagando para convertirse en algo que volvía a descubrir poco a poco y que, por momentos, me hacía sentir más viva.
—¿En qué piensas, amor? —Me rodeó por detrás mientras sacaba las patatas de la sartén.
—No soy tu amor…
—Sí lo eres, hay dos besos que lo avalan.
—Fueron fortuitos.
—Fueron y serán el comienzo de muchos otros. —Me mordisqueó el lóbulo de la oreja consiguiendo que se me erizase toda la piel.
Nos sentamos a comer en el exterior, donde había una preciosa mesa de madera con unos sillones comodísimos alrededor. Las vistas a la piscina, con las montañas de fondo, no podían ser más idílicas.
Lo bueno era la temperatura, que permitía estar fuera sin asfixiarse de calor y, para ser agosto, se estaba genial.
—La carne está de vicio.
—Uno que sabe escoger buenos cortes para su reina.
—Lo peor es tu sonrisa, no puede ser más expresiva.
—Una sonrisa de enamorado.
—De pillín, de los que se las saben todas.
—Qué poco confías en mí, nena.
—Bueno, por algo te tienen todos tus primos puesto el sambenito.
—Esos son unos envidiosos que no han sabido vivir la vida.
—Y tú un descarado que la has vivido demasiado.
—Hasta que te encontré a ti, el amor de mi vida.
—Y dale con esa sonrisa.
—Al menos te preocupa más que mis palabras. —Me hizo un guiño.
—¿Tú sabes que somos y seremos compañeros de trabajo?
—Pues anda que no hay romances y matrimonios en la empresa…
—Hablo de nosotros. —Puse los ojos en blanco.
—Ya nos hemos dado dos besos.
—No sigas por ahí. —Me reí.
—El caso es que te han gustado demasiado. Es más, me atrevería a decir que estás deseando que el siguiente sea más largo e intenso.
—No duraron ni un segundo.
—¿Lo ves? Estás confesándolo. Has contabilizado hasta lo que duraron y estás abriendo la posibilidad de que el siguiente se alargue —dijo mientras rellenaba las dos copas de vino.
—Las patatas y los pimientos también están riquísimos.
—Eso, cambia de conversación. Chica medio lista.
—¿Medio? —Me reí.
—Es que te he pillado con el carrito de los helados.
—Sí, tú siempre lo pillas todo, pareces un detective privado.
—Privado para tu corazón.
Me reí dando por zanjada la conversación porque, de lo contrario, sabía que Ernesto no tendría fin.
Terminamos de comer y, después de recogerlo todo, me tumbé en una hamaca. Y, como si no hubiera otra, ¿dónde fue a tumbarse mi amigo? Pues en la mía y bien pegado a mí.
Contuve la risita mientras miraba al frente, hacia aquella estampa de montañas tan bonitas que tenía ante mí. Ernesto, tumbado de lado, no apartaba los ojos de mí y lucía esa sonrisita con la que parecía estar buscando alguna reacción por mi parte. Lo veía perfectamente de reojo.
Besó mi hombro tres veces seguidas, despacio, como si quisiera disfrutar de cada roce.
—Oye, Ernesto, tengo una curiosidad.
—Pues suéltala, amor. —Me dio un beso en la mejilla.
—¿Por qué no llamas casi nunca a tu madre?
—¿Casi? No la llamo nunca. —Volvió a darme un beso, aunque esta vez no cambió el tono ni se rio.
—¿Y por qué no lo haces?
—No me apetece, simplemente. ¿Has visto que se haya preocupado ella por hacerlo?
—¿Estáis mal?
—Digamos que estamos. Voy a verlos de vez en cuando, nos llamamos ocasionalmente y la última vez que los vi fue cuando fui con ellos al campo a recoger el coche al día siguiente del cumpleaños de mi primo.
—¿Desde entonces no los has llamado?
—No —sonrió y dejó caer la cabeza sobre mi hombro.
—Bueno, cuando te apetezca contármelo, sabes que soy una tumba.
—No quiero estropear nuestras vacaciones. —Me rodeó la cintura con el brazo.
—Creo que hay algo que se me escapa.
—Puede ser, pero la vida continúa.
—Ellos te ayudaron con tu piso.
—Bueno, desde fuera se puede ver así, pero la realidad es más profunda. Quizás se vieron obligados a darme el dinero para callarme en otros aspectos. ¿Un café?
—Claro, y luego nos damos un chapuzón.
—Trato hecho. —Se levantó y extendió la mano para ayudarme a hacer lo mismo.
Poco nos había durado el descanso en la hamaca, pero con él todo era así.
Fuimos a preparar el café, que esta vez era de cápsulas, ya que había una máquina y él había traído las suyas cuando fue al súper.
El tema de sus padres me había dejado bastante rayada porque era algo que desconocía por completo.
Si bien era cierto que alguna vez había hecho algún comentario sobre ellos con total naturalidad en el departamento, tampoco tenía por qué ir dando explicaciones de su vida a nadie.
Aun así, sus palabras sobre el dinero del piso me hicieron pensar que detrás de aquella relación había mucho más de lo que yo sabía.
Nos sentamos en el borde de la piscina a tomar el café. El agua estaba algo fría y estuvimos debatiendo quién de los dos entraba primero.
Sus miradas cada vez eran más expresivas y me buscaba mucho con ellas. Tanto que hasta conseguía sacarme los colores.
Apagó el cigarrillo en el cenicero que habíamos dejado en el borde de la piscina, cogió dos caramelos de limón y me dio uno antes de meterse en el agua. Ni siquiera se tiró; se apoyó en el borde y fue entrando poco a poco.
—Te toca, amor mío. —Extendió las manos hacia mí.
—No me fío de ti, Ernesto.
—A mí llámame cariñosamente. —Hizo un gesto con las manos para que me lanzara hacia él.
—Mi vida, ya voy —dije bromeando entre risas.
—Así me gusta, cielito mío.
—¡No! Así no me llames tú, que eso no es que solo suene cursi, es que suena fatal.
—Anda, tírate. —Se reía.
Me metí de la misma forma que él, pero enseguida me atrapó por la cintura y comenzó a caminar conmigo entre sus brazos mientras yo flotaba y me moría de la risa. Me ponía nerviosita perdida.
No me dio tiempo a reaccionar cuando comenzó a darme un montón de besos en los labios.
—Me has engañado —murmuré mirándolo mientras notaba cómo se me encendían las mejillas.
—No te he engañado. Te he besado porque los dos lo deseábamos.
—Al final, el que me va a pedir a gritos que me case contigo vas a ser tú.
—No, serás tú, pequeñaja. —Me dio otro beso.
Y ese no fue como los demás. Esta vez nos dejamos llevar y terminamos entrelazando nuestras lenguas, haciendo que durante unos instantes el tiempo pareciera detenerse.
Sin prisas, con complicidad, sin querer comernos vivos; simplemente dejándonos llevar por eso que se estaba formando entre nosotros y a lo que yo todavía no me atrevía a ponerle nombre.
Cuando nuestras bocas se separaron, me quedé unos segundos mirándolo sin saber muy bien qué decir. Esta vez no había habido ningún fallo técnico al que poder echarle la culpa. Lo había besado porque había querido hacerlo y esa certeza me provocaba tantos nervios como ilusión.
Me parecía extraño estar entre otros brazos cuando los últimos años los había pasado junto a Carlos y estaba acostumbrada a él. Sin embargo, con Ernesto me sentía de lo más cómoda y no solo eso: también tremendamente deseada.
Y se notaba en cada gesto, porque conseguía hacerme sentir especial solo con la forma en que me miraba y me besaba.