Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 9
23%

Capítulo 9

Nuevo amanecer, pero con la peculiaridad de que esta vez tomábamos rumbo hacia Asturias.

La noche anterior habíamos dejado nuestras cosas recogidas para no perder demasiado tiempo por la mañana, más allá de desayunar y terminar de prepararnos.

Ernesto se levantó un poco antes y fue preparando el desayuno. Cuando ya lo tenía todo dispuesto en la mesa exterior, me despertó dándome varios besos en la mejilla.

—Primera etapa del viaje y aún no me has besado —me dijo entre beso y beso.

—Ya me besas tú. —Me reí.

—Pero no de la manera a la que me refiero.

—Voy a por mi café. —Me levanté entre risas.

—Ya vendrás a por mis besos…

Me siguió mientras yo me reía y me dirigía primero al baño para lavarme la cara. Incluso frente al espejo volví a sonreír porque Ernesto era un ser de otro planeta.

Al salir, me sorprendió ver la mesa con un desayuno de lo más completo y hasta una rosa en el centro, preparada con su envoltorio de floristería.

—¿De dónde la has sacado?

—Los secretos y habilidades personales no deben ser revelados. —Estiró la mano para que me sentase.

—Es preciosa.

—Es para ti.

—Gracias, guapo. —Me lancé sobre él para abrazarlo y darle un fuerte beso en la mejilla.

—A ver cuándo te equivocas y me lo das en los labios.

—Cuando amanezca con una docena de rosas sobre la mesa.

—Gracias por la sugerencia.

—Es broma, ni se te ocurra.

—Pues vas a tener que cumplir tu palabra. No puedes jugar con los sentimientos de los demás. —Carraspeó mientras servía los cafés.

—Ni se te ocurra —le advertí intentando parecer seria.

—Ya lo veremos…

Le temía más que a una escopeta cargada porque aquel hombre era capaz de cualquier cosa. Efusivo a más no poder y, además, encantado de llevarme siempre la contraria.

Desayunamos dos tostadas cada uno con un par de cafés antes de recogerlo todo, entregar las llaves de la cabaña y montarnos en el coche para poner rumbo al nuevo destino.

Qué bonito era el norte lo mirase por donde lo mirase. Me tenían fascinada cada paisaje y cada rincón. Era como si todo me envolviera y consiguiera dejarme sin palabras.

—Parece que estés enfadada conmigo.

—No, por Dios. —Me reí—. Pero me relaja tanto mirar por donde pasamos que me quedo metida en mis pensamientos.

—Espero que en esos pensamientos esté yo.

—Aunque no quiera, eres parte de todo esto.

—¿Aunque no quieras? ¡Tendrás poca vergüenza!

—Me has entendido. —Puse los ojos en blanco mientras me reía.

—Si no fuera porque eres la mujer que más me ama del mundo, te bajaba del coche.

—Sí, sobre todo eso.

—A gritos me vas a pedir que me case contigo, no se te olvide.

—Sí, sí, claro que sí —respondí con ironía, dándolo por perdido.

Hicimos una parada dos horas después, más o menos a mitad de camino, ya que esta vez el trayecto apenas duraba unas cuatro horas.

Paramos en un área de servicio que tenía un bar con varias mesas en la terraza, donde nos sentamos a tomar un café y acabamos comprándonos también un pastelito cada uno. Como si no hubiésemos desayunado bastante.

Después retomamos el camino y, sobre la una de la tarde, estábamos llegando al pueblo donde Ernesto había reservado una villa con muchísimo encanto, situada en un paraje natural increíble.

Era una especie de residencial a los pies de las montañas, formado por varias villas con piscina privada y jardín propio cerrado para dar más intimidad.

La nuestra tenía incluso barbacoa y unas hamacas tan cómodas que daban ganas de echar allí todas las siestas del mundo.

Pero lo mejor eran las vistas. Estaba alucinando.

—Me has sorprendido.

—Menos mal que lo reconoces, que me he dejado la vida para conseguir que te alojes en uno de los mejores sitios.

—Lo has hecho fenomenal. —Lo abracé por detrás y le di un beso en la mejilla.

—¿Y el piquito para cuándo?

—Quizás en algún momento —bromeé intentando contener la risilla.

—No tardará ya mucho. Estás deseando, amor.

—Anda, vamos a colocar la ropa.

—No. Tú colocas las maletas de los dos y yo me voy a hacer una compra.

—Vale.

—Esa barbacoa está pidiendo a gritos unos buenos trozos de carne.

—¡Sí! —Aplaudí emocionada.

Dejamos todo en la única habitación, porque el alojamiento era como un loft , completamente diáfano salvo por el baño, que era independiente.

Era una cucada, con unas enormes puertas de cristal que daban al jardín.

Predominaba la madera y tenía detalles que le aportaban una elegancia moderna digna de admirar.

Nada que ver con el camping , que también había tenido su encanto, pero era un alojamiento mucho más sencillo y pensado para el trote.

Me daba la sensación de estar en Bali o en alguno de esos lugares paradisíacos que veía tantas veces en las redes.

Comencé a colocar nuestras cosas en un armario empotrado situado junto a la cama. Desde allí podía ver la cocina, el comedor y prácticamente todo el alojamiento, ya que, como había dicho, no existían tabiques de separación.

Lo dejé todo colocado como si se tratase de una tienda de ropa de firma. Mejor imposible.

Me puse el bikini y una camiseta por encima, bebí un vaso de agua y salí al jardín, donde aproveché para hacerle una videollamada a mi abuela.

—Cariño mío, qué guapa estás. ¿Qué tal el camino?

—Bien, abuela. Es una maravilla toda esta parte del norte.

—¿Y el precioso de Ernesto?

—Ha ido al súper a comprar comida mientras yo colocaba todo. Mira qué bonito es el alojamiento.

Giré la cámara y comencé a enseñarle tanto el exterior como el interior.

—Hija, ese lugar es el paraíso.

—Sí, abuela. De aquí me va a dar pena irme.

—Ese chico es muy lindo.

—Abuela, no vayas por ahí. —Me reí.

—Pero ¿no te das cuenta de cómo te mira?

—Según él, me estoy enamorando y no lo quiero admitir.

—Pues yo opino igual.

—¡Abuela! —Me reí.

—El amor a veces viene por donde menos lo esperamos. Van apareciendo un montón de sentimientos bonitos y, cuando quieres darte cuenta, terminan llevándote a enamorarte de esa persona.

—Yo aún tengo el corazón jodido, aunque reconozco que desde que comenzó el viaje cada vez me acuerdo menos de Carlos.

—Y cuando regreses, ya te habrás olvidado completamente de él.

—Según Ernesto, le voy a pedir a gritos que se case conmigo.

—Ojalá, me gusta ese hombre para ti —sonrió.

Estuvimos hablando un buen rato hasta que llegó Ernesto y colgué para ayudarlo. Traía por lo menos siete bolsas.

—Pero bueno, ¿has comprado todo el súper?

—No nos faltará de nada. —Me hizo un guiño.

Traía hasta una caja de madera con tres botellas de sidra, dos de Rioja y dos de vino blanco. Por no hablar de un paquete de cervezas y otro de refrescos.

—¿Todo esto para cinco días?

—No, en este destino he reservado una semana. En realidad, siete noches.

—¡Me encanta! —exclamé emocionada.

—Tú sí que me encantas, cuerpo —dijo antes de darme un beso en la mejilla.

No me lo esperaba y, justo en ese momento, giré la cara, así que el beso terminó directamente en mis labios.

—¡Ha sido sin querer! —me defendí de inmediato.

—¡Me has besado! —Me cogió en brazos y comenzó a dar pequeños saltos conmigo.

—¡Eso no vale! ¡Ha sido un fallo técnico! —protesté entre risas.

—Pues a por muchos fallos técnicos más, mi amor.

Me eché a reír cuando me bajó al suelo, aunque siguió abrazándome con toda su efusividad. ¡Me quería morir! ¡Nos habíamos besado en los labios!

Había durado apenas un instante y había sido completamente accidental, pero mi cuerpo parecía no haberse enterado de ninguna de las dos cosas.

Todavía notaba una sensación extraña en los labios y tuve que apartar la mirada para que Ernesto no descubriese hasta qué punto me había descolocado aquel simple roce.

Ernesto regresó al coche, abrió la puerta trasera y sacó un precioso ramo de rosas. Me quedé completamente sorprendida.

—Y esto es para ti, mi vida.

—¿Cómo que tu vida? —Me reí mientras me acercaba a cogerlo—. Es precioso.

—Como nuestro primer beso.

—No te emociones, que te veo.

—Sabía que sucedería más pronto que tarde.

—Voy a ponerlas en agua. Millones de gracias.

—¿Y mi beso?

—En la mejilla y no vale moverte.

Me acerqué para dárselo, pero no dudó en girarse rápidamente y nuestros labios volvieron a encontrarse.

Los dos nos echamos a reír sin decir nada más y fui a buscar una jarra de cristal para improvisar un florero.

Me encantaba aquel ramo y debía reconocer que Ernesto, con cada detalle, cada risa y cada momento que compartíamos, me estaba gustando un poquito más de lo que yo misma estaba dispuesta a admitir.