Capítulo 8
Amanecí escuchando el sonido de la cafetera y sonreí. Sí, eso de despertar con una sonrisa en la cara era algo que me estaba pasando últimamente y que, sin duda, jugaba a favor de mi situación.
Llevábamos cuatro días completos en Galicia en los que nos habíamos dedicado a recorrer Vigo, Santiago de Compostela y varios pueblos y ciudades.
Cada día había estado lleno de momentos bonitos en los que no habían faltado las risas ni esa complicidad que, casi sin querer, iba creciendo entre nosotros.
Aquel era nuestro último día allí, ya que al día siguiente pondríamos rumbo a Asturias.
—Buenos días, petardo.
—Buenos días, mi preciosa futura mujer. —Se acercó para darme un abrazo.
—Quítate eso de la cabeza, que al final vas a coger un trauma.
—Cada vez te siento más cerca de mí —dijo mientras me besaba la cara efusivamente.
—Y tanto, como que llevamos varios días juntos.
—No vas a romper eso que veo y que estoy seguro de que no va mal encaminado. Es más, me da a mí que hoy caerá nuestro primer beso formal.
—Me muero de hambre. —Me separé sonriendo y me toqué la barriga.
—Cómo te gusta hacerte de rogar —sonrió.
Sacamos fuera las tazas y la cafetera, además de un par de cuencos de cristal que Ernesto había preparado con yogur natural, trozos de plátano, virutas de chocolate y frutos secos. También había tostadas con paté de jamón de York. Nos estábamos dando unos desayunos de campeonato.
Hoy nos íbamos a tomar el día de relax en el camping y a darnos un bañito en la ría. El día anterior habíamos comprado unos chuletones para preparar a la hora de comer con patatas fritas y hasta nos habíamos pillado unos helados de frutas que ahora estaban tan de moda.
Galicia tenía esas temperaturas agradables que en el sur echábamos de menos algunos días, cuando el calor nos azotaba con demasiada fuerza. Allí, hasta las jornadas más calurosas se sentían de otra manera y el sol parecía dispuesto a regalarnos un día estupendo.
—No me puedo ni mover —dije tocándome la barriga después de terminar el desayuno.
—Ni falta que hace. ¿Otro cafecito?
—Eso sí.
—Lo sabía, si es que te va la cafeína tanto como a mí.
Se reía mientras volvía a llenarme la taza. Siempre tenía esa actitud positiva y divertida. Realmente era de esos hombres con los que daba gusto compartir cualquier momento.
Los días en Galicia habían volado y me daba pena pensar que aquella era nuestra última jornada antes de pasar a la siguiente etapa del viaje, que nos llevaría hasta Asturias.
Sinceramente, cuanto más tiempo pasaba viviendo aquella experiencia, menos quería pensar en lo deprisa que avanzaban las vacaciones.
Estaba siendo todo demasiado bonito y, de alguna manera, también estaba sirviendo para curar poco a poco mi corazón.
Nos pusimos los bañadores y bajamos hasta la ría, donde extendimos unas toallas sobre la arena para disfrutar de los primeros rayos de sol que, aunque todavía no eran fuertes, resultaban de lo más apetecibles.
—Con ese cuerpo y pretendes que yo no te vaya a conquistar.
—No empieces. —Me tapé los ojos con el brazo.
—Por mucho que te tapes la cara, no podrás esconder los sentimientos que están comenzando a habitar en ti.
—¿Y qué sabrás tú de mis sentimientos? —Me reí.
—Porque hace una semana estabas todo el tiempo haciendo aspavientos por el agobio que tenías con lo que te pasó con el susodicho, pero desde hace unos días solo te salen sonrisas y tus ojos brillan de otra manera cuando me miras.
—Dios mío, que este se está drogando a mis espaldas.
—Tú eres mi droga.
—Ernesto, ve a darte un bañito.
—Caminaré adonde tus pasos me lleven.
—¡Ya! —Me incorporé hasta quedarme sentada mientras me reía—. Ya vas a parar.
—No, no voy a parar porque ya es demasiado tarde —murmuró con aquella sonrisilla de medio lado.
—Lo tuyo es para mandarlo a estudiar.
—Lo mío, dice… Peor es lo tuyo, que te estás enamorando en silencio y no eres capaz de ponerle nombre. Pero te lo digo yo: estás enamorada de mí hasta las trancas.
—Qué pedrada tienes.
—No podrías tirármela porque te haría más daño a ti que a mí. Mi sufrimiento ya es parte del tuyo.
Me dio uno de esos ataques de risa nerviosa porque sabía que no iba a poder con él y que siempre terminaría sacando alguna de sus artillerías. No tenía remedio y lo peor era que soltaba cada ocurrencia con una sonrisa tan genuina que resultaba imposible tomárselo a mal.
Estuvimos un rato con aquel tira y afloja antes de meternos en el agua. Por cierto, la esperaba mucho más fría de lo que estaba y me sorprendió bastante. Aun así, seguía estando fresquita y costaba la vida decidirse a sumergirse por completo.
—¿Te doy calor, amor? —preguntó mientras me abrazaba desde atrás y me empujaba para que terminara de darme el chapuzón.
Acabamos cayendo los dos entre risas y comencé a nadar para que mi cuerpo se acostumbrara a la temperatura. Él me seguía como si aquello fuese una carrera y tuviera que llegar antes que yo.
Estuvimos un buen rato en el agua entre peleas y ahogadillas que me hicieron reír hasta que apenas podía respirar.
Le debía tanto a Ernesto por aquellos días que, aunque no se lo dijera, sentía que tendría una deuda de por vida con él porque, sin saberlo, me estaba sacando de ese pozo en el que otro hombre me había metido.
Nos quedamos un rato más en la arena hasta secarnos y después subimos a la zona de camas balinesas para tomarnos unas cervezas que compramos en el bar.
Frente a nosotros estaba Vigo, con esas vistas que no me cansaba de admirar y una belleza que parecía imposible dejar de contemplar.
La mañana pasó volando, como todos aquellos días, pero todavía me aferraba a que nos quedaban muchas vacaciones por delante y toda aquella jornada para despedirnos de esas tierras gallegas que tanto me estaban gustando.
Nos preparamos la comida en el bungaló y nos sentamos fuera a disfrutarla. La carne estaba riquísima y las patatas fritas nos habían quedado de lo más crujientes, justo como a mí me gustaban.
—De este viaje me voy con algunos kilos de más —dije masajeándome la barriga.
—Es que no estamos quemando calorías como Dios manda.
—Voy a ignorar tu comentario porque sé por dónde vas.
—Esa risita es porque eres una malpensada.
—Sí, claro, como si tus palabras no fueran bastante claras.
—No hemos hecho deporte.
—No cuela.
—¿Quieres que cuele?
—Mejor déjalo, porque esa risita tuya contenida da mucho miedo.
—¿Te da miedo hacer ciertos tipos de deporte que está comprobado que queman más calorías que los tradicionales?
—Me das miedo tú.
—No, sabes que no te doy miedo. Lo que te da miedo eres tú misma por no reconocer que te mueres por cada músculo de mi cuerpo.
—A ver si el que se está quedando enganchado a mí eres tú.
—Menos mal que te das cuenta —respondió mientras me miraba de manera descarada.
—Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Te voy a pedir a gritos que te cases conmigo o vas a seguir intentando conquistarme de mil maneras? —Carraspeé.
—Todo es un ciclo de la vida. Yo haré que te enganches a mí y tú me pedirás a gritos que me convierta en el amor de tu vida.
—¿Pero no lo era ya, según tú?
—Sí, pero todavía no te has dado cuenta y yo puedo conseguir que tu enamoramiento se eleve a la máxima potencia.
—Esto es como los rascas de la ONCE: sigue probando. —Solté una carcajada cuando me lanzó una servilleta de papel a la cara.
Después de comer nos tumbamos un rato en la cama para ver vídeos de las redes sociales desde su móvil. Cada vez que aparecía algo relacionado con una pareja, decía que teníamos que pensar en hacer cosas así para mostrarle al mundo nuestra preciosa historia de amor.
—Desde luego que no quieres exponer lo nuestro —dijo mientras me daba un beso en la coronilla.
—No expongo ni lo mío, voy a exponer algo que ni existe.
—¿Que no? Pues yo voy a subir fotos de Galicia a Instagram y te voy a invitar como colaboradora.
—No pienso aceptar.
—Da igual, las verán todos los del curro.
—Haz lo que quieras. —Le soplé en la cara.
—Cada vez estás más cerca de besarme. La atracción es inevitable.
—Déjame dormir un rato —murmuré mientras me acurrucaba en su hombro.
—Si es que necesitas de mi amor, pequeñaja —respondió entre risas.
Y aunque no pensaba darle la razón ni loca, lo cierto era que cada vez me salía de una manera más natural buscar su cercanía.