Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 7
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Capítulo 7

Eran las nueve y media cuando me levanté y ni rastro de Ernesto ni del coche.

Lo llamé preocupada por si había pasado algo. Me tranquilicé al saber que había ido al súper para hacerse con algunas cosas para el desayuno.

Llegó veinte minutos después con el maletero cargado de bolsas y varios paquetes de agua, así que salí a ayudarlo a meterlo todo en la cabaña.

—Hoy he dormido como una reina después de lo sucedido.

—Estabas cansada. ¿Ya te encuentras bien?

—Sí, genial.

—Con todo lo que he traído para desayunar cogerás fuerzas. Pensé que no iba a ser buena idea proponerte tomar unas tostadas del bar del camping . —Carraspeó.

—Antes me muero de hambre. —Me reí.

La nevera era pequeña, pero, colocando bien las cosas, conseguimos guardar todo lo que había comprado, que no era precisamente poco.

Nos preparamos unas tostadas de pan de pueblo con café y luego pusimos en la mesa jamón, aceite de oliva, mantequilla y paté de jamón de York. Yo me decanté por el jamón con aceite, al igual que él.

Nos sentamos a desayunar en la mesa del exterior donde se respiraba un ambiente de lo más relajado.

El día comenzaba en el camping y no había síntomas de que nadie se encontrase mal.

Parecía ser que yo era la única víctima de la hamburguesa o quizá alguno lo había pasado mal de madrugada y ya estaba recuperado, como yo.

—¿Otro cafecito? —preguntó Ernesto mientras cogía la cafetera que habíamos sacado con el desayuno.

—Sí, por favor.

—Pues un cafecito para la cagona-vomitona —dijo mientras me lo servía.

—No me lo recuerdes, por Dios.

—Como si tú lo hubieras olvidado —respondió, provocando que los dos nos echáramos a reír.

—¿Y qué plan tenemos hoy?

—Pues vamos a pasear por O Grove, donde he reservado mesa en la terraza de uno de los restaurantes más solicitados de la zona.

—Me han hablado muy bien de ese lugar.

—Es muy turístico y bonito. Te va a gustar. Además, vamos a inaugurar oficialmente el viaje con una parrillada de marisco que nos va a sentar genial.

—Eso espero —respondí apretando los dientes.

Después de recoger el desayuno, nos duchamos y nos vestimos para comenzar el día.

El trayecto fue una maravilla porque Galicia contaba con unos paisajes capaces de absorberte por completo y hacerte olvidar durante unos instantes todo lo demás. Me estaba gustando muchísimo descubrir aquella tierra.

Al entrar en O Grove, todo era aún más especial, ya que su privilegiada ubicación en las Rías Baixas le daba un encanto especial, a lo que había que añadir que era un pueblo marinero que atraía por sus playas y su entorno natural.

Aparcamos y comenzamos a pasear por el paseo marítimo antes de adentrarnos en su casco antiguo, que también era de una belleza sin igual.

Las tiendecitas me llamaban mucho la atención y no pude evitar comprar unos regalitos artesanos de plata con conchas incrustadas para mi madre y mi abuela. Ernesto también le cogió uno a la suya, ya que yo lo animé a hacerlo.

—Que conste que yo no le pensaba llevar nada.

—No se puede ser tan mal hijo.

—¿Y el privilegio que tiene de tenerme como tal? —Me echó la mano por encima del hombro.

—Eres un descarado. —Me reí.

—Pero seré tu descarado favorito —susurró a mi oído.

Desde ese momento me llevó con la mano sobre mi hombro hasta que llegamos a la terraza frente a la ría para comer.

Era un lugar cuidado al detalle y al más puro estilo marinero.

Me gustó mucho. Nos pedimos unos refrescos para comer, ya que él tenía que conducir y a mí no me apetecía tomar alcohol.

Eso sí, habíamos comprado una botella de vino para la cena, que prepararíamos nosotros mismos en la cabaña con algunas de las cosas que él había traído del supermercado.

De entrantes nos pedimos unos pimientos de Padrón y unas minitostas con crema de mejillones.

Estaba todo tan bueno que terminamos soltando algún gemido de puro placer entre risas.

El plato fuerte fue la parrillada de marisco que incluía un bogavante y una buena variedad de productos del mar que consiguió que se me hiciera la boca agua incluso antes de probar el primer bocado.

Nos pusimos hasta las cejas y terminamos no solo saciados, sino de lo más satisfechos.

Después de semejante comilona necesitábamos caminar un rato para bajar la comida, así que volvimos al paseo y aprovechamos para hacernos infinidad de fotos que queríamos guardar como recuerdo de aquellos primeros días del viaje.

Más tarde decidimos acercarnos a Vilagarcía de Arousa, que estaba relativamente cerca en coche, para merendar allí.

Fue otro de esos lugares que consiguieron conquistarme nada más llegar.

Su puerto, las playas y el entorno de la ría nos regalaron otra perspectiva de aquellas tierras gallegas que parecían esconder rincones maravillosos allá donde mirásemos.

Nos sentamos en una terraza donde pedimos un café y un par de helados diferentes para probarlos a medias, que tenían una pinta espectacular. Desde luego, aquel viaje también estaba resultando ser una auténtica maravilla para el paladar.

—Esta noche no vale vomitarlo.

—Prometido que no. —Me reí.

Desde luego, sería para matarme si volvía a tener una noche tan desagradable como la anterior.

Ernesto, a pesar de su humor e ironía, me daba una paz que necesitaba como agua de mayo. Me hacía más bien del que podía imaginar y se portaba conmigo de una manera que no tendría vida para agradecerle.

Lo curioso era que no necesitaba hacer grandes cosas para conseguirlo. A veces bastaba una de sus tonterías, una mirada o una forma de estar pendiente de mí sin preguntarme constantemente cómo me encontraba.

Paseamos durante un buen rato antes de poner rumbo al camping sobre las ocho de la tarde.

Habíamos aprovechado bien el día y ahora tocaba preparar una cenita en la cabaña y disfrutarla en aquel lugar que nos había acogido y que era una maravilla, a pesar de mi indisposición puntual de la noche anterior.

Nos dimos otra ducha para ponernos cómodos y empezamos a preparar la cena entre los dos. Hicimos unas tostas de pan con queso fundido, salmón ahumado y aguacate, y para picar pusimos unas patatas chips y unas olivas.

Ernesto abrió la botella de albariño que habíamos comprado en O Grove, sirvió dos copas y levantó la suya para brindar.

—Por nuestra nueva vida en común.

—¿Nueva? La llevamos desde que me incorporé a la empresa —bromeé, evadiendo esas palabras que había entendido a la perfección.

—Me has entendido, pequeñaja. —Me hizo un guiño.

En ese momento me entró una videollamada de mi madre. La cogí sonriente y puse el móvil mirando hacia Ernesto para que la saludase.

Le contamos cómo había ido el día y, por su sonrisa, se notaba lo relajada que estaba al saber que yo me encontraba entretenida y no perdida en esos pensamientos de frustración por lo ocurrido con mi ex.

La gracia llegó al despedirnos, cuando Ernesto, ni corto ni perezoso, soltó un «hasta pronto, futura suegra» que provocó una carcajada en mi madre. Por su reacción, parecía estar encantada con aquella expresión.

Puse los ojos en blanco cuando colgué la llamada y me reí negando con la cabeza. Este hombre tenía cada salida que no era ni medio normal, pero lo cierto era que tenía mucha gracia y esas cosas las llevaba en vena.

—Tu madre me acepta, te lo digo para que no te preocupes por ese aspecto.

—Me preocupas tú.

—Ah, no, tranquila, que intentaré digerir bien nuestra relación. ¿Quieres? —Me acercó una aceituna.

—Si la quisiera, ya la habría cogido.

—A mí me quieres y no me coges. —Carraspeó.

Dijera lo que dijera, él siempre tenía una de sus fantásticas salidas, pero a mí me encantaban. No podía decir que me molestasen cuando no era así.

El tema llegó cuando nos fuimos a dormir. De nuevo quería ese abrazo, pero esta vez no lo pidió. Me rodeó con sus brazos y se pegó a mí, dejando la cabeza sobre mi hombro.

—¿A que soy lo más bonito que ha pasado en tu vida?

—Madre mía, Ernesto, para. —Me reía.

—Dímelo o no te suelto.

—Y aunque te lo diga, no lo harás.

—¿Ves? Me conoces mejor que mi madre.

—Lo dudo, pero algo te conozco.

—¿Un besito de amor? —Estiró los morros.

—¡Ni loca!

—Me vas a pedir matrimonio a gritos, ya te lo he advertido.

—Bueno, tú sigue esperando.

—No te pienso soltar. Voy a cuidar de ti toda la noche y, si te cagas, tendrás que cargar conmigo.

—Eres un asqueroso. —Me reí.

—No, la asquerosa eres tú, que fuiste la que lo echó todo por ahí.

—Madre mía, no sé yo si hice bien en venir contigo.

—Sabes que sí, no tenías mejor opción en tu vida.

Me abrazó con más fuerza y dejó un beso sobre mi cabeza.

No me soltó y, aunque podría haber protestado o haberme apartado, no hice ninguna de las dos cosas.

Estaba cómoda, tranquila y, por primera vez en mucho tiempo, mi cabeza parecía haber encontrado un lugar donde descansar.

De aquella manera, abrazados, terminamos quedándonos dormidos.