Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 6
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Capítulo 6

Once horas de camino, con las paradas incluidas, y por fin estábamos llegando a la primera etapa del viaje: un camping situado a los pies de una ría desde el que podíamos contemplar la ciudad de Vigo al otro lado.

Todo estaba en perfecta sintonía con el entorno.

Ernesto había reservado una preciosa cabaña de dos dormitorios, con cocina y una pequeña sala de estar a la entrada.

En el exterior había una mesa de madera protegida por un techito de paja que le daba un encanto especial.

Era una cucada. El resto del camping seguía la misma estética, con tiendas de campaña blancas equipadas con colchones para hacer la estancia mucho más confortable.

Después de una pequeña guerra porque Ernesto insistía en que no tenía sentido que durmiéramos en habitaciones separadas, dejamos nuestras cosas colocadas en los armarios y salimos a cenar.

El camping tenía una zona preciosa frente a la ría, con camas balinesas, sofás y distintos rincones decorados en tonos blancos.

Allí mismo había un bar de madera donde se podían pedir bebidas, hamburguesas con patatas, nachos o perritos calientes.

Nos decantamos por un menú de hamburguesa con una Coca-Cola Zero y nos acomodamos en uno de aquellos sofás, con una mesita de madera delante y unas vistas espectaculares. La ría nos separaba de Vigo, que lucía impresionante frente a nosotros con las primeras luces de la noche.

—Esto es precioso —murmuré después de probar la hamburguesa, que estaba riquísima.

—No te traería a un sitio feo, futuro amor de mi vida.

—¿Quieres dejar de llamarme así? —pregunté entre risas.

—Te mueres por darme un besito —respondió sacando los morros hacia mí.

—Ni muerta. No te beso ni muerta.

—¿Pero qué quieres tú? Soy guapo, simpático y estoy de buen ver…

—Que te aguante otra, eso quiero yo —contesté riéndome porque aquel hombre era imparable.

—Lo pasarías mal, me echarías de menos y terminarías dándote cuenta de que tenía razón cuando te decía que soy el amor de tu vida.

—Dios mío, que al final me va a sentar mal la hamburguesa.

—El caso es echarle la culpa a algo en vez de asumir la realidad.

—La única realidad es que te he pillado en un verano aburrido y lo estás pagando conmigo.

—Ahora sí te la has ganado —dijo antes de darme una pequeña colleja.

—Por poco se me sale la muela del juicio —protesté con absoluta seriedad.

Su carcajada consiguió que yo también terminara riéndome.

—Reconoce que estamos hechos el uno para el otro.

—Reconozco que me lo paso muy bien contigo, pero de ahí a la burrada que acabas de soltar hay un trecho bastante grande.

—Pobre ilusa.

—El iluso eres tú, que estás creyéndote una historia que no existe.

—Repito: pobre ilusa.

Lo di por perdido, pero la realidad era que me hacía gracia verlo tan metido en el papel. A veces parecía decirlo todo tan en serio que conseguía sembrarme alguna duda, aunque yo prefería pensar que seguía formando parte de su juego.

Había bastante gente a nuestro alrededor y algún que otro perro se acercaba a nosotros moviendo el rabo, algo que me producía una ternura especial porque adoraba a los animales. De hecho, llevaba un tiempo planteándome seriamente la posibilidad de adoptar uno durante los próximos meses.

Siempre había escuchado eso de que no debíamos fiarnos de alguien a quien no le gustasen los perros y, pensándolo ahora, quizá aquella frase tuviese algo de razón. Carlos siempre decía que jamás metería uno en casa y, al final, había resultado ser la persona más desleal del mundo.

Ernesto, en cambio, acariciaba a cada perro que se acercaba y hasta compartía algún pedacito de su hamburguesa después de pedir permiso a sus dueños.

No es que estuviera empezando a mirarlo con otros ojos más allá del cariño que ya le tenía, pero aquellos pequeños gestos me permitían conocer facetas suyas que hasta entonces desconocía y que me gustaban.

El cansancio de tantas horas de carretera comenzaba a hacerse notar, así que, después de aquel rato de tranquilidad mientras cenábamos, regresamos a la cabaña.

Me cambié en el baño y me puse un pijama de verano de pantalón corto y camiseta de tirantes. Cuando salí, me encontré a Ernesto tumbado en la cama de matrimonio, dando golpecitos con la mano en el colchón para indicarme que me acostara a su lado.

—Ni de broma duermo contigo.

—O vienes por tus propios pies o te traigo en brazos —respondió encogiéndose de hombros.

—Ni una cosa ni la otra —contesté entre risas mientras retrocedía.

En cuanto vi que se levantaba, salí corriendo hacia el otro dormitorio y cerré la puerta detrás de mí. No tenía pestillo, así que me apoyé contra ella sabiendo que, si Ernesto quería abrirla, podría hacerlo sin demasiado esfuerzo.

—Con un solo empujón os arrastro a la puerta y a ti. Así que tú decides.

—¡Ni se te ocurra!

—A la de una, a la de dos…

—¡Ya abro! —exclamé muerta de la risa mientras apartaba la puerta—. Como me pongas un dedo encima, la tenemos.

—No osaría hacer tal cosa. Ya sabes que serás tú quien termine buscándome a mí.

—No, no. Eso nunca va a pasar.

—No pongas la mano en el fuego, pequeñaja.

—Las dos pongo, fíjate lo segura que estoy —contesté mientras lo seguía hacia el otro dormitorio.

Terminé tumbándome a su lado entre risas porque con las caras que ponía era imposible no hacerlo.

Sinceramente, guapo era a reventar y una tampoco estaba ciega.

Además, lo más curioso de todo era que llevaba prácticamente todo el día consiguiendo que mi pasado apenas apareciese por mi cabeza, salvo en pequeños momentos.

Y no, seguía sin estar enamorándome de él, pero tampoco era de piedra. Ernesto era atractivo, divertido y estar a su lado me resultaba cada vez más agradable. ¿Para qué iba a mentirme a mí misma?

—Hoy porque estamos cansados, pero mañana contaremos estrellas.

—No tengo yo otra cosa que hacer que ponerme a contar estrellas. —Solté una carcajada.

—No me has entendido…

—¡Ernesto! Cállate y duerme.

—¿Un abracito de buenas noches?

—¡No!

—Qué mala eres conmigo…

—La peor del mundo.

—Solo es un abracito de buenas noches.

—Ya, pero estamos metidos en una cama.

—Si quieres, nos levantamos, me lo das y nos volvemos a acostar.

—¡Ernesto!

—Eres una chillona.

—Y tú un buscón.

—Abracito —insistió poniendo cara de puchero.

—Pero que sea rápido.

Nos abrazamos, aunque aquello de «rápido» debió de entenderlo a su manera porque no me soltaba e incluso empezó a mecerme de un lado a otro hasta provocarme un ataque de risa. Después nos quedamos charlando un rato y, sin darnos cuenta, terminamos dormidos.

El descanso me duró poco. Alrededor de las tres de la madrugada comencé a sentirme fatal y salí de la cama procurando no despertar a Ernesto.

Apenas me dio tiempo a cerrar la puerta del dormitorio antes de empezar a vomitar y, para rematar la situación, mi estómago decidió vaciarse por todas las vías posibles antes de que consiguiera llegar al baño.

Me quería morir de la vergüenza. Solo rezaba para que Ernesto no se despertase y apareciera en mitad de aquel desastre.

Abrí la ducha y me metí debajo del agua tal cual estaba, con el pijama puesto. Después lavé como pude la ropa y salí envuelta en una toalla dispuesta a limpiar todo aquello antes de que él se enterara de lo ocurrido. Por suerte, en la cabaña había cubo, fregona y productos de limpieza.

Entré con cuidado en el dormitorio para coger ropa interior y otro pijama.

Ernesto seguía durmiendo, así que volví a cerrar la puerta y me apresuré a terminar con todo.

Metí la ropa en la lavadora, la puse en marcha y hasta pulvericé mi perfume por el salón intentando que no quedara ni rastro de aquella catástrofe.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ernesto apareciendo de repente en la puerta.

—¡Que la he liado!

—¿Cómo?

—Pues echando todo lo que tenía en el cuerpo por todos los orificios posibles —respondí con una expresión de absoluta desgracia.

—¿Y por qué no me has llamado?

—Sí, claro, para que vieras la mierda que había formado.

—Pues te habría ayudado con mucho gusto. ¿Cómo estás?

—Podrida. Esa hamburguesa me ha sentado fatal.

—Pues yo me encuentro bien. ¿Te duele algo?

—No, no. Creo que ya he soltado todo —respondí mientras me dejaba caer en el sofá, todavía agobiada—. Vete a dormir, que yo iré en un rato.

—No, yo me quedo aquí contigo —dijo mientras se servía un vaso de agua—. ¿Quieres que te prepare algo?

—No, gracias.

—Pues quita esa cara de preocupación, que a cualquiera le puede pasar.

—Menos mal que no has salido antes. Te juro que me habría muerto de la vergüenza.

—No seas tonta, Julia.

—Ni Julia ni leches. La he liado parda. Menos mal que había cosas para limpiar.

—Pues huele muy bien.

—Porque me he cargado medio frasco de perfume, medio litro de lejía y hasta detergente.

—Vamos a la cama.

—No, voy a esperar a que termine la lavadora.

—Pues yo espero contigo.

—No hace falta, de verdad.

—¿Y con quién mejor para compartir semejante momento que conmigo?

No pude evitar reírme mientras negaba con la cabeza. La angustia y la vergüenza que había pasado no eran ni medio normales, pero Ernesto había conseguido que incluso aquello pareciese menos terrible.

Cuando terminó la lavadora, salí a tender la ropa y después regresamos a la cama.

Solo esperaba que el día siguiente empezara con mejor pie porque menuda manera de estrenar nuestra primera noche de viaje.

Lo que tenía clarísimo era que no volvería a pedir una hamburguesa en aquel bar ni aunque me muriese de hambre.