Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 5
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Capítulo 5

Viernes…

La semana había pasado entre los preparativos del viaje que Ernesto y yo íbamos a comenzar ese mismo día. Lo cierto era que me había ido animando conforme avanzaban los días y él me enseñaba algunos de los lugares que tenía pensado visitar, todos preciosos y cada vez más tentadores.

La tarde anterior la había dedicado a preparar la maleta y una bolsa con mis cosas más personales.

Mi familia estaba encantada de que me fuese de viaje con Ernesto y, cuando habíamos comido todos juntos dos días atrás, tanto mis padres como mis abuelos le agradecieron delante de mí que estuviera empeñado en sacarme de casa y conseguir que volviera a hacer planes.

Se los había metido a todos en el bolsillo.

Mis abuelos me habían regalado quinientos euros para el viaje.

A pesar de que les repetí que no me hacían falta e insistí en no aceptarlos, como siempre, no admitieron un no por respuesta.

Con mis padres ocurrió exactamente lo mismo y me dieron la misma cantidad para que la disfrutase durante las vacaciones.

De todas formas, yo contaba con la paga extra de verano, que era la que pensaba utilizar para costear el viaje.

El problema era que llevaba toda la semana en guerra con Ernesto porque se había encargado de reservar todos los alojamientos y no había manera de que me dijera cuánto tenía que darle.

Su única respuesta era que al final del viaje ajustaríamos cuentas, algo que me tenía bastante cabreada porque no pensaba ir por la cara de ninguna de las maneras.

No sabía exactamente cuánto cobraba Ernesto, pero, por el tiempo que llevaba en la empresa y las responsabilidades que tenía, calculaba que su sueldo podía ser casi el doble que el mío.

Aun así, eso no significaba que tuviera que pagarme las vacaciones.

Yo podía permitirme perfectamente asumir mi parte y pensaba hacerlo, por mucho que él se empeñara en esquivar el tema.

Ernesto se había comprado un piso nuevo cuatro años atrás con la ayuda de sus padres, ya que también era hijo único, y no tenía hipoteca.

Yo todavía seguía pagando el préstamo que había pedido para reformar y amueblar mi casa, pero era una cuota perfectamente asumible con mi sueldo.

No éramos ricos ni mucho menos, pero sí teníamos la suerte de vivir cómodamente sin pasar apuros.

Me estaba tomando el primer café del día cuando apenas eran las siete de la mañana. Habíamos quedado en que Ernesto me recogería a las siete y media para salir temprano y aprovechar al máximo el día.

Estaba muy ilusionada con el viaje y había preparado el equipaje meticulosamente para tener outfits para todo tipo de ocasiones.

En principio, nos íbamos veinte días, aunque, según Ernesto, todo dependería de lo bien que lo estuviésemos pasando.

Me había amenazado con no regresar hasta dos días antes de incorporarnos al trabajo si las circunstancias lo requerían, así que más me valía estar preparada para pasar prácticamente el mes entero fuera de casa.

Y, sinceramente, me apetecía muchísimo alejarme de la ciudad, estar distraída y cambiar de aires. ¿Con quién mejor que con un compañero que, además de haberse convertido en un buen amigo, conseguía sacarme una sonrisa detrás de otra?

El día anterior me encontré con Lola por los pasillos y me preguntó cómo estaba. Se le notaba que todavía cargaba con un sentimiento de culpa enorme y me daba pena verla así porque ella no había tenido la culpa de nada. El único responsable de aquella traición había sido Carlos.

Se alegró muchísimo cuando le conté que me iba unas tres semanas con Ernesto a recorrer el norte de España y me dio un abrazo sincero mientras me deseaba que lo pasara genial y que mi corazón fuese sanando poco a poco.

En todo momento la sentí honesta y, aunque me dolía saber que, sin quererlo, había formado parte de aquella deslealtad, ella había sido completamente ajena a todo.

No quería seguir mirando atrás. Quería disfrutar de aquellas vacaciones y aprovechar la oportunidad para empezar a avanzar de verdad con mi vida. Mi prioridad era ir soltando, poco a poco, todas esas cadenas invisibles que todavía me mantenían aferrada al pasado.

Ernesto llamó a mi puerta a la hora acordada y se encargó de sacar mi maleta mientras yo llevaba una bolsa grande que también dejamos en el maletero.

Aparte, llevaba un bolso pequeño con la cartera, el tabaco, las gafas de sol, la crema solar y esas cosas básicas que sabía que utilizaría continuamente durante el viaje.

También había preparado el día anterior una lonchera grande con varios compartimentos en los que metí picos, rodajas de fuet, patatas deluxe extra crujientes, jamón serrano, porciones de tortilla de patatas que había hecho por la noche, frutos secos, quesitos Babybel y hasta unas gominolas ácidas que me encantaban.

—¿Preparada para vivir el primer viaje con el amor de tu vida?

—Bueno, digamos que preparada para vivir el primer viaje con mi mejor compañero de trabajo y amigo —respondí sonriente mientras me ponía el cinturón.

—Pobre ilusa.

—Bueno, cada cual se cree su propia historia.

—¿Colleja? —preguntó mientras estiraba la mano hacia mí.

—No, que es muy temprano. —Aparté la cabeza hacia la ventanilla para evitar que me la diera.

—Si no fuera porque me encantas, ya te la habrías ganado.

—Ah, bueno, punto a mi favor. Mira hacia delante y conduce, que nos queda un largo camino.

—El mejor de los caminos, el que nos llevará a vivir el comienzo de nuestra historia —respondió mientras salía del aparcamiento con aquella sonrisa que nunca abandonaba.

Y tan ancho se quedaba, como siempre. Lo peor era que conseguía volver a sacarme aquella risilla que se mantenía en mi cara durante bastante rato y, antes incluso de que desapareciera, ya había soltado alguna otra ocurrencia para hacerme reír de nuevo.

Lo único que sabía sobre la ruta era que nuestra primera parada sería Galicia, donde pasaríamos unos días. Después iríamos recorriendo otras comunidades del norte hasta llegar al País Vasco y, desde allí, emprenderíamos el regreso a Cádiz.

Miré por la ventanilla mientras comenzábamos a dejar atrás la ciudad y sentí algo parecido a un pequeño alivio.

No sabía qué me depararían aquellos días ni si el viaje conseguiría ayudarme tanto como todos parecían creer, pero por primera vez desde hacía un mes tenía ganas de descubrir lo que venía por delante en lugar de seguir mirando hacia atrás.

—Así que llevas una lonchera que has preparado con mucho amor.

—Sí, mira —respondí mientras la cogía del asiento trasero, aprovechando que nos habíamos detenido en un semáforo en rojo.

—Madre mía, pero bueno… No sabes qué hacer para conquistarme.

—Es para que se nos haga más ameno el camino —contesté entre risas.

—Yo llevo atrás una nevera con una bolsa de hielo, latas de refresco, agua y unos yogures bebibles. También he metido unos sobres de mojama, hueva de maruca y un bote de gildas. Ah, y un termo con café de Nespresso, que eso no nos puede faltar para el camino.

—Pues sí que nos vamos a ahorrar pasta durante el trayecto.

—Estamos hechos el uno para el otro, mi amor.

—Sí, sobre todo amor —respondí riéndome.

—Qué manera de romper el romanticismo, cariño.

—Ni romanticismo ni cariño. Somos amigos.

—No puedo considerar amiga a una persona que terminará pidiéndome a gritos que me case con ella.

—Sigue soñando…

Nuestra primera parada fue en un área de descanso dos horas después.

Ernesto sacó el café y unas galletas rellenas de chocolate que se había olvidado mencionar cuando me enseñó todo lo que llevaba.

Además, eran de mis favoritas y él lo sabía porque en más de una ocasión las había llevado al trabajo.

La sonrisita que lucía mientras las sacaba lo decía todo.

Nos hicimos un selfi mientras desayunábamos y lo mandé al grupo familiar. No tardaron en llegar los piropos, los deseos de que disfrutáramos muchísimo del viaje y, por supuesto, las advertencias de que tuviéramos cuidado en la carretera.

Mi abuela acompañó su mensaje con, por lo menos, doce emoticonos de besos. Era de lo más adorable y efusiva.

Retomamos el camino con la intención de volver a parar unas horas después para comer todo lo que habíamos llevado.

No queríamos perder demasiado tiempo en restaurantes de carretera; preferíamos reservar esas comidas para cuando llegáramos a nuestros destinos y pudiéramos disfrutar de los lugares con tranquilidad.

La música nos acompañó durante todo el trayecto y hasta terminamos cantando a pleno pulmón alguna que otra canción que nos gustaba a los dos.

Entre conversaciones, bromas y kilómetros, empecé a darme cuenta de que Ernesto y yo teníamos muchas más cosas en común de las que había descubierto durante todos aquellos años trabajando juntos.