Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 4
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Capítulo 4

Los lunes pesaban, pero en esta ocasión lo hacían de otra manera después del fin de semana tan ameno que había vivido.

Ernesto había sido el causante de que saliera de esa zona de frustración en la que me había visto sumida durante el último mes. Y no, no es que me estuviera sintiendo atraída por él; todo aquello no eran más que bromas con las que conseguía sacarme una sonrisa tras otra. Lo conocía de sobra.

Eso sí, era un hombre guapísimo, tenía mucha clase vistiendo y se cuidaba bastante. Su cuerpo atlético y la piel bronceada dejaban claro que le gustaba mantenerse en forma.

Llevaba el pelo al aire, castaño con algunas vetas rubias naturales, y tenía unos ojos marrones claros que destacaban todavía más gracias a sus facciones y a aquella mandíbula marcada.

Todo un guaperas que se había pasado la vida de conquista en conquista, aunque, como él mismo decía, eso se acabaría el día que apareciese una mujer que consiguiera que dejara de mirar hacia otro lado.

Lo bueno de Ernesto era que nunca engañaba a las chicas con falsas promesas. Siempre dejaba claras sus intenciones y eso decía mucho de su manera de ser.

Me tomaba el primer café ya arreglada y preparada para salir pitando hacia la empresa. Aquella mañana había dormido un poco más de lo habitual y lo agradecía muchísimo después de tantas semanas despertándome como si llevara una vida entera sin descansar.

Ese lunes afrontaba el día con bastante más optimismo. Quería regalarme la oportunidad de empezar a ver las cosas de otra manera y los dos días anteriores habían conseguido que, al menos, me planteara intentarlo.

Tenía tanto que agradecerle a Ernesto que me apeteció hacer una parada en una pastelería que había de camino al trabajo y comprarle una cajita de sus palmeras de chocolate favoritas.

Fue otro gran acierto porque, en cuanto me vio entrar con la caja en la mano y dirigirme hacia él, se levantó de su silla y vino directo a comerme la cara a besos ante las risitas de nuestros compañeros.

—Si es que te lo dije. Antes de que termine el verano me estás pidiendo matrimonio —murmuró junto a mi oído.

—Anda, anda, no te vengas tan arriba —respondí mientras le entregaba la caja y me dirigía a mi asiento.

Ernesto se pasó toda la mañana lanzándome besos al aire y haciéndome guiños.

Me tenía con la risa suelta, igual que a nuestros compañeros, que no dejaban de advertirme que tuviera cuidado porque quería convertirme en su presa.

Él se defendía con aquella sonrisilla asegurando que yo sería la reina de todas sus presas, la única que se quedaría para siempre en su corazón y en su vida.

—¿Y hoy dónde comemos? —me preguntó cuando se acercó a mi mesa después de recoger sus cosas y dar por concluida la jornada laboral.

—Yo, en casa de mis abuelos. Tú no sé.

—Pásame el teléfono, que seguro que han hecho comida de más y estarán encantados de conocer al futuro prometido de su nieta.

—¿Quieres venir?

—Sin dudarlo —respondió, mordiéndose el labio para contener la sonrisilla.

Cogí el teléfono y avisé a mi abuela de que Ernesto vendría a comer. No tuve ninguna duda de lo feliz que la hacía la idea cuando me aseguró que, por supuesto, lo esperaban con los brazos abiertos y la mesa puesta.

Ernesto me siguió hasta mi casa, donde dejé el coche aparcado, y después me monté en el suyo para dirigirnos a casa de mis abuelos.

—Hoy has venido al trabajo más guapa de lo normal, y mira que parecía imposible.

—No empieces —dije mientras me acomodaba y me ponía el cinturón.

—Te dije que te ibas a enamorar de mí y lo harás en silencio, casi sin darte cuenta, pero cuando ocurra ya estarás rendida a mis pies.

—Dios mío, yo que pensaba que eso se había quedado en ayer.

—Ayer, anteayer, hoy y siempre. Acostúmbrate.

—Ya se te pasará. Te conozco de sobra para saber que ahora te ha dado por mí y que no te durará mucho. —Carraspeé.

—Eres una ilusa.

—Y tú un caprichoso —contesté entre risas.

Cuando aparcamos, mi abuela nos recibió con una enorme sonrisa mientras mi abuelo terminaba de freír sus famosas croquetas de marisco, que eran la perdición de toda la familia.

—Así que tú eres Ernesto, el compañero del que tanto nos ha hablado mi nieta —le dijo mi abuelo mientras le tendía la mano y le regalaba una de sus tiernas sonrisas.

—Ese mismo, pero, si alguna vez ha dicho algo malo de mí, quiero dejar claro en mi defensa que no es cierto.

—No, hijo, mi nieta nunca tiene malas palabras para nadie y mucho menos para ti. Nos ha hablado maravillas de lo bien que la has cuidado durante estos momentos tan feos por los que ha tenido que pasar —intervino mi abuela.

—Si es que tenía que haberse fijado en mí y no en ese hombre.

Los cuatro nos echamos a reír con aquel comentario de Ernesto, que no se cortaba ni un pelo siquiera delante de mis abuelos. Y yo, que los conocía perfectamente, podía asegurar que les estaba cayendo demasiado bien.

—Por favor, estas son las mejores croquetas que he comido en mi vida.

—Pues luego te llevas una docenita y te las fríes en casa cuando quieras. Hemos hecho muchísimas —le dijo mi abuela con una sonrisa.

—¿Cómo me voy a negar a llevármelas? Esto es un delicioso pecado para el paladar.

—Ya empieza con su dramatismo poético —murmuré, provocando la risa de todos, incluida la suya, antes de que me dedicara uno de aquellos guiños acompañados de su sonrisa de medio lado.

Durante la comida no faltaron las risas ni las anécdotas y, cuando terminamos, nos quedamos un rato más tomando café antes de despedirnos de mis abuelos.

Ernesto me llevó directamente a una heladería italiana que había en el paseo marítimo de la ciudad y nos sentamos frente al mar. Yo pedí un café helado, que era mi perdición cada vez que iba a aquel lugar.

—Me han encantado tus abuelos.

—Son unas personas increíbles —respondí con una sonrisa.

—A mí solo me queda mi abuela paterna, Paca. Pero esa tiene muy malas pulgas. Como te descuides un poco, te da un palo con el bastón.

—Eso será porque te lo buscas.

—Tú no dejas de mirarme bonito —respondió con ironía.

—Conociéndote, debes pasarte el día buscándole la lengua.

—Soy el más simpático de la familia.

—El más payaso, diría yo. —Carraspeé mientras contenía la risa.

—Te la estás buscando y al final pedirás clemencia, pero no la tendrás.

—Bueno, aunque no lo creas, sé defenderme un poco.

—¿Cuánto es poco? —preguntó mientras se inclinaba peligrosamente hacia mí por encima de la mesa.

—Vas a tirar los cafés —advertí entre risas.

—¿Y preferirías que me tirase otra cosa?

—¡Hostias! —exclamé mientras negaba con la cabeza y me tapaba la cara con una mano.

Lo más gracioso era que lo soltaba con tal naturalidad y tanto arte que resultaba imposible no reírse. Menos mal que lo conocía bien y sabía cómo era, porque de otro modo semejantes comentarios podrían haberme resultado incómodos.

—¿Y qué tienes pensado que hagamos durante el mes de vacaciones que se nos viene encima?

—Pues yo pensaba pasarlo de relax: playa, salir a comer o cenar y poco más. Ya sabes cómo tengo los ánimos.

—¿Qué es eso de los ánimos cuando ya has empezado a amarme?

—Estás fatal… —respondí entre risas.

—Te doy varias opciones.

—Venga, a ver si alguna consigue animarme.

—La primera sería hacer el Camino de Santiago durante veinte días, pasando por sitios espectaculares y viviendo la experiencia.

—¿Veinte días andando? —Rebufé.

—La segunda, irnos de camping a una cabañita frente al mar en algún lugar de España.

—Eso pinta mejor.

—Y la tercera, hacer un viaje por el norte de España y recorrerlo en coche.

—No suena nada mal, pero ¿quién te aguanta a ti tantos días?

—Recuerda que antes de que terminen las vacaciones querrás casarte conmigo.

—Es verdad, se me olvidaba —contesté mientras negaba con la cabeza y me reía.

—No me crees, pero cuando quieras darte cuenta estarás enamorada de mí hasta las trancas.

—Qué bonito, por favor. —Fingí emocionarme antes de que me diera una colleja.

Los dos nos echamos a reír porque, si algo tenía que admitir, era que junto a Ernesto las horas pasaban de una manera completamente diferente.

—Entonces, ¿qué hacemos en vacaciones? Te recuerdo que el jueves es nuestro último día de trabajo.

—Playita y comiditas.

—Nos vamos por el norte de España. Decidido —sentenció mientras me hacía otro guiño.

—No estoy yo muy segura de eso.

—¿Y quién te ha pedido opinión?

—Ah, bueno, que ya no tengo derecho ni a decidir qué hacer con mi vida.

—Con tus vacaciones. No seas dramática —respondió entre risas, quedándose tan ancho.

Y no sé por qué algo me decía que iba a terminar montada en un coche con él y largándome de vacaciones por el norte. Lo peor era que, aunque todavía no quisiera reconocerlo delante de Ernesto, la idea empezaba a resultarme bastante más apetecible de lo que había imaginado.