Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 3
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Capítulo 3

Sonreí al comprobar que, por fin, había conseguido dormir un poco más un domingo, ya que eran las nueve y media de la mañana.

Me preparé un café mientras leía un mensaje de mi madre en el que me decía que íbamos a comer todos a casa de mis abuelos. Era bastante habitual que los domingos nos reuniéramos allí para disfrutar de alguno de esos platos tan ricos que preparaban entre los dos.

Nada más sentarme en el sofá para tomarme el café, recibí otro mensaje que consiguió sacarme una sonrisa.

Ernesto: Hola, petarda. Espero que no te hayas arrepentido de ser mi novia por un día.

Julia: Buenos días, guapo. Para nada. Es más, me vino genial y pasé uno de esos días que no me habría importado que durasen una eternidad.

Ernesto: ¿Y si nos vamos a pasar el día a la playa? Soy capaz de conseguir que sea otro día inolvidable para ti.

La verdad era que la propuesta me tentaba bastante y sabía que a mi familia no le importaría que tuviese otros planes y no fuese a comer. Así que escribí a mi madre para contárselo y no dudó ni un segundo en animarme a aceptar.

Julia: Venga, me apunto. ¿Comemos en un chiringuito y así nos ahorramos preparar comida?

Ernesto: Podemos ir al «beach club» del este. Estoy viendo que todavía tienen camas balinesas libres alrededor de la piscina.

Julia: De lujo. Eso suena de lo más tentador.

Ernesto: Te recojo a las doce. Mis padres van a pasar el día al campo e iré con ellos para recoger el coche.

Julia: Estaré lista para entonces.

Segundo día consecutivo haciendo planes y, para mí, ya suponía todo un logro después de cómo me había sentido durante el último mes.

No es que de repente fuese feliz ni que todo estuviera superado, pero sí comenzaba a sentirme algo más motivada para no quedarme encerrada en casa ni refugiarme exclusivamente en mi familia.

Debía reconocer que parte del problema era que, durante los últimos años, mis amistades habían terminado siendo las de la pandilla de Carlos. Después de nuestra ruptura, todos se quedaron de su lado y yo me encontré bastante sola.

Sí contaba con Lorena, mi amiga de toda la vida, pero se había marchado un año a Italia por una propuesta de trabajo.

Su empresa estaba poniendo en marcha una nueva sede allí y le habían ofrecido participar en los inicios del proyecto a cambio de una buena gratificación, así que no dudó en aprovechar la oportunidad y vivir la experiencia.

En esos momentos llevaba cuatro meses fuera.

Seguíamos en contacto continuamente y me había pedido encarecidamente que fuese a verla algún fin de semana o, mejor todavía, que aprovechase mis vacaciones de agosto para quedarme unos días con ella. Por mi estado de ánimo todavía no me había decidido, aunque tampoco lo descartaba.

Mientras me preparaba la tostada con la que los fines de semana acompañaba el segundo café, volvió a aparecer aquel absurdo sentimiento de culpabilidad por hacer planes.

Era como si no tuviese derecho a pasarlo bien, como si hubiese sido yo quien se había equivocado en la relación y salir a disfrutar fuese una especie de traición a todo lo vivido.

Sabía perfectamente que no tenía motivos para sentirme así.

Yo no había estropeado nuestra relación, sino que me había dedicado a cuidarla durante todo el tiempo que estuvimos juntos.

Aun así, a veces la cabeza insistía en llevarme por caminos que no debía.

Supongo que era otra de las consecuencias de la herida que había dejado en mí la traición de Carlos.

Eran las doce menos cuarto cuando terminé de arreglarme y recibí un mensaje de Ernesto avisándome de que ya venía de camino a buscar a la chica más simpática de mi bloque. Lo gracioso era que yo era la única vecina, porque vivía en una casa donde no había más viviendas encima, pero así era él.

De nuevo apareció bajándose del coche para abrirme la puerta del copiloto. Me dejó un beso en la mejilla antes de anunciarme que aquel día ejercería como mi seguridad privada.

—¿Y desde cuándo alguien como yo necesita seguridad? —pregunté mientras me ponía el cinturón y él se acomodaba en su asiento.

—¿No te ves más guapa desde que no tienes a ese energúmeno a tu lado?

—Me veo más insoportable. —Rebufé entre risas.

—Estás preciosa, amiga. Solo tienes que dejar salir todos esos sentimientos encontrados que habitan en ti en estos momentos.

—Te ha salido muy poético. —Carraspeé.

—¿Has visto cómo sacas lo mejor de mí? Lo mismo hasta me replanteo escribir un poemario.

—Prometo comprar tu primer libro.

—A ti te lo regalo —respondió, girando rápidamente la cabeza para hacerme un guiño.

Llegamos al beach club y aparcamos en su zona privada. Enseguida nos acompañaron hasta la cama balinesa que teníamos reservada y, sobre la mesa de madera situada delante, nos dejaron las cartas de bebidas y comidas, además de un timbre para llamar al camarero cuando necesitáramos algo.

Las vistas daban directamente a la playa, a la que se podía acceder desde el propio club, y frente a nuestra cama se extendía una piscina en forma de lago con varias palmeras en su interior. El ambiente era selecto, pero relajado, y todo apuntaba a que nos esperaba otro día estupendo.

Me senté al borde de la piscina, de espaldas al mar, y le pedí a Ernesto que me hiciese una foto con el móvil para mandarla al grupo familiar que tenía con mis padres y mis abuelos.

—¡Es muy bonita! —exclamé al ver el resultado.

—Poeta, fotógrafo, guardaespaldas… ¡Tienes un chollo conmigo!

—La verdad es que sí —admití sonriente mientras observaba la fotografía antes de enviarla.

—Pues ya sabes, aprovecha que estoy en oferta.

—Ernesto… —Negué con la cabeza sin poder contener la risa.

—Gracioso, empático, cariñoso y fiel. ¿Qué más le puedes pedir a la vida?

—¡Que dejes de tirarme la caña! —Metí una mano en la piscina y le lancé agua.

—La caña no. Te estoy tirando una indirecta como un templo —respondió entre risas.

—Sí, eso también, pero quiero pensar y creer que es en broma.

—Broma hasta que dejes de tomártelo de esa manera. No me crees, amiga.

—Precisamente porque me considero tu amiga y te conozco un poco, prefiero no creerte.

—¿Y si me pongo aquí de rodillas y te saco un anillo del puesto hippy que hay fuera?

—Me haces eso y te dejo de hablar por lo menos un mes.

—Pues ibas a pasar lo que queda de verano de lo más aburrida. —Me hizo otro guiño.

—¿Es una amenaza?

—Con mucho arte —contestó, esbozando una risilla de medio lado.

Ernesto era así. Una vez, en el departamento, había empezado a amenazarnos en broma con que todas terminaríamos cayendo en sus garras, incluidas las casadas.

La más graciosa fue María, que se ofreció voluntaria para ponerle los cuernos a su marido.

Aquel día nos reímos tanto que hasta aparecieron los compañeros del departamento de al lado para averiguar qué estaba pasando.

Pedimos un par de cervezas acompañadas de una cestita de totopos con guacamole y queso que tenía una pinta espectacular.

—Está riquísimo —gemí después del primer bocado.

—La cerveza sí que está rica. Fresquita, rubia y me entra mejor que tú.

—¡No empieces! —protesté entre risas.

—Es que no atiendes a mis llamadas de I love you .

—Ernesto…

—¿Quieres que me cambie el nombre?

—Definitivamente, paso. No pienso hacerte ni el menor caso.

—Te aburrirás sin mí.

—¿Y por qué estás tan seguro?

—Porque desde ayer sonríes diferente y, sin darte cuenta, me estás prestando una atención muy especial comparada con la de antes.

—¿Te has fumado algo raro?

—No creo, a no ser que hayan adulterado mi cajetilla de cigarrillos.

—Te estás acercando demasiado.

—Normal. Te has apropiado de la cestita de totopos.

—Toma, toma —dije mientras la desplazaba hacia su lado.

—No, prefiero acercarme y embriagarme con el perfume que desprendes.

—Madre mía, todavía te dura el colocón de ayer.

—No te equivoques. Lo que me dura es el despertar que tuve cuando comenzaron los indicios de que tu ser producía una felicidad hasta ahora desconocida para mi persona.

—Me tiro a la piscina.

—Quién fuera agua…

No podía evitar reírme. La verdad era que Ernesto estaba sembrado y no dejaba de tirarme la caña, aunque con él nunca sabía dónde terminaba la broma y empezaba la provocación.

Se metió conmigo en la piscina y comenzó a imitar todos mis movimientos mientras yo era incapaz de borrar la sonrisa que me había provocado.

—Te la estás buscando.

—Eso intento…

No podía con él, pero lo cierto era que me estaba haciendo reír y eso era precisamente lo que más falta le hacía a mi vida en aquellos momentos.

Regresamos a la cama balinesa y seguimos con las cervezas y los totopos que habíamos dejado sobre la mesa. Ernesto no dejaba de mirarme mientras lanzaba alguna de sus provocaciones, siempre acompañado por aquella sonrisa de medio lado que parecía haberse instalado permanentemente en su cara.

—Me he propuesto que, antes de que termine el verano, estés tan enamorada de mí que se te haya olvidado todo tu pasado.

—¡Qué bonito, por favor! —respondí con ironía, llevándome las manos al pecho y metiéndome en el papel.

—Ya lo verás, ya lo verás. ¿Quieres que nos apostemos algo?

—Vas a perder. —Solté una carcajada.

—Pues apostemos…

—¿Vas a parar o te vas a tirar así todo el día?

—Pobre ilusa, todo el día dice. Así me voy a tirar hasta que mueras de amor por mí —respondió con otro de sus guiños—. Es más, voy a conseguir que me pidas a gritos que me case contigo.

—Eso sí que ha sido bueno —contesté mientras mi carcajada se hacía todavía más grande.

—¿Tú no crees en eso de que quien ríe el último ríe mejor?

—Según para qué cosas.

—Pues ya te digo yo que me reiré a carcajadas de felicidad el día que me pidas que me convierta en el hombre de tu vida.

Encendió un cigarrillo y dirigió la mirada hacia la piscina con una media sonrisa triunfal. Ernesto era así y lo malo era que, a veces, resultaba imposible distinguir cuándo hablaba en serio y cuándo estaba bromeando. Esperaba que aquella vez fuese lo segundo.

No tenía ningún sentido que, de la noche a la mañana, hubiese decidido que su nuevo objetivo era conquistarme. Al menos, yo no conseguía verlo de esa manera. ¿Cabía la posibilidad de que estuviese hablando en serio? Prefería no darle más vueltas y seguir tomándomelo como una de sus bromas.

Para comer pedimos una ensaladilla con ventresca de atún, unas gambas a la plancha y un chuletón a la brasa en su punto. Todo para compartir, ya que los platos, además de estar perfectamente presentados, eran bastante generosos.

Después nos quedamos un buen rato relajados en la cama balinesa y hasta terminamos echándonos una pequeña siesta. Cuando despertamos, tuvimos que pedir un café para espabilarnos.

Estábamos tan a gusto que ni siquiera se nos ocurrió acercarnos a la playa para darnos un baño, aunque la teníamos justo enfrente.

Con la piscina estábamos encantados y, además, el club dejaba de aceptar reservas cuando las camas y las hamacas estaban completas para evitar saturar el entorno.

Haber conseguido una cama para aquel mismo día había sido todo un privilegio, porque rara vez quedaba alguna libre sin reservar con antelación.

Pasamos un domingo precioso y, después del día anterior, comenzaba a sentir que poco a poco volvía a ser yo misma.

Seguía teniendo momentos malos y sabía que aquello no iba a desaparecer de repente, pero durante unas horas había conseguido reír, disfrutar y dejar que mi vida fuese algo más que el recuerdo de una traición.