Capítulo 2
Me había despertado tan temprano como cualquier día que tuviese que ir a trabajar, a pesar de ser sábado.
No podía creer que hubiese aceptado ir con Ernesto al cumpleaños de su primo. Me reía con solo pensarlo mientras negaba con la cabeza y sostenía entre las manos la taza del primer café del día.
Durante el último mes apenas había salido más que para ir a comer a casa de mis padres o de mis abuelos maternos.
No había tenido ánimos para quedar con nadie, ni siquiera para ir a cenar o tomar una caña, así que aquel cumpleaños suponía mi primer intento de recuperar algo parecido a una vida normal.
Para ser sincera, sabía que con Ernesto me iba a entretener y que, tal y como habíamos pactado, los dos teníamos claro cómo hacer las cosas sin que se nos fueran de las manos. Fingiríamos ser pareja delante de su familia y punto. De ahí no iba a pasar.
Habíamos quedado en que me recogería a las doce, ya que el cumpleaños se celebraría durante el día en un terreno que pertenecía a la familia, donde harían una barbacoa. Solo asistirían sus primos con sus respectivas parejas, unas dieciséis personas en total.
También tenía decidida la ropa: llevaría unos shorts vaqueros con el bikini debajo, unas chanclas monísimas que tenía y una camiseta blanca de tirantes. Era una celebración informal y, por lo que me había contado Ernesto, también disfrutaríamos de la piscina.
Conociéndolo, sabía que las bromas y las ironías por su parte no iban a faltar. Además, según él mismo me había contado, a aquellos primos apenas los veía en bautizos, bodas, comuniones y entierros, así que tampoco tendría que mantener nuestra pequeña mentira durante demasiado tiempo.
Mis padres estaban al tanto de todo porque eran mis confidentes y hasta les había hecho gracia la propuesta de Ernesto.
Sobre todo, estaban encantados de que me hubiese animado a aceptar y saliera de casa para hacer algo diferente.
Habían sufrido mucho al verme tan hundida y, durante aquel último mes, habían estado pendientes de mí a cada momento.
Mi padre, Luis, trabajaba como director de un laboratorio clínico, mientras que mi madre, Eloísa, dirigía una sucursal bancaria. Ambos tenían cincuenta y ocho años y una vida acomodada gracias a unos trabajos a los que habían dedicado prácticamente toda su trayectoria laboral.
Por parte de mi madre todavía tenía la suerte de disfrutar de mis abuelos.
Mario había sido oficial de la Armada y Luisa trabajó toda su vida como enfermera.
Los dos estaban jubilados y, a sus ochenta años, aparentaban bastante menos.
Mis abuelos paternos, en cambio, fallecieron unos años atrás y dejaron a mi padre dos pisos en herencia.
Él decidió venderlos para comprar el chalé en el que ahora vivían mis padres y, por ese motivo, pudieron donarme la casa en la que habíamos vivido hasta entonces y que ahora era mía.
La mañana pasó lentamente, aunque la aproveché para poner una lavadora y limpiar un poco la casa. Después me metí en la ducha y comencé a arreglarme para estar lista cuando llegase Ernesto.
Como no podía ser de otra manera, apareció con esa preciosa sonrisa que siempre llevaba puesta y me abrió la puerta del copiloto para que me acomodase.
—¿Qué tal has dormido? —me preguntó mientras se ponía el cinturón de seguridad, sin perder aquella sonrisa de medio lado.
—Bien, pero lo peor es conciliar el sueño. Últimamente me dan las tantas.
—Poquito a poco. Es normal que estés así, preciosa. Cada decepción necesita su tiempo y esta te pilló sin previo aviso.
—Y tanto —respondí con una sonrisa triste.
—Pero desde ya te digo que hoy nos lo vamos a pasar genial y nos vamos a olvidar hasta de nuestros apellidos.
—Venga, me apunto a intentarlo.
—¿Conmigo? No te quepa la menor duda.
Nos dirigimos hacia las afueras de la ciudad, ya que el terreno estaba en un pueblo cercano, en una zona rural muy bonita.
Cuando llegamos, lo primero que me llamó la atención fue ver a Marta, una antigua compañera de universidad con la que me había llevado muy bien.
Se lo dije a Ernesto antes incluso de bajar del coche.
—No me falles y disimula —me advirtió mientras soltaba una carcajada.
—Tranquilo, no te fallaré —respondí, dándole un apretón en el brazo.
En cuanto Marta me vio, vino hacia mí con la boca abierta por la sorpresa de descubrir que había llegado con su primo. Jamás habría imaginado que existiera algún parentesco entre ellos y nos abrazamos entre risas.
—Pues sí que ha tenido suerte mi primo al dar con alguien como tú.
—No me esperaba para nada que fueseis familia, y eso que llevamos años trabajando juntos —le contesté.
—Es que después de la universidad te perdí la pista. Ni siquiera sabía que trabajabas con él —dijo sonriente mientras me acariciaba la espalda.
—¡Familia! —gritó Ernesto para llamar la atención de todos—. Este año no podéis reprocharme nada. Traigo a la mujer más guapa y simpática del mundo. Voy a ser vuestra envidia.
Marta y yo nos echamos a reír mientras sus primos comenzaban a lanzarle comentarios desde distintos puntos.
—¡Pues más vale que la cuides!
—¡Esperemos que te aguante!
—¡Veremos cuánto tarda en mandarte a freír espárragos!
Todos parecían de lo más simpáticos y enseguida fueron acercándose para presentarse, incluidas sus parejas. El ambiente me dio muy buena impresión desde el primer momento y, para mi sorpresa, no me sentí fuera de lugar.
Marta se quedó a mi lado y aprovechamos para ponernos un poco al día.
Me contó que ella y su marido, Miguel, estaban pensando en ser padres dentro de poco.
Llevaban dos años casados; él era policía y ella trabajaba en la administración de la empresa de mensajería de su padre.
Se la veía feliz y me alegré muchísimo por ella.
Tanto los primos como sus parejas resultaron ser personas muy agradables y consiguieron que me sintiera como una más desde el principio. La mayoría compartía con Ernesto ese tono irónico y bromista y aquella facilidad para convertir cualquier cosa en motivo de risa.
Al rato nos metimos en la piscina y terminé sentada en el borde junto a Marta y su prima Isabella mientras tomábamos un tinto de verano que habían preparado los chicos. Ernesto y algunos de los demás se ocupaban de la barbacoa y el resto charlaba repartido en pequeños grupos.
—¿Sabes que Ernesto es mi primo predilecto? —me preguntó Isabella.
Marta asintió sonriente.
—No lo sabía, pero me ha hablado muy bien de toda su familia —respondí—. Y no me extraña que le tengas cariño, es muy buen chico.
—Yo los quiero a todos con locura, pero Ernesto siempre es el primero en aparecer cuando se entera de que a alguno nos ocurre algo. Conmigo se portó especialmente bien cuando lo dejé con mi anterior pareja.
»Fue mi mayor apoyo y no se separó de mí durante todo ese tiempo para evitar que me viniera abajo.
No me sorprendió escucharla hablar así de él.
Uno de los motivos por los que yo estaba allí era precisamente lo bien que Ernesto se había portado conmigo siempre y, sobre todo, durante aquel último mes.
Había respetado mis silencios, había conseguido hacerme sonreír cuando menos ganas tenía y había tenido infinidad de pequeños detalles conmigo sin esperar nada a cambio.
El día estaba precioso y haberme llevado la sorpresa de reencontrarme con Marta conseguía que todo resultara todavía más natural y relajado.
Isabella también contribuía bastante, porque nos tenía a carcajadas con sus ocurrencias.
Era capaz de sacarle humor a cualquier cosa y se pasaba el rato provocando a sus familiares para que entrasen al trapo.
—Cuidadme a mi futura mujer o no encontrarán vuestros cuerpos —dijo Ernesto al acercarse a nosotras con tres vasos más de tinto de verano.
—Primo, te recuerdo que mi esposo es poli. No solo encontrará mi cadáver, sino que irá a por ti y te hará pagar por todo —respondió Marta en tono amenazante, aunque la sonrisa delataba que estaba siguiéndole la broma.
—Tu esposo es poli porque tenía que haber de todo en el cuerpo. Ese no vale ni para buscar pistas.
—Te la estás ganando —le advirtió antes de darle una colleja.
—¡Policía! —gritó Ernesto, mirando hacia Miguel, que se encontraba al otro lado de la piscina—. ¡Esta bestia me está agrediendo!
—No puedo hacer nada contra ella o terminará agrediéndome a mí —contestó Miguel entre carcajadas.
—¿Has visto qué mal me tratan, amor? —me preguntó Ernesto mientras se colocaba entre mis piernas y se agarraba a ellas, aprovechando que yo seguía sentada en el borde y él permanecía de pie dentro del agua.
—Te lo buscas tú solito, cariño —respondí con una sonrisa.
—¿Te estás poniendo de parte de mi familia con el amor tan profundo que siento por ti?
—Te has ganado el sambenito —contesté entre risas mientras él me hacía ojitos.
—Amor, no te voy a traer más. No quiero que tengas malas influencias.
—Ahora que la tengo localizada, no hace falta que la traigas tú para que yo tire de ella —intervino Marta.
—Muy bien dicho, prima —la apoyó Isabella entre risas.
—Yo me piro de aquí, que me queréis arruinar el día.
—Ya estás tardando —replicó Marta.
Ernesto se alejó mirándome con un puchero exagerado y yo le devolví una sonrisa, siguiendo aquella complicidad que siempre había existido entre nosotros.
Lo quería muchísimo porque, desde que llegué a la empresa, se había convertido en uno de mis mayores apoyos y en una de esas personas con las que podía ser yo misma sin tener que medir cada palabra.
Pasamos un día increíble en el que no paramos de comer, beber y reír. Tanto fue así que, cuando llegó el momento de marcharnos, Ernesto había bebido demasiado para ponerse al volante y decidimos dejar allí su coche y regresar en taxi.
Durante el trayecto le di las gracias por haber conseguido que disfrutara tanto y, cuando llegamos a mi casa, me despedí de él después de que me amenazara con involucrarme muy pronto en otro de sus planes para conseguir que siguiera despejándome.
Una vez dentro, me di una ducha y me dejé caer en la cama, agotada pero feliz por haber conseguido desconectar durante unas horas.
También me alegraba muchísimo haber vuelto a encontrarme con Marta después de tantos años sin saber nada la una de la otra.
Por primera vez en un mes, al acostarme, el recuerdo de Carlos no fue lo único que ocupó mis pensamientos.