Por favor, ¡cásate conmigo! Capítulo 1
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Por favor, ¡cásate conmigo!

Por favor, ¡cásate conmigo!

Por Ariadna Baker

© inepub.com

Capítulo 1

Por más que intentaba cambiar mi actitud, no podía…

La inmensa decepción que me había llevado con Carlos, quien hasta hacía poco había sido mi pareja, me dolía en lo más profundo de mi ser.

Me repetía una y otra vez aquel dicho de que «el tiempo lo cura todo», pero en esos momentos me parecía imposible. ¿Cómo olvidar todo lo vivido? ¿Cómo borrar tantos recuerdos, tantos planes y tantos años compartidos de un día para otro?

Terminé de maquillarme ligeramente frente al espejo, intentando no romperme y echarme a llorar para no fastidiar el rímel. Iba mal de tiempo y tenía que darme prisa si quería llegar puntual al trabajo.

Todo me pesaba demasiado y el dolor no desaparecía ni por un instante. ¿Cómo sacar del corazón a alguien a quien habías amado con todas tus fuerzas?

Me hacía gracia cuando me decían que, después de lo que me había hecho, ya debería odiarlo o incluso sentir asco por él.

¡Qué fácil se veía todo desde fuera! Y qué poca empatía tenían algunas personas al hablar de una situación que no estaban viviendo, como si pudieran decidir por mí lo que debía sentir sin molestarse siquiera en ponerse en mi lugar.

Por eso había optado por callarme y dejar de expresar mis sentimientos ante cualquiera que me preguntase, evitando así comentarios hirientes y faltos de sensibilidad. El dolor seguía ahí, encerrado dentro de mí, en un silencio que a veces conseguía hacer mucho más ruido que cualquier palabra.

Aparté la mirada del espejo para no enfrentarme al reflejo de mi tristeza y me dirigí hacia la puerta. Tocaba salir de casa con la mejor de mis sonrisas, esa que, aunque últimamente fuese forzada, nunca me faltaba.

A mis treinta y dos años pensaba que mi vida comenzaba a tomar un rumbo bonito, pero el destino había decidido guardarse una ingrata sorpresa para mí y ahora me tocaba reconducir todo aquello que creía tener perfectamente encaminado. Costaba muchísimo, pero no me quedaba otra que seguir adelante.

No os podéis hacer una idea de lo que suponía para mí ir al trabajo, y no porque no quisiera hacerlo, sino porque allí también trabajaba Lola, la chica con la que Carlos me había sido infiel.

Y no, no tenía nada en contra de ella, principalmente porque pertenecía a otro departamento y, cuando ocurrió todo, ni siquiera sabía que Carlos era mi pareja.

Había coincidido con él una noche en la que ambos habíamos salido por separado: Carlos estaba con sus amigos en la despedida de soltero de uno de ellos y yo había quedado con las chicas.

Por una de esas casualidades que una preferiría evitar, terminamos en el mismo chiringuito de playa y allí me lo encontré, precisamente en un reservado, dándose el lote con una mujer a la que, por lo visto, acababa de conocer. Esa mujer era Lola y solo había pasado un mes desde aquella noche.

La cara de Carlos al verme fue un poema. Creo que la borrachera se le pasó de golpe. Lola, en cambio, completamente ajena a que aquel hombre era mi pareja, se sorprendió al reconocerme y se levantó tan tranquila para saludarme y darme dos besos.

Fue justo entonces cuando entendió lo que estaba ocurriendo y, al ver lo que se desató entre Carlos y yo, cogió el bolso, lo miró con desprecio y le dijo que era muy poco hombre antes de marcharse.

Por eso jamás pude culparla de nada, aunque cruzármela por los pasillos me provocase un dolor inevitable.

En la empresa había varios departamentos e innumerables trabajadores.

Algunos llevábamos años coincidiendo, pero nuestra relación se limitaba a saludarnos cuando nos cruzábamos por los pasillos.

Ese era precisamente el caso de Lola, que nunca había visto a Carlos conmigo ni le había enseñado una fotografía suya, así que no tenía forma de saber quién era.

A pesar del dolor que me causó verlos aquella noche, regresé a casa y me dediqué a meter todas las cosas de Carlos en maletas y bolsas. Él no apareció hasta la mañana siguiente, cuando ya estaba bastante más sereno.

Por mucho que intentó echarle la culpa al alcohol, me mantuve firme y le pedí varias veces que se marchara. Cuando comprobé que seguía intentando convencerme, le advertí que llamaría a mis padres y fue entonces cuando comprendió que lo mejor era recoger sus cosas y desaparecer de mi vida.

Lo amaba, claro que lo amaba, pero eso no significaba que estuviera dispuesta a perdonarlo. Precisamente por todo lo que había sentido por él, aquella traición dolía todavía más, así que, con todo el dolor de mi corazón, lo saqué de mi vida.

La casa en la que vivíamos había pertenecido a mis padres. Cuando decidieron comprarse un chalé en una urbanización, me la donaron en vida, por lo que era exclusivamente mía y no tenía nada que repartir ni solucionar con Carlos.

También había pagado yo la reforma completa. Pedí un préstamo para dejarla nueva, amueblarla y convertirla en el hogar que siempre había querido. Carlos se encargaba de algunos gastos del día a día, como parte de la compra, la luz y los teléfonos móviles, pero poco más.

Todavía me quedaban cinco años para terminar de pagar aquella deuda, aunque no era nada que no pudiera afrontar con mi trabajo y esfuerzo.

La casa era preciosa y había quedado moderna, armónica y minimalista, justo como me gustaba.

Nunca había soportado los espacios demasiado recargados porque sentía que rompían mi paz.

Lo doloroso era pensar que también había sido la casa en la que imaginé que Carlos y yo compartiríamos el resto de nuestra vida y formaríamos una familia.

Teníamos previsto casarnos al año siguiente y estábamos a punto de pedir fecha, reservar el lugar de la celebración y comenzar a organizar todos los detalles. De un momento a otro, aquellos planes se habían desmoronado y ahora me tocaba aprender a imaginar mi futuro de otra manera.

La vida continuaba a pesar de que yo apenas tuviera fuerzas y sintiera que el corazón ya no latía como antes. Todo parecía más lento, más apagado y más triste que nunca.

En mi departamento había quienes me decían aquello de «que le dieran por saco» y otros, aunque eran los menos, que comprendían mi silencio y respetaban mi dolor.

Ellos sí conocían a Carlos porque, al tener una relación más cercana conmigo, alguna vez les había enseñado fotos e incluso nos habíamos encontrado por la calle y se lo había presentado.

La empresa era una multinacional alemana del sector automovilístico, con sedes en numerosos países. Mi equipo se encargaba de revisar y controlar los plazos de entrega a los concesionarios españoles.

Me gustaba mi trabajo y estaba cómoda en mi puesto. El único problema era cruzarme con Lola, porque, aunque sabía perfectamente que no tenía culpa de nada, verla hacía que aquella noche regresara a mi cabeza de inmediato y la tristeza volviera a embargarme.

Mi situación no era fácil y, aunque todavía no creía demasiado en eso de que el tiempo lo curaba todo, quería pensar que en algún momento de mi vida volvería a sonreír con naturalidad, sin necesidad de fingir que estaba bien.

—Buenos días —saludé al entrar en mi departamento.

Todos respondieron casi al unísono.

—Contigo quería yo hablar —dijo Ernesto mientras se levantaba de su silla y se dirigía hacia mí.

—Espero que no sea una bronca matutina —bromeé.

—¿Y cuándo te he echado yo una? —preguntó, apoyando un brazo sobre mi hombro.

—Siempre hay una primera vez.

—Dios me libre de reñir a una mujer. —Se santiguó, provocándome una risilla.

—Venga, dime. ¿Qué pasa?

—Necesito que seas mi novia por un día.

Lo miré durante un instante, intentando averiguar si hablaba en serio, antes de soltar una carcajada tan grande que varios de nuestros compañeros terminaron riéndose también. Era, con diferencia, lo más divertido que había escuchado en el último mes.

—¿Y por qué debería aceptar?

—Porque sé que me tienes un cariño enorme después de todos los años que llevamos trabajando juntos y porque lo necesito. Así que te lo pido encarecidamente.

Se puso de rodillas delante de mí y juntó las manos en actitud de súplica.

—Levanta, anda —dije entre risas—. ¿Qué te ha pasado para necesitar semejante cosa?

—Mi primo Guillermo cumple cuarenta años y, cada vez que entra en una nueva década, lo celebra a lo grande. Van todos mis primos en pareja menos yo, como la vez anterior.

»Me niego a seguir escuchando tonterías sobre que me voy a quedar para vestir santos o que soy un mujeriego al que ninguna mujer aguanta.

—¿Y no has buscado por internet alguna página de acompañantes de alquiler? —pregunté, arqueando una ceja.

—No me fío de nadie más que de ti. Juro que no haré nada que te incomode. Solo tenemos que fingir complicidad y de eso nos sobra —contestó con una sonrisa.

—Me lo pienso.

—No puede ser. Es este sábado.

—¿Mañana? —pregunté, incrédula.

—Afirmativo.

—Algo me dice que, si no acepto, lo pagaré caro durante las próximas semanas.

—O años. Recuerda que trabajamos codo con codo.

—Madre mía, todo me pasa a mí —murmuré mientras cerraba los ojos por un instante.

—¿Eso es un sí?

—Claro. No voy a fallarte.

—Te adoro, Julia —dijo antes de abrazarme efusivamente.

Negué con la cabeza sobre su hombro, divertida.

No quería fallarle. Ernesto era precisamente uno de esos compañeros que había sabido respetar mi dolor y mis silencios sin intentar decirme cómo debía sentirme.

Desde que todo ocurrió, había tenido pequeños detalles conmigo: aparecer con un cruasán, dejar unos bombones sobre mi mesa o inventarse cualquier tontería con tal de arrancarme una sonrisa.

Pero nunca insistía ni preguntaba más de la cuenta. Quizá por eso estar con él resultaba tan fácil.

Al fin y al cabo, solo era un cumpleaños y acompañarlo no me suponía nada. Además, quizá salir de casa y hacer algo diferente durante unas horas me viniera mejor de lo que estaba dispuesta a reconocer.