Capítulo 50
Salas me pidió que le cambiara la guardia a las ocho y cuarto de la tarde.
Estaba apoyado en la esquina de mi mesa, con la chaqueta puesta y esa media sonrisa de quien intenta parecer indiferente mientras espera una respuesta que le importa demasiado.
—Me debes tres —le recordé.
—Dos.
—Tres. La del concierto también cuenta.
—Aquello fue una urgencia familiar.
—Tu urgencia medía uno setenta, era puertorriqueña, cantaba reguetón y te dejó plantado antes del bis.
Sonrió.
—Esta vez es distinto.
Llevaba semanas hablándome de su chica misteriosa.
Pronunciar su nombre parecía suficiente para espantarla o convertirla en una prueba judicial.
Lo poco que había conseguido sacarle era que le gustaba correr, estaba muy buena, tenía una familia enorme y la costumbre de desaparecer durante días sin explicar dónde se metía.
Yo le había dicho que aquello olía a casada, secta o estafa piramidal.
Él respondió que olía de maravilla y que el sexo era brutal.
—Cúbreme —insistió—. Mañana te cuento.
Acepté porque tenía veintisiete años, porque llevaba demasiados turnos seguidos y porque Salas era el único hombre de aquella comisaría al que le habría confiado la espalda sin comprobar antes si llevaba chaleco.
—Como mañana llegues tarde, te pongo a revisar cámaras hasta que envejezcas.
Me dio dos golpes en el hombro.
—Sabía que en el fondo me quieres. Pero no te enamores de mí, que me van las tías.
La puerta se cerró tras él.
A la una y treinta y siete de la madrugada, la sala comunicó el hallazgo de un varón fallecido en una finca al norte de Colmenar.
Fiesta privada de carácter sexual, posible muerte violenta y lesiones compatibles con mordeduras.
La primera patrulla había despejado el claro, preservado el perímetro y separado a las personas que encontraron el cuerpo.
Los sanitarios solo habían podido confirmar el fallecimiento.
Mordeduras.
La palabra me atravesó el cansancio.
Cogí la chaqueta, avisé al jefe de grupo y salí pensando en Sofía Reyes, en Mara Salcedo y en la puta facilidad con la que una escena escrita por Aimara Duque terminaba convertida en un informe forense.
La finca parecía el final de una guerra organizada por gente con lencería cara.
Los rotativos teñían de azul los troncos; había asistentes envueltos en mantas térmicas, máscaras abandonadas sobre la grava y agentes intentando imponer orden entre personas que no querían dar su nombre ni explicar qué hacían allí.
El subinspector de la primera dotación me interceptó antes de la cinta interior.
—El escenario está preservado. Dos hombres encontraron al fallecido e intentaron contener la hemorragia. Seguridad recibió la alerta de una pulsera y llamó al 112. Los tenemos separados. La mujer que iba con ellos también está identificada.
Consultó las anotaciones de su teléfono antes de continuar.
—A menos de dos metros del cuerpo hemos encontrado uno de los libros de Aimara Duque abierto sobre el suelo.
Encima había una lámina con una ilustración y un marcapáginas metálico.
Todo estaba colocado en una zona despejada de hojas, así que no parece que el fallecido lo llevara encima ni que se le cayera durante el ataque, por eso llamamos a su unidad.
Científica está documentándolo antes de mover nada.
Las pruebas encontradas me tensaron la mandíbula.
Un libro abierto. Una ilustración. Un objeto dejado para que lo encontráramos.
Aquello no era una fiesta que se hubiera ido de las manos.
—¿Se ha movido el cuerpo?
—Solo durante el intento de asistencia. Desde que el médico confirmó el fallecimiento, nadie se ha acercado. Juzgado de guardia avisado. El forense está en camino y Científica acaba de empezar la fijación.
Asentí.
Perímetro asegurado. Testigos separados. Nadie se lavaba las manos ni se cambiaba de ropa. Lo habitual cuando el mundo todavía obedecía alguna regla.
Los vi a la derecha del claro.
Dos hombres enormes, con la ropa desordenada y sangre seca hasta los antebrazos. Estaban a varios metros el uno del otro, vigilados por agentes distintos. Cerca de una ambulancia, una mujer sostenía una máscara de encaje entre las manos.
La reconocí antes de que levantara la cara.
—Me cago en la puta.
Patricia Espejo. La ilustradora. Capaz era de decir que había ido allí en busca de inspiración.
Otra vez el círculo de Aimara respirando demasiado cerca de un cadáver.
—Identificación completa de los tres —ordené—. Que Científica fotografíe manos, ropa y cualquier lesión antes de que se limpien. Que no hablen entre ellos y que nadie abandone la finca sin quedar identificado y sin que se le haya tomado una primera manifestación.
El más moreno de los dos hombres giró la cabeza.
—Intentamos salvarlo.
—Eso constará en su declaración.
—No hace falta que lo trate como a un delincuente —intervino el agente que lo custodiaba—. Ha mantenido la presión sobre la herida hasta que llegaron los sanitarios.
—No estoy tratando a nadie como a un delincuente. Estoy intentando que dentro de seis horas no descubramos que hemos perdido una prueba porque alguien quiso ser amable.
Mi voz seguía sonando firme. Profesional.
Todavía era el inspector de guardia entrando en una escena de muerte violenta. Todavía no sabía que la noche acababa de abrirse bajo mis pies.
Me anotaron en el registro de acceso y me puse el mono, los cubrecalzados y los guantes antes de cruzar el segundo perímetro. El fotógrafo avanzaba desde las vistas generales hacia el cuerpo; una técnica numeraba manchas, huellas y objetos.
El cadáver yacía de costado entre dos arbustos, con una máscara de zorro sobre el rostro, la camisa subida y el cuerpo expuesto de una forma que nadie habría elegido para que lo recordaran.
Tenía mordiscos en los hombros, el pecho y el cuello. Algunos parecían superficiales; otros habían roto la piel y comenzaban a hincharse. Había sangre sobre las hojas, barro en las piernas desnudas y una camiseta ajena empapada contra la mordedura profunda del cuello.
Me detuve a dos metros.
No fue la cara lo que reconocí. Aún no podía verla.
Fue la mano derecha, abierta sobre la tierra.
La cicatriz junto al pulgar.
El reloj barato que llevaba cinco minutos adelantado porque afirmaba que así nunca llegaba tarde, aunque llegaba tarde a todas partes.
El corazón me dio un golpe tan violento que durante un instante pensé que había recibido un disparo.
No, no podía ser él.
Mi cabeza empezó a construir excusas antes de que pudiera detenerla.
Miles de personas tenían cicatrices. Miles de imbéciles adelantaban el reloj.
Salas había quedado con una mujer. Salas estaba follando en alguna parte.
Salas iba a presentarse por la mañana con ojeras, una sonrisa estúpida y algún detalle que yo utilizaría para tocarle los cojones durante semanas.
No era él.
—Necesito identificación visual.
La técnica miró al fotógrafo. Esperó a que terminara la secuencia, señaló la posición exacta de la máscara y la levantó solo lo imprescindible.
La cara de Salas apareció debajo.
El bosque se inclinó.
No desaparecieron los sonidos; se mezclaron todos. El obturador de la cámara. Una radio. El zumbido de un foco. Mi propia respiración entrando demasiado deprisa y sin llegar a ninguna parte.
Salas estaba en el suelo.
Salas tenía sangre en la boca.
Salas estaba desnudo de cintura para abajo.
Salas estaba muerto y seis horas antes me había sonreído desde la esquina de mi mesa.
—Mañana te cuento.
Retrocedí y choqué con alguien. Una mano intentó sujetarme por el codo; me la quité de encima con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio.
—Inspector Expósito.
Quise responder, pero el aire se había convertido en algo afilado. Me llevé una mano al pecho. La primera náusea me dobló por la cintura y tuve que apoyar las palmas en las rodillas para no caer.
No era verdad. No podía ser verdad porque él tenía veintisiete años. Porque me había pedido un puto cambio de guardia para acostarse con una chica. Porque yo había aceptado. Porque, de haberle dicho que no, estaría sentado frente a mí, quejándose del café de máquina y haciendo chistes de mierda.
—Inspector, apártese de la escena.
—Soy su compañero —conseguí decir.
Nadie contestó.
Levanté la cabeza y vi otra vez a los dos hombres. Uno tenía las manos cubiertas de su sangre.
Algo dentro de mí reventó.
Crucé dos pasos antes de que el subinspector me cortara el paso.
—Expósito.
—¿Quién coño es? —Señalé al hombre—. ¿Qué hacía con él?
—Señor, cálmese.
—¡No me diga que me calme!
Varias cabezas se volvieron. Patricia se llevó una mano a la boca. El hombre moreno tensó los hombros, pero no avanzó.
Miré hacia la ilustradora.
—¡¿Y tú qué cojones haces aquí?! ¡¿Te lo follabas?! ¡¿Habías quedado con Salas?! ¿O es que te ha parecido divertido recrear en vivo uno de tus malditos dibujos?
—No… Yo…
El moreno dio un paso brusco hacia nosotros. El agente que lo custodiaba se interpuso de inmediato, obligándolo a detenerse.
—Ella estaba con nosotros —dijo—. No estaba con el fallecido. Mi hermano y yo lo encontramos así. Tratamos de ayudarlo.
—Tiene su sangre hasta en los codos.
—Porque intentamos que no se desangrara.
—Pues no funcionó.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
El hombre encajó el golpe sin responder. Aquello me enfureció todavía más. Quería que protestara. Que me diera una razón para empujarlo, esposarlo o partirle la cara hasta que alguien me obligara a parar.
No conocía sus nombres. No conocía su relación con Salas. Ni siquiera sabía por qué estaban allí o por qué Patricia parecía estar con ellos. Eran testigos que habían prestado auxilio y cualquier otra conclusión habría sido una chapuza de policía.
Mi cabeza lo sabía.
El resto de mí quería culpables.
La técnica levantó unos centímetros la camisa de Salas para documentar el torso. Bajo las costillas apareció una marca: un tatuaje reciente, un dibujo cerrado sobre sí mismo, con la piel todavía enrojecida.
Nunca se lo había visto.
Nunca me había hablado de él.
La voz de mi jefe llegó desde detrás de la cinta.