Capítulo 49 #3
Quedó entre nosotros de la única manera que siempre había querido: participando, eligiendo, sosteniendo y siendo sostenida.
El vínculo volvió a tensarse.
Esta vez fue Rem quien tuvo la intención de acercarle los dientes.
Le agarré la mandíbula y lo obligué a mirarme.
«No sabe lo que significa», le dije con la mirada.
Sus pupilas eran casi completamente negras; poco quedaba de la heterocromía, aunque sabía que podía entenderme.
Hundió los dientes en su propio labio hasta sangrar para recuperar el control.
Patri se apartó de él con una bocanada de aire, solo para tomarlo luego con más ímpetu.
Remo empujó hasta el fondo, al igual que yo. El ímpetu animal, lejos de asustarla, la deshizo. Se corrió con un grito ahogado contra la polla de Remo, apretándose alrededor de mí hasta arrancarnos el control.
Estallé justo detrás y Remo lo hizo segundos después, con la frente pegada a la mía y el nombre de Patri roto entre los dientes.
Durante un momento, ninguno se movió.
Solo existían el bosque, nuestras respiraciones y las manos enlazadas. No sé en qué momento ocurrió eso; solo sé que los tres nos agarrábamos.
Un silbato sonó a lo lejos.
Ella abrió los ojos.
—Mierda. Las reglas… —resopló.
—Que les den por culo a las reglas —murmuré, sujetándole la barbilla para volver a besarla.
Se echó a reír. Todavía temblaba.
—De eso nada, López. Esta fiesta va de jugar… y de follar.
Se deshizo de nuestras manos con una lentitud deliberada. Se recolocó el body , cerró el abrigo solo hasta la cintura y volvió a ajustarse la máscara de encaje con el descaro de quien acababa de empezar la noche.
Remo le atrapó la muñeca antes de que diera el primer paso.
—¿Qué haces?
Ella alzó la vista hacia él. Tenía los labios hinchados, las mejillas encendidas y esa sonrisa insolente que siempre aparecía justo antes de meternos en un lío.
—Seguir las reglas. —Se acercó lo suficiente para besarle los nudillos antes de soltarse—. ¿De verdad pensabais que iba a conformarme con uno?
—Nosotros no hemos dicho que no vayamos a darte lo que pides —repliqué, todavía intentando recuperar el aire.
Su sonrisa se ensanchó.
—Eso esperaba. Porque el siguiente va a ser todavía mejor. —Retrocedió un par de pasos sin apartar la vista de nosotros—. Contad hasta veinte. Sin trampas. Y la próxima vez os quiero dentro a los dos… Se acabaron las prácticas.
Echó a correr entre los árboles.
—Me cago en la puta… —bufé.
—Una… —empezó Remo mientras se quitaba el preservativo—. Dos…
Hicimos lo mismo casi al mismo tiempo, arreglándonos la ropa a toda prisa sin dejar de contar.
—Diecisiete.
—Dieciocho.
Nuestras miradas se cruzaron un instante.
El olor de Patri ya atravesaba el aceite, mezclado con el nuestro y marcando un camino imposible de ignorar.
—Diecinueve…
—Veinte.
Salimos detrás de ella.
El rastro nos llevó entre los árboles, más allá de los faroles y de las parejas que continuaban jugando en los claros.
Patri era rápida, pero no tanto como dos lobos.
Podíamos oír sus pasos varios metros por delante y su risa cada vez que cambiaba de dirección.
Ahora ya no había aceite que la camuflara.
Aceleré para adelantar a Remo.
Mi pie chocó contra algo blando.
Perdí el equilibrio y caí de rodillas sobre las hojas.
—¿En serio ahora vas y te caes? —se burló Remo detrás de mí—. Pues que sepas que no voy a esperar.
Entonces olí la sangre.
—¡Me cago en la hostia, joder!
No había tropezado con una raíz. Era un hombre.
Estaba tumbado de lado, medio oculto entre dos arbustos. Llevaba una camisa negra subida hasta las costillas y una máscara de zorro todavía cubriéndole la mitad superior del rostro. De cintura para abajo estaba desnudo.
Un juguete con forma de falo seguía introducido en su cuerpo. Tenía mordiscos en los hombros, el pecho y el cuello. Algunos eran superficiales, sexuales. Otros estaban hinchados y recientes.
La sangre salía a borbotones por debajo de todos ellos.
Me arranqué la camiseta y la presioné contra la herida.
—Échame una mano. ¡Me cago en la hostia! Le han desgarrado el cuello.
Remo cayó junto a mí y apretó sobre la tela. El hombre abrió los ojos detrás de la máscara. Intentó respirar, pero el aire salió convertido en un gorgoteo húmedo.
—Tranquilo —le ordené—. No hables.
Lo intentó igualmente. Sus labios se movieron sin producir ninguna palabra.
Remo arrancó la pestaña plateada de su pulsera. Una luz roja empezó a parpadear alrededor de su muñeca.
—Ya vienen.
La sangre empapó mi camiseta.
—Necesito ver si tiene más heridas.
Levanté la tela que todavía le cubría el torso.
Entonces vi la marca bajo sus costillas.
No era reciente. Tampoco uno de los mordiscos del juego.
La piel formaba el dibujo cerrado de un vínculo aceptado.
Me quedé inmóvil.
El olor oculto bajo la sangre, el aceite y el látex llegó de golpe. No pertenecía al hombre. Se había quedado incrustado en la marca, mezclado con su piel y su pulso.
Remo sintió cómo se tensaba mi cuerpo. Siguió mi mirada hacia la marca y respiró entrecortado.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—No puede ser.