Capítulo 49 #2
Remo bajó por su garganta y mordió sin colmillos la piel cubierta de mirra. Patri inclinó la cabeza, ofreciéndole más.
Mi lobo aulló hacia ellos.
—¿Vas a quedarte ahí? —preguntó ella sin apartar los ojos de Remo.
Me coloqué a su espalda para bajarle el abrigo, apartándolo de sus hombros con una lentitud que hizo que Patri tragara saliva.
La prenda cayó desde sus codos hasta tocar el suelo.
El terciopelo color vino apareció bajo la luz rota de la luna: oscuro, suave, indecente. Mi respiración se volvió más pesada.
—Pensaba dejaros recuperar dieciséis años.
—Puedes hacerlo mientras tú recuperas los tuyos.
La hierba crujió bajo la prenda.
La espalda estaba compuesta casi por completo de tiras. Pasé las manos entre ellas, descendí hasta sus caderas y la atraje contra mi erección. Patri arqueó el cuerpo al sentirme.
Remo se apartó lo suficiente para mirarla.
—Dinos que paremos y paramos.
—Como me hagáis repetirlo otra vez, os dejo aquí y busco al cuervo.
Tiré de su pelo y la besé antes de que soltara cualquier mierda.
Remo descendió hasta arrodillarse delante de ella. Patri me agarró de los rizos cuando él le separó las piernas y rozó con la boca el interior de uno de sus muslos. El encaje apenas cubría lo imprescindible.
—Rem… —jadeó.
Él levantó la mirada.
—Dímelo.
—Quiero tu boca.
Remo apartó la tela y obedeció.
El gemido de Patri se perdió entre mis labios.
La sujeté por la cintura mientras sus piernas temblaban y los dedos de Remo se clavaban en sus muslos.
Él no tenía prisa. Nunca la había tenido.
La lamió despacio, aprendiendo cada reacción y repitiendo justo aquello que conseguía que ella tirara con más fuerza de mi pelo.
Rompió el beso para mirarlo. Estaba hiperventilando.
Yo también. Subí las manos hasta sus pechos, los saqué del body y los amasé.
Remo no dejó de devorarla, pero extendió una mano hacia mí. La agarré y entrelazamos los dedos sobre su cadera.
Ella observó el gesto y se tocó el pecho desnudo. Presionó el pezón entre sus dedos y gimió sin contención cuando Remo volvió a recorrerla con ahínco.
—Quiero veros.
Remo se detuvo.
—¿Qué? —pregunté.
—A los dos. Juntos. Sin fingir que esa parte no existe cuando estoy delante, me pone muchísimo.
Remo tenía restos brillantes, fruto de sus jugos. Solté su mano y asentí para que subiera.
Se apoyó contra el árbol, expectante. Yo le sujeté la mandíbula a Rem y lo besé. El gruñido que soltó hizo vibrar mi campanilla. Me agarró de la nuca, profundizó el beso y Patri dejó escapar una exhalación.
Cuando nos separamos, ella tenía una mano en el interior del body .
—Joder —susurró—. Otra vez: besaros y tocaros.
Remo sonrió por primera vez en toda la noche.
Volvimos a hacerlo mientras Patri hundía los dedos delante de nosotros. Cuando tuvo suficiente, alargó la mano y tiró de nuestros pantalones para acercarnos y fundirnos en la pura perfección a tres.
Nos enredamos en un nudo de respiraciones mezcladas y dientes rozando piel.
No hubo centro. No hubo nadie observando desde fuera.
Me separé para extender el abrigo sobre la hierba. Ella tomó la iniciativa y se puso de rodillas encima, pidiéndonos que nos pusiéramos delante. Sus dedos me desabrocharon el pantalón a mí primero.
—Condones —pidió.
Rem sacó dos envoltorios del bolsillo trasero.
—Siempre tan eficiente —me burlé.
—Alguien tiene que ser el precavido de los dos.
Patri le quitó uno, lo abrió con los dientes y me miró.
—Deja de hablar y muéstrame lo que ahora mismo deseo.
Me bajé el pantalón porque no llevaba ropa interior y, al contemplar mi erección, sonrió.
Me puso el condón con la boca y lo desplazó a lo largo de mi grosor.
—¡Joder!
El calor y la humedad por poco me vuelven loco.
Su mano se movía arriba y abajo, amenazando la integridad de mi dentadura. Cuando me tuvo donde quiso, se giró hacia Remo.
—Tu turno, muéstrame lo que quiero.
Él ya estaba más que listo para recibir su dosis.
Se le pusieron los ojos en blanco en la primera succión.
Me toqué mientras los miraba y avancé para colocarme detrás de ella, de rodillas. Con una mano tracé círculos y pincé uno de sus pezones. La otra la mantuve alrededor de su cuello mientras tomaba a Rem, presionando lo justo. Gimió y él movió las caderas con mayor profundidad al sentirme.
Estar con ambos era el cielo.
El vaivén fue ganando intensidad; cada vez entraba más, hasta la base.
Con un gesto lo hice salir de su interior y bajar al suelo para que tomara sus labios mientras yo la acomodaba sobre mis piernas.
Mi espalda chocó contra la corteza del árbol. Cuando nos tuve como quería, hice que ella apoyara las suelas contra el abrigo, que flexionara las rodillas y me puse a masturbarla.
Estaba empapada.
Remo siguió mordiendo, succionando y atrapando uno de los pezones.
Gemía y se retorcía.
—Dime que te gusta lo que te hacemos —susurré en su oído.
—Sí.
—Dime que es lo que siempre has querido, desde que nos viste follar por primera vez y te imaginaste que eras tú entre nosotros.
—Sí, sí. ¡Sí!
Sus afirmaciones eran una invitación a nuestros lobos.
Saqué los dedos y abrí la parte inferior de la tela que cubría la entrepierna.
Ella se tensó sobre mi erección.
—Shhh, tranquila. Te daremos todo lo que nos pidas. —Besé el lateral de su cuello.
Pasé las manos por debajo de sus rodillas y alcé las piernas para ofrecérsela a mi hermano. Llevábamos demasiado tiempo compartiendo como para no saber qué quería el otro.
Yo tenía las piernas extendidas; él se colocó con las rodillas por fuera para ganar ángulo de penetración. Se agarró la erección y la guio hasta la hendidura de Patri para tentarla.
El sonido de placer femenino por poco hizo que me corriera.
—Te quiero dentro —confesó, agarrándolo por la sudadera—. Lo quiero dentro —gimoteó, girando el rostro hacia mí, suplicante.
—Y lo tendrás. A los dos. Somos tuyos, peque.
Busqué su boca, miré de soslayo a Rem y él entró.
Los tres nos tensamos ante la primera penetración.
Engullí los gemidos de Patri, recreándome en los sonidos guturales de Rem.
Las yemas de mis dedos volaron al clítoris para amplificar las sensaciones.
Al principio, los envites eran lentos; a Patri se le quebró la respiración mientras mi polla protestaba, deseosa de colarse en su interior.
Yo no dejaba de besarla, acariciarla y excitarla mientras su cuerpo se acostumbraba al tamaño de mi hermano.
—No soy de cristal —exhaló, apartándose un minuto para dirigirse a él.
—No —gruñó—. Eres mucho peor.
Empezó a moverse más rápido, desatando su naturaleza interior. Debía controlarlo o se nos iría de las manos.
Patri lo recibió alzando las caderas. Yo introduje dos dedos entre ambos y encontré el punto que la hizo aullar más fuerte. Rem inclinó la cabeza hacia mí. Nuestras frentes chocaron y después nuestros labios.
Era incapaz de dejar de jadear.
No como había hecho años atrás desde un escondite. Ahora estaba donde quería, tocándonos, decidiendo dónde deseaba cada mano y cada polla.
—Así —resopló—. No cambiéis nada. Dios…
Agarró a Remo por la nuca y él aceleró. Yo mantuve los dedos rozando aquel maldito punto de no retorno hasta que sus músculos empezaron a tensarse alrededor de ambos.
El olor del vínculo estalló. Mi mandíbula dolió porque quería que otra parte estuviera también en su interior, pero no era el momento, no ahora.
Los colmillos descendieron anhelantes y la zona entre su cuello y su hombro se convirtió en lo único que podía ver.
Morder. Cerrar el vínculo. Marcarla para que ninguna criatura volviera a acercarse sin saber que era nuestra.
Remo me agarró de la nuca.
—No.
La palabra salió rota porque sus propios colmillos también habían descendido.
Me aparté de la piel de Patri para buscarlo a él, mi maldito salvavidas.
Ella no se dio cuenta de que nos mordíamos. Estaba demasiado cerca del orgasmo.
Remo se retiró antes de llegar al suyo y apoyó la frente contra la suya, respirando con el esfuerzo de una carrera de kilómetros.
Patri abrió los ojos.
—¿Por qué has parado?
—Porque todavía falta Rómulo.
Ella asintió.
—Os quiero a los dos.
No tenía ni idea de lo que provocaban esas palabras en nosotros.
No necesitó repetirlo.
Cambié a Patri de posición y la ayudé a ponerse de rodillas. Rem se situó delante. Ella me guio hasta el punto que más anhelaba.
Entré de una estocada, sujetando su vientre para encontrarme de golpe en aquella gruta húmeda y receptiva.
Ella gritó mi nombre.
No «grandullón». No «neandertal». «Rómulo».
Remo se puso en pie, le agarró la barbilla y Patri separó los labios para recibirlo. Cada uno marcó su ritmo, que se acompasó al de los otros dos. Yo marqué el mío desde atrás, con una mano sobre la cadera femenina y la otra en el clítoris.
Cada vez que gemía alrededor de él, la vibración me atravesaba.