Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

Patri salió de su casa con un abrigo negro cerrado hasta el cuello, botas altas y una máscara de encaje balanceándose entre los dedos.

Mateo no estaba. Había salido a cenar con Nerea y, por una vez, el universo parecía dispuesto a apoyar las malas decisiones. Detallazo por su parte.

—¿Eso es todo? —pregunté, dejando que la mirada le recorriera el abrigo de arriba abajo.

Patri sonrió despacio. Se acercó un paso, desabrochó el cinturón y abrió las solapas.

Debajo llevaba un body de terciopelo color vino, cruzado por tiras negras que rodeaban sus caderas y subían hasta el pecho. Las medias terminaban bastante por encima de las botas y el piercing del labio atrapó la luz de la farola.

—¿Crees que voy a necesitar más?

A mi lado, Remo dejó de respirar.

No fue una metáfora. Mi hermano, el muy imbécil, se quedó sin aire ante el apocalipsis con liguero que Patri acababa de enseñarle al abrir el abrigo.

Ella volvió a cerrarlo con toda la calma del mundo.

—Podéis babear cuando lleguemos. Prefiero que no lo hagáis delante de las cámaras de los vecinos. No vaya a ser que mi hermano se entere y le dé por castigaros sin postre.

—¿Con quién vas? —pregunté, señalando las motos.

Patri miró primero la mía. Luego la de Remo.

Se tomó su tiempo, claro. Porque si algo sabía hacer esa mujer era convertir una elección sencilla en una tortura medieval.

—Con el que no responde mensajes haciéndose pasar por su hermano.

Remo no sonrió; no le hizo falta.

Le ofreció el casco y el olor a satisfacción le salió por los poros, traicionero como un chivato.

Patri se subió detrás de él y rodeó su cintura con los brazos. Antes de que arrancaran, me dedicó una sonrisa por encima del hombro.

—No te quedes atrás, grandullón. Si te portas bien, igual me monto contigo a la vuelta.

No lo hice. Lo de quedarme atrás, digo.

La ubicación del cartel nos llevó hasta una finca situada más allá de Colmenar, rodeada de pinos y apartada de la carretera.

Las luces terminaban varios cientos de metros antes de la entrada.

A partir de ahí, el camino estaba señalado con faroles bajos, apenas suficientes para distinguir la grava, los árboles y las siluetas que avanzaban hacia una verja abierta.

Humanos y sobrenaturales se mezclaban en la cola.

Los primeros creían estar participando en una fantasía. Los segundos habían acudido porque, en un lugar donde todos llevaban máscaras, nadie se fijaba demasiado en unas pupilas que brillaban, unos colmillos que descendían o una fuerza que no encajaba con el cuerpo.

Patri lo observaba todo, metida de pronto en uno de sus dibujos, aunque aquel tenía normas de seguridad y aparcamiento vigilado.

Había mujeres con corsés, capas transparentes, lencería cubierta de cadenas y máscaras de plumas.

Hombres con arneses, torsos pintados y cabezas de animales talladas en cuero.

Algunas parejas se devoraban contra los árboles antes incluso de llegar al control de entrada.

Otras se estudiaban desde lejos, quietas, tensas, con esa electricidad que precede a las decisiones pésimas.

Por fortuna, la temperatura acompañaba.

El bosque olía a excitación, nervios, látex, alcohol y a los aceites que los organizadores repartían en pequeños cuencos de piedra. Mirra, frutos rojos, especias dulces. Una mezcla pensada para cubrir perfumes y olores naturales y para convertir cualquier rastro en un puto sudoku olfativo.

Nos obligaron a guardar los teléfonos en una taquilla.

Después, una mujer con máscara de cierva nos entregó las pulseras.

—Roja significa que nadie puede acercarse.

Dorada, que deben preguntar. Negra, persecución abierta después de una señal consciente.

—Señaló una pestaña plateada junto al cierre—.

Si la arrancáis, avisáis a seguridad. No juguéis con eso.

El cierre dorado significa presa. El cierre plateado, cazador. ¿Qué elegís?

Patri cogió una pulsera negra con cierre dorado.

Remo cerró la mano sobre su muñeca antes de que pudiera colocársela.

—Piénsalo.

Ella bajó la mirada hacia sus dedos. Luego volvió a subirla hasta él.

—Llevo pensándolo desde hace demasiado.

A Remo se le tensó la mandíbula.

—Aquí hay gente que no conoces.

—Por eso os he traído. —Patri ladeó la cabeza—. ¿No erais militares especialistas en misiones imposibles? Toca demostrarlo.

No dijo «he venido con vosotros»; dijo: «os he traído».

La muy cabrona sabía exactamente lo que hacía.

Rem soltó su muñeca, pero fue él quien le cerró la pulsera, como si odiara aquel juego y se muriera por jugarlo al mismo tiempo. Las dos cosas convivían dentro de él a costa de hacerlo astillas.

Yo elegí otra negra con cierre plateado.

Mi hermano me observó durante unos segundos antes de ponerse la misma.

La mujer de la máscara señaló tres bandejas de aceite.

—Todos deben usarlo. Neutraliza perfumes y olores naturales para que la persecución no sea demasiado sencilla.

Remo y yo intercambiamos una mirada con la cierva.

Estaba claro que ella sabía lo que éramos, porque ella era sobrenatural.

El aceite no neutralizaría un vínculo. No el nuestro. No lo que Patri llevaba años haciendo sin saberlo cada vez que respiraba cerca.

Pero sí podía ensuciarlo lo suficiente para obligarnos a buscar.

Ella hundió dos dedos en el cuenco y se extendió el aceite por el cuello. Luego me miró.

—¿Me ayudas?

Apartó el pelo y ahí estaba la trampa.

El olor artificial cubrió su piel, pero debajo seguía estando ella. Dulce, cálida, imposible. Esa mezcla suya de tinta, vainilla, descaro y peligro doméstico.

Le extendí el aceite por los hombros mientras Remo lo hacía sobre sus brazos. Nuestras manos coincidieron en su espalda.

Patri hizo un ruidito de placer. Lo suficiente para que mi lobo dejara de comportarse como una criatura civilizada y empezara a arañarme las costillas.

—Todavía podéis arrepentiros —susurró.

—Tú primero —respondí.

Abrió los ojos.

—Ni muerta.

Un hombre subió a una plataforma de madera cuando todos estuvimos dentro. Llevaba una máscara de carnero y una capa abierta sobre el pecho desnudo.

—Bienvenidos a El Rastro.

Las conversaciones se apagaron.

—Aquí nadie pertenece a nadie. Las máscaras borran los nombres, pero no los límites. Mirad las pulseras. Pedid autorización. Una negativa finaliza el juego y una duda también.

Patri se recolocó la máscara de encaje. Las nuestras eran de lobos. Muy sutil todo, una metáfora con neones.

—Las personas perseguidas dispondrán de dos minutos antes de que salgan los cazadores. Cuando alcancen el orgasmo, deberán ser liberadas. Si desean continuar, tendrán veinte segundos para volver a esconderse. Si se quedan, si se quitan la máscara o si cambian su pulsera, la persecución termina.

Los faroles se apagaron uno tras otro hasta dejar solo la luz de la luna y algunas balizas rojas entre los árboles.

—Mira, elige, atrapa, córrete y desaparece. ¡A disfrutar de la cacería!

Un cuerno sonó en mitad del bosque.

Patri nos besó antes de que pudiéramos reaccionar.

Primero a Remo. Fue rápido, pero no inocente. Nada en ella lo era aquella noche. Después vino a por mí.

Me dejó su respiración en la comisura, el roce de sus dedos en la nuca y una sonrisa capaz de arruinarle la vida a un santo. Yo no era un santo. Ni de lejos. Así que imagínate el destrozo.

—Nos vemos entre los árboles —murmuró—. Encontradme antes de que lo hagan otros y sea tarde.

Echó a correr.

La perdimos entre capas, máscaras y cuerpos.

Los dos minutos iniciales fueron una tortura diseñada por alguien que odiaba específicamente a los lobos. El aceite descomponía los olores y los devolvía mezclados: sexo, sudor, tierra húmeda, deseo ajeno. El rastro de Patri aparecía y desaparecía entre decenas de aromas similares.

Cuando sonó el segundo cuerno, Remo salió disparado.

Lo seguí porque él jamás fallaba con un rastro.

Atravesamos un claro donde una pareja se besaba de rodillas, saltamos una cuerda marcada con cintas rojas y nos separamos al llegar a una bifurcación. Yo capté a Patri hacia el este; Remo debió de percibirla al oeste.

Me equivoqué.

El olor terminaba junto a una cinta negra atada a un árbol. Patri la había rozado para dejarnos una pista y después había cambiado de dirección.

—Mala…

Escuché su risa más adelante, ligera, triunfal.

También un gruñido masculino.

Aceleré.

Un hombre con máscara de cuervo había alcanzado el claro antes que yo. Patri estaba apoyada contra un tronco, observándolo acercarse. Llevaba la pulsera negra a la vista.

El cuervo alzó una mano y esperó la señal.

Miró por encima de su hombro.

Vio a Remo antes que a mí y sonrió. Se abrió el abrigo, alzó las manos por encima de la cabeza, acariciando la corteza, y después negó con la cabeza cuando el desconocido estuvo lo suficientemente cerca.

El hombre inclinó la cabeza y se apartó sin protestar.

Yo llegué hasta ella con el pecho agitado, al igual que Remo.

—¿Te gusta jugar con fuego?

—Me gusta comprobar si seguís manteniendo vuestra fama.

—Podía haberte tocado.

—No sin que yo quisiera.

Me sostuvo la mirada desafiante, segura. Con esa mezcla de descaro e inconsciencia que llevaba volviéndome loco desde la adolescencia.

Una sombra cayó desde la izquierda.

Remo la rodeó por la cintura y la hizo girar antes de apoyarla contra el árbol. Patri soltó una carcajada que terminó en gemido cuando él abrió todavía más el abrigo.

—He llegado primero —gruñó.

—Técnicamente, lo has hecho, sí.

—Pero me esperabas a mí —comenté, acercándome por la derecha para sujetarle la barbilla.

Patri se llevó dos dedos a la máscara. Después tocó la pulsera negra.

—Os esperaba a los dos.

Giró el rostro hacia el otro lado y Remo la besó.

No como en el sofá. No como aquel primer beso que, seguramente, había intentado olvidar.

Lo hizo con la violencia contenida de quien llevaba demasiado tiempo huyendo.

Patri se dio la vuelta, le rodeó el cuello y abrió la boca para tomar su lengua.

El olor de ambos rompió el aceite, pero no mis ganas.

Me quedé mirándolos durante unos segundos.