Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

Remo no dijo una palabra después del partido. Esperó a que cruzáramos la acera, dejáramos atrás los dos jardines y cerráramos la puerta de casa.

No había mucha distancia que recorrer. Apenas unos metros y los dieciséis años que llevábamos evitando aquella conversación.

Dejé las llaves sobre el mueble de la entrada. Él pasó a mi lado sin mirarme, se quitó la sudadera y la arrojó sobre el respaldo del sofá. Todavía olía a cerveza, pizza y a Patri.

Sobre todo, a Patri.

El sabor se había quedado en sus labios después de lamer mis dedos. Lo percibía cada vez que respiraba, mezclado con el mío y el lobo llevaba desde entonces golpeándome las costillas, empeñado en arrancármelas para salir.

—Me ocultaste que la besaste.

Remo se detuvo de espaldas a mí.

—Tú me ocultaste que la tocaste.

—No es lo mismo.

Se volvió despacio.

—Claro que no. Lo tuyo fue mucho más casto… —bufó.

—Tenía dieciocho años. Bastante hice con no empotrarla contra la primera superficie disponible.

—Qué despliegue de autocontrol. Deberían darte una medalla.

—Tú le metiste la lengua hasta la campanilla.

—La besé una vez.

—Y has pasado todos estos años queriendo repetirlo. ¿Me equivoco?

—Tú has pasado los mismos fingiendo que no te acordabas de lo que ocurrió en el garaje.

—Me acordaba.

—Ya.

La televisión continuaba apagada. La casa estaba en silencio, pero desde la vivienda de Mateo llegaban amortiguados los gritos del final del partido y las repeticiones de las jugadas.

Debían de seguir discutiendo alguna decisión arbitral, como si el resultado dependiera de que Mateo insultara al televisor con la suficiente convicción.

Me quité la chaqueta y la dejé caer sobre la de Remo.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté.

—¿Lo del beso?

—No, lo de que Patri escondía un tercer brazo. Claro que hablo del beso.

Remo se frotó la nuca.

—Porque no sabía qué coño había pasado. Sentí el vínculo, Rómulo, y ya sabes lo que una unión mal entendida hizo en mi familia.

La broma que estaba a punto de soltar se quedó donde estaba. Nos miramos.

Con Remo no necesitaba que explicara el resto. Habíamos crecido rodeados de marcas y de parejas que se reconocían antes de saber cómo se llamaban. Habíamos visto a miembros de la manada perder la cabeza por un olor, una voz o un roce. También lo que ocurría cuando el vínculo no era correspondido.

Para él nunca había sido una historia bonita que los lobos contaban alrededor de una hoguera.

Con una humana no era imposible, pero ocurría tan pocas veces que nadie podía asegurar cómo terminaría. Mucho menos cuando esa humana era la hermana de nuestro mejor amigo.

—Tú también lo sientes, ¿verdad? —preguntó con prudencia—. No soy solo yo.

Solté el aire y me senté en el brazo del sofá.

—Desde que llegamos al barrio.

Levantó la mirada.

—Yo también. ¡¿Cómo es posible?!

—Ambos sabemos que a nosotros nos pasan cosas imposibles. No pongas esa cara.

—No estoy poniendo ninguna cara. Es mi expresión habitual contigo.

—Pues deberías descansar los músculos. Se te va a quedar permanente.

Remo negó con la cabeza y se acercó a la ventana. Las luces de la casa de los vecinos seguían encendidas al otro lado del seto. Patri estaba allí, a pocos metros, seguramente encerrada en su habitación y convencida de que continuaríamos tardando otros dieciséis años en decidirnos.

No era una suposición injusta: nuestro historial no inspiraba confianza.

—Al principio creí que olía así porque vivíamos demasiado cerca —continuó—. Luego pensé que se me pasaría. Después nos marchamos y no se me pasó.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Por la misma razón por la que tú no me hablaste de lo que habías hecho.

—No es la misma.

—Claro que lo es. Pensabas que, si lo decías en voz alta, se volvería real. Pues bien, ya lo es. Y quiero que sepas que nunca me ha importado compartir contigo. Tampoco me importaría ahora. Que los dos sintamos que es nuestra compañera solo puede significar…

Dejó la frase abierta.

El planteamiento me cerró la boca, algo que no ocurría con frecuencia.

Remo y yo habíamos compartido cama, peleas, mujeres, derrotas y un apellido que no era suyo por nacimiento, pero sí por todo lo demás.

Nunca habíamos tenido que ponerle nombre a lo que éramos.

Tampoco a Patri. Había bastado con alejarnos y fingir que la distancia podía borrar un olor grabado en los huesos.

Hasta que volvió a sentarse entre nosotros y nos explicó, con bastante claridad, que estaba cansada de esperar a que nos decidiéramos.

—Ella no nos está pidiendo amor ni ser nuestra compañera —concluyó Remo.

Solté una risa seca.

—No. Nos está pidiendo que finjamos que no significa nada y ambos sabemos que eso es imposible, por mucho que nos apetezca follárnosla.

—A ti siempre te apetece follar.

—Y, aun así, consigo tener pensamientos complejos. Soy un hombre lleno de matices.

Remo apoyó una mano en el alféizar.

Lo observé.

—¿Qué es para ti?

Tardó tanto en responder que las risas de Mateo y Nerea atravesaron la pared.

—La única mujer a la que besé una vez y he intentado no volver a besar.

No sonó romántico. Remo no sabía hacer que las cosas importantes sonaran bonitas. Las pronunciaba como si fueran heridas que había decidido dejar de tapar.

Asentí despacio.

—Para mí es la única a la que no quiero compartir con nadie salvo contigo.

Sus ojos dispares se clavaron en los míos.

—Eso no arregla nada.

—No, pero era hora de admitirlo. A este paso íbamos a necesitar una segunda adolescencia.

—¿Y qué hacemos?

—Lo que nos ha pedido.

—¿Follar con ella y fingir después que no ha ocurrido?

—Aceptar sus términos no significa creerlos. Significa dejar de rechazarla antes de que se canse de nosotros y se busque a dos hombres con menos problemas de comunicación.

Remo se incorporó.

—No sabes lo que dices. No tienes ni idea de lo que nos haría probarla juntos y tener que fingir después que podemos alejarnos. Y ella tampoco sabe lo que somos.

—Sé perfectamente lo que digo. Otra cosa es que sea una idea inteligente, pero nunca les he exigido tanto a mis ideas.

—Rómulo.

—Sé que tienes su cuaderno. He visto sus dibujos. Puede que no sepa ponerle nombre, pero alguna parte de ella lleva años viéndonos como somos.

—Eso no significa que quiera nuestra marca.

—Tampoco tenemos que marcarla esta noche.

El lobo reaccionó bajo mi piel solo con pronunciarlo en voz alta.

Remo lo percibió. Su respiración cambió y, durante un instante, ambos miramos hacia la casa de al lado.

—Si la tocamos juntos —advirtió—, va a empeorar.

—Ya la hemos tocado y saboreado.

—Sabes a qué me refiero.

Lo sabía y, aun así, me apetecía.

El móvil vibró sobre la mesa antes de que pudiera responder. Un segundo después, sonó el de Remo.

Miramos las pantallas.

Patri había creado un grupo:

Tres son compañía 🔥

Debajo apareció una imagen oscura: una mujer enmascarada, un bosque iluminado por una luna enorme y letras doradas sobre fondo negro.

Remo levantó la vista.

—Ni de coña.

El primer mensaje apareció casi de inmediato.

—¿Cómo conoce esto? —pregunté.

—Internet. Algún conocido. Una de sus amigas. Da igual. Sabes lo que ocurre en esas fiestas en el bosque.

—Sí. La gente se divierte, tú frunces el ceño y todos intentamos no pisar una rama con el culo al aire.

—No puede ir.

—Intenta decírselo sin que se ría de ti.

Remo escribió:

Los tres puntos aparecieron al instante.

El lobo embistió otra vez.

Contesté antes de que Remo pudiera detenerme o yo me lo pensara mejor:

Remo calculó con la mirada la distancia exacta entre mi cara y la pared.

—¡¿Qué cojones haces, tío?! Acabas de responder por mí.

—¿Alguna objeción? Era con nosotros o sin nosotros. Conoces a Patri y sabes que habría ido igual. Esto es una puta declaración de intenciones y no pienso quedarme en casa mientras ella busca a otros dos.

Dejó el móvil sobre la mesa y bufó.

—No sé si estoy preparado para acudir con ella a algo así.

Lo observé.

—Eso ha sonado muchísimo a que quieres venir, por mucho que temas dejar de mirar desde la barrera.

—Eso ha sonado a que, si alguien la toca sin que lo desee, voy a enterrarlo en el bosque.

Sonreí.

—Perfecto. Tú te encargas de los cadáveres y yo de que Patri no necesite buscarse otra compañía. Siempre hemos formado un buen equipo.

Remo volvió a mirar la pantalla, pero no discutió.

En el idioma de Remo, aquello era un sí, una declaración de amor y casi una petición de matrimonio.