Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

No había vuelto a entrar en los sueños de Aimara.

Había decidido mantenerme fuera porque estaba cansado de ser una sombra que ella encontraba dormida y olvidaba al despertar. Quería que me eligiera consciente, con los ojos abiertos y la posibilidad de mandarme a la mierda si consideraba que era lo más apropiado.

Lo había hecho.

Me eligió en su cocina después de que cerrara por completo mi don. Me besó, me dejó claro lo que quería y confió en mí lo suficiente para abandonarse entre mis manos. Después de llevarla al orgasmo, detuve lo que ambos queríamos terminar porque todavía ignoraba una verdad que podía cambiarlo todo.

Aimara me acusó de decidir por ella. No se equivocaba.

El motivo podía ser honorable y la imposibilidad de explicárselo, real; aun así, fui yo quien estableció el límite y abandoné su casa después de confesar que había estado presente en todos sus sueños.

Aimara desconocía qué era yo, cómo habíamos compartido aquellos encuentros o si podía regresar a ellos cuando quisiera.

Presentarme otra vez mientras dormía, sin una invitación que pudiera darme despierta, habría sido entrar en su intimidad aprovechando una puerta cuya existencia acababa de descubrir.

Así que me mantuve fuera, también de su teléfono.

Había abierto nuestra conversación más veces de las que estaba dispuesto a reconocer, escrito frases impropias de alguien que había sobrevivido a imperios y borrado todas antes de enviarlas.

«¿Cómo estás?» parecía una pregunta ofensivamente insuficiente después de revelar que llevaba años acostándome con ella en otro plano.

«Tenemos que hablar» sonaba a ruptura cuando todavía no habíamos conseguido iniciar nada.

«Sigo deseándote» era cierto, pero podía interpretarse como que la cena, la conversación y todo lo ocurrido en su cocina solo habían servido para dejarme con una erección persistente, que también era cierto.

Mi incapacidad para redactar un mensaje decente no explicaba por qué había acudido a una iglesia abandonada en lugar de presentarme ante su puerta.

Abaddon sí.

El edificio se encontraba encajado entre dos bloques de viviendas, con la fachada cubierta por pintadas, una verja oxidada y un cartel municipal que anunciaba una rehabilitación inexistente desde hacía nueve años. Los humanos eran extraordinarios bautizando el abandono con palabras administrativas.

Atravesé la puerta lateral.

Dentro olía a piedra mojada, cera antigua y humedad persistente. Los bancos se acumulaban contra una pared; del altar solo quedaba la plataforma elevada y una marca más clara donde antes había colgada una cruz.

—Te hacía más orgulloso.

La voz llegó desde el fondo.

Abaddon salió de la oscuridad con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo oscuro. El Destructor. El señor del abismo. El viejo fanático con delirios de limpieza que llevaba siglos convencido de que la humanidad era una infección y él, por supuesto, el remedio.

—Y yo te hacía menos previsible —respondí—. Una iglesia abandonada resulta bastante evidente para alguien con tus problemas de identidad.

Miró el techo agrietado.

—Ellos dejaron de venir. Yo aproveché el espacio. Podrías aprender algo.

—Los humanos también abandonan gimnasios en febrero y no te veo estableciendo allí tu centro de operaciones.

Su sonrisa fue breve, demasiado desagradable para un rostro tan hermoso.

Abaddon y yo llevábamos demasiado tiempo enfrentados para malgastar los primeros minutos fingiendo cortesía. Él quería arrancar de raíz el árbol que yo había plantado. Yo consideraba que una criatura capaz de elegir la destrucción también debía conservar el derecho a elegir otra cosa.

La discusión no había mejorado con los siglos.

—Has venido solo —observó.

—¿Te asusta?

—Me decepciona. Pensé que Helena habría enviado a alguno de los perros de Yara contigo.

—El Consejo desconoce que estoy aquí.

—Eso explica la ausencia de correa.

La serpiente se desplazó debajo de mi piel. Abaddon siguió el movimiento con los ojos, aunque no la viera, satisfecho de haber encontrado la primera grieta.

—Han asesinado a dos mujeres —comencé—. Las escenas reproducen los libros de Aimara Duque y señalan a distintas especies sobrenaturales.

—Lo sé.

—Claro que lo sabes.

—Los humanos publican fotografías antes de que sus muertos lleguen al depósito. No hace falta infiltrarte en una comisaría cuando existe internet.

Me acerqué al antiguo altar.

—No creo que seas el responsable.

Abaddon alzó las cejas.

—Qué decepción. Había preparado una negativa muy convincente.

—Nunca te has molestado en convencer a nadie. He venido a averiguar qué sabes.

—Y yo que creía que, después de tantos siglos, por fin habías aceptado mi invitación.

—Antes preferiría entrar voluntariamente en otra reunión del Consejo.

—Sigues permitiendo que te traten como a un criado y te parece más digno que unirte a quienes podrían liberarte.

—Tu definición de libertad incluye exterminar a ocho mil millones de personas.

—La cantidad solo vuelve necesario un método.

—Eso lo vuelve mucho más razonable.

Se apoyó contra la piedra del altar y cruzó los brazos.

—Deberías haberte unido a nosotros cuando tuviste la oportunidad. Olvidarte de los humanos, de sus guerras, de sus plegarias y, sobre todo, de esa perra de Lilith que lleva siglos teniéndote agarrado por las pelotas.

El suelo se movió bajo mis pies. Abaddon sonrió al oírlo. Era uno de los pocos seres que sabían de mi condena.

Recorrí la distancia que nos separaba y lo agarré por el cuello del abrigo. Su espalda golpeó una columna con fuerza suficiente para desprender polvo y un fragmento de piedra.

—Vuelve a llamarla así y te aseguro que el infierno será la menor de tus preocupaciones.

—Ahí está. —Ni siquiera intentó apartar mis manos—. El gran Samael, capaz de ofrecer libertad a toda una especie salvo a sí mismo.

—No sabes nada.

Chasqueó la lengua.

—No es cierto. Sé que vuelve a nacer, olvida tu cara y continúa con su vida mientras tú la buscas como un perro al que lanzaron el mismo hueso demasiadas veces.

Apreté los dedos.

La oscuridad se extendió alrededor de Abaddon y reptó por mi espalda. La serpiente respondió, tensándose en torno a mi espalda y mis brazos.

—Aimara no es un rostro nuevo para una mujer antigua —le advertí—. No vuelvas a reducirla a eso.

—Aimara —repitió, saboreando el nombre—. La escritora. La humana que lleva años contando secretos que no debería conocer y cuyos libros alguien utiliza para colocar cadáveres. Comprendo la fascinación.

—No necesitas comprenderla.

—Tú tampoco la comprendes, solo llevas demasiado tiempo confundiéndola con una promesa que le hiciste a la primera criatura a la que te follaste.

Lo solté antes de arrancarle la garganta.

Abaddon se recolocó el abrigo y se sacudió el polvo del hombro con una calma que solo buscaba provocarme más.

—No he ordenado esos asesinatos —concedió—. Ninguno de los míos ha intervenido.

—Tu palabra no significa nada porque no puedes tenerlos a todos controlados.

—Entonces resulta absurdo que hayas venido a buscar una respuesta que no vas a creer.

—He venido a mirarte a la cara mientras mentías.

—¿Y qué has visto?

—Que te irrita no ser el centro del problema.

Su expresión se endureció apenas. Fue suficiente.

—Si las muertes fueran nuestras —continuó—, no habría libros abiertos, velas colocadas alrededor de un cuerpo ni decorados para que la policía pudiera hacer fotografías bonitas. No necesitamos fingir que un vampiro o un demonio ha matado a alguien. Lo haríamos y asumiríamos el mérito sacando pecho.

—Eso no demuestra que ninguno de tus seguidores esté actuando por su cuenta.

—Mis seguidores quieren acabar con los humanos, no conseguir más visualizaciones que ellos.

Abaddon descendió de la plataforma y rodeó despacio el altar.

—Quien está preparando esas escenas no quiere únicamente mujeres muertas. Quiere que alguien las contemple. La policía debe encontrar una historia; el Consejo, otra; el fandom , una tercera. Y tú… Tú deberías pasar página de una maldita vez.

Pensé en el libro junto a la bañera, limpio y abierto por la página exacta. En el escenario alrededor de Mara. En la cantidad de detalles colocados para que cada persona mirara hacia un culpable distinto.

—Busca versiones —murmuré.

—Busca controlar el relato —me corrigió—. Los cadáveres solo sirven para que todos miréis donde quiere.

La serpiente dejó de moverse.

Aquello encajaba demasiado bien.

—¿Quién?

Abaddon sonrió de nuevo.

—Si lo supiera, quizá lo habría reclutado.

—O eliminado.

—Dependería de su utilidad. No es mi estilo, pero hay una buena base.

—Te encanta fingir que tienes menos información de la que posees.

—Y a ti te encanta fingir que has venido solo por las muertas.

No respondí.

Abaddon se acercó lo suficiente para obligarme a contener el impulso de golpearlo.

—Ella es humana —prosiguió—. Por mucho que quieras convertirla en la excepción de esta mierda, pertenece a la misma especie que ha transformado vuestros secretos en entretenimiento.

Han reducido a los vampiros a hombres pálidos con trauma, a los lobos a penes con problemas territoriales y a los fae a aristócratas incapaces de mantener una conversación sincera.

—En el caso de los fae , la documentación ha sido impecable.

—Puede ser, pero tú te has convertido en un gurú que provoca orgasmos en retiros caros. Menuda pérdida de tiempo.

—El tiempo me sobra y hay adaptaciones peores.

—Plantaste un árbol para que conocieran el bien y el mal y lo utilizaron para inventar redes sociales. Incluso tú deberías reconocer la magnitud del fracaso.

—Y tú utilizas sus trajes, sus edificios y sus frases hechas mientras defiendes que no merecen existir.

La sonrisa desapareció de su cara.

Había tenido días mejores, pero no tantos como para despreciar una victoria.

—Cuando llegue el momento —amenazó—, no elegirás a la humanidad. La elegirás a ella.

—Ella es humana.

—Ahora.

La serpiente asomó por mi garganta.

Abaddon miró las escamas y retrocedió un paso. No por miedo. Los dos sabíamos que habíamos llegado al punto exacto donde una frase más podía costarle al ayuntamiento una rehabilitación de verdad.

—Si descubro que tu facción ha intervenido…

—Volverás —me interrumpió—. Siempre terminas regresando cuando necesitas respuestas que el Consejo no se atreve a pronunciar.

—No me has dado ninguna.

—Te he dicho que estás buscando a alguien que necesita espectadores. Es bastante más de lo que llevabas al entrar.

Odiaba que tuviera razón casi tanto como lo odiaba a él.

Abandoné la iglesia sin despedirme.

Fuera había empezado a lloviznar. Madrid olía a asfalto húmedo, gasolina y comida cocinándose detrás de ventanas cerradas. Los coches avanzaban por la avenida; una pareja discutía debajo de un paraguas y un repartidor pasó junto a mí insultando a alguien a través de los auriculares.

La humanidad seguía con su vida sin saber que Abaddon debatía su exterminio en una iglesia a pocos metros.

Debería haber informado al Consejo. También debía revisar las escenas, averiguar qué versión había recibido cada grupo y encontrar el punto donde todas se cruzaban.

En lugar de eso, me detuve delante de una floristería que estaba a punto de cerrar.

La mujer del mostrador levantó la vista cuando entré. Tendría unos sesenta años y la expresión cansada de quien había visto a demasiados hombres comprar flores después de cometer errores perfectamente evitables.

—¿Reconciliación? —preguntó.

—No exactamente.

—¿Aniversario?

—Tampoco.

—¿Qué ha hecho?

—¿Por qué supone que he hecho algo?

Me examinó desde los zapatos hasta la camisa negra.

—Porque entra cuando estoy cerrando, tiene cara de llevar días pensando demasiado y todavía no sabe qué ramo quiere.

Una lógica difícil de rebatir.

—Quiero invitar a una mujer al cine.

La florista esperó unos segundos.

—¿Y eso requiere flores?

—No lo sé. Nunca lo he hecho.

—¿Invitar a una mujer al cine?

—Comprar flores para una cita.

Había comprado flores antes, por supuesto. Para funerales, acuerdos, rituales y una coronación que terminó con tres muertos y una frontera desplazada. Ninguna ocasión proporcionaba una referencia útil.

—¿Cuáles le gustan?

Abrí la boca y no encontré una respuesta.

Conocía la forma en que Aimara se frotaba las manos cuando algo la inquietaba, cómo hablaba con sus perros, la manera en que llenaba los silencios cuando temía lo que podía aparecer dentro de ellos y el sonido exacto que hacía cuando dejaba de contener el placer.

No sabía cuáles eran sus flores favoritas.

Aquella ignorancia me resultó más incómoda de lo razonable.

—No se lo he preguntado.

La mujer suspiró.

—Entonces nada de rosas rojas. Parecerá que quiere acostarse con ella en la última fila.

—Esa posibilidad ya está sobre la mesa.

—Así les va hoy en día: no saben cortejar.

Terminó preparando un ramo de flores pequeñas en tonos claros, sin lazos enormes ni aspecto funerario. Después compré una caja de bombones variados porque tampoco conocía su chocolate favorito y dos entradas para la última sesión del día siguiente.

La única película de la cartelera sin demonios, vampiros, asesinatos ni hombres lobo era una comedia sobre un matrimonio que se divorciaba durante unas vacaciones en la Toscana.

Perfecto.

Nada favorecía una relación incipiente como contemplar durante dos horas la destrucción de otra.

Cuando llegué al edificio de Aimara, llevaba el ramo en una mano, los bombones en la otra y las entradas guardadas en el bolsillo interior de la chaqueta.

No sabía si me abriría.

Tampoco si aceptaría la invitación después de la manera en que me había marchado. Podía arrojarme las flores a la cara, quedarse con el chocolate y utilizar las entradas para ir con una de sus amigas. Las tres opciones eran razonables.

Subí hasta su planta porque la portería estaba abierta y no tuve que llamar. Me detuve frente a la puerta.

Había ensayado varias frases durante el trayecto.

«He pensado que podríamos ir al cine».

Demasiado simple.

«Quiero intentar una actividad humana que no incluya sueños compartidos ni interrogatorios policiales y que no termine conmigo abandonando tu cocina con una erección dolorosa».

Demasiado sincero.

«He comprado palomitas».

Falso. Las compraríamos allí al día siguiente.

Levanté la mano hacia el timbre y, antes de pulsar el botón, la oí al otro lado.

—Eshnar.

El nombre me atravesó.

No como una orden. No con la violencia de quienes lo pronunciaban para obligarme.

Como la primera vez.

El papel de los bombones crujió bajo mis dedos. Una flor se deslizó fuera del ramo y cayó al suelo. El aire abandonó mis pulmones y apoyé la mano sobre el timbre de golpe.

Hubo pasos rápidos en el interior, el ladrido furioso de Zeus Alejandro y el golpe de una puerta contra la pared. La cerradura giró.

Aimara abrió.

Estaba descalza, con lágrimas en las mejillas y la runa de la muñeca izquierda enrojecida. Miró primero las flores, después los bombones y, por último, mi rostro.

Su respiración se quebró.

—Eshnar.

El ramo se inclinó entre mis dedos. Tragué con dificultad.

—¿Dónde has oído ese nombre?

Aimara negó despacio.

—No lo he oído.

No apartó los ojos de los míos.

—Lo recordé.