Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Mi hermano creía que ver un partido de baloncesto consistía en gritarle instrucciones a una televisión de setenta pulgadas, convencido de que el entrenador acabaría escuchándolo desde el salón.

—¡Abre a la esquina! ¡A la esquina, joder!

—Mateo, como vuelvas a escupirme una patata mientras gritas, te la meto por la nariz —le advertí desde la cocina.

—No he escupido nada.

Una patata con sabor a jamón aterrizó junto al pie de Rómulo.

Mi cuñada oficiosa y yo la miramos.

Después lo miramos a él.

—Ha sido el entusiasmo —se defendió.

—Ha sido la falta de evolución —aclaré, regresando al salón con otras dos pizzas—. Estáis a un partido de empezar a golpearos el pecho y disputaros una hembra junto a una hoguera.

Rómulo alzó una ceja.

—¿Te estás ofreciendo?

Mateo le lanzó una servilleta a la cara.

—Tú mira el partido.

—Eso hacía.

—Pues hazlo hacia delante.

Remo seguía sentado en el extremo del sofá, con una cerveza apoyada sobre la rodilla y la expresión paciente de quien llevaba más de media vida asistiendo a la misma batalla.

No gritaba al árbitro ni discutía cada posesión, pero corregía a Mateo cuando daba mal una estadística y a Rómulo cuando fingía saber más de baloncesto del que sabía.

Era peor que ellos, solo que en silencio.

Yo dejé las cajas sobre la mesa baja y levanté las tapas. El olor a queso, pepperoni y masa recién horneada consiguió que los tres apartaran los ojos de la pantalla durante aproximadamente dos segundos.

—La barbacoa es mía —avisó Mateo.

Nerea le quitó una porción antes de que pudiera cogerla, con una sonrisita dulce que a mi hermano le fundió el sistema primitivo.

A veces me preguntaba qué había visto Nerea en mi hermano aparte de que fuera atractivo, trabajador y capaz de comportarse como un ser humano durante cinco minutos seguidos. La chica era un diez y, encima, veterinaria.

—La convivencia exige sacrificios —suspiró Mateo, cediéndole el trozo.

—No vivimos juntos. Llevamos tres años saliendo y lo único que para ti significa convivencia es que te robe la comida.

—Por eso llevamos tres años juntos. Un estudio dice que las parejas que más duran son las que viven en guaridas distintas.

Él le dio un mordisco demasiado rápido a la porción robada y abrió mucho los ojos.

—Quema —consiguió articular con la boca llena.

—Lo tienes merecido por meter la lengua donde nadie te lo ha pedido.

Yo me reí hasta que cogí una porción y el queso fundido me abrasó el paladar.

Rómulo soltó una carcajada.

—La evolución también se aplica a las hembras, peque.

Le tiré una patata. Él la atrapó con la boca.

—Neandertal.

—Pero con reflejos.

—Y sin miedo a morir atragantado —añadió Remo.

Miré primero la boca de uno y después la del otro.

Que me atrajeran los dos por igual no podía ser sano y, según Aimara, tampoco estaba recogido en la Biblia.

Yo no lo tenía tan claro: si toda la humanidad procedía de un hombre y una mujer, alguien tuvo que ampliar el reparto antes de los mandamientos.

Mateo le dio un golpe con el pie sin apartar la vista de la televisión. Rómulo respondió empujándole la rodilla. Mi hermano le devolvió el golpe. En menos de diez segundos estaban peleándose por medio sofá mientras Remo protegía su cerveza con la única preocupación razonable de la estancia.

Nerea y yo nos miramos. No hacía mucho que Mateo le había presentado a sus mejores amigos de la adolescencia.

—¿Siempre han sido así? —preguntó.

—Desde que cruzaron esa puerta. Antes había más acné, pero el nivel intelectual era idéntico.

—Te estamos oyendo —protestó Mateo.

—Y, aun así, no aprendéis nada.

Sonó el silbato en la televisión. Mateo se levantó indignado con una decisión arbitral que, según él, demostraba la decadencia moral del deporte actual. Rómulo lo apoyó hasta que descubrió que podía llevarle la contraria y decidió que el árbitro había acertado.

Remo negó con la cabeza.

—Ha pisado la línea.

—Gracias —celebró Mateo, señalándolo—. Una persona sensata en esta casa.

—Me refería al jugador de tu equipo.

—Retiro lo dicho.

Me acomodé en el brazo libre del sillón y estiré las piernas.

Había olvidado cuánto se parecía aquello a antes: los partidos en casa, la comida repartida por cualquier superficie, Mateo y Rómulo discutiendo por deporte y Remo observándolo todo desde una distancia fingida, aunque siempre había sido una de las piezas del caos.

Solo que yo ya no tenía dieciséis ni ellos dieciocho, y tampoco me miraban igual.

Rómulo lo hacía sin ningún pudor, como casi todo. Remo fingía que no, lo que resultaba mucho más evidente porque sus ojos regresaban a mí cada vez que creía que estaba distraída o los demás no lo miraban.

Me levanté para llevar los platos vacíos a la cocina a sabiendas de que el short que me había puesto con la sudadera ancha no era la mejor prenda para octubre; sin embargo, los hacía sufrir. Noté la mirada de Rómulo recorrerme la espalda y detenerse bastante más abajo.

Mateo siguió el recorrido cuando me apoyé en la encimera para coger el guacamole.

No porque mi hermano me mirara el culo, sino porque conocía demasiado bien a sus amigos.

La colleja sonó en mitad de una jugada.

—¡Hostia! —Rómulo se llevó una mano a la nuca—. ¿A qué ha venido eso?

—Prohibido mirarle el culo a mi hermana.

—Tío, solo me ha parecido que tenía una mancha.

Me giré para mirar hacia abajo.

—¿Una mancha?

Rómulo tuvo la decencia de parecer incómodo durante medio segundo.

—Podía ser salsa.

—Pero si son pantalones negros.

—Pues mayonesa. A veces puedo ser un poco daltónico.

—Sí, ese efecto secundario suelen causarlo las nalgas femeninas. —Nerea se carcajeó y añadió más leña al fuego.

—Como sigas mirando así a mi hermana, te caneo —amenazó Mateo.

—¿Queréis dejar de comportaros como trogloditas? —bufé. Señalé a Rómulo, aunque por dentro mis hormonas gritaran «bien», y después miré a Nerea—. Mateo los tenía acojonados cuando yo tenía dieciséis años y ahora, con treinta y dos, sigue creyendo que no puedo tomar las decisiones que me plazcan.

—Amén —secundó Nerea, levantando la porción de pizza .

Mateo nos miró a las dos con la expresión de un hombre que acababa de descubrir que su propia casa había sufrido un golpe de Estado.

—Patri puede hacer lo que le dé la gana —sentenció—. Pero con ninguno de estos dos.

—Gracias por concederme derechos civiles.

Mi hermano señaló primero a Rómulo y después a Remo.

—Estos dos no te merecen ni tú mereces vivir esa pesadilla.

Rómulo sonrió, Remo bebió cerveza y yo apoyé una mano en la cadera.

—Voy a terminar haciendo lo que me plazca. Ya no eres mi hermano mayor.

—Siempre seré tu hermano mayor. Anda, tráenos otra birra.

—Si quieres cerveza, te levantas.

—Eso —coincidió Nerea—. Las piernas no son decorativas.

—¡Pero si llevo todo el día currando como un condenado, mi amor! —gimoteó.

—Patri también ha pasado el día trabajando, no tocándose el higo.

—¡Ella dibuja sentada!

—Y tú necesitas más levantamiento de sofá y menos crossfit .

Mateo se volvió hacia Rómulo y Remo.

—Tíos, manteneos solteros.

—El problema no es estar en pareja —replicó Nerea—. El problema es pretender que una mujer sea tu sirvienta mientras tú ejerces de sultán sin harén.

—Yo no he dicho que…

—¿Por qué no te refrescas la boca con un botellín en lugar de discutir? —lo interrumpí.

Mateo resopló y caminó hasta la cocina mientras en la televisión anunciaban los últimos segundos del segundo cuarto. Abrió la nevera.

Hubo un silencio.

Después movió algunas botellas, abrió el cajón inferior y volvió a comprobar una balda que llevaba vacía desde el principio.

—Mierda. Se han acabado. ¿Cómo habéis bebido tanto, cabrones?

—Más bien creo que a ti se te ha olvidado ir a comprarlas —sugerí.

—¡Mierda! —voceó—. Hermanita de mi corazón, ¿podrías…?

— Nop . Te recuerdo lo que acordamos antes de aceptar vivir juntos: cada uno se compra sus vicios.

—¡Pero si es para todos!

—Tu fiesta, tus invitados, tu cerveza —le recalqué—. Si quieres más, tendrás que ir a la gasolinera. Yo paso de conducir de noche.

—Venga, te acompaño. —Mi cuñada se levantó y me guiñó un ojo antes de señalar discretamente con la cabeza a los dos hombres sentados en el sofá.

Mateo vio el gesto.

—No pienso dejar a mi hermana con estos.

Ella se acercó, se puso de puntillas y le susurró algo al oído.

No supe qué le dijo, pero los ojos de Mateo descendieron hacia su escote, regresaron a su cara y recalcularon todas sus obligaciones fraternales en menos de tres segundos.

Una sonrisa lenta le apareció en la boca.

—Cinco minutos, que queda aquí al lado.

—Los que necesites —respondió ella.

—Diez.

—Eso ya lo veremos. —Le mordió la oreja.

Mi hermano cogió las llaves de la entrada, se volvió hacia sus amigos y los apuntó con el dedo antes de salir.

—Prohibida por ser la hermana de vuestro mejor amigo. Me dan igual las guerras en las que hayáis participado: si la tocáis, os vuelo las pelotas sin granadas.

—Anda, déjalos en paz —lo cortó Nerea, empujándolo hacia la puerta.

—Lo digo en serio. Especialmente tú. —Señaló a Rómulo con dos dedos.

Después la puerta se cerró.

En la televisión empezó la publicidad del descanso.

La casa se quedó demasiado tranquila.

Rómulo se recostó contra el respaldo del sofá, aunque la tensión de su mandíbula no encajaba con la aparente despreocupación. Remo dejó la cerveza sobre la mesa y juntó las manos entre las rodillas. Ninguno me miró.

Yo llevaba dieciséis años viendo cómo no me miraban. Ya estaba harta, así que respiré hondo y solté lo que había estado callando todos estos años.

—Quiero acostarme con los dos.

Remo levantó la cabeza de golpe. Rómulo dejó de sonreír.

—Estoy cansada de fingir y quiero que lo hagamos juntos —añadí—. Al mismo tiempo, no por turnos ni cogiendo número en la pescadería.

—Patri… —empezó Remo.

—No tienes ni idea de lo que estás proponiendo —se sumó Rómulo.

Solté una risa sin humor.

—Sé que folláis juntos. Sé que compartís mujeres desde que descubristeis el sexo.

Sé cómo os miráis cuando creéis que nadie presta atención y sé que me queréis en medio porque ya me habéis puesto ahí aunque llevara ropa y estuviéramos en mitad de un bar musical.

No finjáis que no os pongo a cien porque sé lo que sentí cuando estuve ahí.

Remo endureció el gesto.

—No es tan sencillo.

—Sí lo es. Lo que no resulta sencillo es fingir que no ocurre nada mientras obedecéis a Mateo porque fue vuestro capitán.

—Nos mataría —argumentó Rómulo.

—Mateo no estará en la cama con nosotros.

—¿Entonces nos estás proponiendo que se lo ocultemos a nuestro mejor amigo? —preguntó Remo.

Me acerqué al sofá y ocupé el espacio entre ambos.

—Los dos sois bastante buenos guardando secretos.

Remo comprendió primero que aquello iba por él. Lo vi en la forma en que se le detuvo la respiración.

—Igual que tu beso cuando teníamos dieciséis años.

Rómulo giró la cabeza.

—¿Qué beso, Rem?

No aparté los ojos de Remo.

—Mi primer beso.

—¡¿Qué cojones está diciendo?! ¿La besaste? —la voz de Rómulo perdió toda ligereza.

—Ella me lo pidió.

—Y tú lo hiciste, cómo no.

—No fue exactamente…

Agarré a Remo de la camiseta y acallé su respuesta.

Esta vez no hubo torpeza adolescente ni un murete frío bajo mis piernas. Remo se quedó quieto durante un segundo, igual que entonces, pero no huyó cuando profundicé el beso y mi lengua buscó la suya.

¡Madre mía, ahora besaba todavía mejor!

Tuve ganas de gemir, pero me contuve hasta que su mano me sujetó la nuca y respondió con una fuerza contenida durante demasiados años. Su boca seguía sabiendo a cerveza. La mía, a pizza y a una decisión que ya no pensaba retirar.

Cuando me separé, respiraba tan deprisa como yo.

Rómulo nos observaba con los ojos oscurecidos.

—Y tú tampoco le contaste lo que ocurrió cuando me descubriste mirándoos en el garaje, durante aquella fiesta, y mandaste a Remo a acompañar a casa a la chica con la que estabais.

Remo volvió la cabeza hacia él.

—¿Qué ocurrió?

Rómulo no respondió.

—Me tocó después de descubrir que yo me había estado tocando mientras os miraba —expliqué sin titubear—. Luego se llevó los dedos a la boca y me saboreó.

La mirada de Remo descendió hacia las manos de su hermano. La imagen me encendió algo bajo el ombligo.

Rómulo me sostuvo la mirada.

—No habías cumplido los dieciocho.

—Ahora los tengo más que cumplidos y soy una adulta que acaba de decirte exactamente lo que quiere.

Cogí su mano.

Él no opuso resistencia cuando la llevé hasta mi cintura ni cuando la deslicé bajo la cinturilla del pantalón. Sin embargo, se detuvo al alcanzar mi ropa interior.

—¿Segura, peque? —gruñó.

—Llevo dieciséis años bastante segura.

Sus dedos avanzaron.

El primer roce me arrancó el aire. Rómulo inclinó la cabeza sin apartar los ojos de mi cara y empezó a moverlos despacio, con una precisión que no tenía nada de primitiva pese a todos mis insultos anteriores.

Remo permanecía inmóvil al otro lado.

Solo su respiración lo traicionaba.

—Los dos sois muy buenos ocultando aquello que no queréis que se sepa —conseguí decir mientras sus dedos recorrían mi humedad.

Rómulo curvó los dedos y yo alcé levemente las caderas para dejarlos entrar.

Gemí y apreté una mano sobre el muslo de Remo.

Él bajó la mirada hacia ella.

—Y yo soy muy buena guardando secretos.

Rómulo siguió tocándome y solo retiró la mano cuando se lo indiqué. La sujeté por la muñeca y se la ofrecí a Remo.

Ninguno de los dos se movió durante un instante. Después Remo agarró la mano de su hermano.

La acercó a su boca y lamió despacio los dedos de Rómulo, sin apartar los ojos dispares de mí. El sonido que salió de su garganta no se parecía a nada que hubiera escuchado en un hombre.

Rómulo lo miró con algo que no tenía nada de fraternal.

Las luces de un coche atravesaron la ventana. Se oyó el motor detenerse frente a la casa. Después, una puerta. Otra.

Saqué aire, me coloqué la ropa y me levanté mientras ellos seguían sentados, con la expresión de quienes acababan de descubrir una bomba entre los cojines.

En la televisión, los jugadores regresaban a la pista.

—Cuando os hayáis decidido, ya sabéis dónde estoy. Disfrutad de la segunda parte.

La llave entró en la cerradura.

Mi cuñada apareció primero, con una bolsa de cervezas y una sonrisa que se le ensanchó al verme de pie entre los dos y a ellos agarrados a un par de cojines. Observó a Remo, después a Rómulo y finalmente mi pantalón ligeramente torcido.

No dijo nada. No le hizo falta.

Mateo entró detrás y dejó otra bolsa sobre la mesa.

—¿Me he perdido algo?

Cogí una patata del cuenco.

—Un par de jugadas interesantes.

—¿Quién va ganando? —se interesó Mateo, estirando el cuello hacia la pantalla.

—Yo.

Me dirigí hacia el pasillo sin mirar atrás.

En la televisión comenzó el tercer cuarto entre el rugido del público y las protestas de Mateo.

Rómulo y Remo no dijeron una sola palabra.

Tampoco volvieron a concentrarse en el partido.