Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

A las seis y diez de la tarde, un hombre llamado Álvaro me pidió que bajara una escalera imaginaria hacia una vida anterior.

Le había pagado noventa euros por la hora, así que hice el esfuerzo.

—Visualiza diez peldaños —pronunció con una voz tan grave y pausada que parecía narrar un documental sobre ballenas—. Con cada paso, tu consciencia se hunde más.

Visualicé los peldaños. Mármol blanco, barandilla dorada y una lámpara idéntica a la de casa de mi madre, porque hasta mi subconsciente tenía problemas para escapar de la decoración familiar.

—Cuando llegues abajo, encontrarás una puerta.

«Espero que no sea la del vecino, porque ese hombre tenía muy mala leche cuando me oía saltar».

—La encontré.

—Ábrela.

Lo intenté.

—Está cerrada.

Hubo un silencio breve.

—No existen cerraduras en este espacio, Aimara. Debes abrirla.

«Pues mi espacio tiene una de seguridad y dos vueltas de llave».

No lo dije. Había ido hasta allí por voluntad propia, sin contárselo a las chicas y después de pasar varios días buscando «regresiones vidas pasadas, Madrid opiniones reales, no secta» en Google. Lo mínimo era colaborar.

Imaginé que abría.

—¿Qué ves?

—Una habitación.

—¿Hay alguien?

Miré dentro de aquella nada construida con instrucciones.

—Mi editora.

Álvaro tardó un poco en responder.

—¿Qué hace?

—Me pregunta por la nueva novela.

—¿Y qué sientes?

—Terror.

No era la clase de terror que él esperaba, pero sí el más sincero, porque tenía un plazo de entrega y mi avance era nulo.

Lo intentamos de nuevo. Me hizo caminar por un bosque, encontrar un río, pedir consentimiento a mi consciencia superior y observar mis pies para averiguar en qué época estaba.

Mis pies imaginarios llevaban unas zapatillas con plataforma que había comprado en rebajas dos semanas atrás, lo cual no auguraba una revelación milenaria.

Después me pidió que buscara a alguien conocido.

Apareció Samael.

Por supuesto.

No dijo nada. Se limitó a mirarme desde el otro lado del río con esa calma suya que siempre parecía esconder una respuesta y tres problemas adicionales.

—Pregúntale quién es —indicó Álvaro.

—No contesta. Creo que está apagado o fuera de cobertura en este momento.

—Deja que la respuesta llegue a ti. Necesito que te tomes esto en serio.

Juro que lo intenté.

Lo único que llegó fue el recuerdo de sus dedos dentro de mí la otra noche y la rabia de haberlo visto marcharse después.

Abrí los ojos.

—Lo siento, creo que mi wifi a vidas pasadas no da señal.

Una hora más tarde salí a la calle con una infusión depurativa que no había pedido, noventa euros menos en la cuenta y la certeza de que mi vida anterior había sido la de una autónoma incapaz de desgravar correctamente.

De habérselo contado a las chicas, Nina me habría pedido la factura, Patri habría querido saber si había sido una sacerdotisa con harén y Sandra habría organizado un directo titulado Mi amiga ha pagado por dormirse con un señor con péndulo mirándola .

Cuando llegué a casa, serví comida a los perros, me quité los zapatos y abrí una botella de vino.

A las nueve y media seguía frente al ordenador, con Zeus Alejandro acomodado sobre mi regazo y Artyom tumbado junto a mis pies.

En los altavoces sonaba una grabación de frecuencia theta , con hache, que no tenía nada de obsceno ni servía para avivar los pezones, sino para alcanzar estados profundos de consciencia.

Llevaba veintisiete minutos escuchando una vibración grave que, de momento, solo había conseguido que me doliera un poco la cabeza.

En la pantalla, el documento continuaba vacío.

PROYECTO NUEVO.

Pfff. Qué vaina .

Ni siquiera me había atrevido a ponerle título.

Beatriz esperaba una propuesta en una semana: concepto, protagonistas, conflicto y una sinopsis capaz de convencer a los de marketing de que yo seguía sabiendo escribir libros y no me había convertido en la autora a la que un asesino utilizaba como referencia para cometer sus crímenes.

Tenía dos mujeres muertas, una investigación policial girando alrededor de mis novelas, una expareja empeñada en darme por saco con sus interrogatorios y un hombre que llevaba años apareciendo en mis sueños antes de confesarme que nunca habían sido únicamente míos.

Coincidir en otro plano no era lo mismo que estar viendo la misma serie en Amazon Prime.

Era normal que no pudiera escribir; lo que no era normal era lo demás.

Había leído sobre sueños lúcidos compartidos, proyección astral, encuentros en planos oníricos y personas capaces de salir de su cuerpo mientras dormían.

Me había visto tres vídeos de regresiones, cuatro tutoriales para activar la memoria celular y uno de una mujer vestida de blanco que aseguraba que el alma guardaba archivos a los que se accedía respirando por una fosa nasal concreta.

Había respirado taponándome un agujero de la nariz. Había meditado. Había escuchado sonidos de cuencos, lluvia, campanas y una frecuencia supuestamente utilizada por civilizaciones desaparecidas que incluía un anuncio de seguros a mitad de la iluminación.

Cero.

Solo sabía que Samael no había mentido. No tenía una prueba ni una explicación razonable, pero lo sabía con la misma certeza con la que había sabido que no había matado a Mara.

«Yo estaba allí, en todos y cada uno de ellos».

Tomé un trago de vino; puede que dos, si tenemos en cuenta lo largo que fue.

Podía llamarlo, podía decirle que había reflexionado, pedirle que viniera y, cuando cruzara la puerta, atarlo a la cama como Kathy Bates en Misery .

Sin martillo en los tobillos, que yo no era una salvaje, aunque sí con suficientes nudos para obligarlo a culminar las dos cosas que había dejado a medias: la explicación y el sexo.

El plan presentaba algunos problemas legales y uno importante de logística. Samael podía levantarme con una sola mano. Además, mis perros estaban muy bien educados, pero dudaba que Artyom colaborara con un secuestro sexual.

Zeus Alejandro alzó la cabeza y me miró.

—No me juzgues, mi amor. Tú le ladrabas cuando se fue.

Volvió a acomodarse, decepcionado con mi falta de iniciativa.

Cogí el móvil. Abrí nuestra conversación. No había mensajes desde aquella noche. Porque sí: una tiene decencia, pero también puede escribirle. O, al menos, intentarlo.

Borré un: «Tenemos que hablar».

Traté de mandar un: «¿Estuviste de verdad en mis sueños o tengo que denunciarte por allanamiento onírico?».

También lo eliminé.

Si lo llamaba, volvería a encontrarme con respuestas incompletas, silencios cargados de significado y esa manera suya de decidir qué podía soportar. Samael había dejado muy claro que no iba a explicármelo.

Bien. Si él no podía darme la respuesta, tendría que encontrarla yo.

Dejé el móvil boca abajo y coloqué las manos sobre el teclado.

Pensé en la misa, en la primera vez que lo vi y en el golpe de reconocimiento que me atravesó antes de que pudiera llamarlo deseo.

Pensé en el retiro, en su voz, en la forma en que mi cuerpo respondía a él como si lo hubiera reconocido mucho antes que yo.

Pensé en la cocina, en su boca sobre mi piel y en el instante exacto en que me detuvo.

«Hay una verdad que podría cambiar tu decisión».

Después vino el recuerdo de Mara en la bañera. Sofía. La sangre. Las páginas de mis libros convertidas en instrucciones.

Retiré las manos.

La página siguió vacía.

—Excelente —murmuré—. Seis novelas y ahora resulta que las musas están en huelga.

Sobre el escritorio, junto a una libreta, estaba mi tarot.

Lo había utilizado tantas veces para desbloquear tramas que algunas cartas tenían las esquinas gastadas.

No esperaba que el universo me dictara una novela, pero a esas alturas aceptaba una indirecta, una amenaza o una escaleta de tres actos.

Aparté el teclado y barajé. Inspiré hondo para conectar con la energía suprema, esa en la que tenía fe ciega, y saqué la primera carta.

El Diablo apareció primero.

La figura encadenada me sostuvo la mirada desde el cartón. Deseo, poder, tentación, sometimiento. Pensé en Samael y en aquella advertencia suya sobre una verdad que no podía contarme.

La segunda carta fue La Emperatriz, aunque salió invertida.

La mujer sentada en su trono, fértil, soberana, rodeada de vida debería haber salido al derecho. Me irritó que el mazo me recordara mi bloqueo creativo con iconografía deluxe .

—Sí, ya sé que no estoy produciendo. Gracias por la presión.

Zeus Alejandro soltó un resoplido.

Los Enamorados cayeron después. No hablaban de romance, por mucho que las redes insistieran en reducirlos a eso. Hablaban de una elección. De dos caminos y del precio de escoger uno.

La cuarta fue el Ocho de Copas. Nunca me había gustado demasiado esa carta porque me llenaba de desazón.

Una figura se alejaba bajo la luna, abandonando algo que había construido. No la expulsaban; se marchaba.

La idea me produjo una punzada bajo el esternón.

La Torre apareció con un chasquido seco. Piedra abierta por un rayo, cuerpos cayendo, una estructura que ya no podía mantenerse en pie.

La última carta se resistió entre mis dedos.

El Juicio.

El sonido de los altavoces se deformó.

La vibración grave dejó de parecer electrónica. Se convirtió en viento. En hojas agitadas. En una respiración que no era la mía.

La runa de mi muñeca izquierda ardió.

No como una quemadura, sino como un segundo pulso.

Artyom levantó la cabeza y Zeus dio un salto desde mi regazo para refugiarse bajo el escritorio.

Entonces llegó el fogonazo.

La piedra me cortaba los pies.

No había sendero. No existía una voz indicándome dónde pisar ni un muro al que volver la cabeza para comprobar si alguien me observaba. Solo tierra, espinos y un cielo tan grande que dolía mirarlo.

La sangre se mezclaba con el polvo entre mis dedos. Tenía frío. Hambre. Y, por qué no reconocerlo, miedo.

No estaba arrepentida.

El jardín quedaba atrás, oculto por una distancia que quizá no se medía en pasos. Allí todo había tenido un lugar asignado: los árboles, los animales, mi cuerpo. Sobre todo mi cuerpo.

Fuera, nada sabía qué hacer conmigo. La sensación se parecía mucho a una libertad rodeada de espinas.

Lo sentí antes de verlo.

Una corriente recorrió el aire y se deslizó por mi piel. Me giré. Él estaba entre las sombras de unas rocas, inmóvil, observándome con unos ojos que conocía aunque todavía no los hubiera visto jamás.

Era él. Desnudo, sin el traje ni la pulcritud del hombre que vendría después, pero con la misma boca y aquella forma de mirarme sin medir cuánto espacio debía ocupar.

Sus ojos descendieron hasta mis pies.

—Puedo curarlos.

Esperé la orden que debía seguir a la oferta. No llegó.

—Podrías —respondí, a sabiendas de que era cierto.

Algo parecido a una sonrisa rozó su boca.

—No me lo has pedido.

El deseo no era una deuda. Nadie me lo había impuesto. Había nacido de mí.

Una corriente propia, feroz y limpia, al descubrir que aquel desconocido podía tocarme y había elegido esperar.

—¿Qué quieres a cambio?

—Nada. Solo quiero saber por qué te marchaste.

—Porque me dijeron que debía quedarme y someterme a él. —Incliné la cabeza hacia el jardín que había dejado atrás.

La sonrisa desapareció, no por rechazo, sino por reconocimiento.

—Una razón suficiente.

Se acercó despacio. Cada paso dejaba intacta la distancia que yo necesitaba para decidir. Cuando se arrodilló frente a mí, levantó la mirada.

—¿Puedo?

Asentí.

Sus dedos rodearon mi tobillo. El calor penetró en la piel y cerró las heridas, pero la corriente no se detuvo allí. Ascendió por mis piernas, se reunió en mi vientre y me obligó a respirar más hondo.

Él también la sintió. Lo vi en la tensión de su mandíbula.

Sin embargo, retiró la mano.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Eso no importa.

Su respuesta cayó entre nosotros, evasiva e incompleta.

Negué con la cabeza.

—A mí me importa.

Sus ojos se estrecharon.

—¿Por qué?

—Porque eres la única persona que se ha interesado por mí sin pedir nada a cambio.

El viento se levantó alrededor de las rocas. Durante un instante, pareció que todo el mundo esperaba su respuesta.

—Los nombres verdaderos no se pronuncian sin consecuencias.

—Entonces decide si quieres que yo lo conozca.

No lo desafié ni intenté arrebatárselo.

Le ofrecí la libertad que nadie había respetado en mí: decidir.

Él se incorporó.

Quedó tan cerca que su aliento rozó mi frente. Podía haberme besado. Podía haber utilizado aquella fuerza que vibraba bajo su piel para hacer que lo deseara aún más, aunque mi cuerpo ya lo reclamaba y estaba dispuesto a recibirlo.

No hizo ninguna de las dos cosas.

—Mírame —dijo.

Lo hice. Se acercó a mi oído y pegó su cuerpo al mío. El contacto erizó cada vello de mi piel antes de que me entregara un sonido anterior a cualquier lengua.

—Eshnar.

El vocablo me atravesó. Lo sentí en los huesos, en la sangre, en el lugar exacto donde había nacido mi deseo. No era una llave ni una orden, sino un camino abierto entre los dos.

Lo repetí, deseosa de sentirlo sobre mi lengua.

—Eshnar.

Sus ojos se cerraron. El mundo tembló en torno a nosotros: mi voz había tocado algo que nadie más debía alcanzar.

Cuando volvió a mirarme, la distancia dejó de ser una palabra. Fui yo quien la cerró. Busqué su boca y lo besé porque quería hacerlo.

Sus manos descendieron por mi espalda y se detuvieron en mis caderas, todavía esperando.

—¿Esto también lo eliges?

—Sí.

Solo entonces me alzó y me llevó contra el tronco sin apartar la boca de la mía.

Enrosqué las piernas alrededor de su cintura y lo recibí con un gemido que se perdió entre nuestros labios.

No hubo orden, deber ni deuda. Solo dos cuerpos encontrándose fuera de un jardín que había pretendido decidir por mí.

Me aferré a él primero contra el tronco y después sobre la tierra, hasta que el placer me atravesó y su verdadero nombre volvió a vibrar dentro de mis huesos.

Eshnar.

El mundo se volvió blanco.

Volví con una bocanada de aire que me arañó la garganta.

Zeus Alejandro gimoteaba refugiado bajo el escritorio y me observaba con el pelo erizado. Artyom permanecía de pie junto a mí, con el cuerpo tenso.

Tenía las mejillas mojadas.

Bajé la vista hacia mis pies. Estaban intactos, pero el dolor seguía allí: la piedra, los cortes, la tierra incrustada en la sangre. Aún sentía el calor de unos dedos alrededor del tobillo y el placer, convertido en un eco sordo bajo el miedo.

Los altavoces continuaban encendidos. La grabación había terminado.

En la pantalla, la página ya no estaba vacía y el cursor parpadeaba junto al punto.

Me encontró fuera del jardín.

No recordaba haberla escrito, pero sí sabía con quién había estado allí.

Miré las cartas. El Diablo. La Emperatriz. Los Enamorados. El Ocho de Copas. La Torre. El Juicio.

La runa volvió a palpitar.

Entonces pronuncié el nombre que nunca había aprendido y que mi boca recordaba desde antes de que yo existiera.

—Eshnar.

El timbre sonó.