Capítulo 44 #3
—Al parecer, tienes instinto.
«Quiero follar así toda la vida. Esto es adictivo. Cualquier polvo después de este será una mierda».
Lo pensó tres veces. No pude evitar sonreír. Apartó las manos al percatarse de que podía oírla.
—Deja de escucharme.
—No sé cómo.
—No seas cotilla.
—Contigo es imposible. Además, me gusta demasiado cómo piensas.
Me golpeó con una almohada.
La atrapé, la hice rodar sobre la cama y le ataqué las costillas hasta que empezó a reírse y a amenazarme entre jadeos. El juego terminó cuando volvió a rozarse la mordida del cuello y el placer residual le recorrió el cuerpo.
—Eso es trampa —protestó.
—Yo no he hecho nada.
—Tu veneno sigue dentro de mí.
—No es veneno.
—Ya debatiremos la terminología.
Se acomodó contra el cabecero, desnuda bajo la sábana, y recuperó la expresión de quien estaba a punto de detectar un error estructural en el universo.
—Ahora háblame sobre lo que me has ocultado de tu mundo.
La ligereza se desvaneció.
—No es una conversación breve.
—Tenemos toda la noche o todo el fin de semana, según cómo te portes. No tengo a nadie esperándome en casa.
—Nina…
—Luego discutimos las consecuencias. Ahora quiero saber qué está ocurriendo a mi alrededor.
Le expliqué lo imprescindible, sobre todo porque después lo borraría y ella olvidaría lo que le había contado.
El mundo llevaba siglos protegido por pactos, sugestiones, falsas leyendas y recuerdos modificados.
Los vampiros éramos los principales guardianes de aquella separación.
Intimar con humanos no estaba prohibido siempre que ellos continuaran creyendo que cualquier elemento extraño formaba parte de una fantasía, una perversión o un juego.
También le hablé del resto de paranormales, que éramos muchos más de lo que ella creía y para muestra, le menté algunos que le sonarían, como Samael o nuestro queridísimo jefe.
—¿Ciarán qué es? —quiso saber.
—Alto fae .
Nina parpadeó.
—Eso explica el pelo, la cara y su prometida insoportable.
—Los fae creen descender directamente de la creación.
—¿Y tú?
—Creo que son una abominación.
—No se lo diré.
—Ya lo he hecho yo.
—Ahora entiendo lo del despacho. ¿Qué me dices de Samael?
—Íncubo. Uno de los demonios más antiguos.
Nina se incorporó un poco más.
—A Aimara le va a dar un orgasmo o un ictus. Puede que en ese orden. —Frunció el ceño—. Unos amigos le regalaron unas cartas del tarot y, cuando preguntaba por el amor, no dejaba de salirle el diablo.
—Las cartas son poco fiables.
—¿Y él entraba en sus sueños de verdad? Porque, que yo sepa, soñaba con él mientras dormía con Javier.
—Esa información está restringida.
— Madonna . Eso es un sí. ¿Pueden considerarse cuernos oníricos?
—No he dicho nada.
—Cada vez mientes peor.
Su expresión cambió de pronto.
—Oye… Por esas casualidades de la vida, ¿ conocés a unos hermanos que se llaman Rómulo y Remo?
—¿Los López? Son vecinos de tu amiga Patri, ¿no? —asintió—. Licántropos.
—¡Lo sabía! Ahora todo cobra sentido. Patri lleva dibujándolos como lobos desde que era adolescente.
—El velo nunca ha sido perfecto.
—No, desde luego.
La vi unir las piezas.
Primero pensó en Sofía. Después en Mara.
—Las víctimas —murmuró—. Sofía había estado contigo y Mara estuvo a solas con Samael.
—Sí.
—Las dos eran humanas.
—Sí.
Nina bajó la vista hacia la mordida del pecho.
—El asesino no escoge primero una escena y después busca a alguien que encaje. Escoge a una humana que haya tenido contacto real con uno de vosotros y utiliza la escena para señalaros.
—Eso parece.
La mano ascendió hasta la marca.
—Entonces yo también encajo.
El dormitorio perdió cualquier resto de ligereza. Su pulso se aceleró dentro de mi cabeza.
No solo había intimado con una humana mientras un asesino seleccionaba a mujeres vinculadas a sobrenaturales.
Me había unido a ella y había abierto un camino entre los dos que alguien con conocimientos suficientes podía rastrear.
Marcellus me mataría si el Consejo no me aniquilaba antes.
—Nadie puede saber lo que ha ocurrido esta noche —dije—. Nadie nos ha visto y esta propiedad está protegida.
Nina asintió despacio.
—No se lo diré a nadie.
—Ahora conoces el velo, el Consejo y varias especies. Un humano no puede conservar esa información sin una dispensa, una protección reconocida o un vínculo autorizado. Esto es grave. Lo más seguro sería que ahora mismo…
—Ni se te ocurra.
—Nina…
—No vas a follarme, morderme dos veces y después formatearme la memoria igual que un troyano.
—Intento mantenerte con vida.
—Mi cabeza es mía y la tengo muy bien amueblada.
—Si el Consejo descubre lo que sabes, vendrá a por ti. Si el asesino conoce nuestro mundo y averigua lo ocurrido, también.
—Guardar secretos se me da de muerte.
—Tienes tres amigas a las que les cuentas hasta las frases que te corrijo.
—No se lo contaré a nadie. No porque tú me lo ordenes, sino porque quiero seguir viva y mantenerlas a salvo.
—No sabes cuánto tiempo tendrás que ocultarlo.
—El necesario. No puedes arrancarme esta noche porque te da miedo confiar en mí.
Su pulso volvió a acelerarse.
—Además —añadió—, quiero repetir.
—Eso no ayuda.
—¿Tú no?
La miré.
—Sabes que sí.
Más ahora que su pulso vivía dentro de mí. Me levanté de la cama. Era mi obligación.
Durante siglos había borrado horrores, encuentros, criaturas y muertes. Había devuelto humanos a sus casas con versiones más amables de la realidad. Nunca había dudado.
Nina se puso en pie frente a mí, sujetando la sábana contra el cuerpo.
—Si me borrás la memoria, encontraré la forma de odiarte para siempre.
Levanté una mano hacia su rostro. No retrocedió.
—Mírame.
Sus ojos se clavaron en los míos. Abrí la puerta de su mente.
La noche entera esperaba al otro lado: mis manos, su cuerpo, los colmillos sobre su cuello y el instante en que me había ofrecido el corazón sin saber qué estaba pidiendo.
Alcancé el recuerdo. La mordida del pecho latió, no en ella, sino en mí.
Mi propio pulso se cerró alrededor de su memoria y comprendí que, para arrancarle aquella noche, tendría que arrancarme primero de Nina.
Apreté los dientes y avancé, pero el vínculo se tensó entre los dos mientras sus ojos empezaban a cerrarse.
—¿Qué estás haciendo? No lo hagas, Darian.
—Shhh… Déjame.
Y por primera vez en siglos no supe si estaba a punto de borrar a una humana o de destruir la única parte de mí que ya le pertenecía.