Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

—Si me muerdes… —preguntó de pronto—, ¿voy a convertirme en vampira?

Me detuve.

—No. Una mordida no transforma a nadie.

—¿Seguro?

—Tengo un master.

—¿Entonces no se puede convertir a alguien?

—Esa no es una conversación para mantener ahora.

—No has dicho que no.

—Tampoco he dicho que sí.

—Cobarde.

—Prudente.

Me puse el preservativo y regresé entre sus piernas.

Me recibió abriéndose para mí, sin apartar la mirada de la mía. Le sostuve una pierna por debajo de la rodilla y entré despacio.

Su cuerpo se tensó alrededor del mío.

Permanecí quieto un instante, sintiendo el calor, la presión y cada pequeño espasmo con el que se adaptaba. Clavó las uñas en mis hombros.

«Muévete».

Obedecí.

Me retiré casi por completo y volví a entrar con la misma lentitud agónica. Nina levantó las caderas para encontrarme y el movimiento siguiente fue más profundo.

Su boca se abrió.

—Así —jadeó.

El ritmo se construyó entre los dos. Al principio lento, contenido, permitiéndome sentir cómo se cerraba a mi alrededor cada vez que avanzaba. Después más firme, acompañado por el golpe de sus piernas contra mis caderas y el sonido húmedo de nuestros cuerpos.

Ella me besaba entre jadeos. Mordía mi labio inferior. Me sujetaba por la nuca cada vez que intentaba apartarme para mirarla.

Las gafas volvieron a resbalar.

Se las quité y las dejé sobre la mesilla.

—Ahora no veo nada.

—Solo necesitas saber que estoy aquí —dije, empujando para que me sintiera.

—Eres una mancha oscura con complejo de superioridad.

—Una descripción bastante precisa, aunque añadiría que me vuelves loco.

Entré más profundo. Ella se perdió en la siguiente respuesta.

Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura con más fuerza. El movimiento de mis caderas aumentó y el placer empezó a tensar su cuerpo otra vez, más rápido de lo que podía asimilar.

Vi el momento exacto en que recordó la mordida.

Giró la cabeza y dejó expuesto el lunar. El pulso golpeaba debajo. Me incliné sobre él.

—Aquí —pidió.

Apoyé los labios sobre la piel.

—Va a doler un instante.

—¿Y después?

—Después será demasiado.

La sonrisa de Nina fue nerviosa, desafiante y absolutamente consciente.

— Mordimi, cazzo. Non essere gentile adesso.

La misma frase que había traducido. La que yo había repetido semanas atrás para verla temblar en una oficina.

Hundí los colmillos alrededor de la pequeña marca al mismo tiempo que volvía a entrar en ella.

El cuerpo de Nina se arqueó bajo el mío.

El dolor fue breve. Un latido. Después la sustancia pasó a su sangre y el grito que salió de su garganta terminó convertido en mi nombre.

La sentí deshacerse.

Cada movimiento se amplificó en su interior. La presión de mi cuerpo, el roce de mis manos, la succión de mi boca sobre su cuello. Sus pensamientos desaparecieron y se transformaron en sensaciones que me alcanzaban a través de la conexión abierta por la mordida.

Calor, placer, la tensión insoportable que crecía en su vientre.

Succioné despacio, no porque necesitara su sangre, sino porque el gesto intensificaba la entrada de la sustancia. Me arañó la espalda y movió las caderas contra las mías, buscando más profundidad, más ritmo, más de todo.

Dejé de morder y pasé la lengua sobre las dos pequeñas heridas.

El clímax la atravesó antes de que pudiera incorporarme.

Su cuerpo se cerró alrededor del mío con una fuerza que me arrancó el control. Gritó, tembló debajo de mí y siguió moviéndose incluso cuando las oleadas la obligaron a cerrar los ojos.

La sostuve mientras duraba.

No fueron unos segundos. La sustancia prolongó cada contracción, cada roce, cada estremecimiento hasta que Nina dejó de saber dónde terminaba una sensación y comenzaba la siguiente.

Cuando volvió a respirar, pensé que necesitaría una pausa, sin embargo me atrajo todavía más.

Rodamos sobre la cama y se colocó encima de mí.

El pelo le cayó alrededor de la cara. Tenía los labios hinchados, las mejillas encendidas y una marca roja que me enloquecía. Los tacones seguían puestos.

Jamás había visto nada más glorioso.

Empezó a moverse.

Le clavé los dedos mientras descendía sobre mí, despacio al principio, probando el ángulo. Apoyó las manos en mi pecho y echó la cabeza hacia atrás cuando encontró el ritmo que buscaba.

La conexión de la mordida me permitía sentir parte de su placer.

Cada movimiento regresaba a mí duplicado. El calor de su cuerpo, la presión con la que me recibía, la descarga que la atravesaba cuando mis dedos se recreaban en sus nalgas para ayudarla a levantarse y volver a bajar.

—Más fuerte —pidió.

Tiré de sus caderas.

Un sonido primitivo emergió de sus cuerdas vocales y se inclinó hacia delante. Su pelo me rozó la cara. Aproveché para atrapar uno de sus pezones entre los labios y succionarlo mientras ella seguía montándome.

—Darian…

Cambié al otro pecho.

—No es eso.

Levanté la mirada.

Nina tomó mi nuca y condujo mi boca hacia el izquierdo, pero no hacia el pezón. Más arriba. Hacia la curva interior, donde el corazón golpeaba bajo la piel.

—Aquí, te necesito justo ahí.

Me quedé inmóvil.

La conexión abierta en su cuello se tensó entre nosotros.

Una humana no podía sentir aquel lugar. No podía reconocer la llamada ni saber dónde debía caer esa mordida.

Era imposible y, sin embargo, ella me la estaba pidiendo.

—¿Por qué ahí?

—No lo sé.

Intentó acercarme otra vez.

Me resistí.

—No puedo.

—Muérdeme.

—No me pidas eso.

Ella siguió moviéndose sobre mí, más despacio, mirándome con los ojos entrecerrados.

—Lo necesito, por favor… —suplicó.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Ya lo creo que sí. Deja de pensar y hazlo.

—Yanina…

—Por favor, dame lo que te pido.

Su mano se cerró en mi pelo. Llevó mi boca hasta la piel y el latido golpeó contra mis labios.

Reconocí la llamada.

La mordida sobre el corazón no era como las demás. Un vampiro podía clavar los colmillos en muchos cuerpos a lo largo de su existencia. Aquella marca solo se entregaba una vez.

No la ataba a mí. Me ataba a ella.

Nina volvió a descender sobre mi cuerpo y el placer me atravesó con tanta violencia que tuve que cerrar los ojos.

—Muérdeme —repitió, ronca.

—No deberías pedirme eso.

—Me duele, lo necesito…

Su corazón aceleró debajo de mi boca. El mío respondió.

—Darian… —suplicó, deshecha—. Hazlo.

Abrí los ojos. Seguía moviéndose, el pecho ofrecido, los labios separados y mi nombre a punto de escapársele otra vez.

No fue el instinto quien decidió. Fui yo quien mandó todo a la mierda.

Hundí los colmillos sobre su corazón.

El grito de Nina reverberó en el dormitorio. Su cuerpo se arqueó y sus uñas se clavaron en mis hombros, pero el placer fue lo menos importante.

Su pulso golpeó contra mi lengua; el mío cambió para seguirlo.

La marca se cerró alrededor de mí con la fuerza de algo antiguo, irrevocable y demasiado íntimo para existir entre una humana y un vampiro que llevaba siglos evitando cualquier forma de entrega.

Durante un instante dejé de escuchar sus pensamientos desde fuera. Estaban dentro, mezclados con los míos, atados a cada latido hasta que no supe cuál de los dos había pronunciado mi nombre.

No la marqué. Me entregué.

Nina volvió a moverse sobre mí y el vínculo multiplicó cada sensación. El placer de ella pasó a mi cuerpo; el mío regresó al suyo. No había un principio ni un final, solo una corriente cerrándose entre ambos mientras mantenía la boca cerrada sobre su corazón y mis manos la guiaban con más fuerza.

Su segundo clímax llegó sin aviso.

Se quebró sobre mí, temblando, moviéndose sin ritmo mientras las contracciones se prolongaban dentro de los dos. Mi liberación fue inmediata. La sujeté por las caderas, entré en ella una última vez y me corrí con la boca todavía cerrada sobre la marca.

El tiempo perdió sentido; solo existieron su pulso, el mío y el placer repitiéndose entre ambos hasta dejar de parecer una sensación física y convertirse en algo mucho más peligroso.

Cuando retiré los colmillos, se desplomó sobre mi pecho.

Permanecimos así varios minutos, respirando el mismo aire, con su corazón latiendo dentro de mi cabeza.

Pasé la lengua sobre la mordida para detener el pequeño rastro de sangre. Después la abracé mientras su cuerpo abandonaba los últimos temblores.

—Madre mía —murmuró.

—¿Estás bien?

—Creo que he visto una dimensión nueva.

—Eso no responde a mi pregunta.

Levantó la cabeza.

—Sí. Estoy bien. Tú tienes cara de haber cometido un crimen.

No respondí.

—¿Ha pasado algo? —insistió.

—Te he mordido dos veces. Estoy comprobando que no te marees.

Me aparté de ella con cuidado, retiré el preservativo y lo deseché. Cuando regresé, seguía tendida sobre la cama, cubierta a medias por el pelo y con una sonrisa agotada.

Limpié las dos mordidas con una toalla húmeda, comprobé que no sangraban y le tendí un vaso de agua.

—¿Esto forma parte de la experiencia vampírica?

—Esto forma parte de no ser un imbécil después del sexo.

—Qué decepción. Pensaba que era un ritual ancestral.

Se incorporó para beber. Después rozó con dos dedos la marca del cuello y contuvo el aliento.

—Todavía lo siento.

—La sustancia tarda en desaparecer.

—¿Cuánto?

—Depende de la cantidad.

—Esa respuesta es muy imprecisa.

Su mano bajó hasta la mordida del pecho.

El contacto alteró su respiración.

—Esta es distinta.

El pulso se me detuvo durante una fracción de segundo.

—La zona es más sensible.

Me observó, desconfiada, pero el cansancio y el placer todavía nublaban su capacidad para interrogarme con eficacia.

Me tumbé a su lado y la cubrí con la sábana.

—¿Cuántos años tienes?

—Los suficientes como para que esto se considere un age gap escandaloso.

—Muy gracioso para un señor que pudo ser testigo presencial de la invención de la imprenta.

—Gutenberg era insoportable.

Se quedó inmóvil.

—¿Lo conociste?

—Era una broma. Aunque coincidimos en la misma línea temporal.

—Dios. Me he acostado con una momia.

—Eso me ofende.

—¿El agua bendita te afecta?

—No. El bourbon , en cambio, se me sube a la cabeza casi tanto como tú.

Nina empezó a reírse y terminó tapándose la cara con ambas manos.

—Me he acostado con un vampiro.

—Sí.

—Lo del conde Pátula era una profecía.