Capítulo 44
La amenaza de la estaca todavía flotaba entre nosotros cuando cerré la distancia.
No lo hice para callarla ni para ganar otra de nuestras discusiones. Nina había visto mis colmillos, descubierto que podía entrar en sus recuerdos y, aun así, acababa de devolver mi mano a su cintura.
Solo me permití una cuestión.
—¿Sigues segura?
—Si vuelves a preguntármelo, voy a empezar a pensar que el que quiere salir corriendo eres tú.
No volví a hacerlo.
La besé despacio al principio, saboreando la presión de sus labios, el roce húmedo de su lengua y el pequeño jadeo que escapó cuando la apreté contra mí.
Sus pensamientos se abrieron con ella.
«Más».
«No tan despacio».
« Cazzo . ¿Cómo podía tener esa boca y pasarse el día utilizándola para irritarme?».
Sonreí contra sus labios.
—Deja de escucharme —murmuró.
—No sé hacerlo cuando piensas tan alto.
—Pues aprende.
—Esta noche no parece la más adecuada para adquirir nuevas habilidades.
Volvió a besarme antes de que pudiera seguir provocándola.
Deslicé los dedos por la espalda del vestido y bajé la cremallera. La tela burdeos perdió tensión, cedió sobre sus hombros y cayó despacio por su cuerpo. Nina salió de ella sin apartar los ojos de mí.
El pelo suelto le cubría parte de los pechos.
Las gafas seguían perfectamente colocadas sobre su nariz, aunque los cristales se habían empañado un poco.
Debajo del vestido llevaba un conjunto negro de encaje y unos tacones cuyas suelas granates habían ocupado más pensamientos míos de los que estaba dispuesto a reconocer.
La deseaba con un hambre que no tenía nada que ver con alimentarme y que, aun así, solo ella podía saciar.
Di un paso atrás para contemplarla.
Nina levantó la barbilla.
—¿Te gusta lo que ves, conde?
—No te haces una idea.
—Podrías esforzarte. Se supone que eres el experto en palabras.
—Ahora mismo me parecen un estorbo.
El rubor le cubrió el pecho, ascendió hacia el cuello y se concentró alrededor del lunar. Aquel punto oscuro volvió a atraer mi mirada.
Nina lo notó, por supuesto que lo notó.
Se acercó hasta mí y bajó las manos hacia mi cinturón con una inquietud que habría resultado halagadora si no estuviera poniendo a prueba siglos de autocontrol. Alcanzó el botón del pantalón, pero le sujeté las muñecas antes de que pudiera abrirlo.
—Espera.
Sus ojos buscaron los míos.
—¿Qué ocurre?
—No quiero correr, no contigo.
La tensión de su expresión se suavizó apenas.
—Eso ha sonado peligrosamente romántico para un hombre que me ha llamado incompetente en cuatro idiomas.
—Tres.
—El francés cuenta doble cuando lo usas para humillar.
La levanté en brazos.
Nina rodeó mi cintura con las piernas y mi cuello con los brazos, aunque no se conformó con dejarse llevar. Su boca encontró mi mandíbula, descendió hasta la garganta y pasó la lengua sobre la carótida con una lentitud que me obligó a apretar los dedos alrededor de sus muslos.
No llegué al dormitorio.
La apoyé contra la pared del pasillo y la besé hasta que nuestras respiraciones dejaron de seguir cualquier ritmo sensato. Su cuerpo quedó sujeto entre el muro y el mío. Una mano se cerró en su cintura; la otra ascendió por su costado y cubrió uno de sus pechos a través del encaje.
Nina se arqueó.
—Llevas dos años provocándome —susurró contra mi boca.
—Tú empezaste.
—Yo no he hecho nada.
—Entraste en una sala de reuniones, corregiste una traducción que llevaba meses defendiendo y me miraste con intención de asesinarme con un diccionario.
—La traducción era pretenciosa.
—Y desde entonces has tenido la desconsideración de seguir existiendo delante de mí.
Su risa se quebró cuando apreté el pecho bajo la palma. Aparté con el pulgar el encaje que cubría el pezón, lo rocé primero con los labios y después cerré la boca alrededor de él.
Nina hundió los dedos en mi pelo.
Su cabeza golpeó suavemente la pared cuando succioné.
«Dios».
«Otra vez».
«Más fuerte».
Obedecí sin comentarlo. Aumenté la presión de mi boca, alternando la succión con el roce lento de la lengua hasta que dejó de contener los sonidos. Uno de mis colmillos descendió por instinto y pasó sobre la piel sin perforarla.
El estremecimiento que la recorrió llegó hasta mis manos.
«No voy a aguantar esto», el pensamiento me hizo sonreír.
—Lo harás.
—Odio que respondas a cosas que no he dicho.
—No parece que odies todo lo demás.
Separé los labios y volví a succionar.
Nina soltó una maldición en italiano y tiró de mi pelo. El movimiento hizo que uno de mis colmillos rasgara la tela.
—Te has cargado mi conjunto favorito.
—Todavía no.
Enganché dos dedos en el centro del sujetador.
—Darian…
Tiré.
El encaje cedió con un chasquido seco.
Nina abrió la boca, indignada durante medio segundo, hasta que mi mano volvió a cubrir su pecho desnudo y la protesta murió convertida en un gemido.
—Ahora sí —murmuré.
—Era caro.
—Te compraré otro.
—No quiero otro.
—Entonces me quedaré con este. Mañana irás a la oficina sin nada debajo.
—Eres un enfermo.
—Y tú llevas demasiado tiempo imaginando cómo arrancarme la camisa.
Su mirada descendió hasta los botones.
—Eso puedo solucionarlo.
La dejé en el suelo y abrí los brazos.
—Adelante.
Nina agarró la tela con ambas manos y tiró sin compasión. Los botones saltaron por el pasillo; uno golpeó la pared y otro desapareció debajo de un mueble.
—Era una camisa hecha a medida.
—Mi sujetador también.
—Ahora estamos en paz.
—Ni de lejos.
Sus manos se extendieron sobre mi pecho. Las yemas de sus dedos siguieron el borde de mis costillas, descendieron por el abdomen y se detuvieron en el cinturón.
Esta vez no la frené.
Abrió la hebilla y el botón. Después bajó la cremallera con una lentitud deliberada, mirándome mientras lo hacía.
«Madre de Dios».
—No metas a la divinidad en esto.
Nina me dio un golpe en el pecho.
—Voy a ponerte una mordaza en el cerebro.
—Has pensado en ello varias veces.
—Cállate.
—Haz que me calle.
Su boca chocó contra la mía.
Conseguimos llegar al dormitorio entre besos, manos impacientes y ropa abandonada por el camino. Me quité los zapatos y el pantalón mientras Nina se sentaba al borde de la cama para desabrochar las tiras de los tacones.
La detuve.
—Déjatelos.
Levantó la vista.
—¿También tienes un fetiche con los zapatos?
—Solo con esos.
—Qué específico.
—Llevo dos años recopilando datos.
La empujé con suavidad sobre el colchón.
El pelo se extendió alrededor de su cabeza. Las gafas resbalaron un poco por su nariz, pero Nina las recolocó antes de mirarme a través de ellas.
No había nada más erótico que Nina desnuda, observándome con la misma atención con la que revisaba una traducción, lista para localizar cualquier error y castigarlo.
Me incliné sobre ella.
Besé su boca, el ángulo de la mandíbula, el cuello. Evité el lunar a propósito y descendí por el centro del pecho. Volví a sus pezones, alternando uno y otro, lamiendo, succionando y rozando la piel con los dientes sin llegar a perforarla.
Nina se retorció debajo de mí.
Sus manos recorrían mi espalda, mis hombros, la nuca. Nunca permanecían quietas. Cada caricia parecía comprobar que era real, que no iba a desaparecer en cuanto cerrara los ojos.
Seguí bajando.
Besé el vientre, mordí con suavidad la curva de una cadera y deslicé los dedos por debajo del elástico de las bragas.
Nina se alzó para facilitarme el trabajo y lo que consiguió fue que mi lengua recorriera la humedad entre sus piernas.
—Eres imposible.
—Y tú estás demasiado buena.
La hice descender por sus muslos y quedó atrapada durante un segundo en uno de los tacones. La solté y separé sus piernas.
Su respiración se detuvo cuando mi boca rozó el interior de su muslo.
—Darian…
—¿Qué?
—No pares.
—No pienso hacerlo.
Besé la piel más arriba.
Nina soltó un sonido ahogado y tiró de las sábanas.
Pasé la lengua por ella con una lentitud que la hizo arquearse. Volví a hacerlo, abriéndola con los pulgares, sintiendo cómo el calor y la humedad crecían bajo mi boca y su clítoris se endurecía.
El primer insulto llegó en italiano.
El segundo mezcló italiano, español y una referencia bastante creativa a mi árbol genealógico.
Cerré los labios alrededor de aquel punto tenso y succioné.
Me agarró del pelo con tanta fuerza que cualquier humano habría protestado. Yo aumenté la presión.
— Cazzo … —jadeó—. No te detengas.
No lo hice.
Alterné la succión con pasadas lentas de lengua, cambiando el ritmo cada vez que sus caderas reaccionaban. Cuando intentaba alejarse por exceso de sensibilidad, la sujetaba por los muslos y la devolvía a mi boca. Cuando buscaba más, se lo daba.
Sus pensamientos fueron perdiendo forma.
Primero eran órdenes.
«Ahí». «Más». «No dejes de…».
Después se convirtieron en imágenes: mi boca entre sus piernas, sus manos atadas con una corbata, la mesa de la sala de reuniones, la escalera de la biblioteca.
Al final desaparecieron las frases y solo quedó mi nombre.
Introduje un dedo despacio. Su cuerpo se cerró a su alrededor y se alzó para recibirlo. Añadí otro, curvándolos dentro de ella al tiempo que volvía a succionar.
Su respiración se rompió.
Volví a hundir la lengua en ella.
Gritó y me apretó la cabeza entre los muslos. Sus dedos se cerraron sobre los mechones, guiándome, exigiendo una presión que no se atrevía a formular en voz alta y que yo podía escuchar con una claridad deliciosa.
La mantuve al borde hasta que todo su cuerpo tembló y entonces me aparté.
Abrió los ojos.
— Sei uno stronzo .
—Quiero que me mires cuando termines.
—Voy a matarte antes.
Subí por su cuerpo, dejando un rastro húmedo sobre el vientre. Su boca se abrió bajo la mía y gimió al probarse en mis labios.
Me rodeó con las piernas y tiró de mí.
—Quítate lo que falta.
—¿Estás segura?
—Darian.
—Es una pregunta razonable.
—Y esta es mi respuesta.
Metió la mano bajo la cinturilla de los calzoncillos y me agarró.
Toda intención de seguir provocándola desapareció.
—Nina.
Sonrió contra mi boca.
—Ahora eres tú el que no sabe construir una frase.
Me deshice de la última prenda y abrí el cajón de la mesilla. Me observó mientras sacaba un preservativo.