Capítulo 43 #2
No hubo prudencia, duda ni tanteo. Su boca chocó contra la mía con la rabia precisa de todas las discusiones pospuestas.
La atraje por la cintura y Nina se sentó a horcajadas sobre mis piernas, arrugando aún más una ropa que había dejado de importarme.
Mis manos bajaron hasta sus nalgas y el deseo me borró durante un instante cualquier rastro de prudencia.
Sus pensamientos dejaron de llegar como frases y se convirtieron en fogonazos: mis manos, mi boca, la mesa, el dormitorio y una impaciencia feroz con los botones de mi camisa.
—Puedes arrancarlos. Te doy permiso —murmuré contra sus labios.
Se detuvo.
—No dije nada.
—No hace falta; estás agarrándolos con frenesí.
La levanté. Ella enroscó las piernas alrededor de mi cintura y soltó una risa breve cuando aparté varios platos, que se hicieron pedazos contra el suelo, y la senté tal y como había deseado.
El vestido subió por sus muslos. Metí una mano debajo, recorrí la piel caliente y sentí cómo su respiración se quebraba antes de que mi boca descendiera por su mandíbula.
El lunar quedó ante mí.
Había imaginado besarlo. Rodearlo con la lengua. Sentir su pulso debajo. Quise hacerlo todo y, durante varios segundos, conseguí limitarme a apoyar los labios mientras notaba cómo mis dientes se alargaban.
Hundió los dedos en mi pelo.
«Muérdeme».
Mi naturaleza respondió antes que yo.
Los colmillos descendieron y rozaron su piel.
Ella lo notó.
Se quedó inmóvil y abrió los ojos. Su respiración cambió, no por placer, sino por alarma.
Me empujó con ambas manos y yo retrocedí de inmediato.
Saltó de la mesa, se bajó el vestido y encendió la luz principal. La claridad blanca eliminó de golpe cualquier resto de intimidad.
—¿Qué coño tenés en la boca?
—Nina…
—No. Ábrela, necesito verlo.
Permanecí quieto.
—Abre la maldita boca o me largo —repitió—. ¡Ahora!
Lo hice. Sus ojos se clavaron en los colmillos.
—¡ Madonna santa ! ¿Cuándo te los has puesto? ¿Lo has hecho para impresionarme? Quítatelos.
—No puedo.
—Todo se puede quitar si está pegado con suficiente mal gusto.
Tomé aire, me concentré y tomé una decisión que podía ser pésima. Los retraje.
Nina palideció.
Dio dos pasos atrás y chocó contra una silla.
—¿Cómo has hecho eso? ¿Es un truco de magia?
—No.
—Es imposible.
—Sé que lo parece.
—No son implantes… —murmuró.
—Te dije que tenía colmillos retráctiles.
—¡Pensé que me tomabas el pelo! ¡Que eran de pega! ¡Algo así es fisiológicamente imposible, a no ser que…!
«A no ser que seas un puto vampiro. No. No. No. Eso es imposible. Te has pasado con el vino».
Miró la puerta. Después, las ventanas. Luego volvió a mirarme.
—No está cerrada con llave y no tiene nada que ver con el vino.
Abrió mucho los ojos.
—¡¿También podés leerme la mente?!
—Solo cuando tus pensamientos me incluyen.
Toda su historia mental conmigo pareció golpearla al mismo tiempo.
—Voy a matarte.
—Tendrás que esperar a que termine la investigación. Ya tengo la agenda bastante comprometida.
—No te acerques.
Levanté las manos y obedecí.
—¿Qué sos ?
No tenía sentido continuar mintiendo.
—Lo sabes.
—¿Un maldito vampiro?
La palabra permaneció entre nosotros.
Nina soltó una carcajada que murió al instante.
—No. Es imposible. ¿Esto es un montaje porque alguien te dijo que te llamaba conde Pátula?
—¿Cómo iba a organizarlo si estaba detenido?
—Es imposible. Los vampiros no existen.
Hice descender los colmillos de nuevo y los retraje.
Su cara perdió el último resto de color.
—¿Mataste a Sofía?
La pregunta llegó como debía llegar.
—La mordí. No la maté. Además, te conté lo que hice.
—Sí, bueno, lo que no sabía era que cuando decías «morder» te referías a colmillos de los que succionan sangre. No creí que me vieras como a un filete.
Se abrazó a sí misma.
—Los vampiros no funcionamos así. Hay muchos mitos a nuestro alrededor, pensados para alejar a los humanos más que para atraerlos.
—¿Me has hecho algo? ¿Puedes obligarme a querer estar aquí? ¿Estás manipulándome?
—No.
—Piénsalo bien antes de responder. Porque, si descubro dentro de cinco minutos que existe una letra pequeña sobrenatural, me fabrico una estaca con la pata de la mesa y te la clavo en el corazón.
Me hizo gracia, aunque decidí que era mejor no reír; estaba demasiado alterada.
—Puedo influir en los recuerdos. No puedo fabricar deseo. Nada de lo que has sentido por mí lo he provocado yo.
—¿Recuerdos? ¿Puedes borrar la memoria?
No contesté lo bastante rápido.
—¡La madre que te pario!
—Mi madre no tiene ninguna responsabilidad. Nacimos así, no pudimos elegir.
—¡No defiendas a tu madre ahora! —Se llevó las manos a la cabeza—. ¿Me borraste algo antes?
—Nunca.
Me observó, buscando una posible mentira.
—¡¿Y por qué narices no te desintegras bajo la luz del sol?!
—Leyendas y desinformación. Los humanos sois muy crédulos.
Sus ojos volvieron a mi boca. Después desvió la mirada.
—No tienes nada de qué avergonzarte —añadí.
—Tú no decides eso.
—Tienes razón.
Se sentó. Le serví agua sin acercarme más de lo necesario y empujé el vaso por la mesa.
Bebió, me interrogó durante diez minutos y rechazó cinco respuestas porque no le parecieron científicamente aceptables. Le mostré los colmillos dos veces. Me obligó a mirarme en el reflejo del horno. Me preguntó de nuevo por la luz solar, la sangre y los ataúdes.
—Camino bajo el sol, me reflejo y duermo en una cama; es mucho más cómodo.
—¿Sangre?
—No la necesito.
—¿Ajo?
Señalé la tabla.
Su mirada evaluó los restos de la cena.
—Acabo de cenar pasta con ajo en casa de un vampiro.
—Y has sobrevivido.
—No te pongas pedante.
—Me pides demasiado.
La tensión de sus hombros no desapareció, pero dejó de mirar hacia la puerta.
—Puedo acompañarte a casa.
—No vas a llevarme a mi piso.
—Puedo llamar a un taxi —dije—. Te acompañaré hasta la entrada si es lo que prefieres.
—No.
—Acabas de descubrir que no soy humano.
—Sí, y todavía estoy intentando decidir qué significa.
—No voy a tocarte ni a acercarme hasta que lo sepas.
—Yo no he dicho que quiera irme, ni que decidas por mí.
—Tampoco has dicho que quieras quedarte.
Sostuvo mi mirada y exhaló con fuerza.
—Que me asuste no significa que haya dejado de desearte.
Eso sí que no lo esperaba. Esa mujer era una caja de sorpresas. No respondí.
—¿Y los colmillos? —preguntó—. ¿Para qué sirven si no bebes sangre?
—No los utilizamos para alimentarnos. La mordida tiene otra función.
—¿Cuál?
—Segregan una sustancia que intensifica el placer.
Sus pupilas calentaron mi boca sin rozarla.
—¿Cuánto?
—No es una demostración de feria.
—No he pedido una demostración. He hecho una pregunta.
—Mucho.
Su pulso volvió a acelerarse, su curiosidad me excitaba.
Su respiración también había cambiado y en el modo en que su lengua había perfilado el labio inferior… ¡Le daba morbo!
—Tengo muchísimas preguntas —dijo.
—Lo imagino.
Fue ella quien volvió a cruzar la distancia que nos separaba.
Me tocó la mandíbula y esperó a que abriera la boca. Después rozó con la yema del dedo el lateral de uno de los colmillos.
Me aparté antes de que alcanzara la punta.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Por qué? ¿Te duele? ¿Te da hambre? ¿Quieres succionarme?
—Me da miedo hacerte daño por tus imprudencias. Son muy afilados.
Su expresión cambió.
—¿Puedes parar?
—Sí. Tengo siglos de experiencia, ya no soy un novato.
—¿Incluso después de morderme?
—Por supuesto. Y jamás te hincaría el diente sin que supieras exactamente qué implica.
Miré el lunar de su cuello y después su boca.
—¿Estás seguro?
—Contigo, sí.
Respiró hondo. La vi dudar y tras unos instantes de incertidumbre tomó mi mano y la devolvió a su cintura.
—Entonces terminemos lo que empezamos, sugarvampi . Pero como intentes borrarme un solo punto y seguido, una estaca será el menor de tus problemas.