Capítulo 43
Faltaban pocos minutos para las ocho de la tarde cuando me devolvieron el reloj, el teléfono, la estilográfica, la cartera y la libertad, en ese orden.
La policía tenía una forma singular de entregarte tus pertenencias después de haberte encerrado durante casi dos días: cada objeto parecía una concesión administrativa.
Firmé donde me indicaron, confirmé un domicilio que conocían desde antes de detenerme y soporté que un agente comprobara por tercera vez que el hombre de la fotografía del documento era yo.
Al parecer, hasta pasar el fin de semana en mi propia casa requería validación administrativa.
El inspector Expósito no apareció.
Probablemente temía que agradecerle mi liberación lo obligara a admitir que también podía equivocarse.
Lucía me esperaba al otro lado de la última puerta.
—El vehículo continúa retenido —me informó—. Están terminando las comprobaciones, aunque no han encontrado nada nuevo.
—¿Ha venido a llevarme a casa?
—Yo no.
Se apartó.
Nina estaba junto a la entrada de la comisaría.
Verla allí produjo una alteración que no estaba dispuesto a llamar alivio y mucho menos alegría.
Llevaba el pelo suelto y un vestido burdeos ajustado a la cintura.
Varios siglos perfeccionando el autocontrol y la señorita Goffi acababa de estropearlo dejando a la vista la curva del cuello y aquel lunar que llevaba semanas torturándome desde una distancia profesionalmente inaceptable.
Un punto oscuro sobre su piel, pequeño, perfectamente inútil y sumamente deseable.
No había mirado una garganta con tanto interés desde que los humanos decidieron que la sangría era un tratamiento médico.
«No me puse esto para él».
El pensamiento llegó alto y limpio.
« Cazzo . ¿Por qué no deja de mirarme el cuello?».
Me acerqué.
Ella me recorrió con la mirada: la camisa arrugada, la barba de dos días y el abrigo que la policía había doblado con un método basado en el rencor.
— Tenés una pinta horrible.
—Tú estás preciosa.
Sus pensamientos se detuvieron un segundo para regresar con la fuerza de una avalancha italiana.
—No he venido para que me digas cosas —replicó—. Lucía me avisó porque tu coche sigue aquí y alguien tenía que llevarte a casa.
—Una desgracia logística, aunque, que yo sepa, tú no tienes carné y vas en bici a la oficina.
Su carraspeo me hizo sonreír.
—Ciarán ha enviado un coche de empresa para que nos lleve. También me ha pedido que te ponga al corriente de lo ocurrido.
—Qué considerado. ¿Y el vestido?
—¿Qué le pasa al vestido?
—Nunca te había visto con él.
—No sabía que llevaras un inventario de mi ropa.
—Solo de las prendas que me dificultan pensar.
Parpadeó detrás de las gafas.
—Lo que lleve puesto fuera del horario laboral no te incumbe.
—No he dicho que me incumbiera. He preguntado si tienes planes.
Lucía se aclaró la garganta.
—Mi labor ha terminado. Señor Blake, deberá acudir cuando lo requiera el juzgado. Señorita Goffi, procure que el trayecto no termine en otra diligencia policial.
Nina la fulminó con la mirada.
—Un hombre cruza sin mirar y ya soy la sicaria oficial de la familia Corleone.
Lucía se marchó antes de que pudiera recibir una respuesta.
Mi compañera señaló un Mercedes con chófer estacionado al otro lado de la calle.
—Te acompaño a La Moraleja, te dejo en la puerta y me voy.
—Respóndeme antes. ¿Tienes planes para esta noche?
El pensamiento acudió de inmediato.
«Dile que sí. Dile que has quedado con un tío que está buenísimo y que se fastidie el puñetero Pátula».
—No.
—Bien, porque tenemos una cena pendiente.
— Acabás de salir de un calabozo.
—Por eso considero urgente recuperar mis obligaciones sociales.
—No soy una obligación.
—Me alegra oírlo.
Me miró por encima de las gafas.
«No voy a cenar con él. No con este vestido. No después de lo que me dijeron esas tres descerebradas».
—Sube al coche —ordenó.
Obedecí, abriéndole primero la puerta y saboreando la visión de la curva de su trasero al entrar.
Era más fácil que discutir con una mujer que ya había perdido la batalla en su cabeza.
Durante los primeros minutos permanecimos en un silencio cómodo, mientras ella mantenía consigo misma un debate que me hizo contener más de una sonrisa. No quise interrumpirla; me limité a disfrutar de su compañía, con Mad About You , de Hooverphonic, sonando a bajo volumen.
Cuando la mampara de privacidad se cerró, Nina me resumió lo ocurrido sin recrearse: Rubén era el falso camarero, había entregado el pase a Mara y seguía inconsciente después del atropello.
Solo un dato consiguió apartar mi atención de su vestido.
—Vio a Mara viva después de que Samael saliera de su habitación —dijo—. Hay mensajes que pueden fijar la hora.
Sofía había estado conmigo. Mara, con Samael. Dos mujeres asesinadas después de mantener un encuentro íntimo con seres cuya verdadera naturaleza ignoraban.
El asesino no partía de las escenas de los libros.
Partía de nosotros.
No eran víctimas escogidas para encajar en una fantasía. Alguien sabía a quién habíamos tocado. Llevaba dándole vueltas todo aquel tiempo porque no había tenido otra cosa que hacer.
—Quizá la conexión entre las víctimas no esté únicamente en los libros.
—¿En qué más?
«En nosotros».
—Todavía no lo sé.
No le gustó la respuesta. A mí tampoco me gustaba mentirle, pero aquella noche ya contenía suficientes errores antes incluso de llegar a casa.
—Yo sé que no mataste a Sofía.
—No puedes saberlo.
—Puedo decidir a quién creo. Y te creo a vos , aunque sigás sin caerme del todo bien.
«Y aunque mi cuerpo tenga una opinión bastante más entusiasta».
La miré y sonreí.
—Eso último me tranquiliza. Te agradezco el voto de confianza.
Contemplé la ciudad por la ventanilla.
Llegamos a casa pasadas las ocho. El chófer aparcó frente a la entrada y dejó el motor encendido.
—Bien. Ya estás en casa.
—Eso parece.
—Me alegro de que hayas salido.
—Quédate a cenar.
—He dicho que te dejaría en la puerta.
—Y yo que tenemos una cena pendiente. Una hora, Nina. Después harás lo que quieras.
Agarró la tela del vestido con fuerza. Podía ver la vena de su cuello palpitar indiscreta.
«Dile que estás cansada y que te vas».
No me moví; solo pronuncié su nombre completo.
—Yanina…
«No me llames así. No me obligues a entrar. No quiero entrar. Quiero entrar. Cazzo , qué vestido más idiota».
Cerró los ojos.
—Una hora y solo porque igualmente tengo que comer.
—Una hora a partir de que me dé una ducha y esté la comida lista.
«Es razonable».
—Y después me voy.
—Después, lo que quieras.
«¿Y si lo que quiero es que me folles?».
Su pensamiento me sacudió.
—Lo que quieras —repetí.
Se sobresaltó.
—Vale.
Abrí la puerta y le tendí la mano para ayudarla a salir. El contacto me tensó por dentro y me hizo desear tomarla allí. Por fortuna, pude contenerme.
Entramos en la propiedad. Antes que nada, le hice un tour por la casa.
La biblioteca consiguió que olvidara su promesa durante los primeros cinco minutos.
Se quedó en la entrada, mirando las estanterías de nogal, las escaleras móviles y los volúmenes colocados a distintas alturas hasta el techo.
—Esto es pornografía para filólogos.
—No esperaba que fueras tan fácil de impresionar.
— Tenés una primera edición de El nombre de la rosa .
—Umberto me debía un favor.
Soltó una carcajada y me miró.
—¿Umberto?
—El librero que me la vendió.
No pareció creerme. Decidí permitirle conservar la duda.
La dejé allí mientras recuperaba mi higiene, quince minutos después regresé a la biblioteca para acompañarla a la cocina.
Abrí una botella de vino, saqué varios ingredientes de la nevera y me puse a cocinar una salsa para acompañar la pasta.
Nina observó el ajo picado sobre la tabla.
—No te imaginaba cocinando.
—¿Qué imaginabas que hacía aquí? ¿Esperar inmóvil en una butaca hasta que amaneciera?
«Te imaginé desnudo en la ducha y mis manos recorriéndote entero».
Tragué con fuerza y tomé la botella.
—¿Vino?
—Mucho.
Cenamos allímismo. No volvimos a reconstruir el caso. Hablamos de Sofía lo necesario, de Rubén lo imprescindible y de todo lo demás con una cautela que se fue deshaciendo a medida que bajaba el contenido de la botella.
Ella preguntó por los objetos antiguos de las vitrinas.
Le mentí sobre dos herencias, una subasta y una familia especialmente longeva. Menos mal que no era fae . Mentir habría resultado bastante más complicado.
—¿Este plato es del siglo dieciocho?
—No estoy seguro; quizá sea una réplica.
—Tiene una marca de restauración con grapas metálicas.
—Podría ser una reproducción muy fiel.
— Sos pésimo mintiendo.
—Y tú llevas diez minutos rozando mi pierna bajo la mesa.
Retiró la rodilla.
—La mesa es pequeña.
—La mesa tiene capacidad para ocho personas y tú tienes muy poco autocontrol cuando se trata de mí.
—Eres un pretencioso. Igual que tus muebles.
—El mueble no es responsable de que hayas venido con intención de utilizarlo de un modo muy distinto.
El calor le subió por el cuello hasta rodear el lunar. Hacía unos minutos se había imaginado sentada encima, con las piernas abiertas y mi cabeza entre ellas.
¡Ese maldito lunar!
Siguió la dirección de mi mirada.
Después imaginó mi boca sobre aquel punto oscuro.
Dejé la copa antes de romperla entre los dedos.
—Nina.
—¿Qué?
—¿Recuerdas lo que te dije en la oficina?
Apartó la silla y se levantó. Durante un instante pensé que se marcharía.
Rodeó la mesa, se detuvo frente a mí y cruzó los brazos.
—Dices demasiadas cosas.
—Que me pidieras lo que querías.
—También dijiste que decidirías si concedérmelo.
—Sigo esperando que lo pidas.
«¡ Cazzo ! ¿Por qué he dicho eso? ¿Por qué me he puesto este vestido?».
—¿Por qué estás aquí?
—Porque llevo dos años deseando que cierres la boca y acabo de comprender que quizá exista una forma efectiva de conseguirlo.
Me agarró de la camisa y me besó.