Capítulo 42 #3
El primer segundo tuvo la torpeza de un hombre que no sabía dónde colocar las manos. Después una de ellas subió hasta mi nuca, la otra se cerró en mi espalda y me sostuvo con una delicadeza que dolió más que cualquier frase.
Apoyé la frente en su pecho.
Olía limpio, a madera y a algo helado que no sabía nombrar.
—Tengo miedo —confesé.
—No voy a pedirte que no lo tengas —dijo—. Solo te prometo que no volverás a tenerlo sola.
Tuve que cerrar los ojos.
—No quiero pasar por lo mismo que ella.
Se separó lo justo para mirarme. Me limpió una lágrima con el pulgar, con el cuidado reservado a algo valioso y no al mapa arrugado de una crisis.
—¿Quieres que la abra por ti?
Miré el sobre.
—¿Y si pone lo que más temo?
—Entonces te ayudaré en todo lo que esté en mi mano.
—No puedes curar esa enfermedad.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No tienes ni idea de lo que puedo o no puedo llegar a hacer por ti. Confía en mí, por favor.
Lo dijo con una seguridad que habría resultado absurda en cualquier otro hombre. En él sonó a promesa.
Asentí.
Ciarán abrió el sobre con cuidado. Desdobló las hojas y empezó a leer.
Observé su cara buscando cualquier cambio: una tensión en la mandíbula, un parpadeo distinto, el movimiento sobre las líneas de sus ojos de aquel color tan exótico, entre azul y violeta.
Se detuvo.
El aire dejó de entrarme.
—¿Qué pone?
Levantó el rostro. Seguía serio, pero la rigidez de sus hombros había cedido.
—No han identificado ninguna variante patogénica conocida asociada a la ELA familiar. Y la exploración neurológica no muestra signos compatibles con una enfermedad de la motoneurona.
No entendí nada y lo entendí todo.
—Eso es bueno, ¿no?
—Es muy bueno. Ahora mismo no hay ningún indicio de que estés enferma. Recomiendan controles periódicos, nada más.
El alivio me golpeó tan fuerte que tuve que agarrarme a su camisa.
Me reí y lloré al mismo tiempo, una combinación poco elegante que Ciarán recibió sin soltarme ni apartar la mirada.
—No estoy enferma.
—No.
—No estoy enferma.
—Sandra.
Me tomó el rostro entre las manos.
—No estás enferma.
Sus pulgares recorrieron mis mejillas y se detuvieron junto a las comisuras de mi boca. Dejé de reír. Dejé casi de respirar.
Ciarán no apartó las manos. Tampoco la mirada.
Estábamos demasiado cerca. Acababa de llorar contra su pecho, seguía aferrada a su camisa y él estaba demasiado bueno para la poca cordura que me quedaba.
—Sandra…
Mi nombre salió de sus labios más bajo y más áspero de lo normal. Su mirada descendió hasta mi boca y permaneció allí.
—¿Qué? —susurré.
Se inclinó apenas. Lo suficiente para que su respiración se mezclara con la mía.
—Dime que me aparte.
La frase me vació la cabeza.
—No.
Algo cambió en sus ojos. La contención desapareció durante un segundo y sus dedos se tensaron en mi nuca.
Ciarán se inclinó un poco más. Yo me humedecí los labios y vi cómo seguía el movimiento.
No había prometida, boda ni familias capaces de enterrarme en un descampado. Solo su boca a un suspiro de la mía y la certeza de que él también llevaba demasiado tiempo imaginando aquello.
—Entonces no vuelvas a decirme que no te mire de esa forma —murmuró.
Cerré los ojos.
Un segundo después, Lluna me embistió por detrás con la correa entre los dientes.
Di un salto. Ciarán me sujetó antes de que perdiera el equilibrio y quedé literalmente aplastada contra él.
Cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, seguía mirando mi boca.
—Esta conversación no ha terminado.
El corazón me dio un golpe tan fuerte que debió de notarlo bajo las manos.
Mi perra volvió a empujarme.
Ciarán desvió la mirada hacia ella.
—Creo que alguien necesita hacer pis.
«¿Y qué ocurre con lo que necesito yo?».
«¡Cordura, que es lo que te ha dado tu perra!».
—Qué pésima soy. Voy a sacarla.
Le quité la correa a Lluna con un pulso que no habría superado ninguna prueba médica.
—¿Te importa si os acompaño? Me irá bien estirar las piernas después de tantas horas de despacho.
—Eh, sí. ¿Po-por qué no?
Ciarán se bajó las mangas con movimientos lentos antes de buscar su abrigo.
Yo seguí el recorrido de sus dedos, recordé cómo se habían tensado en mi nuca y una imagen que no debía estar allí se abrió paso en mi cabeza: mi mastina suelta en el parque, Ciarán apretándome contra un árbol y terminando lo que acababa de empezar en la cocina.
Quizá el resultado no detectaba ELA, pero mi decoro estaba en fase terminal si fantaseaba con mi casero en el pipicán .
Salimos los tres unos minutos después. Lluna avanzó feliz por la acera, Ciarán caminó a mi lado y yo intenté no pensar en que su boca había estado a menos de un suspiro de la mía.
Ni en que había prometido terminar la conversación.
Al llegar a la esquina, levanté la vista sin saber por qué.
En la azotea del edificio de enfrente había una figura inmóvil, observándonos.
Parpadeé. La silueta retrocedió y desapareció detrás del muro.
—¿Ocurre algo? —preguntó Ciarán.
Volví a mirar. Ya no había nadie. Seguro que había sido una alucinación fruto del vino.
—Nada. Me ha parecido ver una antena torcida.
Seguimos caminando.
El problema era que las antenas no solían esconderse cuando las descubrías ni los caseros buenorros prometer que terminarían una conversación sin incendiarte las fantasías.