Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Salí de casa de Aimara con la dignidad de quien abandona un tribunal después de haber sido condenada por tres juezas sin oposición posible.

Durante el trayecto al ático intenté convencerme de que estaban equivocadas.

Ciarán no podía verme así. Yo era su compañera de piso, la mujer que había llegado con una mastina de setenta kilos, cajas sin desembalar y una colección de tazas con frases de Star Wars y otras obscenas. Él era un hombre prometido con una mujer que parecía salida de una campaña de Loewe.

Y si, por una casualidad ridícula, le gustaba, aquello no mejoraba nada.

Su familia me enterraría en un descampado antes de permitir que una booktoker catalana con tatuajes, cuenta corriente dudosa y una perra gigante pusiera en peligro el gran bodorrio del año. Con suerte, dejarían una placa. Con mucha suerte, escribirían bien mi apellido.

No podía encariñarme más con un hombre que iba a casarse dentro de treinta días. Y mucho menos convertirlo en mi fantasía sexual, aunque para eso quizá ya llegaba tarde.

Cuando abrí la puerta del ático, Lluna apareció primero, me empujó con el hocico y empezó a revisar mi bolso por si el Bookelarre había incluido sobras.

—No hay comida, traidora.

Ciarán estaba de pie junto a la isla de la cocina.

Se había quitado la chaqueta y llevaba las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos.

Mal. Muy mal. Los antebrazos masculinos deberían venir acompañados de una advertencia y un permiso de restricción parental, sobre todo cuando había visto sus tatuajes.

Me observó durante unos segundos.

—Tenemos que hablar.

Se me secó la boca.

Ahí estaba. El final. El desahucio. La expulsión del reino.

Dejé el bolso sobre una silla.

—Si es por tu prometida, yo no voy a interponerme en vuestra felicidad.

Ciarán inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Interponerte?

—Ya sabes lo que quiero decir.

—No. De hecho, me interesa mucho que me lo expliques.

—La boda, Elowen, vuestra vida de anuncio de perfume… Todo eso.

Su mirada se demoró en mi cara más de lo necesario.

—No sabía que mi matrimonio te preocupara tanto.

—No me preocupa.

—Por supuesto que no.

—¿Te estás riendo de mí?

—Jamás me atrevería. —La comisura de su boca se movió apenas.

—Además, tú no me ves de esa forma y yo no pienso convertirme en un problema entre Elowen y tú.

Su mirada perdió cualquier rastro de diversión.

—No deberías decidir por mí qué forma tengo de mirarte.

Dejé de respirar durante un segundo.

Ciarán sostuvo mi mirada, impasible, mientras yo intentaba encontrar una respuesta que no incluyera abalanzarme sobre él.

—Yo solo iba a decirte que te ha llegado una carta y parece importante —añadió al fin.

El calor que había subido por mi cuello llegó hasta las orejas.

—Ay, Dios. Debes de pensar que soy gilipollas.

—He pensado muchas cosas sobre ti, Sandra. Esa no es una de ellas.

Mi cerebro se quedó enganchado en «muchas cosas».

Ciarán cogió un sobre que había dejado junto a la cafetera y me lo tendió.

Reconocí el membrete antes de leerlo.

Hospital Universitario La Paz.

El mundo se estrechó alrededor de aquellas letras. Mis dedos empezaron a temblar.

Ciarán no soltó el sobre.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Para ser nada, tiemblas como una hoja. ¿Debo preocuparme?

Quise responder con una broma. Tenía muchas. Podía decirle que los hospitales me daban urticaria, que aquella carta seguramente contenía una encuesta de satisfacción o una factura por haber respirado demasiado fuerte en urgencias.

No salió ninguna.

Ciarán había sido sincero conmigo. Me había contado algo que no parecía contarle a nadie, una obligación que pesaba más que cualquier alianza empresarial. Quizá yo también podía abrir una puerta.

—Mi madre murió de ELA.

Su expresión cambió, no hacia la lástima, sino hacia una atención completa que me hizo más difícil seguir fingiendo.

—Lo siento.

—Fue horrible.

La palabra se me quedó pequeña.

Me apoyé en la encimera porque las piernas habían decidido que aquella conversación no entraba en sus funciones.

—Al principio fallaban cosas pequeñas. Se le caía un vaso. Se tropezaba. Pronunciaba mal una palabra y nos reíamos porque ella se reía. Después dejó de tener gracia. Perdió fuerza en las manos, en las piernas, en todo. Su cabeza seguía ahí, pero el cuerpo iba cerrando puertas una detrás de otra.

Ciarán no me interrumpió.

—Yo me acerco a la edad que tenía cuando empezó —continué—.

Llevo años revisándome los dedos, la forma de andar, si me cuesta abrir un tarro.

Cada tirón es una señal. Cada palabra que se me traba, una sentencia.

Me hicieron pruebas por los antecedentes familiares y esa carta puede contener el resultado.

Las lágrimas empezaron a caer antes de que pudiera detenerlas.

—No sé si estoy preparada para leerla.

Ciarán dejó el sobre sobre la isla y se acercó.

No dijo que todo saldría bien. No me pidió que me calmara ni me recordó que preocuparme no cambiaría el resultado. Se limitó a rodearme con los brazos y yo parpadeé con fuerza. Juraría que su temperatura corporal era más baja de lo normal. Eso o yo me estaba quedando helada de los nervios.