Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

El viernes por la tarde, Nina parecía una persona a la que hubieran dejado cargando durante toda la noche y desconectado cuando iba por el tres por ciento.

Estábamos en casa de Aimara, sentadas alrededor de la mesa de la cocina, con una botella de vino abierta, un cuenco de patatas y cuatro móviles boca abajo por orden expresa de la anfitriona.

Bueno, tres. El de Nina estaba pegado a su mano como un órgano vital porque una de las enfermeras que conocía del hospital podía llamar en cualquier momento.

No lo había hecho.

Rubén Serrano continuaba inconsciente y ella llevaba horas esperando una noticia que no sabía si quería recibir.

—Lucía dice que van a soltar a Darian —murmuró, girando la copa sin beber—. Javier ha ordenado la puesta en libertad, pero todavía tienen que terminar el papeleo.

—Eso es bueno —comentó Aimara.

—Lo sé.

—No pones cara de saberlo —señaló Patri.

Nina levantó la vista. Tenía las gafas un poco más bajas de lo habitual y el rímel de quien había dormido con la cara sobre una fotocopiadora.

—Porque casi maté a un hombre.

—No lo empujaste —le recordé.

—Lo perseguí a velocidad de la Hormiga Atómica.

—Caminaste detrás de él durante cinco metros.

—Lo presioné para que fuera a comisaría.

—Porque había suplantado a su compañero para colarse en un evento, acosaba a su ex y se metió a trabajar de camarero en un retiro para vigilarla, por no hablar de que es el único testigo que vio a Mara vivita y coleando después de que Samael abandonara su cuarto —enumeró Patri—.

No le pediste que te acompañara a devolver un libro tarde a la biblioteca.

—Cuando recibió el mensaje de Sergio, creyó que yo lo había llevado hasta allí para entregarlo a la policía y salió corriendo.

—Y cruzó con el semáforo en rojo —añadió Aimara—. Eso no lo decidiste tú.

Nina se llevó las manos a la cara.

—Soy peor que Vito Corleone.

—Vito Corleone no llevaba un bloc con preguntas y una abogada preparada por si el interrogado necesitaba asistencia —repliqué—. Además, seguro que no corregía comas en sus declaraciones policiales.

—Eran dos comas mal puestas.

—Normal que Javier te considere una amenaza para el orden público.

Nina me enseñó el dedo corazón sin levantar la cabeza.

—Muy fino todo —comentó Aimara.

—Está atravesando una crisis moral —defendí—. No podemos exigirle modales y arrepentimiento al mismo tiempo. Es demasiado para una sola mujer.

Patri estiró la mano hacia el vino.

—Gracias a ti sabemos quién era el camarero del lobo, cómo consiguió la tarjeta y que Mr . Vane no mató a Mara en aquella habitación. La policía llevaba días buscando una conexión y tú la encontraste en una mañana.

—También encontré el capó de un coche para que Rubén se deslizara.

—Eso lo halló él solo —apunté.

Las tres me miraron.

—¿Qué? Intento quitarle peso.

—Pues coge otra técnica, que Nina está hecha polvo —aconsejó Aimara.

La susodicha soltó una risa pequeña, involuntaria. Duró poco, pero la vimos todas y nos aferramos a ella como personas decentes que éramos cuando la situación lo exigía.

— Allora , supongamos que no soy la madrina del crimen organizado —concedió—. ¿Podemos hablar de que Darian va a salir?

—Podemos hablar de cómo vas a recibirlo —propuso Patri, agitando las cejas.

—No voy a recibirlo de ninguna manera.

—Pues deberías, después de lo que nos contaste que ocurrió entre vosotros.

—No pasó nada y Lucía me avisará cuando esté fuera. Si voy a verlo, será por cortesía.

—Claro.

—Y quizá vaya a comprobar que se encuentra bien.

—Por responsabilidad civil —añadí.

—Por humanidad —afirmó.

—En La Moraleja hay mucha de esa…

—Sandra.

—Con luz tenue, una botella de vino de las que cuestan lo mismo que mi alquiler, ese vestido rojo borgoña que te sienta como un guante y que no has encontrado ocasión para ponerte y el señor Blake recuperándose del trauma carcelario.

—Darian no ha estado en la cárcel.

—Calabozo, cárcel… Lugares con barrotes donde puede caerse una pastilla de jabón.

Nina apretó los labios.

—No voy a contestar a eso.

—Porque ya lo has visualizado: desnudo, empapado… enjabonado —siguió Patri, tomándome el testigo.

—Porque estoy pensando si lanzaros la copa o aprovechar el vino.

—Aprovecha el vino —recomendó Aimara—. Tengo más copas que botellas.

El ambiente se aflojó un poco. Lo suficiente para que el silencio siguiente no estuviera lleno únicamente de Rubén, hospitales y hombres detenidos por asesinatos que probablemente no habían cometido.

Yo debería haber mantenido la boca cerrada.

Era una habilidad que no poseía.

—Hablando de hombres con problemas —solté—, tengo una actualización sobre Ciarán.

Las tres se giraron hacia mí a la vez. La sincronización me dio miedo. Patri dejó una patata a medio camino de la boca.

—¿Actualización de casero o actualización de hombre que te pone las bragas a secar con solo mirarte?

—No me pone nada a secar.

—Entonces te las moja.

—Patri.

—Estoy aclarando conceptos.

Aimara se acomodó en la silla.

—En tu último storytime supimos que se puso de tu lado cuando la princesa perricida atacó a Lluna. ¿Qué ha pasado?

Tomé aire. Aquello necesitaba una introducción, música de tensión y quizá un aro de luz.

—Bienvenidas a mi nuevo storytime : «Mi casero es un príncipe medieval atrapado en el siglo veintiuno y su familia le ha organizado un bodorrio como si fuera una ternera premiada».

Nina parpadeó.

—No entiendo nada, pero seguí .

—La boda con Frozen es concertada.

—¿Concertada cómo? —preguntó Aimara.

—Concertada de que sus padres y los de ella decidieron que se casarían cuando eran jóvenes. O antes. No sé. Esa gente habla de los compromisos matrimoniales como yo de renovar el seguro del coche.

Nina dejó la copa sobre la mesa.

—¿En este siglo?

—En este siglo.

—¿En Europa?

—En Madrid, de hecho. A pocos kilómetros de una tienda de Apple.

—¿Me estás diciendo que dos familias millonarias han decidido con quién tienen que casarse sus hijos y ellos lo ven normal?

—Me da la impresión de que él tampoco lo ve normal.

—¿Entonces por qué acepta? —preguntó Patri.

—Porque su familia espera que lo haga. Intuyo que hay negocios, patrimonio, apellido, tal vez mierdas dinásticas. Lo cuenta convencido de que negarse provocaría una guerra entre dos mundos.

Aimara frunció el ceño.

—Nadie debería decidir la vida de otra persona. Mucho menos con quién comparte la cama, la casa o los próximos cincuenta años.

—En su caso podrían ser más —murmuré sin pensar—. Los ricos tienen pinta de vivir muchísimo. Ya sabéis: dieta orgánica, dinero, tratamientos que nosotras solo veremos en documentales.

Patri se inclinó hacia mí.

—¿Y él quiere a Elowen?

Ahí estaba la parte que había repetido en mi cabeza demasiadas veces.

—No.

—¿Se lo preguntaste? —boqueó Nina.

—Sí. Sé que se me fue la pinza, pero le pregunté si la amaba y dijo que no.

—¿Y por qué te lo contó?

—Porque hablamos y no sé… Es extraño: no tenemos nada que ver y, sin embargo, nos compenetramos.

—¿Os habéis penetrado?

Patri. Siempre igual.

—¡No!

Las tres esperaron.

—La gente habla, ¿sabéis? —añadí.

—Sí —dijo Patri—. Sobre el tiempo, el precio del aceite y si hay que comprar papel higiénico. No suele confesarle a su compañera de piso que no ama a la mujer con la que va a casarse, sobre todo teniendo en cuenta que lleváis tan poco compartiendo piso.

Me serví más vino.

—También dijo que Elowen podía estar celosa de mí.

Aimara abrió mucho los ojos.

—Sandra. ¡Ay, Diosito! ¡Le gustas!

—No lo dijo de esa forma.

—¿De qué forma lo dijo?

—Dijo que el ataque a Lluna podía estar relacionado con que Elowen interpretara mi presencia en su casa como una intromisión y algo así como que lo consideraba suyo.

—Celos —tradujo Patri.

—Hostilidad territorial —corregí.

—Esa loca es una tóxica.

—Hay más.

Nina se quitó las gafas, se frotó el puente de la nariz y volvió a ponérselas.

—¿Qué actualización falta?

—Han adelantado la boda.

—¿Cuánto? —preguntó Aimara.

—Se casa dentro de un mes.

El silencio cayó sobre la mesa. Patri fue la primera en romperlo.

—¿Y por qué pareces a punto de llorar si Ciarán solo es tu casero?

—No estoy a punto de llorar.

—Tienes la nariz roja.

—He bebido vino.

—Medio vaso.

—Soy de metabolismo eficiente.

Nina me observó con una atención que habría preferido que reservara para documentos editoriales.

—Te gusta.

—No.

—¡ Cazzo ! Te gusta muchísimo.

—No me gusta. Considero que está muy bueno y que es distinto.

—¿Distinto cómo? —preguntó Aimara con una sonrisa sospechosa.

—Es educado. Cuida de Lluna. Se acuerda de comprar su comida cuando ve que queda poca.

Me deja espacio cuando lo necesito, pero sabe cuándo estoy fingiendo que no me pasa nada.

Cocina fatal, pero se le da de lujo pedir comida a domicilio.

No invade. Escucha. Cuando sonríe de verdad parece otra persona y…

Me detuve.

Las tres parpadeaban.

—¿Qué? —pregunté.

Nina ladeó la cabeza.

—¿Estás hablando de Ciarán Ashveil o de su hermano gemelo? Porque te aseguro que en la oficina no es nada de eso.

—Puede que con ella sea así —dijo Aimara.

—O puede que Sandra esté teniendo su propio romance con triángulo amoroso bajo el mismo techo —añadió Patri.

—¡¿Pero qué decís?! Lo nuestro no es eso.

Aimara levantó una ceja.

—Por lo que nos has contado, te confesó que no le gusta su prometida y argumentó que ella puede estar celosa de ti. Algo habrá visto. Quizá al jefazo le gusten menos nórdicas y más calientes, bella.

Noté que la cara me ardía y apuré la copa.

—Está visto que con vosotras no se puede hablar. Me voy, que tengo que sacar a Lluna a pasear.

—¿A Lluna o a Ciarán? —preguntó Patri—. Igual, si lo sacas a pasear, también te mueve el rabo y se pone contento.

—Podrías ofrecerte a ponerle un ungüento para la psoriasis —sugirió Nina.

Las tres se rieron.

Me levanté, recogí el bolso y señalé a Nina.

—Y tú podrías pasarte por casa de Pátula para asegurarte de que no lo hayan enjabonado en la cárcel.

—Y dale. ¡Que Darian no ha estado en la cárcel!

—Pues mejor. Me voy.