Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Salas conducía hacia el hospital con una mano en el volante y la otra apoyada en el cambio de marchas.

No hablaba. Yo tampoco tenía nada que añadir al tráfico, al parte del accidente abierto en la pantalla del móvil y a la sensación de que habíamos llegado tarde incluso antes de saber que debíamos correr.

La mañana anterior habíamos esperado a Rubén en el piso que compartía con Sergio, sentados en un salón con dos mandos de consola, tres ceniceros y una humedad en el techo que habría necesitado una demolición para sanearse. Sergio le escribió delante de nosotros.

«La policía está en casa. Vienen preguntando por ti. ¿Dónde coño estás?».

Rubén no respondió.

Poco después, recibimos un aviso de que una patrulla acababa de identificar a un hombre atropellado cerca de la ronda de Valencia.

Llevaba la documentación en la cartera, un tatuaje geométrico en la muñeca izquierda y el mismo nombre que figuraba en la nota que Sue García Tuá había entregado aquella mañana.

La podcaster de los cojones tenía una red de informantes que ya querría para sí la UCO.

El falso camarero había terminado sobre el asfalto mientras nosotros lo esperábamos junto a una lámpara torcida.

—Como despierte y diga que no recuerda nada, me cambio de unidad.

—Ponte a la cola.

—Era una forma de hablar.

—Últimamente las formas de hablar acaban en informes forenses.

En el hospital nos recibió una médica con ojeras de guardia.

Rubén permanecía en cuidados intensivos, inconsciente, con un traumatismo craneoencefálico grave y un pronóstico neurológico que nadie se atrevía a adelantar.

Estable dentro de la gravedad. La expresión favorita de los hospitales para decir que una persona seguía viva sin prometer nada más.

—¿Ha recuperado la conciencia? —pregunté.

—No.

—¿Podremos hablar con él hoy?

—Ni hoy ni mañana, puedo asegurárselo.

No insistí. Había preguntas que una placa no podía obligar a contestar.

Salas abrió el parte de intervención mientras esperábamos el ascensor. La primera llamada al 112 se había registrado poco después del mediodía. Mujer muy alterada, testigo presencial. Había permanecido allí hasta que llegó la ambulancia.

—Alertante identificada —dijo—. Nina Goffi, ¿te suena?

Claro que me sonaba. Había cenado varias veces en mi casa, conocido a Aimara antes de que sus libros ocuparan escaparates enteros y hecho trampas en cada partida de billar que jugamos.

—La amiga de mi ex y traductora de Vetusta —dije.

—La misma.

Me tendió el móvil. Declaración inicial: «Estaba hablando con el herido. Echó a correr, cruzó sin mirar». Nada sobre el contenido de la conversación.

—Volvemos a comisaría y voy a pedirle que venga a declarar.

Al salir, el teléfono de Salas vibró. Leyó el mensaje y sonrió apenas, un gesto que habría pasado inadvertido si no llevara cinco años trabajando a su lado.

—¿La corredora nocturna? —pregunté.

Guardó el móvil.

—Puede.

—Eso significa que sí.

—Ha cambiado la ruta de esta noche. Ya sabes que a sus hermanos no les hace gracia que salga sola.

—No sé cómo te lías con una mujer que tiene once hermanos y, encima, es la pequeña.

—Me van las emociones fuertes. Además, yo llevo placa.

—Doce hijos. Manda cojones. Hay gente que no sabe cuándo cerrar un ciclo.

—O una puerta.

Se rio. Para mí era una familia numerosa y una mujer con horarios raros. Para Salas, suficiente motivo para correr por el monte de noche, si gracias a ello se corría después, aunque tras ello pasara dos días quejándose de la rodilla operada.

Llamé a Nina desde el coche.

Respondió al segundo tono.

—¿Señorita Goffi? Soy Javier Expósito.

—Menudos formalismos, Javi. ¿Ha pasado algo con Darian?

—No la llamo por Blake. Su número figura como alertante en el atropello del señor Serrano. Necesitamos que se persone en comisaría para prestar declaración sobre lo ocurrido antes de que cruzara la avenida.

—Haz el favor de tutearme, Javi. He cenado en tu casa varias veces y te he ganado al billar.

—Solo porque hizo trampas. Y no soy Javi: soy el inspector Expósito y estoy en horario laboral. Así que le sugiero que me llame por mi apellido.

La escuché resoplar.

—Queremos que venga a comisaría y nos cuente qué ocurrió antes del atropello.

—¿Como testigo?

—Como testigo. Queremos saber de qué hablaban y por qué salió huyendo.

—Voy a ir con Lucía.

—La comparecencia es voluntaria.

—Entonces, voluntariamente, iré con mi abogada.

Colgó.

—Tiene carácter —comentó Salas, que había escuchado todo a la perfección.

—Tiene un problema con la autoridad.

—¿Solo con la tuya?

—No, es de naturaleza hostil.

Nina llegó cuarenta minutos después con el pelo recogido, las gafas sobre el puente de la nariz y un bloc contra el pecho. Lucía Monreal caminaba a su lado con traje gris, maletín oscuro y la expresión de quien había ganado tres pleitos antes de desayunar.

—Inspector Expósito —saludó—. La señorita Goffi comparece voluntariamente. Si va a declarar como testigo, esperaré fuera. Si pretende modificar su condición o atribuirle alguna responsabilidad, me lo comunicará antes de formular una sola pregunta.

—Declara como testigo.

—Perfecto. —Se giró hacia su clienta—. Estaré al otro lado de la puerta si me necesita.

Ella asintió.

La pasamos a una sala de declaraciones. Salas activó la grabación, comprobó sus datos y dejó constancia de que comparecía voluntariamente.

—Empiece por explicar qué la unía a Rubén Serrano. ¿Había quedado con él?

—Yo no conocía al señor Serrano hasta ayer.

Contó la llamada de Sandra, la información de los oyentes del pódcast SueCrime , el nombre del compañero de piso de Rubén, el bar de Embajadores y su decisión de presentarse allí antes de que Sergio pudiera advertirlo para sonsacarle información.

Cuando le pregunté por qué no llamó a la policía, me miró con la entereza completamente agotada.

—Porque hay personas a las que los uniformes les dan alergia y, por lo que me dijo Rubén, ese era su caso por sus antecedentes…

—Algunos testigos dicen que salió huyendo. ¿Intentó retenerlo?

—¡¿Pero qué te tomaste hoy?! Ese tipo medía casi uno noventa y yo lo mismo que una boca de incendios de una película americana.

Hice lo que pude. Lo presioné para que me acompañara a comisaría a declarar, pero su compañero lo alertó de que lo estaban buscando y creyó que, en cuanto diera su versión, lo detendrían.

Correr sin fijarse en el semáforo rojo fue su última y penosa decisión.

Salas ocultó una sonrisa bajando la vista al teclado.

Nina abrió el bloc.

Rubén le había confesado que Mara era su expareja, que había utilizado el nombre de Sergio para entrar en el evento y que había recogido del suelo una tarjeta VIP que nadie reclamó para regalársela.

—Entonces él era el camarero del antifaz de lobo —precisó Salas.

Nina lo miró.

—Sí. Pretendía que su ex, Mara, quisiera volver con él por el pase VIP, aunque no lo logró y, encima, se personó en el retiro.

—¿Cómo que en el retiro?

Salas y yo nos miramos incómodos.

Aquello dejaba coja una parte de nuestra teoría.

Nina nos contó que Rubén consiguió un turno sin contrato porque sabía que Mara estaría allí.

La siguió. Vio a Samael Vane entrar en su habitación, esperó escondido en un pasillo de servicio hasta que salió.

Después llamó a la puerta. Mara abrió: estaba viva, consciente, enfadada y tenía fuerzas suficientes para echarlo sin ayuda.

—¿A qué hora? —pregunté.

—Cerca de medianoche. El encargado le mandó un mensaje preguntándole dónde estaba. Me dijo que aún lo conservaba.

—Su teléfono quedó destrozado.

—El contenido puede recuperarse. O la copia de seguridad. O el mensaje del encargado. Lo he visto en CSI .

Lo explicó con el orden de una campaña editorial, aunque estaba desmontando semanas de trabajo policial.

—¿Grabó la conversación?

—No.

—¿Alguien más la oyó?

—No.

—Entonces tenemos sus notas y su palabra.

Sus dedos se cerraron alrededor del bolígrafo.

—También tienen a Sergio, las fotografías, el cuadrante, el grupo de turnos, el encargado del retiro y un mensaje que puede fijar la hora. Investiguen. Es lo que hacen, ¿no, inspector Expósito? —preguntó con retintín.

Entonces me tendió el bloc abierto.

Observé las páginas llenas de horarios, flechas y palabras subrayadas. Nina había hecho en unas horas lo que muchos testigos no conseguían en tres declaraciones: separar lo que sabía de lo que suponía.

—¿Por qué fue a buscarlo?

—Porque Darian está encerrado y ustedes han decidido que dos cadáveres deben caber en el mismo culpable.

—Blake está detenido por la muerte de Sofía Reyes.

—Y utilizaron la semejanza entre los dos crímenes para convencerse de que, si encajaba en uno, tenía que encajar también en el otro.

Terminé la declaración, le di el acta para que la leyera y Nina corrigió dos faltas de ortografía antes de firmar. Por supuesto.

Lucía entró en cuanto abrimos la puerta.

—¿Han terminado?

—Con la señorita Goffi, sí.

—Entonces hablemos del señor Blake. Nina, espéreme fuera, por favor.

Ella alzó la nariz, nos echó una mirada fulminante y salió.

En cuanto nos quedamos a solas, la abogada fue directa al punto débil.

—Imagino que ya ha incorporado al atestado la declaración de la señorita Goffi y las pesquisas realizadas ayer. Ahora debería poner en libertad a mi cliente, el señor Blake.

—La declaración de la señorita Goffi no exonera a su cliente.

—No le estoy pidiendo que archive la causa, inspector.

Le estoy pidiendo que identifique qué diligencia urgente exige que el señor Blake continúe privado de libertad.

Ya ha declarado, han obtenido sus muestras, conocen su domicilio, su lugar de trabajo y su vehículo.

No ha intentado huir ni ha incumplido ninguno de sus requerimientos.

—Él mismo reconoció que las mordeduras eran suyas. Estuvo en el piso y no puede explicar varias horas de aquella noche.

—Y nada de eso ha cambiado desde que declaró.

Lo que ha cambiado es que la investigación del segundo crimen había dejado fuera a un hombre que estuvo tanto en el evento como en el retiro, que entregó a Mara la tarjeta encontrada junto a su cadáver y que la vio viva después de que el señor Vane saliera de su habitación.

—Serrano está inconsciente y nada lo vincula a Sofía.

—Entonces investiguen ambos hechos. Pero no conviertan la detención de mi cliente en una sala de espera mientras deciden qué teoría les resulta más cómoda.

Lucía apoyó las manos sobre la mesa.

—La Constitución no les concede setenta y dos horas.

Establece un máximo y los obliga a justificar cada minuto anterior.

Si no existe ninguna actuación inmediata que requiera mantener al señor Blake detenido, pónganlo en libertad o a disposición judicial.

De lo contrario, instaré el procedimiento de habeas corpus .

La miré. Ella sostuvo mi mirada con la misma calma con la que había sacado a Aimara de una sala semanas atrás.

Odiaba que tuviera razón.

No porque creyera que Darian Blake era inocente. La saliva, la mordida y su vacío de memoria seguían ahí. Pero la ley no exigía que me gustara soltarlo. Exigía que pudiera justificar cada minuto que lo mantenía encerrado.

Pedí a Lucía que esperara fuera y llamé al fiscal de guardia. Después hablé con el jefe del grupo. Expuse la declaración, las comprobaciones pendientes y el tiempo transcurrido desde la detención. Ninguno me dio la respuesta que quería porque no había una respuesta cómoda. Solo la correcta.

Cuando colgué, Salas seguía junto a la puerta.

—¿Qué hacemos?

Miré el acta firmada por Nina, el nombre de Rubén en el parte y la carpeta de Darian Blake abierta sobre la mesa.

Ponerlo en libertad no significaba declararlo inocente. Significaba que no podía seguir fingiendo que tener un sospechoso era lo mismo que tener una respuesta.

—Prepara la diligencia de puesta en libertad de Blake. Que deje confirmados domicilio y teléfono y reciba la advertencia de que deberá comparecer cuando sea citado.

Salas asintió y salió.

Que Rubén Serrano hubiera visto a Mara viva no era una victoria. Tenía dos mujeres muertas, un testigo inconsciente y acababa de ordenar que soltaran al sospechoso que mejor encajaba.

Ya no necesitaba otra teoría, sino encontrar al verdadero culpable.