Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 40 #3
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Capítulo 40 #3

Sirvió dos platos sin esperar respuesta. Había puesto la mesa. Dos vasos. Pan cortado. Incluso una servilleta doblada junto a mi cubierto de una forma que pretendía ser decorativa y había terminado pareciéndose a un animal herido.

Me senté.

Sandra ocupó la silla de enfrente y empezó a hablar sobre Nina, el hombre atropellado, Darian, la policía y la posibilidad de que el universo estuviera gestionado por una persona en prácticas.

No seguí todas las conexiones. Tampoco era necesario.

Su voz llenó la estancia y con ello llegó mi ansiada calma.

Durante años había considerado el silencio una señal de orden. En aquel momento comprendí que existían silencios vacíos y ruidos capaces de construir algo que siempre se me había resistido: un hogar.

Sandra dejó el tenedor.

—No te he preguntado por ella. —Me estudió durante unos segundos—. Esa cara… ¿Has discutido con…?

—Elowen.

—Sí, eso. Se me bloquea el nombre porque mi cerebro la ha archivado como reina homicida de las nieves.

Lluna resopló desde su cama.

—No hemos discutido. Está enfadada y mi padre considera que le debo una disculpa. Yo no.

Bajó los hombros y volvió a respirar con normalidad.

—A ver, tampoco quería que os enfadarais por mi culpa. Bueno, por la de Lluna. Bueno, por la suya, porque fue ella la que entró aquí protagonizando Succession : edición palacio europeo y lanzó a mi perra contra una mesa.

—No fue culpa tuya.

—Ya, pero meterme en una pareja me da urticaria. Siempre acaba alguien escaldado y normalmente soy yo, aunque no forme parte de la pareja. Tengo ese don.

Bebió un poco de agua y volvió a dejar el vaso.

—Además, han pasado tres días de mierda. Darian detenido, Nina jugando a Colombo de metro y medio, un tío atropellado… No parecía el mejor momento para sentarnos a hablar de tu prometida psicótica.

—No es psicótica.

—Imagino que solo tiene una relación creativa con el control de la ira.

La comisura de mi boca se elevó antes de que pudiera impedirlo.

Sandra me señaló con el tenedor.

—No sonrías, que intento ser madura. No necesito que me caiga bien. No soy yo quien va a casarse con ella. Pero ahora estamos aquí, tranquilos, comiendo una lasaña que todavía no ha matado a nadie y… necesito saberlo.

Se inclinó hacia delante.

—¿Es una boda concertada?

—Nuestras familias acordaron la unión.

—Lo sabía. Eso es un sí aristocrático de manual. —Entrecerró los ojos—. ¿Eres el príncipe de uno de esos países diminutos que no aparecen en Google Maps y solo existen para blanquear dinero y participar en Eurovisión?

—Si le preguntaras a mi padre, hablaría de linajes, herencias y obligaciones durante tanto tiempo que acabarías arrepintiéndote de haber formulado la pregunta.

—Eso no ha sido un no.

—Tampoco pretendía serlo.

—Madre mía. ¿Desde cuándo estás prometido?

—Desde mucho antes de conocerte. Fue un pacto entre nuestras familias.

Sus dedos se cerraron alrededor del tenedor.

—¿La quieres? Porque todo esto ha sonado muy poco a Disney y muchísimo a tratado de paz tras una guerra civil.

Podría haber construido una respuesta impecable. Hablar del respeto a mis padres, de nuestra historia compartida o de las obligaciones que no dependían del afecto.

No quise hacerlo.

—No.

Sandra parpadeó.

—Joder. Vale. No esperaba una respuesta tan directa.

—Me has hecho una pregunta directa.

—Sí, pero la gente normal da seis vueltas antes. Dice que la quiere «de otra manera», que han vivido mucho juntos, que ahora están en momentos diferentes… Luego alguien llora y empieza a sonar Pablo Alborán.

—Mi familia nunca ha destacado por la normalidad.

—Ya me había dado cuenta cuando te vestiste para ir a cenar.

Sonreí.

Su mirada descendió hasta mi boca y se quedó allí durante un segundo. Lo suficiente para que mi naturaleza se removiera otra vez bajo la piel. Sandra se obligó a apartar los ojos y clavó el tenedor en la lasaña con una concentración excesiva.

—¿Ella te quiere?

—Elowen quiere la unión. Al igual que nuestras familias.

—Tampoco es lo que he preguntado.

—Es la única respuesta que puedo darte.

—Entonces también es un no. Aunque se puso bastante celosa para no quererte.

—No estaba celosa de mí.

Sandra dejó de masticar.

—¿De qué estaba celosa?

—De lo que considera suyo e imagino que de ti.

Su expresión cambió. Apenas un instante, pero lo vi: la comprensión de que Elowen no la había tratado como una rival amorosa, sino como una intrusa que había tocado una posesión.

—Eso es todavía peor —murmuró.

El teléfono vibró sobre la mesa.

Un mensaje de mi padre. Lo abrí. Lo leí una vez. Después, otra.

—¿Qué pasa?

El mensaje no hablaba de una boda. Hablaba de un vínculo, de derechos de acceso y de una puerta que mi padre llevaba siglos intentando abrir a través de mí.

Pero Sandra no conocía ninguna de aquellas cosas. Y yo no podía mentirle.

—Mi futuro suegro ha exigido que adelantemos la boda. Mi padre ha aceptado.

Sandra se quedó inmóvil.

—¿Adelantarla cuánto? ¿A primavera?

La observé al otro lado de aquella mesa demasiado humana, con su lasaña imperfecta, su perra herida y la vida que había llenado mi casa de forma inesperada.

Durante siglos, un mes había sido menos que un suspiro.

Al mirar a Sandra, me pareció una condena.

—Dentro de un mes.