Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 40 #2
75%

Capítulo 40 #2

—No he preguntado si constan.

Los ojos del rey se endurecieron.

—No se confirmó que tuviera descendencia.

—Tampoco que no la tuviera.

No respondió.

Ahí estaba la rendija.

—La Corte Oscura perdió un manual capaz de manipular todas las especies y decidió ocultarlo.

—Decidió evitar que el resto de las cortes supiera que sus custodios habían fallado.

—Una diferencia magnífica para quienes no aparezcan muertos en una bañera.

—Mide tu tono.

—Mido el número de cadáveres. Con lo que has dicho, mucho me temo que pueden multiplicarse.

Mi padre me sostuvo la mirada. Durante un instante no fuimos rey y heredero. Solo dos criaturas antiguas decidiendo qué parte de la verdad estaban dispuestas a utilizar contra la otra.

—El matrimonio con Elowen te concederá derecho de consulta.

La pieza encajó con un sonido que no existió fuera de mi cabeza.

—Por eso elegiste esa unión.

—No únicamente.

—Pero también.

—Sí.

Era lo más cerca que llegaría a admitir que había diseñado mi vida como una llave y él tenía el cerrojo.

—Un consorte vinculado al linaje custodio puede exigir acceso al original, a los registros de consulta y al archivo de las Segundas Naturalezas —explicó—. Sin el vínculo, solo podemos solicitar información. Con él, podrás comprobarla y acceder a un conocimiento que ninguna otra corte controla.

—¿Me comprometiste con ella para entrar en una biblioteca?

—Te comprometí con ella para unir dos cortes cuyo enfrentamiento debilitaría el velo. Que esa unión permita acceder al conocimiento que necesitamos la vuelve más valiosa, no menos.

—Para ti.

—Para todos.

—No hables en nombre de todos cuando quieres decir en nombre de la Corona.

Su expresión no cambió, pero una línea de luz azul recorrió el interior de sus iris.

—Repararás el daño. Mantendrás el compromiso. Entrarás en el archivo y averiguarás quién consultó el libro, qué copias existen y qué ocurrió realmente con el volumen desaparecido.

—Investigaré el archivo.

—Eso he dicho.

—No. Has incluido el matrimonio.

—Sin el vínculo no habrá acceso, y sabes que vas a casarte con ella.

Hasta ese momento, el matrimonio había sido una obligación futura.

De pronto, tenía el peso de una sentencia.

Me acerqué a la mesa.

—No volverá a entrar en mi residencia sin invitación. No estará a solas conmigo antes de la ceremonia y no utilizará su naturaleza contra Sandra ni contra Lluna.

—Hablas de la casa como propiedad de la humana.

—Hablo de unas leyes que continúan vigentes incluso cuando incomodan a la Corte Oscura.

El rey sonrió apenas.

No había afecto en el gesto. Solo reconocimiento.

—Empiezas a sonar como un rey.

—Tal vez porque empiezo a comprender lo poco que deseo convertirme en uno como tú.

Salí antes de que pudiera responder.

La jaqueca me acompañó durante todo el trayecto. En el ascensor. En el coche. En cada semáforo de la Castellana.

Desapareció al abrir la puerta del ático.

No de forma gradual. No como un dolor que cedía. Se retiró.

El olor a comida llegó desde la cocina. Lluna dormía en una cama enorme junto al sofá, con una venda rodeándole una pata y la lengua asomando entre los dientes.

Al escucharme, levantó la cabeza, golpeó dos veces el suelo con la cola y decidió que aquello era suficiente entusiasmo para una convaleciente.

Sandra estaba frente a los fogones.

Llevaba una camiseta amplia que le caía sobre los muslos, unos pantalones cortos y el pelo recogido de cualquier manera.

La mancha de su cuello quedaba completamente visible.

También parte de los tatuajes de sus brazos, la curva blanda del vientre bajo la tela y la falta absoluta de simetría con la que ocupaba el espacio.

Los fae llevábamos milenios persiguiendo una idea de perfección tan exacta que habíamos terminado pareciéndonos demasiado entre nosotros.

Sandra no se parecía a nadie.

Tenía una ceja ligeramente más alta cuando se concentraba, un lunar cerca del codo, uñas de longitudes distintas y una pequeña marca junto a una rodilla.

Imperfecciones humanas. Accidentes del cuerpo.

Pruebas de una vida que no había sido diseñada por una corte antes de que pudiera pronunciar su propio nombre.

Quise tocar la mancha de su cuello. Recorrerla con el pulgar, probarla con la lengua y descubrir si la piel era más cálida allí. Después, apartarle la camiseta del hombro y comprobar cuánto tardaría en dejar de hablar cuando mi boca descendiera hasta su pecho.

Mi naturaleza se removió bajo la piel.

—Has vuelto. —Siguió peleándose con la lasaña sin mirarme—. He hecho lasaña. Bueno, he intentado hacer lasaña. La receta decía «montar por capas» y yo he montado una urbanización ilegal, pero todo lo que lleva queso se puede defender ante un juez.

—Huele bien.

Se giró con la cuchara de madera en la mano y una mancha de tomate en la mejilla.

—Tienes cara de que te han comunicado una subida del alquiler, una enfermedad venérea o que Netflix vuelve a cancelar una serie después de una temporada. ¿Es por Darian?

Al ver que no decía nada, añadió:

—Mejor te sientas y me lo cuentas.

—Estoy bien. Lucía está trabajando en lo de Blake.

—Eso lo dicen los hombres justo antes de tener un infarto o comprar una moto.

Sonreí. Ella respondió con otra sonrisa, pequeña y manchada de tomate.