Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

El dolor regresó al entrar en la Torre Cero.

Se instaló detrás de mis ojos antes de que las puertas del ascensor terminaran de abrirse en la planta cuarenta y dos. Las toneladas de hierro, acero y hormigón atravesaban el edificio como un esqueleto muerto.

Durante siglos había aprendido a convivir con molestias mucho peores.

Aun así, aquella me irritó.

No porque fuera más intensa que de costumbre, sino porque llevaba varias horas sin sentirla.

En el ático, cerca de Sandra, el hierro parecía perder parte de su capacidad para separarme de mi naturaleza. No desaparecía por completo. Se retiraba lo suficiente para que pudiera recordar cómo era existir sin una hoja afilada presionando el interior del cráneo.

Me negaba a convertir aquello en una conclusión. Por el momento, era una anomalía.

Una anomalía pequeña, humana y capaz de hablar durante nueve minutos seguidos sin respirar.

Mi padre esperaba frente al ventanal de su despacho. No se giró cuando entré. Contemplaba Madrid desde una altura que volvía insignificantes los edificios, los vehículos y las personas que se desplazaban allá abajo creyendo que sus decisiones les pertenecían.

Sobre la mesa descansaba una carta cerrada con un sello de obsidiana.

La Corte Oscura.

—Elowen ha regresado con una versión preocupante de lo sucedido en tu residencia.

—Me sorprende que haya esperado tanto.

Se volvió.

No parecía enfadado. El rey consideraba la ira una debilidad propia de criaturas incapaces de sostener una amenaza con educación.

—Afirma que la expulsaste de tu hogar para favorecer a la humana.

—Entró sin aprobación.

—No te he preguntado cómo entró.

—Deberías.

Sus ojos azul violáceo se estrecharon apenas. En cualquier otra criatura, el gesto habría pasado inadvertido. En él equivalía a golpear una mesa.

—La avergonzaste.

—Ella quebrantó dos protocolos antes de que yo llegara. Entró en mis aposentos sin invitación ni acompañante y empleó fuerza sobrenatural delante de Sandra.

—Contra un animal.

—Un animal de casi setenta kilos al que lanzó contra una mesa.

—La atacó.

—Después de que ella invadiera su territorio y amenazara a su dueña.

El silencio se extendió entre nosotros. No pensaba ceder.

Los altos fae no podíamos mentir. Era una limitación que los humanos confundían con honestidad porque no comprendían el espacio que podía existir entre una verdad y toda la información que esa verdad omitía.

Mi padre y yo llevábamos siglos perfeccionando aquel espacio.

—La humana no debería compartir tu residencia —dijo al fin.

—Fuiste tú quien decidió que me instalara en su edificio.

—Para observarla desde arriba, no desde tu propio piso.

—Si no vivo con ella no puedo controlar el discurso que genera alrededor de la editorial, la escritora y los crímenes.

Sandra tiene una comunidad capaz de convertir una sospecha en una certeza colectiva antes de que el Consejo redacte el primer comunicado.

Mantenerla cerca era tu estrategia; solo la he aplicado mejor.

—Instalarla en tu casa no me parece mejor.

—Su desalojo creó una oportunidad; no podía dejar que se mudara a otra ciudad.

Apoyó dos dedos sobre la mesa.

—Tu decisión fue estratégicamente correcta.

Esperé.

—Y dinásticamente desastrosa —añadió.

Ahí estaba.

—Como te he dicho, Elowen exhibió una fuerza que Sandra no debía presenciar. Hirió a su perra, la insultó y se negó a abandonar mi propiedad. Intervine de la manera más discreta posible dadas las circunstancias.

—La cargaste hasta el coche.

—Estaba herida.

—Me refería a la humana.

Lo miré.

—Sandra caminó.

—¿La acompañaste al veterinario?

—La perra le pertenece; era lo mínimo que podía hacer.

—Y después regresaste con ambas.

—Como sabes, viven conmigo.

Inclinó la cabeza.

—No has dicho nada que sea falso.

—No era mi intención.

—Tampoco has respondido.

El dolor detrás de mis ojos aumentó. No procedía únicamente del hierro.

—¿Qué respuesta buscas?

—La que explique por qué mi heredero comprometió una alianza de siglos por una mujer a la que debía vigilar.

—No comprometí la alianza. Impedí que ella lo hiciera al mostrar su naturaleza frente a una humana con miles de seguidores.

—Protegiste el velo.

—Sí.

—Y protegiste a Sandra.

No contesté.

El nombre sonó distinto en su boca. Frío. Reducido a una variable dentro de una ecuación política.

—Hiciste ambas cosas —concluyó.

—No son incompatibles.

—Todavía. La Corte Oscura exige una reparación.

—Elowen recibirá una disculpa cuando reconozca que entró sin conformidad e hizo algo que tenemos prohibido.

—Sabes que no lo hará.

—Entonces ambos conservaremos nuestras posiciones.

—La reparación no es el único mensaje que ha enviado la Corte Oscura.

Tomó la carta de la mesa y rompió el sello de obsidiana. El material se deshizo entre sus dedos como ceniza negra. Después, extendió la carta hacia mí.

El texto era breve. La familia de mi prometida siempre había considerado la concisión una demostración de superioridad. Para ellos, utilizar menos palabras convertía el veneno en elegancia.

Leí.

Había esperado una protesta por mi actuación. Tal vez incluso una amenaza contra el compromiso.

Aquello era otra cosa.

El papel contenía la constatación que mi padre había pedido al padre de Elowen.

El original del Libro de las Primeras Formas permanece en la cámara desde la última selladura. Ninguna mano ajena al linaje custodio lo ha tocado ni ha extraído de la cámara conocimiento protegido por el velo.

Volví al principio.

Después, una tercera vez.

—Hablan del original.

—Lo hacen.

—No de las copias.

—No.

—Aseguran que ninguna mano ajena a su sangre lo ha tocado.

—Correcto.

—No que ninguno de los custodios lo haya consultado.

Guardó silencio.

—Tampoco afirman que su contenido no haya salido de la cámara —añadí—. Solo que ninguna mano ajena lo retiró.

—Tu futura familia política domina el lenguaje con precisión.

—Mi futura familia política está ocultando algo.

—Eso no convierte a sus miembros en asesinos.

—No, los convierte en custodios que eligen cuidadosamente qué negar.

Dejé la carta sobre la mesa.

El Libro de las Primeras Formas era anterior a la división de las cortes. Había sido compilado después de la Primera Fractura, cuando las especies dejaron de convivir bajo los mismos pactos y comenzaron a proteger sus conocimientos hasta convertir la ignorancia ajena en una frontera.

Los nuestros habían descrito los cuerpos sobrenaturales con una minuciosidad que rozaba la crueldad. Anatomía, ciclos, compatibilidades, puntos de transformación, órganos ligados a los dones y sustancias capaces de interferir en ellos.

No era un libro de magia. Era peor: un libro de instrucciones que podría ser usado para la exterminación.

—Las fórmulas utilizadas con el vampiro y la humana del retiro parten de conocimientos que aparecen juntos únicamente en ese volumen, según lo que nos dijeron en la escuela. La Corte Oscura sabe que estamos investigándolo.

—Sabe que los compuestos comparten una estructura.

El aire de la habitación pareció enfriarse.

—¿Cómo?

—Porque les pedí acceso a los registros.

—¿Sin decírmelo?

—No necesitabas saberlo hasta comprobar que las sustancias podían proceder del libro.

—Ya lo hemos comprobado.

—Habéis comprobado que alguien conocía la fisiología descrita en él. No que alguien haya consultado el original.

—Una distinción que su carta se esfuerza demasiado en dejar clara.

Caminó hasta una vitrina cerrada. En su interior había objetos que los humanos habrían encerrado en museos y los fae conservábamos como recordatorios de errores familiares.

—El Libro de las Primeras Formas no fue la única obra creada a partir de aquel conocimiento.

Esperé.

Abrió la vitrina y extrajo una caja estrecha de madera oscura. No la abrió. La colocó frente a mí.

Reconocí el estuche. Dentro se conservaba el acuerdo firmado entre nuestra corte y los siete linajes formulistas.

Sobre la tapa había un símbolo formado por tres círculos cruzados por una rama: el emblema de la brujería de linaje.

—Los fae describieron los cuerpos —continuó—. Pero no éramos los más adecuados para traducir ese conocimiento en preparados estables. Se recurrió a varios linajes de formulistas —hombres y mujeres— vinculados a la Corte Oscura.

—¿Preparados para qué?

—Antídotos. Contenciones. Métodos para neutralizar a una criatura que hubiera perdido el control.

—Armas.

—Toda cura es un arma si se administra con otra intención.

No podía discutirlo.

—Los formulistas crearon una concordancia propia —prosiguió—. El Libro de las Segundas Naturalezas . No reproducía la anatomía. Explicaba cómo alterarla.

La caja pareció volverse más pesada sin moverse.

—¿Alterarla de qué manera?

—Cómo reducir la capacidad de sugestión de un vampiro. Cómo interferir en el cambio de un licántropo. Cómo ralentizar el cuerpo de alguien sometido a influencia demoníaca. Cómo ocultar una firma mágica. Cómo adaptar una misma base a especies diferentes.

La presión detrás de mis ojos dejó de importar.

—Ese conocimiento bastaría para neutralizar a cualquier miembro del Consejo.

—O para protegerlo.

—Seguís llamando protección a todo lo que os permite conservar el poder.

No respondió.

«Las dos sustancias. Una diseñada para quebrar el control de Darian y desordenar sus recuerdos. Otra para conservar la conciencia de Mara mientras su cuerpo dejaba de responder».

—¿Cuántos ejemplares existen?

—Existían siete volúmenes, cada uno custodiado por un linaje.

—Existían.

Apoyó la mano sobre la caja.

—Uno desapareció hace más de tres décadas.

—¿De qué linaje?

—Del aquelarre de Valdebruma.

No conocía el nombre. El hecho de que él sí y nunca lo hubiera mencionado era más relevante.

—¿Cómo desapareció?

—Una de sus formulistas fue expulsada.

—¿Por robarlo?

—Por elegir a un humano.

La frase permaneció entre nosotros.

No era una historia excepcional. Las cortes y los aquelarres habían utilizado durante siglos la pureza como otro nombre para el miedo.

—La versión oficial sostiene que la mujer murió años después —continuó—. El volumen completo no fue encontrado.

—¿Y sus descendientes?

—No constan.

Una respuesta limpia. Demasiado limpia.