Capítulo 39 #2
—Hacía extras en hoteles y caterings , como mi colega. Estaba en un grupo de WhatsApp donde mandaban turnos de última hora. Mara llevaba semanas hablando del retiro y yo sabía en qué hotel era. Cuando pidieron un refuerzo para servir la cena, me apunté.
—¿Con contrato?
Soltó una risa seca.
—Pagaban en efectivo. Me preguntaron el nombre y poco más.
Eso explicaba que no apareciera en los listados oficiales. También explicaba por qué alguien con antecedentes aceptaba turnos de mierda sin hacer preguntas.
—¿La viste allí?
—Solo fue un momento. Necesitaba hablar con ella y hacerle entender que yo la quería de verdad.
—¿A qué hora?
—No lo sé.
—Piénsalo.
Frunció el ceño.
—Cerca de medianoche. Miré el móvil porque el encargado me había escrito preguntando dónde coño estaba.
Saqué el bolígrafo y anoté la hora aproximada en el bloc.
—¿Conservas ese mensaje?
—Sí.
—No lo borres.
Me miró como si acabara de pedirle que conservara una prueba de su propia estupidez. Técnicamente, era justo lo que había hecho.
—¿Qué viste?
—A ese gurú de mierda entrando con ella en el hotel. Mara ya había estado en otro de sus retiros y yo sospechaba que estaba liada con él. Quería verlo con mis propios ojos.
—¿Los seguiste hasta la habitación?
Asintió.
—¿Qué hiciste?
—Esperar.
—¿Dónde?
—En el pasillo de servicio. Había una puerta cortafuegos cerca de su habitación. Podía quedarme detrás sin que me vieran.
—¿Cuánto tiempo?
—Casi una hora.
Mis dedos se cerraron alrededor del bolígrafo.
—¿Viste salir a Samael?
—Sí.
—¿Y a Mara?
Dudó.
—Rubén.
—Llamé a la puerta cuando él se fue. Ella abrió.
El corazón me dio un golpe.
—¿Estaba viva?
—Claro que estaba viva. Me dijo que me largara. Que no estaba con él, que no estaba con nadie y que dejara de perseguirla. Después cerró la puerta.
—¿Habló contigo?
—Ya te lo he dicho.
—Necesito que seas exacto. ¿Estaba consciente? ¿Se sostenía sola? ¿Parecía drogada, enferma o desorientada?
—Estaba enfadada. Muy enfadada. Se sostenía perfectamente y Mara nunca había sido de tomar drogas…
Anoté cada respuesta. Hora aproximada, pasillo de servicio, salida de Samael, Mara viva, consciente y capaz de echar a su ex de la puerta.
Aquello no demostraba quién la había matado, pero sí acotaba el tiempo y corroboraba que Samael había salido dejándola con vida.
—¿Se lo contaste a la policía?
Negó.
—Cuando preguntaron al personal, dije que no había visto nada.
Tengo un antecedente por vender maría. Una gilipollez de hace años, pero sigo fichado.
Si voy a la policía y cuento que usé la identidad de Sergio para colarme en un evento, que perseguí a mi ex hasta su casa, que le di una tarjeta que apareció junto a su cadáver, que después pedí un turno en su retiro para espiarla y que fui el último imbécil que habló con ella, no van a escuchar el final.
—Ahora mismo están cerrando ambos casos alrededor de mi compañero. Si tu historia demuestra que se equivocan con Mara, tendrán que revisar también todo lo demás.
—No me creerán.
—Yo te estoy escuchando.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Ahí entendí por qué había hablado. Necesitaba que alguien sostuviera durante cinco minutos la posibilidad de que hubiera sido un acosador, un tóxico y un imbécil sin convertirlo también en asesino.
—Tienes que declarar —insistí—. Con un abogado. La abogada de mi empresa es muy buena. Puede conseguirte un penalista de confianza y organizar que declares acompañado. Pero debes contar exactamente lo que acabas de decirme.
—¿Por qué te importa tanto?
La imagen de Darian esposado regresó con una precisión que me dio ganas de arrancarme el estómago y dejarlo en una papelera.
—Porque hay dos mujeres muertas y quien esté detrás sigue suelto. Tú puedes demostrar que, al menos en el caso de Mara, faltan piezas y conseguir que la policía siga investigando.
—Eso no significa que el tipo que tienen detenido no matara a ambas.
«Darian no lo hizo».
No tenía pruebas suficientes para afirmar algo así. Solo aquella certeza absurda que se me había metido entre las costillas y no pensaba marcharse.
Saqué el móvil.
Él dio un paso atrás.
—¿A quién llamas?
—A Lucía. Ya te he dicho que puede conseguirte un abogado penalista y decirnos cómo hacerlo sin que te entierres en la primera pregunta.
Su teléfono vibró.
Miró la pantalla y se quedó inmóvil. Alcancé a leer el mensaje porque la vida me había hecho bajita, no ciega.
« SERGIO: La policía está en casa. Vienen preguntando por ti. ¿Dónde coño estás? ».
Levantó la vista.
—¿Tú los llamaste?
—No. ¿Por quién me tomas?
—¡Me cago en la hostia! ¡Me tendiste una trampa!
—Si quisiera entregarte, habría venido con un coche patrulla, no con un boli y un bloc de notas.
Retrocedió.
—Tengo que largarme.
Echó a correr.
Tardé medio segundo en reaccionar. Después fui detrás, insultándolo en italiano, castellano y una variante del porteño que mi nonna habría considerado motivo suficiente para lavarme la boca con jabón.
—¡Rubén, pará ! ¡No seas pelotudo !
Llegó a la avenida sin mirar.
Yo vi el coche antes que él.
Vi el brillo del parabrisas cuando ya no quedaba distancia.
El golpe lo levantó del suelo.
Su cuerpo cayó sobre el capó, ascendió durante un segundo imposible y salió despedido hacia el asfalto. El teléfono llegó más lejos que él y se rompió contra el bordillo.
Me quedé clavada en mitad de la acera, con el nombre de Darian todavía dentro de la boca y la confesión de Rubén convertida, en un solo impacto, en una verdad que, sin Rubén consciente, nadie tenía por qué creer.