Capítulo 39
Lucía nos había asegurado que estaba trabajando para sacar a Darian cuanto antes.
Lo dijo en cuanto regresó de comisaría y la asalté en el pasillo antes de que pudiera reunirse con Ciarán.
Según ella, la detención era provisional, las pruebas podían discutirse y el falso camarero abría una línea de investigación que la policía no podía ignorar, por mucho que Javier Expósito estuviera empeñado en construir un culpable con la paciencia con la que otros montaban una estantería.
« Perfetto ».
Allora , ¿por qué llevaba toda la noche con un nudo en el estómago del tamaño de Sicilia?
No había dormido. Técnicamente, permanecí seis horas en posición horizontal, con los ojos cerrados y el edredón colocado de manera simétrica, pero aquello no podía considerarse dormir salvo que ampliáramos mucho la definición y perdiéramos todo respeto por la lengua española.
Cada vez que estaba a punto de desconectar, volvía a ver el clic de las esposas alrededor de sus muñecas.
Darian no opuso resistencia. Ni siquiera pareció sorprendido. Solo me miró con aquella calma irritante que utilizaba para corregir mis comas y hacerme sentir que podía verme por dentro, aunque llevara dos capas de sarcasmo, una de delineador y la autoestima blindada con hormigón.
«Estate tranquila».
Eso había dicho sin abrir la boca. Lo leí en sus ojos grises.
Pues no. A las tres y cuarto de la mañana busqué si los detenidos podían recibir libros.
A las tres y veintisiete valoré presentarme en comisaría con una lima escondida dentro de una edición en tapa dura.
Descarté la idea porque no tenía lima y, si compraba una por internet, el algoritmo me perseguiría durante meses con herramientas de bricolaje.
Yo, Nina Goffi. Virgo. Traductora. Mujer que hacía copias de seguridad de sus copias de seguridad y consideraba que cruzar en rojo era el primer paso hacia la caída de Occidente.
Pensando en asaltar un calabozo por el conde Pátula.
« ¡Cazzo! ».
El móvil sonó a las once y diecisiete, cuando intentaba trabajar con un mate y la misma frase sin traducir desde hacía cuarenta minutos.
Sandra.
—Sue ha encontrado al camarero.
Me puse de pie tan rápido que golpeé la mesa con la rodilla.
« Auch ».
—¿Al falso? —Me froté la articulación.
—Al verdadero. Uno de sus crimers llamó al programa después del pódcast . Dice que era el camarero que debía haber ido al evento, que se puso enfermo y que sabe quién utilizó su nombre.
—¿Quién?
—Su compañero de piso. Se llama Rubén y trabaja en un bar de Embajadores.
El nudo de mi estómago se apretó.
Sue le había pedido que fuera a la policía, como hacía con cualquier información relacionada con un caso abierto, pero él quería hablar primero con su amigo. Decía que se conocían desde hacía años y que no pensaba entregarlo sin escucharlo antes.
—O sea, que va a avisarlo.
—Exacto. Sue ya ha pasado el nombre y la dirección a la policía, pero cree que pueden tardar en moverse. Si el compañero llega antes, le da tiempo a desaparecer. Su turno empezó hace tres horas.
Miré el reloj.
—Mándame la dirección.
—Nina, no vayas sola.
— Vos tenés una cara que reconocen doscientas mil personas, Aimara no puede salir a comprar pan sin que le pregunten por los muertos y Patri llamaría la atención disfrazada de ficus. Yo soy la opción lógica.
—Eres la opción bajita.
—También. Voy a decir que me ha venido la regla y necesito irme a casa. Con todas las horas extra que acumulo, dudo que alguien tenga los ovarios de decirme nada.
—Vale, pero ten el 112 preparado y el espray de pimienta en la mano.
—Sandi, soy chiquita, no indefensa.
Dieciséis minutos después salí con el móvil cargado, la ubicación compartida con las tres y la fotografía que el camarero verdadero había enviado a Sue. No era imprudencia si llevabas documentación, un bloc de notas y un bolígrafo de repuesto. Era investigación con material de oficina.
El bar estaba en una esquina de la ronda de Valencia, con una terraza estrecha y una avenida a pocos metros por la que los coches competían por alcanzar el semáforo antes que nadie. Pedí un café, elegí una mesa desde la que veía la puerta y esperé.
Lo reconocí cuando salió a fumar.
Su descanso, supuse.
Mi oportunidad, seguro.
Era alto, llevaba el pelo largo recogido en una coleta y tenía un tatuaje geométrico en la muñeca izquierda, los mismos detalles que aparecían en varias imágenes del evento.
Tenía los hombros encogidos y la expresión de alguien que llevaba días esperando que el mundo le pasara factura.
Dobló la esquina para irse a un lateral de la calle contigua.
Fui detrás.
—Necesito hablar contigo.
Él siguió andando.
—¿Nos conocemos?
Se detuvo junto a la entrada de un supermercado y me miró.
—No sé quién eres.
—Utilizaste el nombre de tu compañero y entraste en el evento de Vetusta con un antifaz de lobo. Tu problema ahora mismo no es quién soy yo, sino cuánta gente sabe que cometiste una ilegalidad.
El color se le fue de la cara.
—¿Eres policía?
—¿Tengo cara y, lo más importante, estatura?
Me observó de arriba abajo.
—Supongo que no.
—¿Por qué te colaste?
—No me colé en ninguna parte.
—Sí lo hiciste. Yo me ocupaba del evento y el catering no pidió ningún sustituto.
Tu compañero terminó en urgencias, la empresa conservó su nombre en el cuadrante y nadie autorizó que fueras en su lugar.
Además, apareces en varias fotografías, sabías el horario, el acceso y qué tenías que decir para que te dejaran pasar.
Podemos perder diez minutos fingiendo que todo eso lo soñé o puedes contarme qué hacías allí, porque dudo que seas adicto a servir copas sin cobrar.
Miró hacia el bar y después hacia la avenida.
Calculaba salidas. Yo calculaba mentiras que podía soltarle para conseguir la verdad.
—No hice nada.
—No te he preguntado qué hiciste. Te he preguntado por qué estabas allí.
Se humedeció los labios.
—Yo no le hice nada a Mara.
El nombre quedó entre nosotros, limpio y afilado.
No moví un músculo, aunque por dentro todas las carpetas de mi cabeza acababan de abrirse.
—Yo no he mencionado a Mara.
Su nuez subió y bajó.
« Perfetto ».
—¿Qué relación tenías con ella?
—Ninguna.
—Acabas de llamarla por su nombre.
—La conocía.
—¿De qué?
Apretó la mandíbula. El cigarrillo le temblaba entre los dedos.
No parecía un asesino. Parecía un hombre acorralado, que no era lo mismo, aunque algunas veces ambos llevaran la misma cara.
—Escúchame. No soy policía y tampoco sé qué hacías allí.
Pero ya han detenido a un hombre por el primer asesinato y están buscando indicios para endosarle el segundo.
Si alguien está construyendo estas escenas para señalar a personas concretas, lo que tú sepas sobre Mara puede demostrar que miran en la dirección equivocada.
—No me van a creer.
—Eso dependerá de lo que tengas que contar.
Negó y tiró el cigarrillo al suelo.
—Van a pensar que fui yo.
—¿Fuiste tú?
Levantó la cabeza.
—¡No! Yo no la maté.
Dos personas volvieron la cabeza hacia nosotros. Él bajó la voz.
—Bien. Pues cuéntame qué hacías en la fiesta y por qué conocías a Mara. ¿Querías robar algo para revenderlo?
Me sostuvo la mirada durante unos segundos. Después se pasó ambas manos por la cara.
—No. Mara era mi novia. Mejor dicho, mi ex.
Ahí estaba.
La respuesta que no teníamos y el motivo por el que un desconocido había entrado en una fiesta que no le importaba una mierda.
—Me dejó dos semanas antes del evento —continuó—. Decía que necesitaba espacio, que no estaba bien, que tenía que solucionar cosas de la cabeza. Siempre era lo mismo. Sus traumas, que no estaba preparada, que no podía confiar…
—¿Para qué no estaba preparada?
Se removió.
—Para estar conmigo de verdad. Ni siquiera follábamos. Al principio pensé que era una de esas tías de virgen hasta el matrimonio, pero no era virgen. Por las conversaciones que habíamos mantenido, estaba claro. Simplemente conmigo nunca estaba lista.
—Que una mujer no quiera acostarse contigo no es un problema psicológico.
—¡Ya lo sé!
—No lo parece.
Me lanzó una mirada cargada de rabia, pero no se fue. La rabia era más fácil que la vergüenza.
—Creo que había otro —admitió—. Empezó a hablar con alguien y cada vez estaba más distante.
A mí apenas me contestaba, pero podía pasarse horas con el móvil.
Luego no paraba de hablar del evento: las invitaciones, los pases VIP, los regalos que solo daban allí.
Decía que haría lo que fuera por tener una de esas cosas, así que pensé que…
—Que podías comprar su vuelta con merchandising .
—Pensé que, si conseguía algo imposible, entendería que yo sí hacía cosas por ella.
—Eso no es romanticismo. Es chantaje en edición especial.
Apretó los labios, pero siguió hablando.
Su compañero llevaba toda la semana comentando el turno: horario, uniforme negro, acceso por la puerta de proveedores y máscaras guardadas en cajas.
Cuando se puso enfermo y acabó en urgencias, Rubén vio la oportunidad.
Se presentó con su nombre. Había cajas por todas partes, jefes gritando, actores buscando sus atuendos y camareros llegando tarde.
Una supervisora le preguntó el apellido, otra le colgó una acreditación al cuello y nadie le pidió el documento de identidad.
—Solo quería sacar algo de allí. Un recuerdo exclusivo.
—¿La tarjeta?
Asintió.
—No pensé que fuera importante porque nadie la reclamó. Cuando terminó el evento, le escribí a Mara y le pedí que bajara al portal. Se la di. Le expliqué que la había conseguido para ella.
—¿Y qué hizo?
—Se enfadó porque había ido a buscarla. Repitió que no quería volver, que estaba conociendo a otra persona y que la dejara tranquila. Pero se quedó el pase. Total, ¿yo qué iba a hacer con esa mierda? Pensé que quizá, después, se lo pensaría.
—¿La viste otra vez?
Hizo una mueca extraña.
Ahí estaba la siguiente carpeta.
—¿Cuándo?
No respondió.
—Rubén, ¿volviste a verla después del evento?
—En el retiro.
Lo miré fijamente.
—¿Qué hacías tú en el retiro?
Lanzó una nueva mirada hacia la avenida.