Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

El rotulador chirrió sobre la superficie blanca.

—Blake solo —expuse—. Encaja con Sofía, pero no tenemos una conexión directa con Mara ni explicación para el camarero infiltrado.

—Vane solo —prosiguió Salas—. Encaja con Mara y puede tener acceso a sustancias que no conocemos, pero no sabemos que se cruzara con Sofía.

—Ambos. Uno aporta las mordidas y el otro la logística, el acceso o el compuesto.

—¿Y la cuarta?

Miré las fotografías de las víctimas.

Sofía sonriendo en la imagen de su expediente universitario.

Mara con el pelo recogido y una camiseta de la saga.

—Alguien sabía que Sofía iba a estar con Blake y que Mara había estado con Vane. Entró cuando ellos ya se habían marchado y construyó las escenas alrededor de lo que habían hecho.

Salas frunció el ceño.

—Eso requiere conocer detalles muy íntimos.

—Y acceso a las víctimas, a sus perfiles o a las personas con las que hablaban.

El asesino no seleccionaba mujeres al azar: seleccionaba situaciones. Buscaba a alguien que pudiera vincular con el hombre adecuado y esperaba a que cada uno dejara su parte de la escena sin saberlo.

Una mordida. Una conversación privada. Un deseo confesado. Luego entraba y terminaba el trabajo.

Sentí un hormigueo desagradable en la nuca.

—No está recreando las novelas —comprendí—. Las utiliza para fabricar culpables y le dedica su obra a Aimara.

Salas miró los cuatro nombres de la pizarra.

—Entonces Blake podría ser una víctima.

—Una víctima que miente.

—Las víctimas también mienten.

—Y los asesinos dicen la verdad cuando les conviene.

El teléfono vibró sobre la mesa antes de que pudiéramos seguir.

La tensión de mi espalda cedió apenas al leerlo. Elena no exigía, no presionaba, no convertía cada conversación en un ajuste de cuentas. Llevábamos seis meses viéndonos y todavía no había intentado abrir las puertas que yo mantenía cerradas.

A veces me preguntaba si aquello era respeto o desinterés.

La primera posibilidad me resultaba más cómoda.

—Vete —ordenó Salas al ver la hora—. Yo sigo con Informática.

—Llámame si encuentran una cuenta común.

—O si Blake desarrolla colmillos durante la noche.

Lo fulminé con la mirada.

—Sigue sin tener gracia.

—Cada vez tiene más —replicó, escondiendo una sonrisa detrás de la taza.

Mi chica abrió la puerta antes de que llamara por segunda vez.

Llevaba el pelo recogido con una pinza, una camiseta amplia que le caía sobre un hombro y una mancha de harina en la mejilla. La luz cálida del recibidor suavizaba cada rincón y, durante un instante, la comisaría, las fotografías y el olor a cadáver parecieron pertenecer a otro hombre.

—Llegas tarde —me recriminó, aunque sonreía.

—Te he avisado.

—Avisar de que llegas tarde no hace que llegues menos tarde.

Me besó. Su boca sabía a vino blanco, tomate y algo dulce. La rodeé por la cintura y alargué el beso más de lo necesario, buscando en ella una sensación que no tuviera nada que ver con informes, sospechosos ni una mujer que seguía habitando demasiados rincones de mi cabeza.

Ella se separó con una risa baja.

—¿Día horrible?

—He tenido mejores.

No preguntó por el caso. Nunca lo hacía cuando notaba que no podía hablar. Se limitó a quitarme la chaqueta y colgarla junto a la suya, un gesto sencillo, doméstico, casi íntimo.

Su piso olía a especias, pan tostado y hogar.

Una palabra peligrosa.

En la cocina había una fuente cubierta con un paño, una botella de vino abierta y dos copas.

Sonaba música desde un altavoz pequeño, una canción que reconocía sin saber nombrar.

Elena había encendido una lámpara baja en lugar de las luces del techo y todo parecía pensado para que bajara la guardia sin darme cuenta.

—He intentado hacer pan de ajo —confesó mientras servía vino—. La receta decía fácil.

—Las recetas mienten.

—Por fin algo en lo que un inspector y una directora de comunicación cultural están de acuerdo.

Me pasó una copa y chocó la suya contra la mía.

—Por sobrevivir al jueves.

—Es martes.

—Entonces necesitas este vino más de lo que pensaba.

Sonreí.

Con Elena era fácil.

No había sueños de otros hombres, libros convertidos en cadáveres ni conversaciones que terminaban dejándome la sensación de haber perdido algo que nunca había entendido cómo conservar.

Uno de los muebles bajos de la cocina estaba entreabierto. Me llamó la atención que hubiera una caja negra dentro, con una cinta morada. Elena siguió mi mirada y golpeó la puerta con el talón con tan poca naturalidad que mis músculos reaccionaron antes que mi cabeza.

El inspector nunca se apagaba del todo.

—¿Qué escondes? —quise saber.

—Nada.

—Vamos, nena. Dímelo. ¿Es un conjunto nuevo de ropa interior?

Su sonrisa se tensó apenas. El cambio duró un segundo, pero llevaba demasiadas horas observando rostros para no verlo.

—Te he dicho que nada —insistió—. No me gusta que me chafes las sorpresas.

Di un paso hacia ella. Elena no retrocedió, aunque sus dedos ascendieron para cogerme la nuca y llamar mi atención.

—Estoy aquí.

—No me gustan las sorpresas. Enséñame lo que hay.

—¿Ahora eres Javi o el inspector? —inquirió, pegándose a mí.

La pregunta me hizo soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Ahí estaba el límite.

La línea entre el hombre que entraba en su casa y el que buscaba fracturas hasta en la forma de respirar de los demás.

—Contigo solo soy el hombre de la casa, nena —respondí, guiñándole un ojo.

La expresión le cambió. La tensión desapareció de su boca y soltó una carcajada.

—Pues venga, hombre de la casa, date una ducha, ponte cómodo, cenamos y después…

Me volví hacia ella.

—¿Después?

Elena me agarró de la camisa, tiró de mí y me besó despacio. Esta vez no hubo bromas. Su lengua rozó la mía y la mano que tenía en mi pecho descendió hasta la hebilla del cinturón.

—Después me demuestras que el título no te queda grande —susurró contra mi boca.

Sonreí, le di un último beso y caminé hacia la ducha quitándome la ropa por encima de la cabeza.

Era justo lo que necesitaba. Agua caliente, comida rica y una mujer dispuesta.

Sonreí sin mirar atrás.

De haber tenido ojos en la nuca, habría visto cómo Elena esperaba a que cerrara la puerta, se agachaba frente al mueble y sacaba la caja negra. Cómo acariciaba durante un instante el sello dorado antes de esconderla en un lugar donde ni el inspector Expósito pudiera encontrarla.