Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

La puerta de la celda se cerró detrás de Darian Blake y no sentí alivio. Tampoco satisfacción.

Solo el golpe metálico, el eco recorriendo el pasillo de calabozos y esa incomodidad que aparecía cuando las pruebas señalaban en una dirección, pero una parte de mi cabeza seguía mirando hacia otro lado.

Blake estaba donde debía estar. Al menos, por el momento.

Estuvo con Sofía Reyes la noche de su muerte. El camarero lo había reconocido sin vacilar. El taxista, con menos seguridad. Su coche apareció cerca del edificio, su ADN estaría repartido por la vivienda y él mismo había admitido que la mordió antes de sufrir una laguna de memoria bastante oportuna.

El sospechoso perfecto. Quizá demasiado, aunque a veces lo evidente acababa siendo la respuesta a las preguntas más complejas.

Regresé al despacho con Salas detrás de mí y coloqué las dos carpetas una junto a otra.

El fluorescente parpadeaba sobre nuestras cabezas y el café que llevaba horas junto al teclado había formado una película oscura en la superficie.

La comisaría olía a sudor viejo y cansancio anticipado, aunque todavía no era ni la hora de comer.

Sofía Reyes.

Mara Salcedo.

Dos mujeres jóvenes. Dos lectoras de mi ex. Dos escenas construidas a partir de sus novelas y dos hombres vinculados a sus últimas horas y al universo de Aimara.

Darian Blake.

Samael Vane.

Noté cómo se me tensaba la mandíbula al leer el segundo nombre.

«Concéntrate».

Abrí la declaración de la amiga de Sofía, una compañera de la facultad con la que había compartido clases, trabajos y suficientes fiestas como para saber cuándo estaba ilusionada.

Se llamaba Laura. Durante la entrevista había permanecido sentada en el borde de la silla, abrazada a la mochila, temiendo que alguien pudiera arrebatarle también aquello.

Lloró cuando tuvo que desbloquear el móvil y enseñarnos los últimos mensajes de Sofía.

No lo hizo al hablar del cadáver ni de la bañera.

Lloró al encontrar un audio en el que su amiga se quejaba de un profesor que pronunciaba mal a Virginia Woolf.

La muerte tenía esas crueldades pequeñas.

Te permitía soportar una fotografía forense y te destrozaba con una voz riéndose de una gilipollez.

Sofía le había contado que estaba viendo a alguien mayor. Culto, reservado, misterioso. Un hombre que hablaba de libros convencido de que el resto del mundo los había leído mal.

Blake encajaba en cada palabra con la precisión desagradable de una llave entrando en su cerradura.

También le había enviado un mensaje por Telegram la tarde de su muerte en un chat oculto. Estaba nerviosa, pero no asustada. Había conseguido convencerlo para cumplir una de sus fantasías favoritas, la del capítulo diecisiete: la bañera, las mordidas, el vampiro.

Laura creyó que hablaba de juegos sexuales con un hombre algo excéntrico. No conocía su nombre ni lo había visto en persona. Lo único que sabía era que su amiga llevaba semanas esperando aquella cita y que había enviado una fotografía del vestido extendido sobre la cama junto a una pregunta:

«¿Demasiado?».

Debajo, Laura había respondido:

«Para que te lo quite a bocados, perfecto».

Cerré los ojos durante un segundo.

Sofía estaba contenta.

Eso eliminaba la fuerza y la amenaza del encuentro inicial, pero no a Blake. Una relación consentida podía terminar en homicidio. Una mujer podía abrir la puerta por voluntad propia y descubrir demasiado tarde que había dejado entrar al hombre equivocado.

Miré la fotografía de Darian.

Su dentadura no coincidía.

Sin prótesis. Sin fundas. Sin modificaciones visibles. Sin una explicación humana para unas marcas que él aseguraba haber causado, aunque hacerlo fuera imposible.

Podía estar mintiendo sobre cómo lo hizo.

Podía haber utilizado algún dispositivo que ya no conservaba.

O podía haber alguien más: alguien con una prótesis o una dentadura capaz de reproducir aquellas marcas.

Pasé a la carpeta de Mara.

La conversación con su hermano había sido distinta. No lloró. Mantuvo las manos cerradas sobre las rodillas y respondió a cada pregunta con una exactitud que parecía ensayada. Solo perdió el control cuando Salas le preguntó cuándo había hablado con ella por última vez.

La llamó el mismo día de su muerte. Mara no contestó.

Le envió una fotografía de una estantería que había encontrado en oferta porque sabía que su hermana ya no tenía sitio para más libros. El mensaje seguía sin leer.

Describió a Mara como una mujer absorbida por aquel universo. Tenía todos los libros de Aimara, varias ediciones repetidas, láminas, velas, marcapáginas y cajas compradas de segunda mano cuando no conseguía acceder a la venta original.

Vinted. Wallapop. Grupos privados.

Mara rastreaba objetos difíciles de conseguir con el compromiso de un coleccionista y el entusiasmo de alguien convencido de que cada edición nueva completaba una parte de sí misma.

También había regresado distinta tras la primera vez que asistió al retiro.

Más animada. Ilusionada. Había comentado que estaba empezando a conocer a alguien, pero no reveló quién. Su hermano pensó que se trataba de una relación reciente y prefirió no presionarla porque Mara protegía cualquier cosa que todavía no considerara segura.

Luego apareció muerta en mitad de lo que parecía un ritual satánico.

La última persona conocida que estuvo a solas con ella fue Samael Vane.

Casi tres cuartos de hora en una habitación cerrada, sobre los que no había querido contar una mierda.

«Confidencialidad».

Aquel cabrón utilizaba palabras correctas para convertir sus silencios en virtudes y sus orgasmos a distancia en material que codiciar.

Recordé su expresión al marcharse de comisaría. La serenidad. La seguridad con que había transformado cada pregunta en una provocación y cada indicio en un defecto de mi investigación.

Después estaba Aimara.

Aimara mirándolo en el retiro como nunca me había mirado a mí, abierta de piernas, entregada, jadeando delante de aquellas treinta elegidas mientras aquel cabrón la llevaba al borde sin tocarla, o eso decía.

Tenía ganas de partir la mesa con el puño.

—Te vas a cargar los dientes —advirtió Salas.

Dejó un café recién hecho sobre mi mesa. El olor amargo se mezcló con el del que llevaba horas pudriéndose junto al teclado.

—¿Qué?

—Llevas cinco minutos apretando la mandíbula.

—Estoy pensando.

—En Vane.

—En las víctimas —repliqué demasiado rápido.

Salas arrastró una silla y se sentó al otro lado de la mesa. Llevábamos cinco años trabajando juntos. Sabía cuándo mentía, cuándo estaba cansado y cuándo necesitaba que me dijeran una verdad que no quería escuchar. Lo peor era que nunca parecía disfrutar haciéndolo.

—No son cosas incompatibles —señaló—. El problema es que cada vez que aparece Vane, dejas de preguntarte qué hizo y empiezas a preguntarte si le está comiendo el coño a tu ex.

Un latido me golpeó la sien.

—No metas mi vida personal en una investigación por homicidio.

—Tú la metiste el primer día, cuando la interrogaste convencido de que te debía una explicación por escribir sobre ese capullo.

Me incliné hacia él.

—La interrogué porque su libro estaba junto a un cadáver.

El silencio cayó entre los dos. Fuera sonó un teléfono, alguien se rió al fondo del pasillo y una impresora comenzó a escupir hojas con ese ruido mecánico que parecía diseñado para irritar a cualquier ser humano con terminaciones nerviosas.

Salas sostuvo mi mirada. No había reproche en la suya, solo preocupación.

—Tengo a un hombre detenido —murmuré— que estuvo con Sofía, la mordió, ocultó la relación y no recuerda cómo llegó a casa.

Tengo a otro que estuvo a solas con Mara, se niega a explicar qué ocurrió y conoce a Aimara de una forma que podría hacerme entender qué tiene para que las mujeres estén dispuestas a ponerse en sus manos. No estoy imaginando conexiones.

—No —concedió—. Pero algunas te molestan más que otras.

Aparté la vista y giré la pantalla hacia él.

—Informática ha revisado los perfiles principales de las dos. Redes sociales, foros literarios, grupos de compraventa y cuentas secundarias conocidas. Ambas seguían contenido de romantasy , participaban en comunidades y comentaban publicaciones sobre la saga.

Salas hojeó el informe.

—Eso incluye a media comunidad de BookTok.

—Lo sé. De momento no han encontrado mensajes entre ellas, cuentas compartidas o grupos privados en los que coincidan de forma directa.

—Entonces no se conocían.

—Entonces todavía no hemos demostrado que se conocieran —corregí.

Ambas veneraban el mismo tipo de historias.

Seguían cuentas que prometían explicar por qué los villanos amaban mejor, por qué el monstruo adecuado podía entenderte y por qué una mordida ficticia resultaba más segura que una relación humana.

Habían comentado vídeos, guardado fanarts y compartido teorías.

Miles de mujeres hacían lo mismo. Eso diluía el valor de la coincidencia y escondía cualquier conexión dentro de una multitud.

Salas dio un sorbo al café.

—El compuesto sí las conecta.

Asentí.

La sustancia encontrada en la sangre de Mara compartía el mismo perfil bioquímico base que los restos hallados en el vino de Sofía.

Distinta concentración. Misma formulación artesanal.

No figuraba en ninguna base farmacológica conocida y el laboratorio seguía intentando separar sus componentes sin llegar a una conclusión definitiva.

Aquello no era fandom . Era método.

—Un mismo asesino —aventuró Salas.

—O más de uno utilizando la misma sustancia.

—¿Blake y Vane?

No respondí de inmediato.

La hipótesis encajaba mejor de lo que me gustaba.

Blake aportaba el contacto físico con Sofía. Vane tenía acceso a Mara, conocimientos sobre los libros y una red de seguidores dispuestos a contarle sus intimidades con una vela encendida, música relajante y la promesa de que nadie los juzgaría.

Podían trabajar juntos. También podía ser que uno estuviera cubriendo al otro o que alguien los utilizara a ambos.

Me puse en pie y escribí cuatro posibilidades en la pizarra.

DARIAN.

SAMAEL.

DARIAN + SAMAEL.

TERCERO/S.