Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 37 #2
67%

Capítulo 37 #2

El segundo reconocimiento se practicó por separado.

El taxista necesitó más tiempo. Pidió vernos de perfil y de frente otra vez.

Finalmente señaló mi posición, aunque dejó claro que aquella noche estaba dentro de su vehículo, había poca luz y solo me observó durante unos segundos mientras yo estaba de perfil, según pude oír.

No era una identificación absoluta.

Tampoco necesitaba serlo.

Cuando entramos en la sala de interrogatorios, Javier ya estaba sentado. Salas ocupó una silla a su derecha. Lucía se acomodó junto a mí y colocó su libreta cerrada sobre la mesa.

La grabación comenzó.

Javier comprobó la hora, identificó a los presentes y me recordó otra vez que podía no declarar. No había rastro del hombre que había perdido el control delante de Samael. Su voz era tranquila, las preguntas estaban preparadas y cada documento sobre la mesa ocupaba el lugar que debía.

El inspector Expósito podía ser muchas cosas.

Podía ser un imbécil cuando Aimara entraba en la ecuación. En una sala de interrogatorios, no lo era.

—¿Conocía a Sofía Reyes?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Unos cuatro meses antes de su muerte.

—¿Qué tipo de relación mantenían?

—Sexual. Esporádica. Consentida.

—¿Estuvo con ella la noche del homicidio?

—Sí.

Javier no cambió de expresión.

—¿Por qué no acudió a la policía cuando supo que había muerto?

—Porque no soy el asesino y no tengo la mala costumbre de ir alardeando de las mujeres con las que me acuesto.

—No le he preguntado cuántas mujeres hay en su vida ni le he pedido una lista de sus hábitos sexuales.

—Javier apoyó una mano sobre la carpeta—.

Le pregunto por qué, cuando descubrió que una mujer con la que había estado unas horas antes apareció asesinada, decidió ocultar que había sido probablemente la última persona que la vio con vida.

—Cuando me marché, Sofía estaba viva. Mi intimidad con ella no parecía relevante y la justicia rara vez agradece que uno se entregue voluntariamente como sospechoso. Sabía que cualquier cosa que dijera me colocaría en esta silla.

—Eso no es una explicación. Solo lo hace parecer culpable.

Lucía abrió la libreta, pero no intervino.

—El camarero del bar lo ha reconocido —continuó Javier—.

El taxista también, aunque con reservas.

Tenemos imágenes de un vehículo registrado a su nombre en las inmediaciones del edificio y su perfil genético será comparado con los restos encontrados en la vivienda.

¿Sigue considerando que su presencia no era relevante?

—Considero que demuestra que estuve allí. No que la matara.

—¿La mordió?

Lucía dejó de escribir. Ya conocía la respuesta; lo que cambiaba era que ahora quedaría grabada.

—Sí.

—¿En el cuello?

—Sí.

—¿Y en el monte de Venus?

—También.

Salas dejó de escribir durante un segundo.

Javier deslizó hacia mí dos fotografías. No las miré. Las conocía con más detalle del que habría deseado.

—Su dentadura no coincide con estas heridas.

—Eso parece.

—Sin embargo, admite que las causó.

—Admito que la mordí. No puedo asegurar que las heridas que aparecen en esas fotografías sean las mismas que dejé.

—¿Sugiere que alguien las manipuló?

—Es una posibilidad.

—¿Quién?

—Si lo supiera, esta conversación sería bastante más breve y usted tendría a su asesino.

Javier juntó las manos.

—Cuénteme la noche completa.

Le hablé del bar, de Sofía, de su invitación, del vino y de la bañera. No describí su cuerpo ni lo que habíamos hecho más allá de lo imprescindible. La muerte no convertía su intimidad en propiedad pública.

—¿Quién abrió la botella? —preguntó.

—Ella.

—¿La vio hacerlo?

Recordé la copa servida cuando entré en la cocina. El sabor bajo el vino. Dulce y metálico.

—No.

—¿Qué ocurrió tras la segunda mordedura?

El silencio duró demasiado.

Lucía colocó dos dedos sobre mi antebrazo.

—Mi cliente no responderá a esa pregunta.

Javier no la miró.

—¿Por qué?

—Reformule la pregunta. ¿Quiere conocer detalles sexuales o saber cuál es el último momento que mi cliente recuerda con certeza mientras estuvo con la fallecida?

—Sabe perfectamente que me refería a lo segundo. Encontramos una sustancia sin identificar en la sangre de Sofía y restos del mismo compuesto en el vino. Usted bebió de esa botella. Si cree que fue drogado, ocultarlo tampoco lo ayuda.

—No sé qué contenía el vino —respondí—. Sé que el sabor era distinto y que mi recuerdo de lo ocurrido a partir de ahí tiene ciertas lagunas.

—¿Pudo volver y matarla?

—No.

Salas y Javier intercambiaron una mirada rápida.

—¿Cómo regresó a su domicilio? —preguntó Javier.

—Mi coche estaba en el garaje a la mañana siguiente. No recuerdo haberlo conducido.

Lucía cerró los ojos un instante.

Javier se reclinó en la silla. No parecía satisfecho y eso resultaba mucho más peligroso.

—Entiende por qué está detenido.

—Entiendo lo que parezco ser a sus ojos, que no es lo mismo.

—Eso es lo que usted dice, señor Blake.

Lucía levantó una mano antes de que Javier continuara.

—Hay información nueva relacionada con el segundo crimen que debe incorporarse al atestado.

Abrió su maletín y sacó varios folios. Reconocí el membrete del servicio de catering contratado para el evento y la información que había duplicado para enseñársela a Nina.

—Mi cliente recibió cierta información cuando ustedes llegaron a Vetusta. Fernando Ortega, responsable de la empresa, ha localizado al empleado que figuraba asignado al puesto del camarero con antifaz de lobo.

Javier cogió los documentos.

—¿Qué tiene que ver con Sofía Reyes?

—Directamente, nada. Con Mara Salcedo, bastante.

En las grabaciones del evento, ese camarero recoge la acreditación VIP que acabó en manos de Mara.

El problema es que el trabajador cuya identidad aparece en el cuadrante afirma que no acudió esa noche.

Avisó de que estaba enfermo y entregó su acreditación a la empresa.

Alguien ocupó su lugar sin que conste como sustitución oficial.

Salas extendió la mano. Javier le pasó el primer folio.

—¿La empresa lo ha confirmado? —preguntó.

—El señor Ortega ha remitido el cuadrante, el parte de baja y el correo con el que el empleado avisó. También asegura que nadie autorizó formalmente un sustituto, así que alguien debió colarse. Mi cliente no figuraba entre los invitados ni entre el personal.

Javier leyó el primer folio, regresó al correo y comprobó el cuadrante. Cuando levantó la vista, ya había tomado una decisión.

—Salas, llama al dueño de la empresa de catering . Quiero la documentación original, la identidad de todos los empleados que accedieron a vestuario y las cámaras de carga y descarga. Averigua quién recogió esa acreditación y se infiltró.

Salas se levantó con los papeles.

—Ahora mismo.

Javier volvió a mirarme.

—Esto no cambia los indicios contra usted. Que no figurara entre los asistentes no impide que pudiera hacerse pasar por el camarero.

—No he dicho que los cambie.

—Entonces, ¿por qué fue con la señorita Goffi a investigarlo?

—Las dos víctimas mantuvieron contacto íntimo con alguien vinculado al mundo que recrean las escenas. Quien las eligió sabía dónde mirar y yo no creo en las coincidencias cuando llevan acreditación y uniforme.

El interrogatorio terminó al cabo de unos minutos.

No me soltaron. Aún quedaban diligencias por cerrar y un atestado que preparar antes de decidir qué hacer conmigo. Me devolvieron a la zona de custodia sin reloj, sin cinturón y sin la estilográfica.

Salas apareció antes de que Javier cerrara la puerta de la celda.

—El señor Ortega ha confirmado la llamada. El empleado estaba en urgencias esa noche. La acreditación se recogió, pero no hay firma legible.

—Qué oportuno.

—Seguimos comprobando los vídeos y pediremos las grabaciones de las cámaras de tráfico y de las empresas adyacentes.

Asentí. La puerta se cerró con un golpe seco y Javier me dedicó una última mirada de sospecha antes de irse.

Me senté en el banco de obra y repasé los hechos sin conceder espacio al miedo. Sofía. El vino. La mordida. Mi memoria vacía. Mara. La tarjeta. Un hombre disfrazado de camarero utilizando el nombre de otro.

Quien había preparado la bañera no solo sabía que mi ADN estaría allí. También había contado con las marcas, con mi silencio y, quizá, incluso con mis colmillos.

La policía no me había encontrado dentro de aquella escena.

Alguien me había colocado allí con mi ADN, mi coche y una mordida imposible de atribuir a mi dentadura humana.

La pregunta ya no era por qué querían convertirme en asesino.

Era quién sabía tanto de mí como para fabricar un culpable con mis propios secretos.