Capítulo 37
Había llevado grilletes en tres siglos diferentes.
Los primeros fueron de hierro, pesaban más que el hombre encargado de cerrarlos y venían acompañados de un sacerdote convencido de que podía expulsar al demonio que habitaba en mí.
Los segundos, de plata, los encargó un noble francés cuya esposa tenía gustos más interesantes que él.
Los terceros eran de acero inoxidable, fabricación industrial y mecanismo de doble cierre.
La humanidad había mejorado mucho las esposas.
La imaginación, no tanto.
Salas me indicó que inclinara la cabeza antes de introducirme en el coche.
Obedecí. Golpearme contra el marco no me preocupaba.
Tampoco las manos sujetas. Destrozar un vehículo policial delante de seis trabajadores de Vetusta, en cambio, habría complicado una situación ya bastante cargada de cadáveres, secretos y decisiones cuestionables.
Javier ocupó el asiento delantero. No se giró durante el trayecto.
Salas se sentó a su lado y me observó por el retrovisor interior. Los humanos solían confundir cooperación con incapacidad y se sorprendían cuando la diferencia les arrancaba una puerta de sus goznes.
Miré por la ventanilla, hacia la entrada de la editorial. Busqué a Nina.
Primero llegó la sorpresa. Luego, el mosqueo.
Aquella segunda expresión, justo cuando me esposaban, me hizo sonreír por dentro antes de que el coche doblara la esquina.
Tenía los brazos pegados al cuerpo y se quedó inmóvil.
Cualquier movimiento parecía capaz de convertir la detención en una certeza.
No intenté imaginar qué se estaría diciendo por dentro.
No podía oírla desde aquella distancia y fue mejor así.
«Tienes que salir de esta, Blake».
Era un consejo sensato.
Por desgracia, llevaba dos años ignorando mis propios consejos cuando Yanina Goffi estaba implicada.
Me habían informado de mis derechos en el pasillo de Vetusta y volvieron a hacerlo al llegar a comisaría.
Derecho a guardar silencio. Derecho a no declarar contra mí mismo.
Derecho a designar abogado. Derecho a comunicar la detención a una persona.
También me entregaron por escrito los hechos que se me atribuían, los motivos de la detención.
—Lucía Monreal —respondí cuando me preguntaron por la asistencia letrada.
Podría haber tirado de Marcellus para que él se ocupara; sin embargo, Lucía había resultado ser una abogada de lo más inteligente y prefería mantener a los míos en un segundo plano.
El agente que cumplimentaba el formulario no levantó la cabeza.
—Ya viene de camino.
Ciarán.
No necesitaba verlo para saber que había movilizado a la abogada antes de que el coche abandonara la editorial.
El fae podía considerarme una criatura derivada, un riesgo político y una molestia administrativa, pero no era estúpido.
Sabía que mi detención no iba a quedarse entre cuatro paredes.
En menos de una hora habría fotografías en las redes, teorías sobre mi implicación y varios montajes comparando mi mandíbula con la del asesino de la saga.
Me retiraron el móvil, la cartera, el reloj, el cinturón, la estilográfica y los cordones de los zapatos. Cada objeto quedó registrado dentro de una bolsa transparente. Por lo visto, mi reloj y mis cordones podían organizar una fuga sin necesidad de contar conmigo.
El agente sostuvo mi reloj entre dos dedos.
—Marca y modelo.
—Vacheron Constantin. Un encargo de Les Cabinotiers. Pieza única.
Buscó algo en el formulario.
—No me aparece el modelo.
—Porque no existe otro.
Levantó la vista.
—¿Valor aproximado?
—No sabría calcularlo.
—Necesito una cifra.
—Entonces tendrá que esperar a que fabriquen otro y salga a subasta.
El hombre contempló el reloj de platino, discreto hasta parecer inofensivo, antes de mirarme a mí.
Lo envolvió con más cuidado que la pluma.
Me tomaron las huellas y me fotografiaron de frente y de perfil. La cámara dejó escapar dos destellos que soporté con la resignación de quien había sobrevivido a retratos al óleo, daguerrotipos y una etapa especialmente lamentable de la fotografía con fondos de nubes.
Me condujeron a una sala pequeña y permanecí allí hasta que llegó Lucía.
Entró acompañada por un agente, dejó el maletín sobre la mesa y esperó a que la puerta se cerrara. Llevaba el pelo recogido, un traje gris oscuro y la expresión de quien había tenido que cancelar algo caro por culpa de la incompetencia ajena.
—El señor Ashveil me ha llamado hace cuarenta y siete minutos —dijo mientras se sentaba—. No ha utilizado la palabra preocupado, pero ha conseguido pronunciar su nombre cuatro veces sin insultarlo. Imagino que eso equivale a que quiere que lo saque de aquí cuanto antes.
—Es posible.
—También ha dicho que lo represente, que no permita que haga ninguna estupidez y que, si ha matado a esa mujer, me lo cuente.
Lucía abrió una libreta.
—No la maté. Tengo lagunas sobre el final de nuestro encuentro.
—Perfecto. Ahora vamos a comprobar cuánto daño puede hacernos con el resto de la verdad. ¿Conocía a Sofía Reyes?
—Sí.
—¿Mantenía una relación con ella?
—Nos veíamos de manera esporádica.
—¿Estuvo en su casa la noche de su muerte?
—Sí.
El bolígrafo se detuvo.
—¿Mantuvieron relaciones sexuales?
—Sí.
—¿La mordió?
La pregunta quedó entre nosotros.
Lucía levantó la vista.
—Necesito los detalles. La policía tiene fotografías de dos mordeduras, restos biológicos masculinos y dos testigos que, al parecer, lo sitúan con ella. No es el mejor momento para proteger su reputación de caballero discreto.
—La mordí.
—¿En el cuello?
—Y en otro lugar más íntimo. Todo fue consentido. Sofía disfrutaba de esos juegos.
Asintió sin juzgarme.
—¿Seguía viva cuando se marchó?
—Sí.
Aquella respuesta salió sin vacilación. La certeza permanecía incluso dentro de los espacios vacíos de mi memoria. Sofía respiraba. Estaba satisfecha, agotada y viva. A partir de ahí solo quedaban fragmentos: el sabor extraño del vino, el agua, su piel y una oscuridad demasiado espesa.
—¿A qué hora salió?
—No estoy seguro. Ya le he dicho que tengo lagunas.
Lucía cerró la libreta.
—Pues ahí tiene el hueco por el que intentarán colarle un homicidio entero.
—Soy consciente.
—No, no creo que lo sea. Ha ocultado que era la última persona conocida que estuvo con la víctima, sus restos aparecerán en la escena y ni siquiera puede decir a qué hora se marchó. Expósito no necesita ser un genio. Solo necesita ordenar los hechos sin hacerle ningún favor.
—No espero que me lo haga.
—Más le vale confiar en que yo sepa desordenar los hechos antes de que Expósito termine de colocarlos.
La puerta se abrió unos minutos más tarde. Salas informó de que solicitaban mi consentimiento para tomarme una muestra mediante frotis bucal. Lucía pidió el documento, lo leyó completo y me explicó las consecuencias con una claridad que habría resultado ofensiva en cualquier otra circunstancia.
—Puede negarse. Pedirán autorización judicial y, tratándose de un homicidio, es probable que la obtengan. Además, su negativa no va a quedar precisamente bonita en el atestado. Ya ha admitido que mantuvo relaciones con ella. Que su ADN esté allí es compatible con su versión.
—Acepto.
Firmé.
Un técnico introdujo dos bastoncillos dentro de mi boca y los frotó contra el interior de las mejillas. Varios siglos de discreción, cambios de identidad y documentación construida con longanimidad podían terminar reducidos a unas células pegadas a algodón esterilizado.
La modernidad tenía muy poco respeto por el misterio.
También solicitaron fotografiar mi dentadura y realizar una exploración odontológica. Lucía dejó constancia de que consentía una inspección visual y las fotografías, pero no cualquier intervención distinta sin que se especificara por escrito.
Un odontólogo forense me hizo sentar bajo una lámpara, me colocó un separador y examinó mis dientes durante demasiado tiempo.
—Los caninos son normales —comentó—. No se corresponden con las marcas.
—Una tragedia —murmuré con la boca abierta.
Lucía me lanzó una mirada.
El facultativo tomó varias fotografías y midió la distancia entre mis caninos. No coincidían con las perforaciones de Sofía. Era imposible que lo hicieran mientras permanecieran retraídos.
—¿Ha utilizado alguna vez prótesis dentales? —preguntó Salas desde un lateral.
—No.
—¿Implantes removibles? ¿Fundas? ¿Algún tipo de colmillo para prácticas sexuales?
—He conseguido mantener relaciones sin recurrir al atrezo.
Salas no se ofendió. Anotó la respuesta.
«Mierda. A Nina le había dicho que tenía colmillos retráctiles». Solo esperaba que, si le preguntaban, no me dejara con el culo al aire.
El problema no era que mi dentadura humana no coincidiera.
Era que mis colmillos eligieran aquel momento para aparecer.
Respondían al deseo, no a órdenes ni a exploraciones forenses.
Aun así, me obligué a mantener la cabeza lejos de Nina, de su boca insultándome en italiano y de aquella tarde en el sótano cuando había pensado en mis manos sobre sus pechos mientras fingía discutir una traducción.
«Piensa en otra cosa».
Pensé en Aodhan y los miembros rancios del Consejo.
Funcionó de inmediato.
Me trasladaron a una sala diferente. Lucía permaneció conmigo mientras organizaban una rueda de reconocimiento.
Habían reunido a cinco hombres de edad, altura y constitución semejantes a las mías.
La semejanza terminaba ahí, pero supuse que la policía no disponía de un almacén de traductores de metro ochenta y cinco con abrigo a medida.
Nos colocaron uno junto a otro.
El primer testigo fue el camarero del bar de Malasaña. No pude verlo, aunque, cuando agucé el oído, reconocí su voz amortiguada al otro lado del cristal. Había servido copas a Sofía y a mí en tres ocasiones. La última, la noche en que murió.
Tardó menos de cinco segundos.
—El número cuatro.
—¿Está seguro?
—Sí —afirmó.
Yo era el cuatro.