Capítulo 36
Dieciséis años antes
No debería haber estado allí.
El garaje de los López tenía una puerta lateral que nunca cerraba bien y un cuarto pequeño al fondo donde guardaban cajas, herramientas y muebles que nadie utilizaba. Yo conocía el hueco desde niña. También sabía que Mateo me habría arrancado las orejas si me encontraba allí aquella noche.
Los López se habían ido esa tarde a visitar a unos familiares con sus hijos menores. Cuando avisaron a Rómulo y Remo de que no regresarían hasta el día siguiente, ellos decidieron llamar a algunos amigos del equipo y montar una pequeña fiesta improvisada. Como era lógico invitaron a mi hermano.
Papá y mamá no tenían ni idea de que los padres de Rómulo y Remo no habían vuelto, y yo simplemente seguí la música.
Mis padres estaban fritos en el sofá viendo una de sus series y, cuando eso ocurría, solían pasar un par de horas antes de que se despertaran y se fueran a la cama.
No entrarían en mi cuarto porque para ellos yo ya estaba dormida.
Esta vez no había seguido a Rómulo y Remo.
Había visto cómo entraban acompañados por una chica mayor que yo y sentía curiosidad por ver cómo se divertían con amigos.
Así que aguardé hasta cerciorarme de que nadie vigilaba el lateral y me colé con el cuaderno escondido bajo la sudadera.
Una nunca sabía cuándo iba a toparse con algo interesante que dibujar. Y más cuando se trataba de ellos.
Desde el cuarto de las cajas se veía una parte del garaje a través de una abertura de la puerta.
Lo suficiente para distinguir cuerpos, besos y manos buscando un lugar donde apoyarse.
No necesitaba más. Nunca lo necesitaba. Mi cabeza completaba lo que los ojos no alcanzaban y los dedos lo trasladaban al papel antes de que pudiera pensar si estaba bien.
Di gracias porque allí abajo estaban ellos dos y no Mateo, practicando francés con alguna chica antes de marcarse un triple.
Para triple, el que tenía a unos metros.
Los dibujé a los tres mientras la ropa caía, los jadeos ascendían y solo quedaba piel.
La letra de Rude Boy de Rihanna hizo que tragara con fuerza.
Comencé a sudar. No solo por el calor de la estancia, sino porque la temperatura de mi cuerpo había empezado a ascender, sobre todo cuando la chica se sentó sobre Rómulo, dándole la espalda, con las manos de este en su delicada cintura para hacerla subir y bajar, mientras que Remo agarraba su pelo y conducía la boca femenina hasta su miembro.
Los pequeños pechos rebotaban. Una fina capa de sudor cubría sus músculos con un brillo que me apetecía lamer.
La sucesión de jadeos, gruñidos y cuerpos entrechocando hizo que me detuviera para llevar la mano al interior de mi pantalón corto.
Había perdido la noción de cuántas veces me había masturbado ya espiándolos. Era consciente de que no estaba bien ni aquello ni sentirme celosa de aquellas chicas que tenían lo que yo más anhelaba.
Estaba empapada cuando los ojos de Rómulo enfocaron hacia la ranura desde la que los espiaba. Me detuve un instante, con la adrenalina disparada, por si me estaba viendo, lo cual era imposible.
Lo vi sonreír, morderle el hombro a la chica y ascender por el cuerpo hasta los pezones.
Se los pellizcó y los míos se pusieron duros en respuesta.
«Joder».
Tenía ganas de gemir, de ser yo…
Desvié la mirada hacia el trasero desnudo de Remo, que empujaba sin compasión.
Su compañera de juego parecía encantada de recibir a los dos.
Seguí tocándome cada vez más rápido, mordiendo mi antebrazo para ahogar mis jadeos, hasta que vi cómo se tensaban.
Primero, la chica, cuyo grito quedó silenciado por la erección de Remo.
En cuanto ella se corrió, él salió de su boca, se quitó el condón y se puso a masturbarse, a la par que Rómulo la hacía rebotar con violencia.
El primer chorro impactó contra sus pechos y ella se los acarició.
La imagen me puso tan cachonda que propició mi propio estallido y, cuando me corrí, Rómulo lo hizo a los pocos segundos.
«¡Dios!».
Sabía que no estaba bien lo que hacía y, sin embargo, no podía parar de colarme, de buscarlos con la mirada cuando intimaban.
Cogieron una toalla y la limpiaron. Remo se subió los pantalones y la chica se vistió.
—Acompáñala a casa —dijo Rómulo, que se había quedado repantingado en el sofá sin mover un músculo.
La espalda de Remo se tensó. Le respondió algo a su hermano que no escuché.
Finalmente, ambos salieron de la estancia y solo se quedó él, que volvió a sonreír en mi dirección.
No era posible que supiera que estaba allí.
Se habría detenido, ¿no?
Se puso en pie sin cubrirse y anduvo hacia la abertura.
Me quedé inmóvil y saqué la mano de mis bragas con el pulso acelerado.
Rómulo lo sabía. Lo había sabido todo el tiempo. Esperé. Un minuto. Quizá dos, con la respiración contenida.
—Puedes salir de ahí, pequeña espía. Si tengo que abrir yo, será mucho peor.
Se me cayó el lápiz. Cerré el cuaderno con demasiado ímpetu.
No había ninguna salida que no pasara por descubrirme ante él. Tragué con fuerza. Estaba jodida y ahora debía asumir las consecuencias. Abrí la puerta despacio y aparecí con mi libreta de dibujo pegada al pecho.
Rómulo no se había puesto ni la camiseta; cubrirse para hablar conmigo era una cortesía que no pensaba concederme.
—Yo… yo no sabía que estabais aquí.
—Claro que no —respondió cínico.
—Si lo sabías, ¿por qué no has parado? ¿Cómo has sabido que estaba aquí?
—Cuando uno está con una chica excitada, es de mala educación no darle lo que tú mismo has provocado. Y lo he sabido porque hueles a kilómetros.
Estuve tentada a olisquearme las axilas.
—¿Qué haces aquí, peque?
—He oído música.
—Y has decidido entrar, esconderte y ponerte a dibujar.
—Solo quería saber cómo era una fiesta y plasmarla. No estaba mirando.
Crucé los dedos, él sonrió.
—No me mientas. Te gusta mirar y vernos follar —al escuchárselo decir me dio vergüenza—. Tranquila, peque; a mí me gusta que me miren. Tal vez aprendas algo sobre cómo complacer a una mujer. Sé que no es la primera vez que curioseas.
—Eres imbécil.
Intenté pasar a su lado. Me quitó el cuaderno antes de que pudiera reaccionar.
—¡Devuélvemelo!
Rómulo levantó el brazo y lo abrió fuera de mi alcance. Pasó varias páginas: sus manos, el perfil de Remo, los dos sentados sobre sus motos o sobre el capó de un coche inventado, sin camiseta. Sus cuerpos sudados tras una carrera, medio convertidos en los lobos que eran en mi imaginación.
Llegó al dibujo que acababa de hacer y la sonrisa se le borró solo un poco.
La chica estaba entre ellos, pero no tenía ni su pelo ni su rostro. Tenía los míos. Hizo un sonido de negación con la lengua.
—Esta no era ella.
Me abalancé sobre la libreta. Rómulo la apartó.
—He dibujado mal la cara.
—Tú nunca dibujas mal una cara.
—Devuélvemela.
—Eres demasiado pequeña para dibujarte aquí, así, entre nosotros dos.
La turbación me ardió desde el cuello hasta las orejas.
—No soy pequeña, en unos meses cumplo los diecisiete y vosotros lleváis haciéndolo desde que llegasteis aquí.
—Nosotros somos distintos, peque.
—¿Y yo qué soy?
La pregunta lo hizo callar.
Rómulo bajó el cuaderno. Miró mis manos, negras por el carboncillo, y agarró una de ellas, la misma con la que me había estado tocando. E hizo algo inesperado: se llevó mis dedos a la boca y los lamió. Una succión lenta e inesperada.
Creí que iba a morirme y que podía correrme ante el gesto.
Sus ojos taladraron los míos hasta que los cerró y un sonido bronco escapó de su garganta.
Separó los párpados y a mí se me detuvo el corazón cuando los sacó de su boca.
—La hermana pequeña de mi mejor amigo sabe deliciosa, pero eso no significa que vaya a tener nada con ella —respondió—. Y es una espía bastante mala.
Retiré la mano y lo golpeé en el pecho.
—Eres un idiota.
Me entregó el cuaderno. Cuando tiré de él, tardó un segundo más de lo necesario en soltarlo.
—Y tú eres demasiado curiosa. Huye de los lobos, Caperucita, no sea que se cumplan tus fantasías y algún día te coman enterita.
Eché a correr. No miré atrás.
Durante años me convencí de que Remo no le había contado lo del beso y Rómulo no había contado lo del dibujo a su hermano porque ninguno de los dos consideró que aquellos secretos tuvieran importancia, sobre todo porque yo no la tenía.
El problema era que yo sí recordaba perfectamente lo que pasó con los dos y, ahora que habían vuelto, me moría de ganas de que Rómulo cumpliera aquella amenaza.
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—Patri.
Parpadeé.
Sandra me observaba desde el otro lado de la mesa.
—¿Dónde estabas?
—En ninguna parte.
Nina alzó una ceja.
—Eso ha sonado muy convincente.
Antes de que pudieran insistir, la puerta de cristal se abrió.
Darian apareció con una carpeta bajo el brazo. Llevaba el abrigo puesto y la expresión habitual de quien acababa de encontrar tres errores gramaticales en una lápida.
Buscó a Nina con la mirada.
—Goffi, Fernando acaba de llamar. Ha localizado al camarero, y…
Se detuvo.
Había visto a los dos hombres que avanzaban por el pasillo.
Javier entró primero. Salas lo seguía a medio paso, serio, con una mano cerca de la chaqueta.
Aimara se levantó.
—¿Qué haces aquí?
Javier ni siquiera la miró.
—Darian Blake.
Darian dejó la carpeta sobre la mesa.
—Inspector Expósito.
Nina se puso en pie con tanta rapidez que golpeó la silla.
—¿Qué ocurre?
Salas sacó las esposas. La cara de Nina perdió el color.
—Darian Blake —repitió Javier—, queda detenido por su presunta implicación en la muerte de Sofía Reyes.
Nadie respiró.
Darian extendió las manos sin ofrecer resistencia. El clic de las esposas sonó más fuerte que todas nuestras risas juntas.
Nina dio un paso hacia él.
—Darian…
Él la miró. No vi miedo en su cara. Tampoco sorpresa.
Solo algo que se parecía demasiado a un «estate tranquila».
Javier y Salas se lo llevaron por el mismo pasillo por el que, media hora antes, habían salido las booktokers abrazadas a sus galeradas.
Sobre la mesa quedaron las cuatro tazas a medio terminar y la carpeta que Darian no había llegado a abrir.
Nina continuó de pie, mirando la puerta.
No parecía una mujer que acabara de descubrir que había confiado en el sospechoso equivocado. Parecía una a la que acababan de arrebatar la oportunidad de demostrar que no lo era.