Capítulo 35 #2
El relato incluyó reina de dragones instalada en el salón, una discusión, un mastín de casi setenta kilos lanzado contra una mesa y Ciarán entrando justo a tiempo para encontrarse a Lluna cojeando.
A medida que Sandra hablaba, la indignación fue recorriendo la mesa como un incendio.
—¿La lanzó? —pregunté.
—Contra el borde de la mesa solo con la palma de la mano. Dijo que Lluna la había atacado, pero mi niña solo quería olerla.
—Voy a mechonearle las extensiones —anunció Aimara.
—No sabemos si lleva extensiones —dijo Nina.
—Pues el pelo completo.
—Ciarán la echó —continuó Sandra—. Se agachó junto a Lluna, la revisó y después la cogió en brazos; fue supertierno.
—¿A Lluna o a ti? —pregunté.
—A mi perra, con la facilidad de quien levanta un bolso.
Aimara alzó un dedo.
—Minipunto y punto para el hijo del jefe. Odio a las mujeres que se meten con las mascotas. ¿Cómo está Lluna?
—Solo fue una torcedura. Antiinflamatorios, reposo y prohibido subir al sofá durante unos días.
—Eso último no va a cumplirlo —aseveró Nina.
—Ya ha incumplido dos veces.
Sandra arrancó otro pedazo de cruasán.
—La reina de los dragones es la mujer más fea por dentro y más guapa por fuera que he visto nunca.
—Los hombres con imperio siempre tienen una prometida aprobada por sus padres y el consejo de administración —murmuró Nina—. Seguro que es una heredera alérgica a las mascotas.
—Pues eso no lo sé, pero tiene una fuerza brutal. No estaba segura de estar viendo visiones o haber sido abducida en un episodio de Supernatural .
—Quizá es una de esas frikis del krav maga ; hacen cosas que flipas —propuse.
Aimara se removió en la silla.
—Hablando de calentar camas…
—No vayas a contarnos que se prendió fuego a la tuya de tanto usar el Satisfyer —propuso Nina.
Ella intentó mantener la cara seria. Le duró menos de dos segundos.
—No, pero anoche cené con Samael y me corrí en la encimera de la cocina.
Esta vez Sandra dejó caer el cruasán.
—¡¿Qué?!
—¿Se presentó en tu casa y te hizo la imposición de manos que te debía? —pregunté.
Aimara se tapó la cara, aunque la sonrisa se le escapaba entre los dedos.
—No exactamente.
—¿Entonces? —Nina acercó su silla—. Necesito información y bastante más mate.
—Tuvimos la reunión con los abogados. Después terminó viniendo a casa a cenar. Una cosa llevó a la otra, y…
—¿Follasteis? —preguntó Sandra, perpleja.
—No.
—¿No se le levantó? —intuí yo.
—Sí se le levantó, o al menos eso evidenció su bragueta.
—Gracias por aclarar el buen estado operativo del señor Vane —constató Nina—, pero entonces, ¿qué pasó?
Aimara nos miró por encima de las manos.
—No hubo penetración genital, pero me metió los dedos.
Sandra abrió la boca. Yo golpeé la mesa con la palma.
—¡Eso no es una imposición de manos; eso es una intervención directa!
—No grites, Patri. Os juro que intenté corresponder, eché mano a su cinturón y me paró.
—¿Desde cuándo un tío desprecia una buena mamada? —pregunté—. Porque entiendo que tú intentaste devolverle el favor.
—Se puso místico. Dijo que no quería seguir mientras yo no supiera a quién tenía delante.
—Eso suena a que está casado —opinó Sandra.
—O tiene el cazzo tamaño cacahuete y le dio pudor —añadió Nina.
—Te aseguro que no; lo que se concentraba ahí dentro era abultado y considerable —recordó.
Sandra estrechó la mirada.
—Espera. ¿Encerraste a los perros?
Aimara frunció el ceño.
—¿Por qué iba a encerrarlos?
Nina se quitó las gafas.
—¿Casi follaste delante de Artyom y Zeus Alejandro?
—Mis perros están muy bien educados. Cuando oyen determinados ruidos se van a la cama.
No pude contenerme.
—Claro. Seguro que Zeus Alejandro tiró del collar de Artyom y le dijo: «Vámonos, hermano, que mamá vuelve a invocar al demonio en directo y tú y yo no estamos para ver más rabos».
Sandra se tapó la boca.
—O intentó montarlo. Igual olieron la excitación y fue como ponerles una película porno y ahora tienes que llevarlos a terapia.
—Terapia la que vais a necesitar vosotras con vuestras estupideces.
Aimara nos señaló con un dedo, pero ya estábamos riéndonos las cuatro y durante unos segundos no hubo muertas, ni policías, ni máscaras ni hombres que escondían demasiadas cosas.
Después su expresión cambió.
—Hay algo más.
Nina volvió a colocarse las gafas.
—¿Más que el orgasmo del gurú?
—Antes de marcharse, me dijo que yo no había imaginado todo lo que ocurrió en mis sueños. Que él estuvo allí. En todos.
Noté un cosquilleo incómodo en los dedos.
—¿Cómo que estuvo allí? —preguntó Sandra—. ¿En plan metáfora o en plan allanamiento nocturno cerebral?
—No parecía una metáfora.
—Aimi, llevas años obsesionada con su cara —dijo Nina con cuidado—.
Igual él también te buscó y le pasó como a ti.
Estas cosas pasan. Habéis estado follando el uno con el otro en sueños; al fin y al cabo, somos energía.
¿No has leído sobre esa gente que asegura hacer viajes astrales y salir de su cuerpo en sueños?
—Sí, pero no sé… todo esto es muy raro.
—Quizá sois almas predestinadas —intervino Sandra. Sabía de sobra que Aimara creía en todas estas cosas.
—Quizá. Me desconcierta, porque siento que lo conozco de siempre.
—Podrías ir a uno de esos sitios en los que hacen regresiones —sugirió Nina.
Me observé las manchas de carboncillo que todavía conservaba junto a una uña. Había intentado lavármelas aquella mañana, pero el negro siempre encontraba una línea donde quedarse.
—A veces imaginamos cosas antes de entender de dónde vienen; ocurre continuamente.
Las tres me contemplaron. Me encogí de hombros.
—Soy ilustradora. Mi trabajo consiste en dibujar cosas que no existen y fingir que sé por qué.
Aimara no pareció tranquilizarse.
—Gracias. Ahora me siento muchísimo mejor, porque yo creo historias con la sensación de que alguien me las ha dictado.
—De nada.
Apoyó la barbilla en la mano y me señaló.
—Cambiando de tema. ¿Qué pasó con tus vecinos militares? ¿Reptaron bajo tu trinchera y te dieron fuego enemigo cuando nos marchamos?
—Lo que me dieron fue dolor de cabeza y una manzana destruida.
—Con lo buenos que están y lo poco que cunden —protestó Sandra.
—Estuvimos revisando las ilustraciones. Según ellos, como el asesino se está inspirando en mi trabajo, podría haber dejado alguna pista. Me pidieron que les enviara todos los archivos para estudiarlos.
—¿Y encontraron algo? —preguntó Nina.
—Por ahora no me han dicho nada.
No mencioné que Remo apareció horas después junto al murete y se quedó a mi lado viendo cómo dibujaba.
Ni les conté que me había preguntado si volvería a besarme porque lo hizo años antes y yo no había podido sacármelo de la cabeza. Aquella mañana todas parecían decididas a abrirse el pecho sobre la mesa y enseñar lo que tenían dentro. Yo preferí conservar algunas costillas.
—¿Y cómo fue tu reunión con la chica del true crime ? —pregunté a Sandra para apartar el foco.
Funcionó.
Sandra empezó a relatarnos el café con Sue: el local discreto, las preguntas sobre Mara, la tarjeta VIP, Samael y la información que todavía no había aparecido en el pódcast. Aseguró que había hablado poco, lo que en su caso podía significar cualquier cosa entre tres frases y una autobiografía completa.
—Me preguntó si vimos a Mara con Samael fuera de las sesiones. Le conté que no. También que Nina sospechaba que la tarjeta podía ser revendida, porque todavía no sabíamos lo del camarero.
—Eso ya no es una hipótesis —señaló Nina.
—Lo sé ahora. Ayer no.
—¿Te pareció de fiar? —preguntó Aimara.
Sandra tardó en responder.
—Sí, me dio la impresión de que nos ayudaría.
Sandra siguió hablando, pero yo dejé de oírla con claridad.
No por Sue ni por los secretos que estaban saliendo a la luz, sino por los míos y por esa forma que tenían de quedarse quietos durante años hasta que una palabra, una mirada o un olor levantaban la tapa. La mía ahora había volado por los aires en mis recuerdos.
Dieciséis años antes, Rómulo también había descubierto uno de los míos.