Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Las galeradas ya estaban repartidas y cargadas de decisiones de marketing tomadas bajo presión.

Habían colocado doce sobre la mesa de la sala grande de Vetusta.

Cada una iba envuelta en papel de seda negro, con una cinta a juego, el nuevo logo del dragón morado —actualizado tras la venta de la editorial— y una tarjeta donde se leía CONFIDENCIAL en letras tan enormes que cualquier persona con acceso a un móvil habría entendido que debía fotografiarla.

Las booktokers revoloteaban alrededor como polillas con aro de luz.

Yo llevaba cuarenta minutos firmando láminas, dibujando pequeños cuernos junto a los nombres y tratando de no pensar en que alguna de aquellas ilustraciones podía terminar reproducida junto a otro cadáver.

La posibilidad me anudaba las tripas.

«Para Laura, que tus lecturas siempre te lleven a lugares peligrosos».

La taché antes de que Laura la viera.

—¿Te has equivocado? —preguntó desde el otro lado de la mesa.

—He tenido una crisis creativa.

—Puedes dejarla. Me encanta.

—Créeme, esta no.

Cogí otra lámina y escribí algo sobre demonios, libertad y no aceptar bebidas de desconocidos, que después de las últimas semanas me parecía una recomendación literaria y vital bastante razonable.

Ayer se había filtrado la noticia de que las víctimas podrían haber sido drogadas por algo que ingirieron.

Sandra estaba a mi derecha, rodeada por tres creadoras de contenido que querían saber si haría un directo conjunto para enseñar la galerada.

Nina también estaba presente.

—Recordad lo que os hemos dicho —repetía—. Ni el índice. Ni los títulos de los capítulos pueden mostrarse. Ni nada de texto que pueda ampliar una persona con dos dedos y demasiado tiempo libre.

—¿Podemos subir el paquete cerrado?

—Sí, pero sin geolocalización hasta que salgáis del edificio. No quiero que aparezca nadie disfrazado de vampiro en recepción.

—Eso sería increíble —suspiró una de las chicas.

Nina la miró como se mira a alguien que acaba de confesar que piensa lamer un enchufe.

—No. Sería una denuncia y un problema de seguridad.

Aimara posaba junto a las galeradas con la sonrisa profesional de quien llevaba años aprendiendo a parecer feliz junto a un montón de creadoras de contenido adictas a la adrenalina de leer un libro en primicia.

Cada vez que alguien le decía que se moría por leer el final, se le tensaba una comisura.

A la tercera, respondió:

—Procuremos que sea una metáfora.

La booktoker se rio.

Nosotras no; estábamos demasiado pendientes de si el asesino de las reliquias atacaría de nuevo.

Nina no paraba de comprobar nombres, firmas de confidencialidad y números de ejemplar.

Llevaba el termo encajado entre el brazo y el cuerpo y esa expresión suya que indicaba que, si una de aquellas mujeres se marchaba con una galerada que no le correspondía, cerraría las salidas y ordenaría un registro corporal.

Algo le ocurría porque miraba hacia la puerta cada pocos minutos, fingiendo que buscaba a alguien. Estaba segura de que buscaba a Pátula.

Odiar a un hombre exigía una cantidad sorprendente de vigilancia; que me lo dijeran a mí, que era experta por dos.

La entrega terminó pasadas las diez. Las chicas se marcharon cargadas con bolsas, galeradas y «amenazas legales» de no venderlas por Vinted o Wallapop, y el departamento de marketing salió detrás para acompañarlas hasta recepción.

Aimara esperó a que la última desapareciera por el pasillo y cerró la puerta.

—Por fin. Me dolían los músculos de la cara de sonreír.

—Eso te pasa por hacerte retoques —dije.

—El día que me haga algo, no podréis mirarme directamente porque reflejaré la luz del sol, bella.

Sandra empezó a recoger cruasanes de las bandejas del desayuno y a meterlos en una servilleta.

—¿Qué haces? —preguntó Nina.

—Evitar el desperdicio alimentario.

—Estás robando ocho cruasanes.

—Lluna necesita recuperar fuerzas tras el accidente doméstico.

—Lluna no puede comer chocolate y el azúcar a los perros les sienta mal.

—Los de chocolate son para mí y puede que los otros también. No pongas en duda mi capacidad para clasificar bollería.

Nos instalamos alrededor del extremo de la mesa que había quedado libre. Aimara se sirvió café. Sandra escondió el botín dentro del bolso. Yo aparté las láminas sobrantes y Nina cerró su carpeta con la solemnidad de quien estaba a punto de comunicar una catástrofe internacional.

—Tengo que contaros dos cosas.

—Por esa cara, ninguna incluye una subida de sueldo —asumí.

—No. La primera tiene que ver con la tarjeta de Mara.

Aimara dejó la cucharilla.

—Lucía me contó lo del camarero y asumí que estabas recabando más info para actualizárnosla a nosotras.

Nina asintió.

—El pase pertenecía a otra asistente. Se le rompió el enganche durante el baile y cayó al suelo. Otra mujer lo recogió y se lo entregó a un camarero con antifaz de lobo. Muy alto, pelo oscuro recogido en una coleta. En las grabaciones se ve cómo se lo guarda en el bolsillo.

—¿Y ya sabemos quién es? —preguntó Sandra.

—Fernando, el responsable del catering , dijo que lo localizaría. No podía facilitarnos sus datos directamente por la LOPD, así que le dejé mi tarjeta. Todavía no ha llamado.

—Pues llama tú —sugirió Aimara.

Nina la miró.

—¿A cuál de los ochenta y siete empleados temporales que participaron en el evento?

—Al alto.

— Perfetto . No se me había ocurrido aplicar el filtro científico de «el alto»; además, acabo de decirte que no tengo su teléfono.

Aimara levantó ambas manos.

—Solo intentaba ayudar.

—Lo sé. Por eso no te he lanzado el mate.

Nina respiró hondo y empezó a girar el bolígrafo entre los dedos.

—No os lo conté de inmediato porque, como dijo Aimi, quería averiguar algo más antes. Y porque sabía que hoy nos veríamos en persona.

—Esa era la primera cosa —señalé—. ¿Cuál es la segunda?

Miró hacia la puerta una vez más. Después bajó la voz.

—Antes, juradme que lo que os cuente no va a salir de aquí.

La miramos con fastidio.

—¿En serio es necesario? —pregunté—. ¿Es que no nos conoces lo bastante para saber que nuestros labios están sellados?

—Igualmente, necesito que os quede claro.

—Lo juro, lo juro —dijo Sandra, sacando uno de los cruasanes para darle un mordisco.

Aimara y yo nos miramos. Ella dijo:

—Nosotras también.

—Vale, antes que nada quiero que os quede claro que no estoy revelando el secreto de nadie porque sí.

—¿Puedes soltarlo de una vez? —me impacienté.

— Allora , Darian conocía a Sofía Reyes.

El silencio ocupó la sala tan deprisa que hasta el aire acondicionado pareció apagarse.

—¿Conocerla en plan «nos vemos los domingos en misa»? —preguntó Sandra—. ¿O de haberla visto una vez en una firma?

—Se acostaban.

Aimara dejó la taza sobre el plato.

—¡Coño de la madre!

—Llevaban un tiempo viéndose de manera esporádica —continuó Nina—. No eran pareja. Estuvo con ella la noche que murió, en su piso. Recuerda el vino, la bañera y haberse marchado, pero tiene huecos de memoria. Las marcas del cuello son suyas.

—¡Joder! ¿Te ha dicho que la mordió? —pregunté.

—Sí.

—Firmado Velázquez, porque vaya puto cuadro.

Arrastré la silla hacia delante.

—¿Y la policía lo sabe? —se interesó Sandra.

—Están al corriente que hubo un hombre. Tienen huellas parciales y restos biológicos, pero, hasta donde él conoce, todavía no lo han identificado.

Aimara observó a Nina con una atención distinta.

—Dice que no lo hizo.

—¿Tú le crees?

Respondió sin titubear.

—Sí. Es un snob , un elitista de las letras; me pone de los nervios, pero tanto como para ser un asesino en serie, no lo veo.

»No creo que la matara —añadió—. No sé qué ocurrió esa noche y estoy enfadada porque lo ocultara, pero no creo que fuera él.

Sandra apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Te contó por qué no se lo ha explicado a la poli?

—Tenía miedo de que lo relacionaran con el crimen.

—Ocultar que te acostabas con la muerta suele ser una manera estupenda de conseguir que te relacionen con el crimen —observé.

—Se lo dije.

—¿Y?

—Dijo que no confía en la justicia española, que solo buscan un culpable y no al culpable.

—Eso es lo que dicen todos los hombres cuando la explicación sencilla es que han hecho una gilipollez —sentenció Aimara.

Me recliné en la silla con otra cosa en la mente.

—Entonces, ¿Pátula no es gay? ¿O es que le ponen ambas cosas?

Nina cerró los ojos.

—No lo sé.

—Nos contaste que lo viste salir del despacho de lord Ashveil con la ropa arrugada —recordó Aimara—. Había una persiana bajada y un empotramiento contra el cristal.

—¿Y si estaban peleándose? —sugerí.

—¿Y por qué tendrían que estar haciéndolo? —preguntó Aimara—. A no ser que los dos estén involucrados y sean una pareja de asesinos en serie, como Butcher and Blackbird .

—Darian puede ser bisexual —añadió Sandra—, pero Ciarán no es gay y os aseguro que tiene poco de asesino.

Las tres fijamos nuestra atención en ella, que dejó de masticar de inmediato.

Yo fui la primera en reaccionar.

—¿Cómo sabes eso?

—Bueno… porque…

Entrecerré los ojos.

—¿Te has liado con él?

—¡No!

—No me jodas. ¿Intentaste aplicarle un tratamiento para la psoriasis del rabo y curársela con saliva, como hacían nuestras madres con las heridas?

—¡No seas cerda! —Se puso roja hasta las orejas—. Y os conté eso en confianza. No vayáis soltando por ahí que al jefe se le desescama la polla.

Nina se llevó el mate a la boca.

—Para soltar cosas por ahí ya están las escamas de lord Ashveil.

Aimara se atragantó con el café. Yo apoyé la frente sobre la mesa mientras me reía y Sandra nos miró con los brazos cruzados.

—Sois imbéciles.

—Tú nos dijiste que se le caía la piel de la polla —recordé.

—¡Porque él dijo que esa cosa era suya!

—En fin, esto no mejora nada —consiguió decir Aimara.

Sandra cogió uno de los cruasanes y lo partió con más violencia de la necesaria.

—No tenéis ni idea de cómo es. Ayer se portó muy bien después de que la zorra de su prometida maltratara a Lluna.

Las risas murieron en nuestras bocas.

—¿Su prometida hizo qué? —preguntamos las tres a la vez.

Sandra cerró la boca.

Nina dejó el mate.

— Madonna . Empieza desde el principio y no te saltes absolutamente nada.