Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

No hubo duda ni precaución.

Su boca chocó contra la mía y todo lo que había contenido desde el retiro, desde la misa, quizá desde el primero de aquellos sueños, estalló entre nosotros.

La sujeté por la cintura antes de que perdiera el equilibrio. Aimara se pegó a mí sin vacilar, reconociendo la forma exacta en que nuestros cuerpos encajaban.

Porque ya había estado allí.

Sus dedos se cerraron en mi nuca. Profundicé el beso y dejó escapar un sonido bajo, impaciente, que me arrancó la poca disciplina que todavía conservaba.

La levanté. Rodeó mi cintura con las piernas y se aferró a mí porque jamás existió otra posibilidad.

—Nuestros abogados dirían que esto es una pésima idea —murmuró contra mi boca.

—Nuestros abogados pueden irse a la mierda. Además, llevas años escribiendo pésimas ideas para mucha gente y, sin embargo, aquí estás.

—Y tú llevas un rato en mi casa y ya estás faltándome al respeto.

—Puedo marcharme si quieres.

Me mordió el labio inferior.

El dolor fue pequeño. El efecto, devastador.

—Como te muevas hacia la puerta, te juro que escribo tu muerte en el siguiente libro, aunque ya esté en rotativa.

Me desplacé con ella en brazos y la senté sobre la encimera.

Aimara tiró de mi camisa hasta colocarme entre sus piernas. Volvió a besarme, esta vez más despacio, aprendiendo mi boca, comprobando que el hombre despierto sabía responder de la misma manera que el de sus sueños.

Lo sabía.

Recordaba cada uno de aquellos besos, cada vez que había despertado jadeando, confundida, con mis manos todavía impresas en una anatomía que nunca había tocado en vigilia.

Mis dedos recorrieron su cintura, la curva de sus caderas, la piel desnuda de los muslos. Cada contacto era una pregunta.

Ella contestaba acercándose más.

La serpiente se enroscó alrededor de mi columna, tensa, hambrienta, buscando una salida que no pensaba concederle.

No aquella noche, no todavía.

Hundí la boca en el ángulo de su mandíbula provocando que inclinara la cabeza para dejarme espacio y su respiración se quebró contra mi oído.

—Dime qué quieres —susurré.

—No empieces otra vez.

—Dímelo.

Se separó lo justo para mirarme. Tenía las pupilas dilatadas y los labios hinchados por mis besos.

—Quiero que me toques. Con las manos, con la boca, con la lengua y con la polla. —Sus dedos se cerraron en mi cabello—. Y, si vuelves a preguntarme dentro de los próximos treinta segundos, voy a empezar a pensar que todo ese aire de demonio irresistible es publicidad engañosa.

Sonreí contra su piel y mordisqueé su mandíbula.

—Mucho mejor.

Deslicé la mano por el interior de su muslo. Aimara contuvo la respiración, aunque sus piernas se abrieron hacia mí con una honestidad que no tenía nada que ver con mi don.

Lo había cerrado.

No había influjo, mandato ni hambre ajena contaminando aquel instante.

Solo ella, su deseo, su decisión.

La besé mientras mis dedos ascendían despacio. El primer roce sobre la tela húmeda le arrancó un gemido que intentó esconder dentro de mi boca.

Me aparté apenas.

—No te calles.

—No me digas lo que tengo que hacer.

—No era una orden.

—Ha sonado bastante a orden.

Repetí el movimiento, más lento.

Ella dejó caer la cabeza hacia atrás y sus dedos se clavaron en mis hombros.

—Coño…

—Eso está mejor.

—Eres un idiota.

—Mucho, cuando se trata de ti.

Su respiración perdió el ritmo.

La sostuve por la nuca, obligándome a mantener el control mientras cada sonido suyo atravesaba siglos de disciplina y los reducía a algo inútil. Pasé la lengua por la línea de su garganta, notando cómo vibraba bajo mi boca.

No necesitaba mi don para sentirla.

El deseo de Aimara ardía contra mi piel con una intensidad que habría alimentado a cualquier criatura de mi especie durante años. No era vacío ni necesidad impuesta. Era reconocimiento. Una voluntad clara y feroz dirigida hacia mí.

Aparté la tela lo suficiente para tocarla. El contacto directo le cortó el aire. Su cuerpo se arqueó y su frente cayó contra la mía.

—Samael…

Mi nombre sonó distinto en sus labios despiertos: más peligroso, más verdadero.

Había un eco de la mujer que abandonó el paraíso en aquella manera de reclamar placer como si fuera un derecho. Pero la mujer que se movía contra mi mano era solo ella: su impaciencia, su respiración, sus uñas perfectas hundiéndose en mi camisa para atravesar mi piel.

—Mírame —le pedí.

—No puedo.

—Sí puedes. Necesito que lo hagas.

Abrió los ojos con esfuerzo.

—Quiero que me veas —continué—. Que sepas que esto eres tú. No mi don, no uno de tus sueños. Tú.

Algo cambió en su expresión.

La excitación siguió ahí, pero debajo apareció una emoción más profunda, una que reconocí antes de que ella pudiera nombrarla.

Confianza.

El impulso de decir demasiado me tensó la espalda. Estaba acercándome a una verdad que no debía pronunciar.

Deslicé los dedos dentro de ella: primero uno, después dos.

Inhaló con fuerza y todo su cuerpo se cerró alrededor de mi mano. Su boca quedó entreabierta, sin sonido, mientras se acostumbraba a la sensación.

—Respira —murmuré— y acostúmbrate a mí.

—No me hables como en el retiro.

Moví los dedos despacio, hundiéndolos y rotándolos en su interior.

El reproche se transformó en un gemido.

—Entonces deja de responder como si siguieras allí.

—Cállate.

—Oblígame.

Me besó con rabia.

Su lengua entró en mi boca mientras yo marcaba un ritmo lento, obligándome a sentir cada reacción: el temblor de sus piernas, la presión de sus dedos sobre mis hombros, la forma en que buscaba mi mano cuando me demoraba más de lo que podía soportar mientras se volvía lava.

No quería precipitarla. Quería recordarla así. Despierta, eligiéndome.

Aumenté la presión y se separó de mi boca con un jadeo.

—Ahí…

No necesitó indicarme nada más porque di con aquella pequeña rugosidad interior.

Era el punto exacto y su cuerpo respondió con una violencia que me tensó hasta los huesos. Movió las caderas contra mi mano, olvidándose de la vergüenza, de los vecinos y de cualquier mundo que existiera más allá de aquella cocina.

—No pares —susurró.

—No voy a hacerlo.

—Promételo.

—Te lo prometo, Bēlatî .

Su nombre antiguo no estaba en mis labios.

El nombre con el que yo la había llamado siempre sí.

Mi señora.

La mujer a la que nadie volvería a colocar debajo sin que ella lo eligiera.

Me sujetó con fuerza mientras el placer crecía y mi entrepierna se tensaba. Sus muslos se cerraron alrededor de mis caderas y tuve que contener el impulso de empujarme contra ella, de reclamar algo que todavía no podía tomar.

Ardía. La serpiente siseaba. La deseaba con una brutalidad que habría hecho temblar a criaturas más antiguas que la humanidad. Sin embargo, mantuve el ritmo de mis dedos y toda mi atención sobre ella.

—No puedo más —gimió—. Samael, no puedo…

—Sí puedes. Deja que te inunde, que el placer te lleve.

Negó con la cabeza, perdida entre el deseo y la falta de aire.

—Mírame.

Sus ojos encontraron los míos.

—Es tuyo —le dije—. No tienes que entregarme nada a mí. Tómalo porque es tu derecho.

Aimara se quedó inmóvil durante un segundo. Vi algo cercano al reconocimiento en su mirada. Volví a friccionar aquel lugar secreto y entonces se quebró.

—Dios mío.

—No tiene nada que ver en esto…

Soltó una risa ahogada.

—No puedes decir esas cosas justo cuando estoy…

—¿Dónde estás?

Empujó mi nuca para alcanzar mis labios, para morderlos, para lamerlos.

—Ahora no quiero hablar.

La besé de nuevo. Error, porque su sabor era todo lo que quería paladear hasta los confines de los tiempos mientras la empujaba hacia el abismo.

El orgasmo le atravesó el cuerpo con una fuerza que la arqueó contra mí. Mi nombre brotó de su garganta, ronco, casi irreconocible, mientras sus músculos se cerraban alrededor de mis dedos.

No me detuve. La sostuve durante cada oleada, ralentizando el movimiento cuando el placer se volvía demasiado intenso y profundizándolo cuando creía que ya había alcanzado el límite.

Volvió a estremecerse.

Esta vez el sonido quedó atrapado entre nuestros labios.

Su respiración se rompió. Su pelvis buscó mi mano con un movimiento involuntario y una segunda oleada se extendió por su cuerpo, más profunda, más lenta, arrancándole un grito ahogado que me atravesó de lado a lado.

La mantuve conmigo hasta que la tensión empezó a ceder.

Hasta que dejó de aferrarse a mí para no caer y empezó a hacerlo porque quería quedarse.

El movimiento de mis dedos se volvió suave.

Apoyó la frente contra mi pecho. Su respiración me calentaba la piel a través de la camisa y yo seguía dentro de ella, acompasando los últimos temblores.

Deslicé los labios hasta su sien.

La ternura del gesto me golpeó demasiado tarde. Levantó la cabeza.

La expresión había mutado. Seguía sonrojada, con la boca hinchada y los ojos todavía oscurecidos por el orgasmo, pero ahora aquel beso pequeño parecía haber revelado mucho más que todo lo anterior.

Sus manos descendieron por mi torso.

Me tensé cuando alcanzaron el cinturón.

—Tu turno.

—Aimara.

—No me vengas ahora con que tienes que madrugar.

Sus dedos encontraron la hebilla. Los detuve.

Tuve que sacar la mano de entre sus piernas para hacerlo y la pérdida de su calor resultó agónica.

Parpadeó.

—¿Qué haces?

—Parar.

—Ya veo que estás parando. Lo que no entiendo es por qué.

—Porque no vamos a seguir esta noche.

La indignación llegó antes que la inseguridad. La vi encenderse en su mirada como una defensa inmediata.

—¿Me haces todo esto y ahora decides dejarme a medias otra vez?

—Esta vez no te he dejado a medias.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Sí.

La deseaba tanto que me dolía respirar.

Mi erección presionaba contra el pantalón, el deseo golpeaba bajo mi piel y cada instinto que poseía me exigía desabrocharme, apartar la poca ropa que quedaba entre nosotros y hundirme en ella hasta olvidar siglos de castigos.

Volvió a tirar de la hebilla. La detuve otra vez.

—No paro porque no te desee.

—Pues lo disimulas de maravilla.

—Si sigo, no voy a ser capaz de detenerme.

—Esa suele ser la intención.

—No cuando todavía no sabes a quién tienes delante.

Se quedó quieta.

—¿Te refieres al asesino?

—Sabes que no.

—¡No sé una mierda, Samael!

—Ese es el problema.

Bajó de la encimera. Se recolocó el pantalón y la blusa con movimientos bruscos, evitando mirarme mientras yo me obligaba a no acercarme.

—No vuelvas a utilizar conmigo ese tono de gurú de los orgasmos —soltó—. No soy una de tus asistentes.

—Nunca te he tratado como a una de ellas.

—Entonces deja de decidir por mí.

La acusación encontró el lugar exacto.

Ella no sabía cuánto me costaba no hacerlo. Cuánto tiempo llevaba conteniendo palabras capaces de cambiarlo todo.

—Precisamente por eso paro —respondí—. Porque hay una verdad que podría cambiar tu decisión y no pienso tomar algo de ti antes de que la conozcas.

Se giró hacia mí.

—Pues dímela.

—No puedo.

Soltó una risa sin humor.

—Claro que puedes. Abres la boca y salen palabras. Lo acabamos de comprobar durante toda la cena.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es contigo. Todo son medias respuestas, frases que parecen acertijos y esa mirada de oráculo de la verdad que sabe cosas que los demás no. ¿De qué va esto? ¿Te gusta hacerte el misterioso?

La palabra rozó demasiado cerca.

—Hay verdades que dejan de servir cuando otra persona las coloca en tu boca.

—Eso no significa nada.

—Significa todo.

—¿Cuándo voy a entenderlo?

—Cuando estés preparada para reconocerlo.

Aimara cruzó los brazos.

—Perfecto. Se ha quedado una noche preciosa. ¿Te vas? Porque intuyo que lo que me has dado era el postre.

La ironía no ocultó el daño.

—Lo que ocurre entre nosotros no empezó en la misa —murmuré.

Era lo máximo que podía darle. Dejó de moverse.

—Eso ya lo sé.

El corazón me golpeó una sola vez, demasiado fuerte.

—¿Cómo?

—Porque nunca sentí que fueras un extraño.

Ni siquiera antes de conocerte. —Frunció el ceño, frustrada con sus propias palabras—.

Cuando soñaba contigo, no eras un desconocido con una cara bonita.

Era como reconocer una casa en la que nunca había vivido o una voz que llevaba años esperándome.

Y me dio la sensación de que a ti te pasaba lo mismo.

La observé sin respirar.

—Cuando por fin te vi en la misa —continuó—, no pensé «ahí está». Pensé «por fin». Como si hubieras tardado demasiado en llegar y yo llevara toda la vida esperándote sin saberlo. No sé cómo explicarlo sin parecer una loca.

El mundo se quedó quieto. No era un recuerdo completo, pero era suyo: había nacido dentro de ella.

Di un paso y me detuve antes de tocarla.

—Eso es lo único que necesitaba oír esta noche.

—Pues yo necesitaba bastante más.

—Lo sé.

—Te odio un poco.

—También lo sé.

—Y no pongas esa cara de satisfacción, porque sigo cabreada.

—No estoy satisfecho.

Era una verdad tan evidente que no necesitaba demostrarla.

La deseaba con una violencia que habría asustado a cualquiera. Marcharme iba a costarme más que cualquier condena impuesta por el Consejo.

Recogí la chaqueta.

Me siguió hasta la puerta, todavía con los brazos cruzados.

Zeus Alejandro apareció en el pasillo y me observó con abierta desaprobación.

—Hasta el perro piensa que eres un idiota por largarte sin premio —comentó ella.

—Tiene criterio, según recuerdo.

—No utilices mis propias frases contra mí.

Abrí la puerta.

—Aimara.

—¿Qué?

La miré una última vez.

—No imaginaste todo lo que ocurrió en tus sueños.

Su irritación desapareció.

—¿Qué estás diciendo?

—Yo estaba allí, en todos y cada uno de ellos.

No esperé a que preguntara.

Sentí el aguijonazo de advertencia de la serpiente.

Salí y cerré antes de traicionar la única promesa que podía salvarla.

Había empezado a recordarme.

El problema era que todavía no se recordaba a sí misma.