Capítulo 33 #2
La cocina era casi idéntica a la que había visto en sus sueños, pero el mármol tenía una pequeña grieta junto al fregadero y había notas pegadas en la nevera. Una lista de compra, una cita veterinaria, una frase escrita con rotulador morado: «No abrir el queso bueno cuando Nina esté delante».
Sonreí.
—No preguntes —advirtió ella.
—No pensaba hacerlo.
—Mientes fatal.
—Eso es objetivamente falso.
—¿Ves? Esa manera tuya de responder es la que hace que una quiera tirarte algo a la cabeza.
—Hasta ahora, en tu imaginación, has preferido otras actividades.
Aimara abrió mucho los ojos.
Me había propuesto comportarme.
La intención duró menos de cinco minutos.
—No sabes nada de mi imaginación.
—Escribes novelas de demonios que se arrodillan frente a mujeres con problemas de autoridad para silenciarlas con la lengua. Tengo algunas pistas.
—Mis protagonistas no tienen problemas de autoridad. Tienen criterio propio.
—Naturalmente.
—No utilices ese tono conmigo.
—¿Qué tono?
—El de señor rancio que cree haber visto todas las versiones posibles de una mujer cabreada.
Había visto muchas. Ninguna como ella.
Aimara sacó platos mientras yo colocaba la comida. Habló durante todo el proceso: de la reunión, de Lucía, de Beatriz, de la posibilidad de que alguien hubiera fotografiado el momento en el ascensor y de lo absurdo que resultaba que un asesinato pudiera afectar a una campaña de preventa.
No necesitaba hacerle preguntas. Contestaba incluso las que todavía no había formulado.
Nos sentamos frente a frente. Probó el cordero y cerró los ojos.
—Coño de la madre.
—Interpreto que te gusta.
—No te pongas insoportable, pero está increíblemente rico. ¿Seguro que no has contratado a alguien?
Puso cara de sospecha.
—Puedo cocinar y ser insoportable al mismo tiempo.
—Multitarea demoníaca. Me gusta.
Mi tenedor se detuvo a mitad de camino. Ella no sabía cuánto había acertado.
Bebió vino y me miró por encima del borde de la copa.
—Dijiste que me debías respuestas.
—Dije que podía responder algunas preguntas.
—No empieces con las cláusulas. Ya he pasado suficiente tiempo con abogados por hoy.
—Pregunta.
—¿Por qué yo?
Sabía que llegaría. No esperaba que lo hiciera tan pronto.
—¿Por qué tú qué?
—No me hagas eso. En la misa me miraste con años de espera metidos en los ojos. En el retiro me elegiste entre todas las mujeres de la sala y después me llamaste Bēlatî . —Dejó la copa—. No me conoces.
—Te conozco más de lo que crees.
—Eso no es romántico. Es la frase que dice un acosador antes de enseñar una pared llena de fotografías en el sótano.
—No tengo una pared llena de fotografías tuyas. Pero tú sí tienes tableros cargaditos de mis imágenes en Pinterest.
Aimara entrecerró los ojos.
—La pausa antes de responder no me ha dado tranquilidad.
—Tengo tus libros y he visto muchos de tus mensajes, fanfics y promociones.
—Así que has hecho trabajo de campo para averiguar mis traumas con dragones.
—Más bien tus deseos.
—Mis deseos no son de dominio público porque Amazon venda mis libros.
—Nunca he dicho que lo fueran.
Se produjo un silencio breve. Aimara movió el tenedor por el plato.
—Hay algo que no te he contado.
—Lo sé.
—No puedes saberlo todo.
—No he dicho que lo sepa todo. He dicho que sé que no me has contado cosas. Todo el mundo tiene secretos.
—Te juro que hablar contigo es como intentar discutir con una galleta de la fortuna que ha leído demasiados textos apócrifos. Harías buenas migas con Darian.
Esperé. Ella suspiró, bebió otro trago y dejó la copa con más fuerza de la necesaria.
—¿Y si te dijera que llevo prácticamente desde que empecé a escribir los libros soñando contigo y que no nos dedicábamos precisamente a jugar al parchís? Seguro que te parece muy turbio.
No respondí de inmediato. No porque me sorprendiera. Era un jodido íncubo que había compartido cada uno de nuestros encuentros sexuales. El problema era que llevaba demasiado tiempo esperando escuchar el reconocimiento.
Aimara se removió en la silla.
—Di algo.
—Nada que venga de ti podría parecerme turbio.
—Eso es porque no sabes lo que hacíamos.
«Te equivocas».
Atesoraba cada sueño, cada gemido, cada vez que me había buscado sin comprender por qué, cada ocasión en que despertó antes de que pudiera decirle o hacerle algo capaz de acercarla demasiado a la verdad.
—Me gusta saber que sueñas conmigo —admití.
—No te emociones, hace un tiempo que no lo hago y a veces también intentaba matarte con conversaciones aburridas.
—Nunca he necesitado que el deseo, las charlas y el peligro estén separados.
Se le escapó una risa nerviosa.
—Dios. Eres exactamente igual, quizá incluso mejor.
—¿Igual a quién?
La serpiente se removió en mi espalda anticipándose a la revelación.
—A ti. Al de mis sueños. Al de los libros.
A todos. —Se pasó una mano por la frente—.
¿Entiendes por qué esto me resulta una locura?
Te encontré en internet hace años, empecé a utilizar tu cara como referencia y después soñé contigo.
No una vez. Cientos y comenzamos a hacer cosas cochinas.
Luego te conozco y hablas igual, te mueves igual, me miras igual…
No era el reconocimiento que esperaba.
«Cálmate. Poco a poco».
—¿Te apetece contarme qué hacíamos en esos sueños?
Ella sonrió y removió el vino de la copa.
—Tú lo que quieres es regodearte en mi confesión de fetiche sexual.
—Quiero escuchártelo decir.
—Por supuesto que sí.
Me incliné hacia ella.
—Los dos sabemos que, si no hubieras querido contármelo, no habrías sacado el tema. Hazlo, no me voy a escandalizar.
La reflexión bastó para que ella apretara las piernas debajo de la mesa.
—Me tocabas —confesó—. Me perseguías. A veces discutíamos. Otras… —Se humedeció los labios—. Otras no hablábamos demasiado y solo jadeábamos hasta corrernos.
La serpiente se tensó bajo mi piel.
—¿Y te gustaba?
—Esto no es uno de tus retiros.
—No te lo he preguntado como terapeuta.
—Entonces no pongas esa voz.
—¿Qué voz?
—Esa. La que me hace olvidar que hay ciertos límites que nuestros abogados nos recomiendan no cruzar.
Me levanté despacio. No retrocedió, aunque siguió cada movimiento mientras rodeaba la mesa.
—La voz no es lo que te afecta.
—Qué modesto.
Me detuve frente a ella.
—¿Quieres saber si lo que sientes es tuyo? ¿Si te pertenece?
Su respiración cambió.
—Sé que lo hace. Hace demasiado tiempo que decidí elegirme.
«No te haces una idea de cuánto».
Cerré la puerta dentro de mí.
No era una puerta real, pero durante siglos había aprendido a imaginarla así. Retiré el don, el hambre, el influjo que podía alterar el deseo humano con una facilidad que siempre me había parecido demasiado peligrosa.
El aire se alivió.
La habitación perdió la tensión que mi naturaleza imponía incluso cuando yo no pretendía provocarla. Aimara parpadeó. Sus hombros descendieron un poco.
—Ya está —dije.
—¿Ya está qué?
—No estoy influyendo en ti.
—¿Podías hacerlo todo este tiempo? —preguntó, curiosa.
—Puedo intensificar lo que ya existe. No crear algo donde no lo hay.
—Eso no me tranquiliza demasiado.
—No pretendía que lo hiciera.
Sus ojos volaron a mi boca. Después se levantó.
La diferencia de altura obligó a que alzara la cabeza, pero no pareció sentirse pequeña. Nunca lo hacía. Ocupaba el espacio con una convicción que ningún cuerpo podía medir.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora eres tú. Tu decisión.
Me agarró por la camisa y me besó.