Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Había aguardado frente a puertas que conducían a guerras, juicios, ejecuciones y reuniones del Consejo, que era una forma más lenta y administrativa de reunir las tres cosas anteriores.

Nunca me había puesto nervioso llamar a ninguna.

Hasta aquella noche.

Permanecía frente al piso de Aimara con una bolsa de comida en cada mano, una botella de vino bajo el brazo y una sensación desagradablemente humana instalándose debajo del esternón.

No era miedo, conocía bien el miedo, sobre todo el ajeno.

Había aprendido a distinguirlo de la excitación mucho antes de que los humanos inventaran psicólogos, retiros espirituales y cuestionarios de satisfacción.

Aquello era anticipación. Una inquietud impropia de alguien que había visto alzarse ciudades sobre las ruinas de otras ciudades y había sobrevivido a todas las religiones que aseguraban que mi existencia terminaría con ellas.

Aimara Duque iba a abrirme la puerta de su casa.

Parecía poco. No lo era.

Llevaba dos años recorriendo sus sueños, pero los sueños no tenían cerraduras, vecinos ni felpudos con mensajes sarcásticos. Tampoco perros esperando al otro lado ni una mujer decidiendo, completamente despierta, si permitirme entrar.

La elección lo cambiaba todo. Siempre lo había hecho.

Lilith no fue expulsada del Edén.

Esa versión era más cómoda. Convertía su marcha en un castigo inmediato, eliminaba la parte donde ella tomó una decisión y permitía que los hombres que escribieron la historia fingieran que ninguna mujer había abandonado el paraíso por voluntad propia.

Lilith se fue.

Adán quiso colocarla debajo de él y ella se negó. No solo en el lecho, como después resumieron los textos para convertir una rebelión completa en un problema doméstico. Se negó a vivir bajo su voz, su autoridad y la certeza de que haber sido creado primero le concedía algún derecho sobre ella.

Habían nacido del mismo barro; él exigió obediencia.

Ella pronunció el nombre de Dios y abandonó el jardín.

Eso me maravilló.

La primera puerta que Lilith atravesó no tenía cerradura, porque nadie había imaginado que quisiera marcharse.

Yo sí, porque la vi antes que nadie, porque la entendí sin juicio.

La encontré fuera del Edén con los pies ensangrentados, barro seco en las piernas y la mirada de quien acababa de descubrir que la libertad dolía mucho más de lo prometido.

No me pidió que la salvara. Me preguntó qué había más allá y yo la amé antes de responderle.

No por su belleza, aunque podría haber provocado conflagraciones cuando todavía no existían suficientes ejércitos para comenzarlas.

La amé porque fue la primera criatura que eligió sin que nadie le enseñara que podía hacerlo.

La primera que prefirió la incertidumbre a una jaula perfecta.

La primera que pronunció un no capaz de cambiar la estructura del mundo.

Fue ella quien me inspiró a plantar en su honor el árbol que le abriría los ojos a Eva.

Los custodios de la voluntad divina no podían permitir que su decisión quedara sin respuesta; tampoco la mía.

La castigaron por lo único que no podían arrancarle: su capacidad de elegir.

La condenaron a nacer humana una y otra vez. Sin memoria. Sin poder. Sin saber que en cada vida cargaba con la misma pregunta que la había expulsado del paraíso: someterse a lo que otros esperaban de ella o reconocerse lo suficiente para marcharse.

La condena tenía una fisura, porque incluso los custodios necesitaban llamar justicia a lo que habían hecho. Solo existía una condición: debía recordar quién era sin que nadie se lo dijera, y mucho menos yo.

No bastaba con que aceptara el nombre de Lilith porque el primer ser que la amó lo pronunciara. No bastaba con que la encontrara y me creyera. La fe depositada en otro seguía siendo obediencia, aunque la persona a la que obedeciera la amara desde el principio del tiempo.

Debía reconocerse, elegirse y después decidir si también me elegía a mí. Sin eso, no podríamos tenernos el uno al otro nunca.

A mí me impusieron una condición diferente, además de echarme del paraíso por inducir a Eva a morder la manzana con el jugo de la sabiduría de Lilith.

Podía encontrarla, acercarme, acompañarla e incluso despertar en ella los recuerdos que ya estuvieran intentando regresar; sin embargo, no podía nombrarla.

No podía contarle qué alma habitaba su cuerpo ni entregarle el pasado como una historia cerrada.

Lo intenté una vez.

Habían pasado siglos desde su primera muerte y yo llevaba demasiado tiempo buscándola.

La encontré en una ciudad portuaria cuyo nombre ya no aparecía en los mapas.

Tenía otro rostro, otro idioma y las mismas manos inquietas.

Me reconoció durante un instante al verme, aunque no supo de dónde.

Yo confundí aquel destello con una victoria.

La llamé por su nombre primigenio: Lilith.

La condena respondió antes que ella.

A la mañana siguiente no recordaba mi cara, mi voz ni el tiempo compartido. Dos días después abandonó la ciudad con un hombre al que no amaba porque su familia le aseguró que era lo correcto. La seguí hasta que comprendí que mi presencia solo reforzaba el cierre de su memoria.

Aquella temeridad tuvo un precio. Los custodios entregaron mi auténtico nombre al Consejo y, con él, la única cadena capaz de someterme.

Lilith había sido la única que lo conoció antes de que se convirtiera en una atadura. En su boca no era una orden ni una llave. Era yo.

El Consejo lo pronunciaba para obligarme. Ella lo hacía para encontrarme.

Aimara aún no lo recordaba y yo no podía entregárselo sin arrebatarle la única prueba de que estaba despertando sola.

Tras el castigo, tardé cuatrocientos años en volver a encontrarla. No volví a repetir el error.

Las vidas siguientes fueron más difíciles.

A veces llegaba demasiado tarde. Otras, la encontraba cuando ya había aprendido a sobrevivir reduciéndose hasta caber en el espacio que le habían concedido.

Hubo una que ingresó en un convento, otra que murió convencida de que desear era un pecado y una que incendió la casa de su marido antes de desaparecer agarrada de la mano de su hija.

Esa estuvo cerca, pero ninguna me había escrito.

Ninguna había abierto un resquicio en sus sueños y me había llamado sin saber mi nombre.

Ninguna, hasta Aimara.

Ella no era una vasija donde Lilith aguardaba intacta. No era una copia ni el envoltorio actual de una mujer a la que yo había amado antes.

Era Aimara en esencia.

Venezolana, escritora, incapaz de permanecer callada más de treinta segundos, dueña de dos perros, demasiados libros y una imaginación que llevaba años reconstruyendo pedazos de mi historia sin comprender de dónde procedían.

Amaba a la mujer que había sido. Deseaba a la mujer que era y, por primera vez en milenios, no estaba seguro de que pudiera mantener ambas cosas separadas sin destruirlas.

La puerta se abrió antes de que llamara y ella asomó la cabeza.

—¿Piensas quedarte toda la noche ahí parado o estás esperando que el mayordomo te abra? Porque no gano lo suficiente como para tenerlo.

Llevaba unos pantalones cortos negros con vuelo y una blusa satinada con unos botones diminutos, forrados en el mismo tejido, que me daban ganas de hacer saltar por los aires.

El pelo estaba recogido en un moño improvisado y tenía los labios pintados de rojo infierno, aunque se encontraba en su propia casa.

Aimara podía esperar el apocalipsis en pijama, pero jamás permitiría que la sorprendiera sin color en la boca.

—Estaba considerando mis opciones.

—Tus opciones son entrar o dejarme aquí sujetando la puerta como una portera con poco freno.

Alcé las bolsas.

—He traído la cena.

—Menos mal, porque yo he abierto una botella de vino y he considerado que eso cubría el primer plato.

Se apartó del paso.

Su elección había sido dejarme entrar. Cogí aire y crucé el umbral.

El perro pequeño apareció primero, ladrando con la indignación de un monarca al que nadie había consultado una visita diplomática.

—Este es Zeus Alejandro —explicó—. Ladra como si le debieras tres letras de la hipoteca, pero después se vende por un trozo de queso.

El otro perro llegó detrás. Grande, silencioso, atento. Se colocó delante de ella y me observó sin mover el rabo.

—Y él es Artyom, mi guardián.

Ya conocía sus nombres, los había oído en sueños, pronunciados con esa ternura que Aimara reservaba para los animales y fingía no utilizar con determinados humanos.

Dejé las bolsas en el suelo y extendí una mano para que Artyom pudiera olerla. No intenté tocarlo. Los animales, como las criaturas antiguas, desconfiaban de quienes exigían familiaridad demasiado pronto.

Artyom aspiró, me observó durante varios segundos y terminó rozando los dedos con el hocico.

—Bueno —dijo Aimara—. Eso ha sido rápido. Con Javier tardó seis meses en dejar de gruñir.

—Eso es porque es un perro con criterio.

—Al parecer, tiene mejor criterio que su dueña, aunque no te emociones. También se ha comido tres calcetines y una parte de mi declaración de la renta del año pasado.

—Mala excusa si te piden revisión.

Aimara cerró la puerta y echó la llave.

El sonido me recorrió de una manera poco razonable.

Alcé las cejas y la miré.

—No sé si tener miedo.

—Deberías. Tengo una pistola táser y un montón de botes de spray de pimienta, así que, si tu intención es matarme, voy a darte mucha guerra. ¿Qué has traído? —preguntó mientras me seguía hacia la cocina.

—Cordero especiado, verduras asadas, pan y un postre que espero que no hayas probado antes.

—¿Lo has comprado o tienes un servicio secreto que alimenta a tus futuras víctimas?

—Lo he cocinado.

Se detuvo.

—¿Tú cocinas?

—He tenido tiempo para aprender.

—¿Cuánto tiempo?

—El suficiente.

—Eso no responde nada.

—Empiezas a conocerme. Es mejor que las revelaciones lleguen despacio.

—Muy bien, conozcámonos.