Capítulo 32 #2
—No habrá comunicación conjunta por ahora —concluyó Lucía—. Hay una investigación abierta y dos víctimas relacionadas con la saga de la señorita Duque. Es mejor no hacer más sangre en una herida abierta.
Dos víctimas.
La palabra siguió teniendo peso aunque lleváramos días repitiéndola.
Beatriz pasó una hoja.
—El problema es que la campaña presentó a Samael como el muso real de Aimara.
Después organizamos un evento conjunto. Más tarde, una lectora murió en su retiro, al cual asistió nuestra escritora estrella y parte del equipo.
Y su cliente fue detenido delante de Aimara durante una sesión que ya circula descrita en redes de maneras bastante… gráficas.
—No hay vídeo —carraspeé.
—No hace falta. Había demasiadas mujeres con buena memoria y acceso a internet.
—Una combinación que nunca ha traído nada bueno —comentó Samael.
Su abogado lo miró de lado.
—Nuestra prioridad es evitar que se interprete que la detención formaba parte de una estrategia promocional —continuó Lucía—. También debemos proteger el lanzamiento del último libro, que será en Halloween.
—¿Ustedes se están oyendo? —pregunté—. Hay dos mujeres muertas y estamos hablando de proteger una preventa. Sé que debería importarme porque es mi libro, pero ahora mismo…
—Ahora mismo estamos hablando de proteger tu trabajo, la editorial y a las personas que dependen de ambos —respondió Beatriz—. No es incompatible con respetar a las víctimas.
—Pues se parece bastante.
La directora respiró hondo. Yo conocía aquella respiración. Significaba «no puedo despedirte porque vendes demasiado».
El responsable legal de Samael intervino:
—Podríamos publicar una imagen de ambos en un entorno controlado. Una reunión profesional. Un texto breve que confirme que mantienen la colaboración y que el señor Vane confía en el esclarecimiento de los hechos.
—No —dijimos Samael y yo a la vez.
Lo miré.
Él no me miró a mí.
—No voy a usar a Aimara para corregir mi imagen —dijo—. Tampoco permitiré que la expongan a más especulaciones para mejorar la mía. Soy inocente y confío en que usted sabrá hacer su trabajo.
La frase me pilló sin una respuesta rápida, lo que ya era bastante extraordinario.
Lucía cerró el bolígrafo.
—Entonces suspendemos cualquier aparición conjunta hasta nuevo aviso. El término «muso» desaparece de las comunicaciones por ahora y no se harán declaraciones sobre la relación entre ambos.
—No hay ninguna relación —solté demasiado rápido.
Samael giró la cabeza para observarme.
—Me… me refiero a que lo que ocurrió en el retiro fue lo mismo que les pasa a casi todas las asistentes y lo único que nos une al señor Vane y a mí es que utilicé su imagen para crear al protagonista masculino de la saga y él accedió a venir a la misa de Sofía.
Nada más. No podemos catalogar esto de una relación-relación. Ya me entienden.
Todos me entendieron. Ese era el problema.
Beatriz se masajeó la sien.
—Hay otra cuestión. Nina ha encontrado el origen de la tarjeta VIP de Mara.
Me incorporé.
—¿Qué ha encontrado?
—Pertenecía a otra asistente. La perdió durante el baile. En las grabaciones se ve a un camarero con antifaz de lobo guardándola en el bolsillo.
Samael dejó de parecer relajado.
No cambió de postura. No hizo falta. Algo en su atención se afiló.
—¿Lo han identificado? —preguntó.
—La empresa de catering se ha comprometido a localizarlo —respondió Lucía—. Nina y Darian estuvieron allí ayer. Esta mañana me ha enviado el vídeo, los datos del proveedor y una relación de empleados. Lo remitiremos a la policía en cuanto acabe esta reunión.
—Si ese hombre tuvo la tarjeta y esta terminó junto al cadáver de Mara, no estamos hablando de una anécdota de acreditaciones…
—Mi mente creativa iba a mil—. ¿Y si ese hombre era la nueva pareja de Mara?
¿Y si se puso celoso al pensar que ella iba a ir a un retiro de Samael habiendo iniciado ya una relación, a sabiendas de lo que ocurre allí?
Tendría sentido que ella le hubiese abierto la puerta después de que Mara estuviese con el señor Vane.
Capaz malinterpretó que estuviera en su habitación.
Igual el asesino enamora a las mujeres lectoras de mi saga y después las mata.
—Eso lo decidirá la policía —repuso el abogado de Samael.
—¿La misma policía que detuvo a su cliente porque mi ex cree haber recibido una iluminación divina con placa? Discúlpeme, pero no conocen a Javier. Puede decir que ha superado lo nuestro y, sin embargo, no ser así.
Samael bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
La reunión duró otros treinta o casi cuarenta minutos de cláusulas, silencios, posibles titulares y frases como «ventana de comunicación», «gestión de crisis» y «riesgo reputacional acumulado».
Cuando terminó, yo tenía hambre, dolor de cabeza y la certeza de que el infierno no estaba lleno de fuego, sino de salas con aire acondicionado donde alguien decía «vamos a poner esto en valor».
Lucía me retuvo junto a la puerta.
—No publiques nada ni dejes que te vean con él.
—No iba a hacerlo.
—Ni respondas a comentarios.
—No soy Sandra.
—Ni hables de la cena.
Parpadeé.
—¿Qué cena?
Lucía miró por encima de mi hombro.
Samael esperaba junto al ascensor.
—La que todavía no te ha propuesto —dijo—. Te conozco y sé lo que he visto cuando las puertas del ascensor se abrieron. No te conviene, Aimara. Por lo menos, no ahora.
—Esto se está volviendo una epidemia. Ahora va a resultar que todos pueden opinar de lo que debo o no debo hacer.
Me dejó marchar después de recordarme tres veces que cualquier conversación con él podía terminar filtrada, fotografiada o convertida en un hilo de veinte publicaciones con música de fondo. Aun así, no me negué a bajar de nuevo con él. A solas.
Samael pulsó el botón de llamada al ascensor.
—Tu abogada me tiene poca fe.
—Lucía tiene poca fe en la humanidad en general. Por eso es tan buena en su trabajo.
—Quería pedirte que cenaras conmigo.
«Puta Lucía de los cojones».
—¿En serio?
—En un lugar público y discreto, si no te sientes cómoda —añadió—. Te debo algunas respuestas a preguntas que todavía no me has formulado.
Las puertas se abrieron, pero no entré.
Miré hacia la sala donde acababan de explicarnos que compartir oxígeno podía convertirse en una crisis de marca.
Imaginé una foto robada, un titular, a Sandra analizando el lenguaje corporal de nuestras cucharas y a medio internet decidiendo que el homicidio era una campaña de dark romance en la que la prota se enamora del asesino.
—No creo que un lugar público sea buena idea.
—Lo entiendo.
—Podríamos cenar en mi casa.
La frase saltó de mi boca y se estampó contra el suelo entre nosotros.
Samael me observó.
—¿Estás segura de que quieres invitarme a entrar en tu casa?
—No.
—¿Te doy miedo?
Pensé en el retiro. En sus manos sin tocarme. En Mara. En Javier. En todos aquellos libros llenos de hombres que se parecían demasiado a él.
—Me da más miedo que abras mi nevera y descubras que una mujer adulta puede sobrevivir con hummus , vino blanco y medio limón.
La sonrisa le llegó despacio.
—Puedo llevar la cena.
—Entonces ya tienes la dirección.
—No la tengo.
Lo dijo sin titubear.
No supe por qué me alivió.
—Te la mandaré.
Entramos en el ascensor.
Había invitado a cenar a un hombre que había inspirado mi saga, casi me había hecho correrme sin tocarme y acababa de salir de una celda por presunto homicidio.
Para que después dijeran que la realidad no podía superar la ficción.
Mi nevera era, objetivamente, el menor de mis problemas.